El iceberg rojo. La lucha de los obreros de Kraft y el avance de la izquierda en la Argentina – Santiago Ponce y Mariano Schlez

kraft_gendarmeria-2-644x340 “La izquierda les disputa el terreno a los sindicatos”, rezaba el título de un  artículo del pasado lunes 19 de octubre. ¿Otra “exageración” de la  “autoproclamatoria” izquierda criolla? ¿La tapa de alguna prensa  revolucionaria que busca motorizar las luchas en curso? Nada más lejano.  Con ese título se despachó el diario La Nación, que consideró pertinente  realizar un llamado de atención a propios y ajenos sobre el avance de la  izquierda entre los trabajadores argentinos.1 Luego de enumerar una buena cantidad de fábricas y sectores claves de la economía donde se han conformado direcciones clasistas, le planteó al personal político burgués dos inquietantes preguntas: “¿Qué habría pasado si todas las fábricas mencionadas hubieran entrado en huelga en apoyo a Kraft? ¿O qué sucedería si, eludiendo como interlocutores a los sindicatos, surgiera una coordinadora de gremios ‘clasistas y combativos’?”. Pregunta que no puede ser respondida sin analizar la vinculación de la clase obrera con los partidos revolucionarios.

De Perón a Lenin: la lucha de los obreros de Terrabusi

La radicalización de los obreros de Terrabusi-Kraft no sucedió de manera espontánea, sino que remite a una lucha política que ya lleva más de veinte años. La separación de la comisión interna fabril de la dirección peronista del gremio de la alimentación, que actualmente conduce Rodolfo Daer, comenzó en 1986, cuando un conflicto en la empresa acabó en el despido de 200 trabajadores. Distanciamiento que se profundizó en la década de 1990, cuando el sindicato fue la correa de transmisión de la política de ajuste y congelamiento salarial menemista, posicionándose claramente en el campo de la patronal. Por aquel entonces, Terrabusi solicitaba a las autoridades nacionales la modificación del marco legal regulatorio de las relaciones laborales, es decir, la flexibilización.2 A lo largo de la década de 1990, la empresa comenzó un proceso de racionalización de la producción que incluyó la incorporación de máquinas, la eliminación de personal y el aumento de la plusvalía relativa. Buscando siempre disminuir los costos de la fuerza de trabajo e incrementar la productividad, Terrabusi festejó la desregulación laboral impulsada por el peronismo, que les posibilitó cumplir este objetivo.
Luego de sancionada, los trabajadores resistieron la aplicación de la flexibilidad y la polivalencia funcional, las que constituían poderosos ataques a sus condiciones de trabajo. El salario ya era bajo en 1988, como relata una obrera que ganaba 2,70 la hora, y reflexionaba: “Con un paquete de galletitas están pagando hora de trabajo y ¿cuántos miles de paquetes hace la empresa por día? La mujer deja en la casa los hijos, se va a trabajar las 8 horas, sabe que está regalando 7 a la empresa, sabe que no le va a alcanzar y sigue con las tareas domésticas”.3 En los ’90, el salario real cayó, y se endurecieron las condiciones: una ausencia implicaba un descuento de $50, y dos, uno de $100, aunque haya sido por enfermedad y esté justificada. A su vez, las máquinas incorporadas aumentaban el ritmo de trabajo. En la sección de envasamiento, por ejemplo, los “golpes” (equivalente a “paquetes”) por minuto, aumentaron de 30 a 45 en la línea de las galletitas “Express”. También se aumentaron los ritmos en otras líneas, como la de “Club Social”, lo que produjo la protesta de la comisión interna. En esa sección se desempeñan, mayoritariamente, mujeres. Una de ellas, María Rosa, explica que “salen cansadas, salen muertas”. Sobre ella misma reflexiona: “estoy hecha bolsa, me duele la cintura la espalda, las piernas”, agregando que las operarias suelen tomar calmantes, generalmente recetados por el médico de la empresa, que da un solo tipo de medicamento para todos los dolores. Y continúa: “Lo que cuesta es ‘aguantar el ritmo’: te dan puntadas en la espalda, parece que te van a clavar dos agujas, parece que te vas a desmayar. Algunas compañeras dicen ‘me caigo arriba de la mesa’ y ‘me caigo tirada’, cuando salimos a las dos de la tarde. Algunas se van a dormir, porque no aguantan, pero las que están más jodidas son las que tienen hijos, la casa, lavar la ropa, cocinar. Hay que llenar la máquina para que no vaya vacía. El ritmo hay que cumplirlo, no existen posibilidades de modificación”.4
Los niveles de explotación eran tales que, en 1998, los obreros llevaron adelante una huelga que rompió con el congelamiento salarial, impuesto por Menem y la CGT, logrando arrancarle a la empresa el pago de $30 más y una bolsa de alimentos de $20. A su vez, la comisión interna profundizó su lucha por numerosas reivindicaciones que hacían a la vida diaria en la fábrica, como exigir al sindicato se comuniquen las fechas de elecciones; solicitar vehículos para trasladar las madres a las guarderías, permisos para las embarazadas de marcar tarjeta con ropa de calle; reclamar por la atención del jardín maternal; publicar una declaración por el día Internacional de la mujer trabajadora; desarrollar jornadas de lucha contra la intensificación del trabajo y por aumento de salario; luchar por la reincorporación de una trabajadora que fue despedida por haber participado en el Encuentro Nacional de Mujeres y exigir protecciones corporales en algunas secciones, además de recategorizaciones de algunos trabajos. Ya por aquel entonces, una de las obreras de Terrabusi planteaba que “sólo cuando haya otra sociedad más justa, sin explotadores ni oprimidos, las mujeres ocuparán realmente el lugar que les corresponde en esa nueva sociedad”.5 Como decíamos, semejante conclusión no era espontánea, sino el resultado de un largo proceso de concientización que dejaba en evidencia cómo el sindicato y la CGT, que supuestamente debían apoyar sus luchas, no hacían otra cosa que defender a la empresa y al gobierno. Según los mismos trabajadores, se han desafiliado del sindicato por “la bronca” que despertaba su política. El hiato se amplió cuando el sindicato eligió “a dedo” 30 congresales dentro de la empresa por el término de cuatro años y, desde 1993, decidió no cumplir con la disposición del Convenio Colectivo de Trabajo sobre la elección de delegados por sección, intentando detener el avance de los sectores más radicales.

Un salto cualitativo

El gobierno “nacional y popular” de los Kirchner tampoco resolvió los problemas de los trabajadores de la ahora Kraft-Terrabusi. Por el contrario, los intensificó llevándolos a niveles inéditos. Esta nueva avanzada se remonta al año 2007, cuando la patronal intentó despedir a 35 trabajadores de agencia, provocando la reacción de la comisión interna, que resolvió paralizar todos los sectores. La lucha resultó en un rotundo triunfo, que no sólo evitó el despido de los trabajadores sino que, además, consiguió su efectivización. El 2008 fue testigo de una profundización de la lucha de los obreros frente a la precarización constante de sus condiciones laborales y por el desprocesamiento de uno de los dirigentes de la comisión interna, el militante del PCR Ramón Bogado, perseguido por cortar la “Autopista del Sol” durante un reclamo salarial. A lo largo del año realizaron paros, cortes de ruta, movilizaciones a la oficina del presidente de la compañía y del personal administrativo y más de dos meses de quite de colaboración de todo el personal.
El enfrentamiento entre el capital y los trabajadores dio un salto el 19 de marzo de este año, cuando la empresa anunció el despido de 700 obreros. Años de organización y militancia dieron sus frutos y, en un acto en la puerta de la fábrica, los obreros y los partidos de izquierda le pusieron un freno al ataque bajo la consigna “¡que la crisis la paguen los capitalistas!”.6 El 11 de mayo, la empresa firmaba con el sindicato de Daer una suma no remunerativa de $200, a espaldas de la comisión interna, que luchaba por una suma fija de $600. El repudio a la burocracia sindical era cada vez mayor.
Meses más tarde, frente a los primeros casos de gripe A en la empresa, los trabajadores reclamaron mejoras en las medidas de higiene, tanto de la fábrica como del jardín maternal. La respuesta de Kraft fue descontar el día a quienes faltan por la gripe y el despido de 164 trabajadores en lucha, que extienden y masifican el bloqueo de la entrada a la fábrica con decenas de carpas.7 Al conocerse que los despidos incluyen a la totalidad de la comisión interna y el cuerpo de delegados, la asamblea resuelve la ocupación de la planta y el corte de la ruta Panamericana. Por aquel entonces, el gremio de la alimentación le quita su apoyo a la protesta, colocándose, una vez más, del lado de los patrones y el gobierno que, el 7 de septiembre, reprime a los trabajadores en lucha.
El ataque no detuvo el proceso, sino que lo incrementó, provocando el aumento de la solidaridad de obreros y estudiantes: cortes de calles, clases públicas y movilizaciones fueron los métodos implementados.8 Una vez más, el gobierno y la patronal ensayan una salida violenta y, el 25 de septiembre, tras 39 días de ocupación, la Policía Bonaerense desaloja la planta con un accionar represivo que deja 8 heridos y 70 trabajadores detenidos, utilizando las instalaciones de la empresa como cárcel. Violencia que, nuevamente, es respondida con más cortes y movilizaciones a escala nacional.

El avance de la izquierda

Tanto la batalla de Kraft-Terrabusi, como la presencia de la izquierda partidaria en el conflicto no son fenómenos aislados. Continuando con estudios anteriores, el LAP contabilizó, para Capital Federal y provincia de Buenos Aires, 444 acciones de lucha obrera, que incluyen huelgas, actos, acampes, piquetes, escraches y toma de plantas, a lo largo de 2009.9 Mientras que en 280 (63%), la izquierda dinamizó el proceso a través de diferentes intervenciones, en 116 acciones (26%) ha logrado convertirse en la dirección del combate.10 Elevada presencia que se refleja en el número de ramas de la producción en lucha que cuentan con la participación de la izquierda: sobre un total de 64 ramas en conflicto, la izquierda interviene en 42 (64,5%).
Entre las principales luchas de este año se encuentra la de los obreros de Massuh, que pelean por la expropiación sin pago de la planta y su funcionamiento bajo control obrero. También se destaca el combate de los papeleros de Campanita, en Zárate, que frente al recorte de horas extras (que significó una rebaja salarial del 40%), redujeron la producción al 50%. A lo que la empresa declaró un lock-out, despidiendo a 19 compañeros que, luego de cortes de ruta y movilizaciones, debieron ser reincorporados. De la misma manera, a fuerza de acampe y piquete, los obreros tercerizados de Loginter, en Puerto Rocca, le arrancaron al Ministerio de Trabajo un freno a los despidos de esta contratista, que trabaja para Siderar Ensenada.
Como se observa en éste y anteriores trabajos, la izquierda partidaria, lejos de tratarse de un elemento débil y aislado de la política argentina, se ha convertido en una fuerza de peso de la realidad nacional.11 No es casualidad que ella haya dirigido la huelga más importante del año: Kraft es el resultado de un largo y complejo proceso que está llevando a los trabajadores argentinos del peronismo al socialismo. La profundización del ataque a las condiciones laborales, la acción de la burocracia sindical y el ejemplo, la solidaridad y la intervención de la izquierda revolucionaria motorizan este proceso. Bien hace La Nación en dar la voz de alarma a sus pares de clase. A nueve años del Argentinazo, comenzamos a superar el reflujo kirchnerista y volvemos a avanzar.

NOTA

1La Nación, 19/10/2009.
2Kandel, Ester: “Las relaciones de género en una empresa de la industria de la alimentación en la Argentina en la década de 1990 (CASO T.)”, UBA, Octubre de 2003.
3Hoy, 2/3/1988.
4Kandel, Ester: op. cit. p. 101.
5Kandel, Ester: op. cit. p. 97.
6Prensa Obrera, nº 1076, 26/03/2009.
7Prensa Obrera, nº 1100, 17/09/2009.
8Hoy, nº 1286, 30/09/2009.
9En base a Comité de Seguimiento del Conflicto Social y la Coyuntura Latinoamericana de CLACSO, Prensa Obrera, Alternativa Socialista, Hoy, La Verdad Obrera y Socialismo o Barbarie.
10Para una explicación de las dificultades metodológicas de esta investigación ver Ponce, Santiago: “El camino a la revolución”, en El Aromo Nº 50, septiembre-octubre de 2009.
11Ponce, Santiago: op. cit.

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