El mito de los monopolios

Peña es uno de los historiadores marxistas más revindicados. Sin embargo, este artículo muestra que sus premisas teóricas equivocadas lo llevan a errores sobre las características del desarrollo del capitalismo argentino y derivan en una defensa del pequeño capital.

Por Juan Kornblihtt
Grupo de Investigación de la Historia
Económica Argentina – CEICS

Es un lugar común echarle la culpa de todos los males de la Argentina a los monopolios. Esta teoría, se basa en la idea de que a partir de principios de siglo XX, como resultado de la concentración y centralización de capital, se anuló la competencia en términos económicos. La consecuencia sería un mundo dominado por empresas fusionadas con los estados en el cual lo que definiría el éxito o el fracaso de un país no sería la acumulación de capital sino la fuerza. Una fuerza que ya no se sustenta en la productividad de los capitales y en su capacidad de desplazar a sus rivales por la vía de bajar los precios, sino en un poder político y militar que se reproduce a sí mismo. Como señalamos en otro artículo1, esto implica abandonar el análisis basado en la teoría del valor y reemplazarlo por un politicismo absoluto.

En breve, publicaremos una crítica desarrollada a es- tas posiciones sustentada no sólo en un análisis teó- rico sino, fundamentalmente, en el estudio empírico de dos ramas de la producción argentinas acusadas de prácticas monopólicas.2 A modo de anticipo, pu- blicamos un análisis al uso que hace Milcíades Peña y su discípulo Víctor Testa del concepto “capital monopolista” y como éste deriva en una defensa del pequeño capital.

Un maestro equivocado

La clave de los males de la Argentina para Peña, uno de los historiadores más revindicados por el conjunto del trotskismo, es la inserción nacional en el merca- do mundial en la etapa monopólica del capital. La definición de esta fase es tomada de Lenin. La clave del capital monopolista sería frenar la tendencia de- creciente de la tasa de ganancia. El mecanismo principal es el control directo de los países coloniales y semicoloniales y el mantenimiento del atraso, para aprovechar la baja composición orgánica del capital y aumentar la extracción directa de plusvalía. Este planteo implica suponer que la movilidad de capital está anulada por el poder político de los monopolios. Sin esta posibilidad de invertir en las ramas más ren- tables, no se produciría la igualación de las tasas de ganancia y por lo tanto se anularía la búsqueda de producir más en menos tiempo, es decir abaratar los costos por la vía de incorporar tecnología.

En definitiva, implica abandonar por completo uno de los fundamentos del marxismo en pos de un análisis centrado en la política y no en la acumulación de capital. El argumento principal de esta posición es el tamaño del capital y la aparición de las finan- zas. Lo que pierden de vista estos autores es que la expansión de las finanzas en lugar de frenar la movilidad de capital ha permitido la posibilidad de pasar de una rama a otra con mucha mayor facilidad. De hecho, en eso reside la aparición de fondos de inversión globales.3

En cuanto al análisis específico dela Argentina, a diferencia del estalinismo clásico, Peña no planteará que es un país semi-capitalista con resabios feudales, sino neo-capitalista. Sin embargo, lo que parece un avance, no lo es. La Argentina actúa, para Peña, como un capitalismo deformado. Deformación que sería resultado de haberse saltado la etapa de libre competencia. La industria nacional nace concentrada y centralizada, lo cual le impide a la burguesía nacional jugar un rol progresivo. En base a cifras censales, quiere mostrar el dominio de capital es en condición de monopolio en el agro (en manos de la oligarquía) y en la industria. Decimos “quiere” porque al mismo tiempo que asegura que la industria está más concentrada que el agro, señala la existencia de pequeños capitales como una característica particular de la  Argentina.4

En definitiva, lo que muestra es una tendencia a la concentración y centralización de capital, pero esto no es suficiente para probar el control monopólico ni  a escala nacional y mucho menos internacional. Esto no le impide a Peña dar por sentado la existencia de monopolios y sacar conclusiones.

La principal característica del modelo que construye, sobre esta endeble base, son las altas ganancias conseguidas sin necesidad de invertir. Esto llevaría a un comportamiento especulativo, tanto en el agro como en la industria, produciéndose así una pseudoindustrialización: “En Argentina la elevada cuota de ganancia en las empresas especulativas y la mentalidad burguesa habituada a obtener grandes ganancias en poco tiempo, se trasladan a la industria. Y esta se convierte en una actividad especulativa más en la que ningún capitalista invierte sin la seguridad de elevados porcentajes de ganancia en un plazo perentorio.”5

Esta afirmación contiene varios prejuicios sobre el desarrollo de la industria local. El mayor es en torno a la dinámicaagraria: Peña plantea queelmonopolio es el causante de la poca inversión en el agro. Pierde de vista que, como muestran los estudios de Eduardo Sartelli, esto es falso o en el mejor de los casos es el resultado de una mirada de corto plazo, anclada en los efectos de la crisis de la Segunda Guerra en la agricultura pampeana. Por el contrario, encontramos que durante el período agro-exportador es uno de los productores agrarios de mayor composición orgánica  del mundo.6

En cuanto a las otras ramas productivas, Peña señala que esas grandes ganancias  se obtienen  sólo en los mercados ya monopolizados, como es el de los bienes de consumo. Otra vez, nos encontramos con una serie de prejuicios y confusiones. En primer lugar, no demuestra la existencia de monopolios en las ramas de consumo. Es cierto que son las ramas con mayor concentración y centralización de capital. Sin embargo, un estudio histórico de la evolución de esas ramas le hubiese mostrado que esto no implica monopolio absoluto, sino competencia mediante el abaratamiento de las mercancías con el necesario aumento de la productividad.7 En segundo lugar, mezcla dos problemas diferentes: las altas ganancias en los bienes de consumo con el no desarrollo de la producción de bienes de capital. Al plantear el problema en términos de la voluntad de los monopolistas, no avanza en las causas por las cuales los bienes de capital no pueden ser producidos en la economía argentina en forma masiva.

La idea que deja abierta es que esto hubiese sido posible de no existir un dominio extraeconómico. A Peña no se le ocurre que el problema puede ser económico: la imposibilidad de competir por los costos unitarios de la Argentina frente a sus competidores mundiales. A la entrada tardía en el mercado mundial cuando las empresas productoras de bienes de capital están ya consolidadas, hay que sumarle la ausencia de un mercado de tamaño considerable para que las empresas alcancen una concentración adecuada a la competencia mundial. Además, los costos laborales no son lo suficientemente bajos para atraer empresas exportadoras de bienes de capital, cuando se produce la salida de muchas de ellas de los países centrales, como ocurre en el Este asiático.

Por el contrario, Peña apela a una explicación ad-hoc. El no desarrollo de la producción local de bienes de capital se debería, simplemente, a que los capitales imperialistas no querrían competidores en ese terreno. Este argumento, que implica el no probado control absoluto sobre el mercado en manos del monopolio, entra en contradicción con una afirmación realizada por él mismo: la inversión en bienes de consumo por parte de capitales estadounidenses provoca la competencia con otros capitales yanquis que quieren venderle a la Argentina.

El discípulo consecuente

En el mismo sentido que Peña, encontramos la posición de su discípulo Víctor Testa (seudónimo utilizado por Jorge Schvarzer). Aunque gran parte de su extenso libro El capital imperialista es una síntesis de autoresmarxistas, es interesante detenerse en algunos pasajes, ya que en pocas palabras resume la caracterización fundamental de la etapa monopolista como un cambio en las características específicas del capitalismo. A la vez, permite entender cómo éstas surgen de una lectura equivocada de El Capital de Marx. Empecemos por una cita textual:

“El reparto de la plusvalía sigue una norma uniforme y determinada para todos los capitalistas en el régimen de libre competencia, que resulta además equitativa para todos ellos. El monopolio, en cambio, es la negación de esa regla, ya que imponiéndose sobre el mercado, logra aumentar el precio que le corresponde recibir sobre una mercancía y consigue un beneficio adicional para sí. Este hecho, poco importan- te cuando los monopolios son escasos, se convierte en un factor clave cuando éstos alcanzan la hegemonía económica.”8

Así, elimina, sin justificación alguna, los mecanismos de formación de la tasa media de ganancia en los cuales la búsqueda de ganancia extraordinaria, y, por lo tanto, el reparto no equitativo de la plusvalía, es uno de los motores fundamentales del propio desarrollo capitalista. La forzada imagen de un capitalismo democrático en contraste con la etapa monopolista no es más que una repetición de ideas liberales sobre una realidad que nunca existió. El siguiente paso en este sentido es atribuirle al capital monopolista un poder extraeconómico que distorsiona las “democráticas” reglas del mercado. Leamos una vez más:

“El predominio de la fuerza como medio de reparto de la plusvalía, se convierte en una categoría esencial. El monopolio reemplaza a la fuerza lógica de las relaciones de distribución del capitalismo competitivo por la lógica de la fuerza que impone como único criterio válido. Al nivel más visible de la economía, esto es al nivel de la política, esta situación impo- ne el predominio de la fuerza y de la violencia en la sociedad.”9

La violencia estatal aparece como una característica específica de la etapa monopolista. Atribuyendo

todos los males de la sociedad actual no al capitalismo, sino al monopolio, Testa no hace más que una apología del capitalismo del siglo XIX, al negar la violencia y la desigualdad entre los capitalistas en la Europa de la Comuna de París o en los EE.UU. de la Guerra de Secesión. Alguno pensará que acusar a un autor que se autorevindica revolucionario de apología del capital es un insulto. Una vez más, leamos sus palabras para que no queden dudas:

“Mientras la competencia llevaba a normas estables de reparto entre los capitalistas, y por lo tanto, a un funcionamiento relativamente armonioso del sistema social en lo que a ello respecta, el monopolio exige una ilimitada política de fuerza y es el causante de la violencia generalizada sobre el planeta.”10

Una lamentable tradición

Pese a la falta de rigurosidad teórica y empírica, la posición sostenida por Peña y Testa es compartida por muchos marxistas argentinos. Sobre la base de estos prejuicios, han concluido que el pequeño capital, en lugar de un enemigo de la clase obrera, es un aliado. Testa, convertido ahora en Schvarzer, llegó a las conclusiones lógicas de este argumento, realizando una apología abierta de las bondades de la explotación capitalista, poniendo como ejemplo a las dictaduras de Corea del Sur. Pero como puso en evidencia la crisis del campo, no se trata del exabrupto de un renegado. Muchos partidos de izquierda han seguido estos errores teóricos apoyando abierta o vergonzosamente al pequeño capital agrario, es decir, a los chacareros. El problema de estos planteos es que no ven que la disputa entre capitales grandes y chicos sigue siendo, como cuando escribía Marx, el resultado de la competencia en términos económicos.  Para sobrevivir, no les queda otra que bajar los costos. En esta dinámica, los más chicos deben pagar salarios en negro y extender la jornada laboral, ya que por su escala están limitados para incorporar tecnología. Por eso, nunca en sus reclamos estará el aumento salarial, por más que los partidos de izquierda vayan a sus manifestaciones. Para ver esto hay que abandonar modelos teóricos y adentrarse en el estudio concreto de la realidad. Esperemos que la publicación de nuestro libro sea un aporte en este sentido.

 

Notas

1 Kornblihtt, Juan: “Goodbye Marx”, en El Aromo 37, ju- lio-agosto de 2007.

2 Kornblihtt, Juan: Crítica del marxismo liberal. Competen- cia y monopolio en el capitalismo argentino, Ediciones ryr, en prensa

3 Para una explicación acabada del problema de la movi- lidad del capital, entre otros, ver: Clifton, James: “Com- petition and the evolution of the capitalist mode of pro- duction” en Cambridge Journal of Economics, 1977, 1: pp. 137-151

4 Peña, Milcíades.: Industrialización y clases sociales en la Ar- gentina, Hyspamérica, Buenos Aires, 1986, p. 84.

5 Ídem; p. 201

6 Sartelli, Eduardo. “Ríos de oro y gigantes de acero. A pro- pósito de tecnología y clases sociales en el agro pampea- no, 1870-1940”, en Razón y Revolución, n° 3, julio de 1997.

7 En particular nos referimos a una serie de estudios desa- rrollados desde el CEICS para las ramas de la harina, zapa- tos, confección, gráficos entre otros. En todas se observa una tendencia a la concentración y centralización sin que esto implique un monopolio absoluto ni a nivel nacional ni a nivel internacional.

8 Testa, Víctor: El capital imperialista, Ediciones Fichas, Buenos Aires, 1975, p. 24.

9 Ídem, p. 25

10 Ibid. El resaltado es nuestro.

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