El mejor libro de historia jamás escrito. Trotsky, la Historia de la Revolución Rusa y la revolución argentina

Por Eduardo Sartelli – Hace noventa años, en el país más atrasado de Europa, en el baluarte de la reacción política, se producía el paso más audaz, el más inesperado: la destrucción del estado feudal-burgués y la construcción de una sociedad socialista. A los ojos de los grandes jefes de la Segunda Internacional, los constructores de la Rusia soviética eran poco más que un puñado de bárbaros voluntariosos de los que poco podía esperarse. Incluso después de consumada la mayor de las hazañas, esa apreciación no sólo no cambió sino que alcanzó su formulación definitiva en la mezcla de temor y desprecio que caracterizó a personajes como Kautsky o Plejanov. Quienes nos ubicamos del mismo lado que esos “arribistas” de la gran política mundial, por el contrario, profesamos la más sincera de las admiraciones, en particular por el notable dúo dirigente conformado por Lenin y Trotsky. Debo decir que, personalmente, el núcleo de mis sentimientos no se encuentra ni en el reconocimiento a la indudable vocación revolucionaria bolchevique (la “actualidad” de la revolución, diría Lukacs), ni en el coraje a prueba de desafíos históricos de esos hombres y mujeres únicos. No. Se trata de otra cosa. Revolucionarios consecuentes los ha habido de a millones, afortunadamente. No menos millonaria es la cifra de los valientes, obviamente, en la izquierda tanto como en la derecha. Lo que caracteriza a los bolcheviques es la eficiencia revolucionaria, una cualidad rara, sólo compartida por Mao y, probablemente, los vietnamitas y Fidel Castro. De hecho, la “vía rusa” y la “china” han sido, hasta ahora, las únicas estrategias exitosas para la toma del poder. Ese es el corazón del problema que todo revolucionario tiene por delante: ¿cómo es posible la victoria?

Obviamente, la tradición marxista tiene muchos otros nombres y muchas otras experiencias reivindicables y ningún militante serio debiera predicar el abandono de todas las tradiciones pasadas en nombre de una supuesta “renovación”. En la historia nunca hay “borrón y cuenta nueva”. En el mejor de los casos, se da vuelta la página, pero el gran libro de la experiencia humana, para bien o para mal, continúa organizando la vida en general. Se aprende de las experiencias fracasadas también. Es más, la derrota suele ser muy pedagógica. No habría habido Octubre sin la Comuna de París y sin 1905. Pero las experiencias exitosas permiten ver el camino hasta el final. Las revoluciones rusa y china nos muestran, entonces, el resultado de un trabajo bien hecho, al menos en relación a la construcción del poder revolucionario.

También es cierto que la victoria no puede adjudicarse exclusivamente a la estrategia. En más de un sentido, Lenin, Trotsky y Mao han representado el papel de las personas correctas, en el lugar adecuado y en el momento justo. Probablemente existiera más de un Lenin, más de un Trotsky, más de un Mao, que simplemente llegaron demasiado temprano (¿Babeuf?) o estaban en el lugar equivocado (¿Gramsci?). La revolución depende de muchos factores, uno sólo de los cuales es la estrategia. Sin embargo, en determinado momento del proceso histórico, cuando los demás elementos ya están presentes, la estrategia adecuada y sus creadores deben ocupar, más bien pronto que tarde, el centro de la escena. Es el remate de la receta el que asegura su sabor definitivo. Y si Mao descubrió la receta para la toma del poder en un país con las características de China, Lenin y Trotsky inventaron la correspondiente a uno como Rusia a comienzos del siglo XX. Quienes pretenden, a comienzos del nuevo siglo, repetir aquellas hazañas, deben reconocer la naturaleza específica del momento y el lugar y recuperar, del conjunto de conocimientos acumulados, la experiencia más cercana a nuestro presente argentino. De ahí la primacía necesaria de Octubre sobre la Larga Marcha en nuestra no menos necesaria reflexión sobre nuestra estrategia para nuestra revolución. En aquella eficacia pueden encontrarse las bases de ésta.

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¿Por qué la Revolución Rusa hoy en la Argentina?

Teniendo en cuenta las conclusiones del acápite anterior, la pregunta que encabeza éste es completamente pertinente. Si la historia no se repite, si la Argentina no es ni puede ser la Rusia de comienzos del siglo pasado: ¿para qué preguntarse por esa experiencia? La pregunta tiene dos partes. La primera inquiere por la pertinencia de la estrategia bolchevique en la Argentina. La segunda, por la utilidad de pensar un problema tal en momentos en que se supone el capitalismo argentino pasa por uno de sus mejores momentos. Veamos el primer problema en este acápite y el segundo en el que sigue.

¿En qué consiste la estrategia bolchevique? En un país atrasado, en el sentido de una transición incompleta del feudalismo al capitalismo, donde la única clase con capacidad de acción histórica es un proletariado reducido pero poderosamente organizado, con una burguesía débil y una clase feudal en retirada, flotando todas las clases en un mar de campesinos numerosos pero impotentes, en medio del derrumbe del aparato estatal y el traspaso del poder material del Estado a las fuerzas soviéticas compuestas de las vanguardias armadas de las expresiones de las clases subalternas (campesinos-soldados y obreros-soldados), la estrategia bolchevique consiste en la construcción de una alianza de clases con dirección obrera, cuya función es garantizar la insurrección armada que triunfa bajo la forma de conspiración de la mayoría organizada en el soviet. El instrumento de esa estrategia es el partido de cuadros profesionales cuyo objetivo es, primero, la conquista de la mayoría de la clase obrera y, luego, la dirección de la insurrección y su culminación conspirativa. La estrategia presupone la quiebra del aparato militar de la clase dominante, que abre una situación de doble poder, período en el cual se produce la disputa política (el “explicar pacientemente” de Lenin) mediante la cual el partido revolucionario “encarna” en la clase al mismo tiempo que la clase se “hace partido” en el camino a transformarse en Estado. Todo Octubre, en esta estrategia, presupone un Febrero. En ese período intermedio el partido no sólo debe mostrarse capaz de alcanzar la mayoría en el seno de la clase obrera, demostrando ser el único capaz de asegurar el conjunto de sus intereses mediatos e inmediatos, sino también ser el vehículo de la hegemonía proletaria al encarnar el conjunto de las contradicciones secundarias que vitalizan la actividad del resto de las masas que componen la alianza revolucionaria. En el caso ruso, las demandas de paz, tierra y trabajo se sumaban al problema de las nacionalidades para constituir el núcleo del abanico de problemas a las que el partido debía articular. La fórmula que sintetizaba esa tarea era la “revolución permanente”: el pasaje de las tareas democráticas (burguesas) a las socialistas en un mismo y único proceso hegemonizado por la misma clase, el proletariado. La forma institucional que debía asumir ese proceso era la democracia soviética, el continente de la dictadura (supremacía política y social) del proletariado. Un elemento más debe coronar la estrategia: el triunfo de la revolución en Alemania. La revolución permanente presupone, entonces, la revolución mundial.

Como tal, esta estrategia estuvo a la orden del día en más de una ocasión: en la Comuna de París, en la Rusia de 1905, en la Alemania de la revolución espartaquista, en la Guerra Civil española, por mencionar los casos más conocidos. En todos ellos hubo un Febrero, un momento en que las clases aparecen como Fuerza Social. Las clases sociales nunca aparecen como tales en la lucha política, siempre aparecen como alianzas de fracciones de clase que intervienen en conjunto bajo un programa vago, generalmente de carácter “popular”.1 Ese programa suele ser utilizado por fracciones de la burguesía en sus disputas internas. La forma que asume esta intervención burguesa es más o menos decidida según sea el grado de activación de las grandes masas y el poder de la clase que domine la formación social. Cuando éstas se encuentran en un momento de gran despliegue y cuando la clase dominante es particularmente débil, las fracciones burguesas son temerosas, más aún si estas fracciones no se consideran capaces de controlar el resultado de las movilizaciones populares. En estos casos, la burguesía o sus fracciones más movilizadas suelen manifestarse a favor del proceso de manera pasiva, expresándose en una “licencia”, un permiso a la protesta. Se trata, sobre todo, de una relajación de la disciplina estatal que da la apariencia de una complicidad entre las fuerzas represivas y las masas (como cuando los manifestantes atraviesan las líneas cosacas por debajo de las patas de los caballos ante la pasividad de sus jinetes). Ese programa popular tiene como soporte acciones que se producen por fuera del aparato estatal; esa tendencia a la acción directa, superando las mediaciones institucionales, es la que expresa la contradicción entre lo limitado de las demandas, por una parte, con lo avanzado de las formas de acción. Dicho de otra manera, el programa expresa todavía el dominio burgués, mientras las formas de acción tienden a independizar a sus participantes de las formas de conciencia burguesa. Es en este punto en el que los partidos extremos se expresan en el movimiento como dirección moral. Esta contradicción, sobre la que flotan todas las corrientes políticas intervinientes, se hace visible, valga la paradoja, en la ausencia de dirección técnica. Dicha ausencia (nadie “dirige” las acciones) es la que funda la apariencia de “espontaneidad” del movimiento, que semeja una fuerza poderosa sin cabeza alguna, asentada en un amplio “consenso”, pero que oculta las tensiones de clase subyacentes y la disputa por la dirección. El resultado más probable del triunfo es la entrega del gobierno a los partidos “conciliadores”, partidos que expresan en su composición el carácter inestable de la alianza con su dirección en disputa, que por lo tanto no representan orgánicamente (en el sentido gramsciano) a ninguna de las clases movilizadas. Esta disputa es la que estará en primer plano a partir del triunfo de esa fuerza social.

La clave del proceso que sigue está en el entronque del partido orgánico del proletariado con las masas, el pasaje de fuerza social a partido. Este proceso es más importante que cualquier “unidad” de las fuerzas de “izquierda” que no sea resultado de la lucha por la dirección de las masas. En este punto, por el contrario, la disputa por el programa es el elemento central de la vida política. Si este proceso llega a su fin, el resultado será la emergencia del partido de la revolución. Si tal cosa no sucede, normalmente triunfa alguna combinación contrarrevolucionaria.

¿Sirve una estrategia tal a la Argentina actual? Por empezar, la historia no se repite: la Argentina no es la Rusia de los zares. No hay aquí ninguna masa campesina: la transición del feudalismo al capitalismo se produjo ya hace mucho tiempo y fue completa. La Revolución de Mayo barrió con todas las rémoras existentes, no hay tareas “democráticas” pendientes. Más aún, no sólo no existe campesinado alguno cuya masa venga en auxilio del partido del proletariado, sino que tampoco nos encontramos con una estructura en la cual la pequeña propiedad capitalista (la pequeña burguesía) tenga un peso sustantivo. La revolución permanente, al menos en el sentido de la continuidad de las tareas burguesas y su progresión hacia el socialismo, no tiene en la Argentina un campo de aplicación.

¿Significa que la Argentina actual es un país en el cual el desarrollo de la acumulación de capital la coloca en el corazón de la revolución mundial? ¿El grado de desarrollo de sus fuerzas productivas la ubica en la posición de los que deben ir en auxilio de los más atrasados, ejercitando las bondades del desarrollo desigual invertido? No. La Argentina es un país de desarrollo capitalista pleno, en el sentido en que las relaciones sociales capitalistas alcanzan en su interior la mayor extensión posible. Pero es una porción muy pequeña de la acumulación mundial y, por ende, muy dependiente de la cadena capitalista. Dada las escasas fuerzas productivas locales, no hay posibilidad alguna no ya de una revolución triunfante, sino de que el partido revolucionario se sostenga un par de años en el poder. Eso pone en primer plano el problema de internacionalismo proletario, la creación de los Estados Unidos Socialistas de América Latina. Ello nos enfrenta, directamente, con el problema de la revolución brasileña. En este sentido, la revolución permanente, como continuidad de la revolución mundial, adquiere para la Argentina una urgencia inmediata.

Al mismo tiempo, la Argentina actual no vive un proceso de industrialización creciente que tienda a constituir un poderoso y concentrado proletariado fabril. Por el contrario, dada la escasa magnitud de la acumulación de capital en su interior, producto de la insuficiente competitividad de la industria, la masa del proletariado se ve expulsada de las fábricas por el proceso de relocalización mundial de las manufacturas (dependientes de fuerza de trabajo barata) y por el crecimiento de la productividad del capital que continúa operando localmente. Al mismo tiempo, la altísima productividad (y la consecuente capacidad competitiva) de la producción agraria, determinan una baja capacidad de absorción de fuerza de trabajo y una tendencia recurrente a la estrangulación de la acumulación del capital local, dados los límites relativos que la disponibilidad de tierras impone. Estas características gestan profundas tendencias a la descomposición capitalista, que se expresan en la expansión de la masa de población sobrante y del empleo improductivo estatal. De aquí se deduce que la preeminencia política de los agrupamientos políticos fundados sobre estas fracciones del proletariado no resulta anecdótica. Por otro lado, la burguesía argentina es una especie en extinción. Se asienta sobre un Estado poderoso, con un aparato represivo de gran poder material, pero difícil de sostener sobre la base de fuerzas productivas endebles. Ese poder, no obstante, tiene una utilidad meramente interna, no podría enfrentar una aventura externa. La preeminencia abrumadora de la propiedad extranjera pone en la línea inmediata de confrontación a los Estados Unidos, pero la creciente importancia de la propiedad de capitalismos vecinos (Chile y Brasil), conduce inexorablemente a una internacionalización rápida de la respuesta burguesa. La debilidad moral del aparato represivo local, producto del resultado de la lucha de clases en los ’70 y de la restauración “democrática”, probablemente haga más sencillo el triunfo de una insurrección local, pero acelere la respuesta externa. Las fracciones menores del capital local y, en particular, la pequeña burguesía, sufren un proceso de proletarización y, sobre todo, de pauperización profundas. Incapaces de funcionar como “burguesía nacional”, es decir, de postularse como dirección de la nación oprimida contra el imperialismo, pueden ser arrastradas a la alianza con la vanguardia proletaria, en particular por los vínculos que mantiene con las fracciones más movilizadas del mismo, que tienen su origen parcial en la pequeña burguesía, como los maestros.

En este contexto, la socialización de las fuerzas productivas locales más avanzadas, las asentadas en la propiedad agraria, puede realizarse en forma rápida y eficiente y dar una base firme al Estado revolucionario. La amplia extensión y concentración de las estructuras financieras y de comercialización hacen difícil pensar en la desestructuración económica extrema que llevó en Rusia al comunismo de guerra. El principal problema de la revolución argentina es, antes que nada, externo.

Entonces, ¿de qué sirve la experiencia rusa? La revolución argentina asumirá la forma de insurrección de masas urbanas, que repetirá la secuencia Febrero-Octubre, pero sin masas campesinas y, probablemente, sin resolución del problema militar por la experiencia de la guerra. La revolución argentina deberá, entonces, enfrentar la crisis del sistema político sin el beneficio de soviets armados. Esta situación parecería dar pie a la repetición de la experiencia de la guerrilla urbana setentista. Sin embargo, tal conclusión llevaría necesariamente al más grave de los errores. La experiencia de los ’70 demuestra que la estrategia bolchevique de asegurar la hegemonía política de las vastas masas obreras, por medio de la acción del partido revolucionario, es la única que puede garantizar el éxito. Esa hegemonía debe extenderse a las fracciones de la pequeña burguesía, que puede ser arrastrada hacia posiciones reaccionarias o sumidas en la impotencia y la desorganización, como hizo el zamorismo durante el Argentinazo. Esa alianza, que tiene relaciones orgánicas con el aparato represivo, puede quebrarlo políticamente haciendo pie en la crisis moral que arrastra desde el Cordobazo a esta parte.

1905-2001

La experiencia rusa nos lega la estrategia insurreccional, que coloca en primer lugar el problema de la construcción del partido revolucionario y su hegemonía en el interior del proletariado, que construye alianzas con la pequeña burguesía y privilegia la dimensión internacional de la lucha de clases. El doble poder y los soviets son el marco y el escenario en el cual dichos objetivos se despliegan. Esta sabiduría política no brotó simplemente de la cabeza de Trostky, fue el balance de la experiencia del proletariado ruso, fue el resultado de 1905. La Argentina tuvo su 1905: fue el 19 y 20 de diciembre de 2001. No abrió una situación revolucionaria. Tales momentos sólo aparecen cuando la masa del proletariado y de las clases subalternas se moviliza independientemente de la burguesía, al menos en forma incipiente, y constituye su poder en el soviet. Es decir, cuando se constituye una situación de doble poder. Tal cosa no se produjo en diciembre de 2001. El Argentinazo se parece más a 1905, en el sentido en que abre una etapa histórica nueva. En términos de la historia local es equivalente al Cordobazo. La revolución de 1905, que alcanzó un dramatismo muy superior al del Argentinazo, tuvo, sin embargo, las limitaciones propias del inicio de un proceso revolucionario. Un proceso tal se abre cuando las clases subalternas comienzan a desarrollar formas de acción que superan las mediaciones institucionales, es decir, cuando en su acción se comportan, tendencialmente, con independencia política de la burguesía. No alcanzan, sin embargo, a constituirse como poder alternativo, aunque suelen aparecen en este momento, las formas que ese poder se dará si el proceso se agrava y se desarrolla, más adelante, una situación revolucionaria, es decir, un momento de disputa directa y abierta por el poder.

Un proceso revolucionario puede avanzar, retroceder o incluso cerrarse, pero mientras se mantenga abierto las tareas que impone deben llevarse a cabo, so pena de no encontrarse con los instrumentos adecuados cuando la situación revolucionaria se presente. Esta comprensión de la tarea necesaria es la ventaja definitiva que Lenin obtuvo sobre Trotsky.

¿Pero, tal previsión es necesaria para la Argentina actual? ¿Estamos inmersos en un proceso revolucionario? Efectivamente es así, aunque por razones de espacio me veo obligado a remitir al lector a mi libro La plaza es nuestra.2 No sólo el Argentinazo da por tierra con la etapa contrarrevolucionaria iniciada en los ’70, sino que se inscribe en un proceso mundial que empuja en el mismo sentido y que se expresa, sobre todo en América Latina, en las transformaciones políticas que son de público conocimiento.3 Obviamente, todo depende de la marcha a largo plazo de la economía mundial. Lamento tener que remitir al lector, nuevamente, a otro lado, pero aquí no puedo más que exponer la cuestión de manera suscinta.4

La economía mundial entró en crisis en los años ’70 y desde ese momento todas las tentativas de reconstrucción han encontrado un límite en una tasa de ganancia que se eleva lentamente. Ese proceso desencadena crisis recurrentes cada diez años promedio (1974; 1981; 1989; 2001), más crisis parciales que se conocen como “efectos” (“tequila”, “arroz”; “vodka”). Esta lentitud de la recuperación de la tasa de ganancia mantiene la continuidad de la crisis, que todavía espera su desenlace, así como la crisis que se inicia con la Primera Guerra Mundial tuvo la suya en la Segunda. Esta situación de la economía mundial se manifiesta de manera diferencial, país por país y región por región. En los capitalismos más débiles, como el argentino, las consecuencias no sólo son desastrosas, sino que se hacen más agudas con el tiempo. Está en discusión si la crisis mundial se cerró ya, si va en camino a ello o si, por el contrario, va a desplegarse aún con más violencia. Si esta última perspectiva es la correcta, la crisis en la Argentina probablemente supere lo visto en 2001. El gobierno Kirchner no ha hecho más que repetir el ciclo de expansión propio de cada intervalo entre crisis y crisis. Si la crisis mundial se cierra, la economía argentina se estabilizará de alguna manera y las posibilidades revolucionarias se postergarán por largos años. Pero si el panorama resulta otro, la realidad nos obligará a intervenir. En ese trance, el mejor análisis del proceso revolucionario triunfante de la experiencia histórica más cercana a un país como la Argentina, la Historia de la Revolución Rusa, de Trotsky, se volverá un manual imprescindible. Se evidenciará, por su capacidad para iluminar el futuro, como el mejor libro de historia jamás escrito.


Notas

1En su momento de triunfo, las clases aparecen en la lucha como Estado; el momento transicional lo cubre el partido.
2Ediciones ryr, Buenos Aires, 2006.
3Y que el lector puede seguir en Coggiola, Osvaldo: Rojo Amanecer. La lucha de clases en América Latina Hoy, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2007.
4Véanse los análisis de la crisis mundial presentes en varios números de la revista Razón y Revolución y del periódico El Aromo, y en el último capítulo de La cajita infeliz.

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