El mito de Corea del Sur. Desarrollo y superexplotación en el Sudeste Asiático.

Verónica Baudino

Grupo de investigación de la Historia

Económica Argentina – CEICS

La esperanza es lo último que se pierde. Y el progresismo mantiene firme la ilusión de que es posible el desarrollo nacional. Para eso, sugieren diferentes intelectuales, es necesario seguir los ejemplos exitosos. Entre esos se destaca la admiración hacia Corea del Sur. Enrique Arceo, economista de FLACSO e intelectual de la CTA, sostiene que “sabemos que la industrialización contra la división del trabajo impuesta por el centro no es imposible. Lo demostraron Corea y Taiwán, lo están demostrando en buena medida algunas industrias chinas. El problema es cuál es el sujeto que hace esto. En el sudeste asiático el estado creó una burguesía nacional. Y se creó, tanto en Taiwán como en Corea y en China también, después de una radical reforma agraria que le dio un sostén social al estado que, frente a una burguesía y a un proletariado débil, adquiere una gran autonomía capaz de disciplinar al capital.”1 Por su parte, Jorge Schvarzer, otro reconocido intelectual “progre” integrante del Grupo Fénix, comparte el diagnóstico en las conclusiones de su libro sobre la historia de la empresa argentina Siam: “El ejemplo de los chaebol [los grandes grupos económicos coreanos] cunde en Asia, en donde diversos gobiernos alimentan a las nuevas candidatas a empresas gigantes del siglo XXI para promover el desarrollo nacional. La Argentina, en cambio, no ha digerido todavía que la agonía de Siam fue uno de los pasos del proceso que llevó al bloqueo de la experiencia previa de industrialización nacional y el inicio del recorrido de un sendero de un estancamiento que sigue hasta hoy.”2

Cierto es que Corea creció más y más rápido que Argentina y el resto de Latinoamérica. Durante los años 1960 y 1970 Corea del Sur elevó su PBI un 9,5% anual, mientras que Argentina lo hizo en un 4,2% anual. Las décadas siguientes Corea mostró una preformance de crecimiento de 8,2% anual entre 1970 y 1980, y de 9,7% anual entre 1980 y 1990. Argentina, por su parte incrementó su PBI un 2,6% entre 1970 y 1980 y lo disminuyó un 0,9 entre 1980 y 1990. La pregunta es cómo lo hizo. La explicación de Arceo y Schvarzer, y la que domina en el sentido común de los políticos desarrollistas, es que la clave estuvo en un Estado fuerte que discipline a la burguesía nacional y la obligue a invertir. A esto se le debería sumar una política de estímulo al desarrollo tecnológico que sería la clave del éxito de las exportaciones coreanas (lo cual explica el apoyo y las ilusiones de los intelectuales progres al nuevo Ministerio de Ciencia y Técnica).

Pero, como veremos, esto no es más que una apología que oculta la clave del éxito surcoreano: salarios de hambre y una fuerte discplina laboral lograda a sangre y fuego con fuerte de apoyo financiero internacional.

Políticas estatales: disciplina, exportación y ventajas geopolíticas

Tras la guerra de Corea, a principios de 1950, que conllevó a la separación primero de Japón y luego de Corea del Norte, Corea del Sur inicia una política de reconstrucción. Los primeros años posteriores a la guerra, la economía coreana no era en apariencia muy diferente a la argentina. Había un incipiente desarrollo industrial, pero basado en capitales chicos limitados al mercado interno, con una burguesía que era, al igual que las latinoamericanas,considerada rentística.

El cambio se dio a partir del golpe de Estado de Park en 1961. Los años 1961 a 1979 implicaron un  viraje en la política económica, de un proteccionismo orientado a un desarrollo de cara a los mercados internos a uno proexportador. Allí se configuró la relación Estado-burguesía nacional tan elogiada. En 1964 y 1965 se instauró una política de reforma de la tasa de cambio que combinaba protección con tipos de cambio devaluados para ciertas mercancías. También se dispusieron líneas de subsidios a unos pocos grupos económicos elegidos (los famosos chaebols) a partir de planes quinquenales en donde el Estado estimulaba a sectores estratégicos exportadores, con re- cursos obtenidos de las cuantiosas compensaciones de guerra estadounidenses y japonesas. El resultado fue un incremento del comercio exterior desde el 2% del PBI en 1960 a 5.8% en 1965 a 14.5% en 1979, diversificando los productos y mercados. Fue el nacimiento de empresas que competirían a la par de las multinacionales en ramas como la automotriz, la siderurgia, la electrónica y la industria naviera entre otras. Nada de esto hubiera sido posible, además, sin el apoyo sostenido de los EE.UU. a un país que es la frontera de la Guerra Fría.

El sustento: los salarios bajos

La historia pareciera demostrar que las políticas implementadas por Corea fueron efectivas. Por el contrario, Argentina aplicó medidas contradictorias, como la protección de la industria local seguida de la liberalización del mercado, junto con numerosos subsidios estatales. Las políticas de Promoción Industrial vigentes desde 1958, que abarcan subsidios a la producción así como a las exportaciones, no dieron los resultados esperados.3 Su fracaso suele explicarse por alguna falla en la política, o en su implementación. Es entonces donde se cae en un círculo en el que el fracaso de determinada política económica siempre remite a un problema político. No obstante, esas políticas se asientan en condiciones estructurales que no pueden ser trastocadas en su esencia.

Tanto Corea del Sur como Argentina llegan tarde al mercado mundial. Cuando ambos países comienzan a expandirse y diversificarse, las principales ramas de la producción son dominadas por competidores mucho más eficientes. La industria textil, por ejemplo, llevaba más de 100 años cuando Argentina se insertó en la rama. Lo mismo ocurre con la metalurgia, la maquinaria agrícola, la automotriz, la química, etc. A su vez, ambos son países chicos, en relación a su extensión y al pequeño tamaño de su mercado interno. Podría parecer que Argentina en un país grande, pero hacia 1900, tenía un tamaño similar al de Dinamarca.

¿Cuál es la diferencia, entonces? Debemos observar qué particularidad tiene cada espacio nacional para “ofrecer” al sistema capitalista mundial. Ningún capital se puede desarrollar desde un país hacia el mercado mundial si no obtiene una ventaja sobre sus competidores. Claro está que esa es la situación de los capitales rectores que dictan los ritmos de acumulación de cada rama de la producción y obtienen la ganancia media a escala internacional. Los capitales chicos, que no acumulan a la tasa media, quedan reducidos a los mercados internos, a un nivel de subsistencia.

En el caso de Argentina, la única ventaja competitiva (salvo encontadas excepciones) está dada por el agro. Los productores de mercancías agrícolas argentinas son casi los únicos que logran una exitosa inserción internacional, signo de debilidad dado que a medida que avanza la división internacional del trabajo, la rama agraria pierde peso en el mercado mundial. En este contexto, los incentivos estatales a la industria están atados a la única industria competitiva, la agrícola. Las épocas de buenos precios agrarios propician políticas de protección a la industria que una vez eliminados implican quiebras de los capitales locales porque no poseen ninguna ventaja con respecto a sus competidores.4

Por el contrario, en Corea del Sur el capital logra una ventaja muy preciada en el mercado internacional: fuerza de trabajo en extremo barata. El período colonial, la guerra y los largos períodos dictatoriales configuraron una clase trabajadora de origen campesino sin derechos políticos ni sindicales que conformaron un vasto y disciplinado mercado de trabajo. Basta ver las cifras para darse cuenta del contraste abismal con Argentina. Durante la década de 1970, el costo laboral mensual en Corea fue en promedio de 60 dólares, mientras que Argentina el costo laboral rondó los 1040 dólares mensuales. Por su parte, los costos en Estados Unidos en la misma década fueron de 1920 dólares mensuales.5 Para la década de 1980 los trabajadores coreanos tenían la jornada laboral más larga del mundo y carecían de salario mínimo legal.

De acuerdo con un estudio de Ching-Yuan Lin6, entre los años 1960 y 1973 el índice de aumentos de los costos laborales fue de 12,6 en Corea mientras en Argentina fue de 23 y en Chile de 40,9. Dicha diferencia se proyecta también en los años 1973 a 1985, cuando el índice de incrementos en Corea fue de 13,2 mientras en Argentina fue de 198 y en Chile de 103.

Apuesta por la explotación

Luego de la reconstrucción realizada es evidente que las políticas de promoción industrial coreanas fueron efectivas porque se asentaban en bases competitivas. Un Estado con políticas exitosas tiene una estructura más sólida que uno basado en una economía débil y volátil. Pero la idea de que eso se logró por disciplinar a la burguesía es una completa distorsión de la realidad. Los sectores más concentrados del capital coreano se vieron beneficiados de los salarios bajos logrados mediante 27 años de dictaduras militares. Las mismas impusieron un régimen de prohibición de la actividad sindical y política, miles detenciones masivas y matanzas como en los levantamientos de Kawangju en 1980, así como deportaciones de opositores a centros de “purificación física y psicológica”.7 Son elementos históricos públicos que no se pueden desconocer. Sin las bases mencionadas, hubiesen sido en vano los intentos coreanos de forjar una burguesía pujante, ya que ésta se desarrolla cuando obtiene ganancias, no mediante imposiciones abstractas. Es decir, de no alcanzar la tasa media de ganancia no se hubiesen convertido en capitales importantes en las ramas en las que se insertan, aunque los amenazaran a punta de pistola.

Quienes proponen seguir los pasos de la burguesía coreana ocultan las condiciones históricas de su desarrollo nacional. Se encuentran, siendo “progres”, en una encrucijada: o ignoran la realidad y defienden ideas absurdas, o se hacen cargo de las consecuencias, se quitan la careta y exponen su programa crudamente. Ese programa implica una derrota de la clase obrera aún mayor que la sufrida en la última dictadura militar. Con más población sobrante y una represión multiplicada, las condiciones que hicieron posible a Corea permitirían un desarrollo similar en Argentina. Sólo así Argentina podría asemejarse a Corea como reservorio de mano de obra barata. Eso es lo que implica seguir el ejemplo coreano, como proponen Arceo y Schvarzer entre otros, que por ¿ignorancia? se convierten en paladines de la superexplotación.

Notas

1Arceo, Enrique, desgrabación de la presentación del libro de Eduardo Basualdo, Estudios de Historia Económica Argentina, en http://www.flacso.org.ar/publicaciones_ver- mas.php?id=2.

2Schvarzer Jorge y Rougier, Marcelo, Las grandes empresas no mueren de pie. El (o)caso de Siam Di Tella, Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, Julio de 2006. P. 362 y 363.

3Baudino, Verónica, “Esperando el milagro”, en El Aromo

n°39, noviembre/diciembre de 2007.

4Sartelli Eduardo, La Plaza es nuestra, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2007.

5Elaboración propia en base a datos de Bureau of Labor Statistics, Laborsta Internet e INDEC.

6Lin, Ching-Yuan, “East Asia and Latin America as Con- trasting Models”, en Economic Development and Cultural Change, vol. 36, n° 36, Abril de 1988.

7Touissant, Eric, “Corea del Sur: el milagro desenmascarado”, Oikos nº22, 81-109, EAE, Universidad Católica Silva Henríquez (UCSH), Santiago de Chile

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