El obispo albiceleste. A propósito de la edición de “Porteños ricos & Trinitarios pobres”, de José María Rosa

Por Mariano Schlez – El 25 de mayo de 1973 Héctor Cámpora asumió la presidencia de la Nación Argentina y el peronismo volvió a gobernar el país, luego de 18 años de proscripción. En marzo de ese mismo año, José María Rosa concluyó que “el aplastante triunfo popular del 11 de marzo de 1973 constituye un jalón más en este proceso irreversible de liberación1”. Más de treinta años después, Maizal Ediciones publicó un manuscrito inédito sobre la sociedad colonial porteña del siglo XVI: Porteños ricos & Trinitarios pobres2 llegó, en marzo de este año, a las librerías. Éstas reediciones de intelectuales peronistas, como José María Rosa o Rodolfo Puiggrós, son parte de una estrategia conciente del gobierno kirchnerista, que tiene por objetivo revivir la vieja historia revisionista “nacional y popular3. Veamos que intereses se esconde detrás de este regreso.

¿Quién es José María Rosa?

La familia Rosa posee una larga trayectoria de militancia política. Ya en los años ’30 simpatizaban con José Félix Uriburu. Amigo personal de su padre, para José María el dictador era “un hombre honesto”. Uriburu se habría comunicado con Lisandro De la Torre para ofrecerle la futura presidencia de la Nación. El reemplazo de De la Torre por el General Justo como candidato oficial alejó a Rosa del gobierno militar, aunque el gobernador santafesino le otorgó un juzgado de instrucción. Su primer libro es el resultado de esta experiencia, Más allá del Código. Allí, afirmaba que la monarquía absoluta era un sistema más justo, en relación a la Carta Magna inglesa de 1215, que representaba a nobles, burgueses y órdenes religiosas, ya que “puede tomarse como una mayor socialización, pues los privilegios feudales, eclesiásticos y de la burguesía, cedían ante el Estado”. Él mismo reconoce que allí comenzó su “fama de fascista”. En 1933 conoció a Alfredo Palacios, al postularse para la cátedra de Historia de las Instituciones Representativas, en la Universidad Nacional de La Plata. Allí, presentó su tesis doctoral sobre el origen místico del estado, luego publicada como Interpretación Religiosa de la Historia. En ella, se opone al materialismo histórico, afirmando que los hechos sociales que mueven la historia no son racionales sino espirituales. Es en este período en que José María Rosa adscribió al rosismo, influenciado por Carlos Ibarguren, Adolfo Saldías, los hermanos Irazusta y Alfredo Bello. Junto a este último fundó, en 1938, el Instituto de Estudios Federalistas, considerado como el acta de fundación del revisionismo histórico. El inicio de la IIº Guerra Mundial lo encontró como funcionario del gobierno. Simpatizaba con el presidente Castillo, a quien calificaba de “buen hombre y excelente patriota”.

Nuestro personaje simpatizó con el eje Roma- Berlín. No obstante, Rosa no lo consideraba un síntoma de una adscripción pro-nazi, sino como un rasgo “nacionalista” y anti-norteamericano. En 1942 publicó su famoso libro Defensa y Pérdida de nuestra independencia económica. En 1956, la Revolución Libertadora lo dejó cesante y lo encarceló por “pervertir a la juventud con su rosismo” y por esconder en su casa a John W. Cook. En prisión, conoció Jorge Antonio, su amigo desde entonces. Al salir de la cárcel, por resentimiento contra quienes le habían quitado sus cátedras, se sumó al levantamiento del General Valle. El fracaso y la orden de captura por rebelión que pesaba sobre él lo obligaron a exiliarse.

En 1958 editó, lo que él considera, su trabajo más importante: La caída de Rosas. Es recién en este período que inició sus contactos directos con Perón, vía correspondencia. Con la amnistía de Frondizi, regresó a Buenos Aires y publicó Rivadavia y el Imperialismo Financiero y Francisco Solano López y las montoneras Argentinas. En 1962, fue llamado a Montevideo donde dialogó telefónicamente con el General y éste le comunicó que la fórmula para las futuras elecciones debía ser Framini-Perón.

Aunque se encontraba retirado en Uruguay y no estaba al tanto de la política argentina, fue invitado para integrar la comitiva que buscó al líder del movimiento peronista, en noviembre de 1972. Allí conoció a su esposa Isabel, a quien reconoció (luego, en 1978) por su “dulzura y sencillez”, que le habían causado una excelente impresión. En la campaña de 1973, fue candidato a senador suplente por el Frejuli y ya para ese entonces había publicado su Historia Argentina en 13 tomos. Luego sería nombrado embajador en Paraguay. En el mismo año, incursionó en el cine, escribiendo el guión y produciendo la famosa película sobre Rosas, protagonizada por Rodolfo Bebán y dirigida por Manuel Antín.

A la muerte del líder del PJ fue trasladado a la embajada griega. El golpe de 1976 le quitó su puesto de embajador y comenzó a retirar sus libros de circulación. Rosa respondió fundando la revista Línea. La voz de los que no tienen voz, con el objetivo de reunir a todo el “pensamiento de la línea nacional”. En 1989 recibió los restos de Rosas de la mano de Carlos Menem. Falleció en 1991.

Porteños ricos y trinitarios pobres

En el trabajo que reseñamos, José María Rosa intenta explicar los orígenes más remotos de los problemas de la Argentina. La historia relatada es más bien sencilla. Juan de Garay, al fundar Buenos Aires, dividió a la población en dos: la Ciudad de la Trinidad y el Puerto de Santa María del Buen Ayre. Mientras que la primera se basó en el trabajo en chacras y estancias de pobladores venidos de Asunción y Santa Fe, la segunda fue el centro del contrabando comercial de traficantes portugueses. En esta sociedad el crecimiento estuvo encabezado por el sector comercial. La necesidad de mantener poblado y defendido al puerto llevó al Consejo Supremo de Indias a autorizar el tráfico de esclavos, posibilitándole a Buenos Aires comerciar a pesar del monopolio español. Estos esclavos, según las leyes reales, debían llegar en barcos portugueses y serían intercambiados por la harina de las chacras y el sebo de los potros de las estancias.

¿Cómo se trastocó, según Rosa, este mundo en apariencia feliz? Cuando los portugueses comenzaron a traer más esclavos que los convenidos y llevándose en cambio la plata potosina por Buenos Aires, contrabando mediante. Esta anormalidad en el desarrollo social habría llevado al enriquecimiento de los (extranjeros y corruptos) porteños y a una relativa pobreza de los (españoles y honrados) trinitarios. Buenos Aires habría sido dominada por una violenta y corrompida mafia negrera, engranaje de una poderosa entidad internacional conducida desde Ámsterdam, poseedora además del monopolio del tráfico negrero y controlada por comerciantes expulsados de España y Portugal. Esta historia divide a la sociedad en dos bandos: corruptos y honestos, los que cumplían la ley y los que la violaban. El grueso del libro es el relato de un conflicto que enfrenta a honorables funcionarios reales incorruptibles y a pobres vasallos, frente a corruptos comerciantes extranjeros. De un lado, el Rey, Hernandarias y los primeros pobladores que llegaron con Garay. Del otro, una “banda” que tomó el poder del Estado para asegurar su negocio. ¿Cómo engañaban a los buenos vecinos estos delincuentes?: los buques llegaban alegando una arribada forzosa, por problemas de navegación, la carga era decomisada de acuerdo a la reglamentación vigente y era rematada en subasta pública. Luego, era comprada por el mismo gobernador y sus secuaces, para ser comercializada en la ciudad. Es el nacimiento del “contrabando ejemplar”. El Rey y sus funcionarios combatirán, ley en mano, a estos personajes malignos, pero el resultado no será demasiado satisfactorio: al final, los malos mueren ricos y en el poder, y los buenos pobres y derrotados.

Una historia K

El trabajo de José María Rosa es una abierta defensa de la ley, en abstracción de los intereses de clase que ella representa. Este respeto por la legalidad resulta en el acatamiento del orden, valor fundamental para todo nacionalista. La defensa del monopolio comercial español, la crítica del capital comercial y su celebración de la producción y las relaciones sociales precapitalistas son una abierta defensa del orden feudal, opuesto a los intereses y necesidades históricas de la clase social que encabezó la Revolución de Mayo. Desde su postura, la ley y la moral se transforman en entes a-históricos, eternos, ya que caracterizar su respeto como algo bueno en sí significa abstraerse de una sociedad específica, equiparando a la España feudal, la Roma imperial y a la Argentina kirchnerista.

Sin embargo, la debilidad principal de su teoría radica en su incapacidad de explicar a la Buenos Aires del siglo XVII. Él mismo describe cómo el cierre del puerto por causa del comercio negrero provoca la protesta del conjunto de la población: no sólo no llegaban productos desde Europa, sino que los “austeros y laboriosos” productores no podían vender sus harinas y grasas. Rosa esconde (ya que no ignora) que eran los mismos productores quienes necesitaban de los buques portugueses para vender sus mercancías. No obstante, más adelante explica que los confederados “eran gente generosa y relacionada, y como el contrabando hacía correr el dinero, todos se beneficiaban. No solamente los que mercaban con negros, sino los honrados: subían los alquileres, aumentaban los salarios, valían más las producciones”.4 Su clave de interpretación lo lleva a despreciar datos fundamentales: los testamentos dejados por los confederados muestran que los principales líderes de la banda negrera poseían grandes estancias y chacras productivas. Por otro lado, cuando llegan las medidas reales que buscan detener el contrabando, son numerosos sectores los que solicitan a las autoridades el recurso de no cumplir la Cédula. Es decir, gran parte de la ciudad estaba en contra de Hernandarias y su cruzada contra el contrabando. Por lo tanto, la división trazada entre “honrados” y “corruptos” no termina de explicar los conflictos de la Buenos Aires colonial.

Este análisis deja de lado el aspecto clave de la cuestión: las relaciones sociales de producción. En ningún momento se explica que lo que le posibilitaba a los ingleses y holandeses derrotar a las manufacturas españolas y americanas era, justamente, el desarrollo de relaciones sociales capitalistas. Contrariamente a esto, los comerciantes defendidos por el revisionismo, como Agüero, obtienen su ganancia basándose en el atraso de las fuerzas productivas, es decir, por un mecanismo político que les permitía retrasar el desarrollo de la ley del valor.

El trabajo no tiene en cuenta el lugar que los individuos tienen en la producción, se equiparan los intereses del Rey y sus funcionarios que combaten el contrabando a los de los productores trinitarios. No obstante, fueron estos mismos productores, con el desarrollo de las vaquerías y de la producción de cueros, los primeros interesados en romper la ley, contrabandear y finalmente hacer una revolución que destruyera las viejas relaciones que encorsetaban su desarrollo.5 La historia peronista, por más que se autoproclame de “izquierda”, es una historia que niega la necesidad de la revolución y que llama al cumplimiento de la ley. Una historia necesaria… para defender los intereses de los explotadores.


Notas

1 Véase Rosa, José María: Análisis histórico de la Dependencia Argentina, Editorial Guadalupe, Bs. As., 1973.
2 Rosa, José María: Porteños ricos & Trinitarios pobres, Maizal Ediciones, Bs. As., 2006.
3 Véase Harari, Fabián: “Artigas, los caudillos y las masas”, en El Aromo, Octubre de 2005.
4 Rosa, José María: op. cit., p. 53.
5 Véase Harari, Fabián: “En busca del sujeto de la Revolución de Mayo”, en Razón y Revolución, nº 10, Primavera de 2002.

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