El norte de África en el epicentro de la crisis mundial

aromo59_jk-magroJuan Kornblihtt y Bruno Magro
OME-CEICS

El estallido en los países del norte de África es la expresión de que la crisis mundial entró en su fase estatal. Aunque con una conflictividad social mayor que la vista hasta ahora en otros países, por las condiciones políticas de la región (ver nota en el suplemento LAP de este mismo número), estamos ante los mismos fenómenos que se viven en las huelgas generales de Grecia, las manifestaciones de los estudiantes ingleses y las recientes movilizaciones contra el ajuste fiscal en Wisconsin en los EE.UU. (ver también la nota en el suplemento GES). Muchos vieron en la capacidad de intervención estatal una salida rápida a los problemas del capital. Pero esta misma intervención es la que le otorga el carácter a la fase actual de la crisis, que pasó de un sector acotado al conjunto de las relaciones sociales. Como venimos señalando en ediciones anteriores, tiene una magnitud y una cualidad de carácter histórico. De allí que los conflictos desatados no tengan una resolución democrática o liberal, pero tampoco nacionalista.

La fase estatal de la crisis

El estallido de la burbuja hipotecaria fue el catalizador que puso en evidencia las debilidades de la recuperación post 2001. Desde la caída de la tasa de ganancia a mediados de la década del ‘70 y su piso en 1982, si bien hubo sucesivos ciclos de recuperación, una masa creciente de la producción no encuentra cómo venderse debiendo apelar a la expansión del capital ficticio para que la sobreproducción no estalle.

En los ‘80, fueron los petrodólares y la deuda externa, luego la burbuja informática en los ‘90. Con el nuevo siglo se recurrió a las hipotecas y el mercado inmobiliario. Esta última burbuja se combinó con una debilidad cada vez mayor de dólar y la expansión de la emisión de bonos del Tesoro de los EE.UU. Estos últimos no sólo fueron una forma de escaparle a sus dificultades por parte del gobierno estadounidense, sino que también le permitió a China seguir exportando como si nada pasase.

Ahora bien, el estallido de 2008 fue de tal magnitud que inhabilitó el crecimiento de una nueva burbuja duradera. Es cierto que el mercado de commodities creció en forma desmesurada, en particular los alimentos y el petróleo. Pero, dada su histórica inestabilidad, está lejos de ser una fuente firme donde el capital pueda refugiarse. En cambio, sí emergió con mayor importancia el déficit estatal como forma de intervención. En los EE.UU. la clave pasó por el salvataje a los bancos y la expansión de la deuda externa a partir de la emisión de los mencionados Bonos del Tesoro. El resultado es que el déficit fiscal a nivel federal alcanza el 10 por ciento del PBI, mientras que la deuda externa se acerca a representar el 100% del PBI. Se trata de las peores cifras desde la Segunda Guerra Mundial.

En los países llamados “en desarrollo” crecieron en forma desmesurada las reservas de los bancos centrales (en toda América Latina y en Asia, por ejemplo) junto con cierto margen de política estatal de obra pública e inversión sobre la base de socavar el superávit fiscal (por ejemplo en Argentina, Venezuela y Brasil). En los dos primeros, la fortaleza de dichas economías pasa por la capacidad del Estado de quedarse con parte de la renta de la tierra a través de impuestos directos e indirectos. En el último, además de renta de la tierra recibe una porción importante de capital financiero excedente de las regiones donde la crisis pegó primero. En definitiva se incuba también en ellos la crisis, ya que su fortaleza es resultado de la debilidad del resto y no expresión de un cambio de fondo.

En definitiva, lo que parecía una solución (la intervención estatal) empieza a convertirse en el problema. Al tratarse de una expansión que no tiene detrás el sustento de un aumento de la producción de riqueza social, el ajuste fiscal era una consecuencia que tarde o temprano colocaría al Estado en el centro de la crisis. No sólo en los países más débiles de la zona Euro, como Grecia, sino también en Inglaterra y Francia. Estados Unidos parecía seguir un camino alternativo. Al menos eso creyeron algunos analistas, en particular basados en la política expansionista que propuso en las reuniones del G8, en contra de los planes de austeridad que impulsaba Alemania. Sin embargo, como vemos en la nota Osvaldo Regina de este mismo número, el impulso a la economía estadounidense sirvió para aumentar las ganancias empresariales pero a costa de un alto desempleo y un fuerte aumento del déficit fiscal. También en los EEUU el ajuste estatal tuvo que llegar. Con lo que no contaban es con que la hasta ahora pasiva clase obrera se levantase en la magnitud que lo hizo en Wisconsin.

Como vemos, la perspectiva de una crisis estatal es generalizada y no sólo afectará al “centro” sino también a la “periferia”. Los eslabones más débiles y que más rápido entraron en contradicción son aquellos donde el Estado en términos relativos tiene mayor peso en la economía. Por eso el estallido del norte de África fue aun más significativo. Luego de casi una década de fuerte crecimiento la región colapsó por completo. Una de las claves pasa por que esta región, como veremos en el siguiente acápite, depende en gran medida de las transferencias desde el exterior. Dentro de ellas, fueron clave en las últimas décadas la “ayuda” económica y militar que brindaron los EEUU. Con la crisis, estas transferencias empezaron a caer y con ellas la viabilidad de las economías de la región.

Las particularidades económicas del mundo árabe

Caracterizar al conjunto de las economías del norte de África no es tan simple. Lo primero que viene a la mente es la predominancia del petróleo. De los países en conflicto, su peso económico es fundamental en Libia. Además de representar el 95% de sus exportaciones, es el país con mayores reservas de la región. En el resto de la región también es fundamental en Arabia Saudita, en los Emirato Árabes y en pequeños estados como Bahrein y Yemen. En Egipto, aunque creció la importancia del gas en los últimos años, no tiene tanto peso en su economía en forma directa, aunque sí por las regalías que deja el transporte del mismo por el canal de Suez. Por último, Túnez donde estallaron los primeros conflictos, se caracteriza por un fuerte peso industrial y del turismo. Por eso, este país era considerado el modelo a seguir por favorecer a una burguesía no rentista. En definitiva es indudable la importancia del petróleo en la región, pero no aparece como el desencadenante único del conflicto, sino como parte de relaciones más complejas.

Otra mirada de tipo nacionalista plantea que detrás de masas movilizadas se encuentra el imperialismo. Sin embargo, el conjunto de los gobiernos en crisis tenía firmes vínculos no sólo políticos sino económicos con las potencias, incluido el régimen Libio que de ser bloqueado por EE.UU. en los ‘80 pasó a ser un socio. El argumento de que “vienen por nuestro petróleo” tendría que haberse planteado hace unos años. En la actualidad todas las empresas petroleras importantes están presentes en Libia y comparten negocios con la estatal NOC. Entre ellas se destaca la presencia de la ENI italiana, y en forma creciente aparece China, quien día a día aumenta sus inversiones en toda África. Pero además de la inversión extranjera directa en petróleo y de ser el destino de las principales exportaciones, el peso de los EEUU y la OECD en la región pasa por la transferencia directa de dólares en concepto de “ayuda económica y militar”. El rol destacado en la región lo juega el primero. En particular por sus transferencias hacia Egipto e Israel, los principales beneficiados. Como vemos en los gráficos, el boom de ayuda a la región se dio en los ‘70 y ‘80. Pero siguió siendo significativo hasta 2001. Por ejemplo en el caso egipcio, llegaron a representar hasta un 5% del PBI. Sin embargo, a partir de la de crisis de 2001 las transferencias bajaron. Hacia el conjunto de la región la caída no fue tan grande, pero una parte creciente dejó de ir a Egipto e Israel (los dos principales países beneficiados) a favor de Irak que se llevó el grueso de la torta.

La necesidad de este apoyo externo a los Estados y la inestabilidad que acarrea la disminución del flujo nos muestra una de las particularidades más claras de la región: la debilidad de las burguesías locales. Dado que el poco peso de los mercados internos y que las exportaciones de estos países por fuera de las materias primas son casi inexistentes, no se constituye ningún capital con posibilidades de sostenerse por sí mismo. Dependen de las transferencias del estado para ganar plata. A su vez, esto explica porque toda la riqueza acumulada pasa casi en forma directa a los mercados financieros de Europa (desde las cuentas de la familia Kadhafi en Suiza, hasta la compra de clubes de fútbol en España por empresario egipcios) en lugar de reinvertirse. El resultado es una escasa acumulación de capital que lleva a la existencia de una consolidada y creciente sobrepoblación relativa, no sólo de los sectores más pobres sino de los obreros calificados y la pequeña burguesía. La desocupación alcanza niveles récord, aun en Túnez donde hay un mayor peso de la industria. Pero la masa de sobrepoblación para el capital es aún mayor que el número de desempleados. En Egipto un 25% del empleo está en manos del Estado. Casi otro 25% vive en el campo en explotaciones pequeñas no rentables. Si a eso se suma que el empleo privado es en empresas inviables que sobreviven por las transferencias que reciben del Estado, encontramos que el conjunto de la reproducción de esos países depende de los ingresos fiscales.

El rol del Estado como sostén de la economía en estos países dista de ser una novedad. Los recursos externos son clave para entender su devenir ya que no tienen otra fuente de ingresos sostenible. En los países con exportaciones de petróleo y gas, la renta aparece como la principal fuente. En los más débiles la clave fue la relación con alguna potencia que los financiase. A mediados de los ‘50 las nacionalizaciones y la estructura estatal crecieron en toda la región de la mano de movilizaciones populares que llevaron al poder a movimientos nacionalistas. Incluso, muchos recibieron el apoyo de la ex URSS, lo que llevó a varios analistas a considerar que en la región existió un socialismo árabe, aunque muy lejos se estuvo de ello. La década del ‘70 marcó una primera crisis del Estado en estos países, que se profundizó en los ‘80. Al igual que en América Latina, un proceso de privatizaciones y reformas “neoliberales” apoyadas por el FMI y el BM emergieron y se profundizaron en los ‘90. Sin embargo, el peso del aparato estatal apenas decayó. Eso sí, los EE.UU. y Europa pasaron a ocupar el rol de apoyo que antes cumplía la URSS.

Del mini boom al estallido

Los primeros años del nuevo milenio encontraron a la región con un crecimiento similar al que viven gran parte de los países llamados “en desarrollo”. Así como se registraron tasas de crecimiento superiores a la media en América Latina, países como Egipto o Túnez crecieron a tasas cercanas al 9% (por ejemplo Egipto en 2006). Esto ocurrió pese a la mencionada caída de la ayuda económica de los EEUU. Lo cual pareció indicar que la región había encontrado una vía independiente de desarrollo, o al menos disminuido su dependencia. Un elemento clave en este crecimiento fueron los acuerdos de libre comercio firmados con Europa en 1995 y profundizado en 2005 (el llamado Euromed), que llevaron a que, por ejemplo en Egipto, las exportaciones crecieran un 62% entre 2007 y 2008. Otro de los factores de bonanza fue el turismo, que en Túnez representa más de la mitad del PBI, mientras que en Egipto alcanza el 19% del ingreso de divisas.

Con todo, estas cifras no expresan un cambio de fondo en las economías de la región. La sobrepoblación siguió siendo tan o más importante que antes. El desempleo fue del 13,3% en 2010, pero es peor aún entre jóvenes y mujeres. En el caso de Egipto, aunque a nivel general se ubicaba en torno al 9%, en la franja etaria de entre 20-24 años las tasas están en torno al 27-30%. En el caso de las mujeres egipcias de entre 20 y 24 años dicha tasa puede rondar el 50%.

Aun pese al alto desempleo, los bajos salarios y la posibilidad de venderle a Europa, no se consolidó una acumulación de exportación de bienes manufacturados, como ocurre en China o en las maquilas de México y Centroamérica. Aunque mejoró la participación en el mercado mundial, el peso de las burguesías árabes (o de los capitales extranjeros radicados en estos territorios) por fuera de los combustibles siguió siendo insignificante.

La debilidad estructural apareció en toda su magnitud con la crisis de 2008. Los resortes que habían posibilitado el pequeño boom colapsaron de conjunto. Si nos centramos en Egipto, vemos que las remesas de los emigrantes cayeron un 17% en relación a 2008, el turismo también pasó de un crecimiento del 24% en 2008 a una caída del 1,1% en 2009 y los ingresos provenientes del Canal de Suez cayeron un 7,2% en relación a 2008, debido a que los pases por viajes disminuyeron en un 8,2% y el tonelaje de la mercancía transportada disminuyó en un 9%. La situación de Túnez no fue muy diferente: se desaceleró el crecimiento de su PIB pasando de 6,33% en 2007 a 4,5% y 3,1% en 2008 y 2009 respectivamente, mientras que las exportaciones de bienes cayeron un 25%, gran parte debido a la caída en indumentarias y textiles y productos relacionados con el petróleo. Por su parte Libia vio como el precio del petróleo cayó en 2009 casi un 40% en relación al 2008, y aunque se recuperó en el 2010 lo hizo sólo en un 20%.

Dada la primacía directa de las relaciones estatales el conflicto toma en forma muy veloz un carácter político, no sólo en cuanto a las reivindicaciones gremiales, como ocurre por ejemplo con las huelgas generales que no logran cuestionar el poder establecido, sino atacando de lleno a los regímenes políticos. Es que la primacía estatal sin base material para garantizar condiciones mínimas de vida, impide la conformación de una dominación hegemónica, es decir, democrática. Las dictaduras con ribetes personalistas hasta el ridículo, como en el caso de Khadafi, son moneda común. En definitiva, la crisis del Estado muestra la quiebra de un régimen social.

Detrás de la rebelión hay una mezcla de intereses porque no sólo la clase obrera es afectada, sino también fracciones de la débil burguesía local y las potencias económicas imperialistas. En Libia no sólo hacen negocios capitales estadounidenses y europeos sino que también aparecen con fuerza los rusos y los chinos. De hecho, dado que el conflicto desatado afecta en forma directa sus negocios, China abandonó su posición de no intervención y apoyó junto con los EEUU resoluciones de sanción a Kadafhi en la ONU.

Las propuestas que aparecen por el momento distan de ser superadoras. Las burguesías locales sólo tienen para ofrecer más de lo mismo, ya que son inviables y para sobrevivir requieren del mismo Estado quebrado y autoritario que ahora combaten. Las grandes empresas detrás de las potencias apuestan sobre todo al petróleo y al gas y a lo sumo a ofrecer maquilas, siempre y cuando los obreros acepten mantener alto el desempleo y bajos los salarios lo cual, dado el grado de movilización, requiere una represión superior a la existente. La clase obrera, aunque lleva en sus espaldas el peso de la movilización, no ha logrado enarbolar una dirección donde se plantee que sus intereses se realicen. Lo que está claro es que más allá de impasses circunstanciales que puedan lograr las otras clases que se proponen dirigir la movilización, lejos están de poder repetir la conformación de una experiencia nacionalista en el Estado como la que encarnó Nasser. En cambio, las fracciones burguesas que se proponen dirigir el movimiento están más cerca de convertir a la región en un escenario de guerras civiles y masacres sociales como ya ocurre en el África subsahariana o en Irak. Sólo una alternativa obrera puede ofrecer una salida mejor.

Gráficos
Epígrafe de los gráficos:

A partir de la década del ‘70, los EE.UU. ocuparon el lugar de la URSS de apoyo a los débiles estados y burguesías de la región. Aunque aún fundamental, dicho sostén cayó en forma sostenida a partir de los ‘80 y en particular desde 2001, como se observa en el caso de Egipto (gráfico 1). Se trata de una tendencia general a nivel regional, salvo por la fuerte suba que implicó la Guerra de Irak expresada en transferencias hacia ese país en el primer lustro del milenio (gráfico 2). Esta caída expresa la menor capacidad de los EE.UU. de actuar como “locomotora” del mundo como resultado de la crisis general del capital y que la convulsión social está lejos de ser pasajera.

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