El gendarme K. Tomas, planes, barras y las perspectivas de la lucha de clases

gendarmek_a58Fabián Harari(1)
LAP – CEICS

Seis muertos en dos meses. Todos obreros asesinados por luchar por condiciones de vida dignas a manos de las fuerzas comandadas por autoridades kirchneristas. Hace tres años, una tapa de nuestro periódico anticipaba un giro más reaccionario y emparentaba a Cristina con Menem. Las reacciones adversas no tardaron en llegar. Pues bien, FMI mediante, los asesinatos de trabajadores, los acuerdos con Macri y las negociaciones con Reutemann para una posible fórmula electoral lo dicen todo. Los enfrentamientos en Villa Soldati y Villa Lugano y la sucesión de ocupaciones en Bernal, Barracas y La Matanza muestran los alcances, pero también los límites, de la crisis política.

Un bastión amenazado

La falta de acceso a la vivienda y el déficit habitacional son dos fenómenos reconocidos oficialmente. La ciudad se encuentra legalmente en “emergencia habitacional”. En 2005, la ley 1770 declara que debe urbanizarse las villas de Villa Soldati. Si observamos el gráfico 1, vemos que desde el 2007, la población más desposeída comienza a efectuar movilizaciones reclamando mejoras en su condición de vida. Es decir, el aumento de la protesta de la fracción más pauperizada de la clase obrera es un proceso real. Sin embargo, hay un detonante que debe explicar por qué en Villa Soldati (y Lugano) y por qué en diciembre.

En la comuna 8 (Soldati y Lugano), viven aproximadamente 200 mil personas. Oficialmente, representa el 5% del padrón electoral de la capital. No obstante, ese porcentaje puede ampliarse con el voto de los, ahora, indocumentados o con los permanentes ingresantes a la zona. La última elección no fue todo lo buena que se esperaba para el PRO. Pero en Lugano-Soldati sacó casi lo mismo que en Palermo o Barrio Norte: un 33%. En los monoblocks, logró un voto cautivo entregando viviendas a gran parte de los 2 mil policías metropolitanos y a los empleados municipales afiliados al Sutecba, de Amadeo Genta. En las villas, captó punteros ibarristas en medio de la ruptura de esa fuerza. El puntero más importante de la villa 20 es Marcelo Chancalay, quien era Presidente de la Junta vecinal y que también milita en Los Piletones. En esta última villa, el macrismo tiene también los favores de Margarita Barrientos, macrista desde el 2003. Toda esta estructura punteril es supervisada por Cristian Ritondo y su Corporación del Sur, integrada también por kirchneristas. Ritondo es dirigente del club Chicago y está acusado de ser quien financia su barra brava. En alianza con Ritondo, se encuentra Madres y su proyecto “Sueños Compartidos” (véase artículo de Silvina Pascucci, en este número). Hasta este conflicto, Madres y Ritondo compartían la estructura punteril de Los Piletones. Chancalay era el lazo común. Sin embargo, en noviembre, esta situación comenzó a cambiar.

Hubo dos procesos que pusieron en crisis este armado. El primero es una relativa consolidación del kirchnerismo a nivel nacional y, el segundo, el avance de la izquierda en las villas. La disolución del espacio del Peronismo Federal (véase nota de Cristian Funes) y de la oposición en general, avizoraban pocas oportunidades para la candidatura de Macri a nivel nacional. Más aún: peligraba incluso su reelección como Jefe de Gobierno, en caso de unificarse las elecciones nacionales y municipales. Por eso, el macrismo resolvió adelantar las elecciones en la ciudad, de modo tal de separarlas de la nacional y, de irle bien en la primera, candidatearse a la segunda, dejando a su vice al frente del gobierno. Es decir, convertirse, eventualmente, en un candidato testimonial. El caso es que tenía que empezar a contar los porotos en cada uno de los barrios.

En Lugano, parecía todo controlado. Lo mismo en los edificios de Soldati. Para asegurarse, prometió viviendas nuevas y escrituras a sus ocupantes. Sin embargo, las villas 20 y Los Piletones eran un problema. En la 20, Chancalay había perdido la presidencia de la mano de los propios habitantes, que nombraron provisionalmente a Diosnel Pérez, del Frente Darío Santillán, con el objetivo de convocar a elecciones. Pérez aparecía como el principal dirigente y el candidato a quedarse con los comicios. Había denunciado, además, a Madres y a Ritondo. No había mejores noticias en Los Piletones: una lista común de diferentes organizaciones, “Naranja”, llevaba como candidato a Julio Cari, militante del Polo Obrero. Julio era, además, Vicepresidente de la Junta Vecinal y tenía amplias posibilidades de ganar. De hecho, la crisis política allí determinó que la Naranja fuera, al comienzo, la única lista. De apuro, le armaron otras tres. Es evidente que ambas villas estaban en un proceso de politización y de progresiva radicalización. Había que intervenir…

Macri tomó dos decisiones. La primera, suspender las elecciones y ordenar a sus punteros que arremetiesen contra los candidatos opositores. Julio Cari fue amenazado de muerte y tuvo que pasar dos semanas “guardado”. Lo mismo les sucedió a Diosnel Pérez y a otros dirigentes. La segunda, prometer la propiedad de los terrenos en donde hubiera viviendas y a aquellos que ocupaban las calles (en Riestra, por ejemplo), subsidios para que desalojen. Este fue el “rumor” que todas las fuentes reconocen como el origen de la ocupación (los testimonios, los periódicos -desde Página 12 a La Nación- y la prensa de izquierda). Es decir, si bien el reclamo y las necesidades son preexistentes, estas ocupaciones son, por su forma, una expresión de la crisis política que provocó la recomposición del kirchnerismo.

Un frente único

Numerosos militantes kirchneristas, muchos de ellos sinceros luchadores por un mundo mejor, suelen criticar a la izquierda por asociar al gobierno nacional con el de Macri. De hecho, llegan incluso a reiterar argumentos poco lúcidos como que, de combatir al gobierno, se estaría haciendo el “juego a la derecha”. Pues bien, en este caso, puede observarse una acción y una política concertada, más allá de ciertas desavenencias, contra la fracción más pauperizada de la clase obrera.

Lo primero que debe señalarse es que empezaron y terminaron juntos. La primera denuncia partió de Madres, cuyo proyecto está financiado por la Corporación del Sur, a cargo de Cristian Ritondo. Esa primera denuncia originó la intervención de la Metropolitana. Es decir, hay un comienzo común. El final de la historia (relativa al Indoamericano) los vio unidos en una propuesta conjunta, aceptada por intervención de un puntero kirchnerista. Luego de posar de progresista y decir que la ocupación “no constituye un delito”, Aníbal Fernández terminó explicando que quien ocupara sería castigado con la exclusión de todos los planes asistenciales. Luego de aparentar intransigencia, afirmando que “ni loco mando la gendarmería”, el gobierno la mandó nomás, asfixió a los ocupantes y luego los amenazó con la represión. De hecho, los efectivos no dieron tiempo a que se terminara de votar y entraron al predio.

La represión del día martes fue una operación conjunta entre la Metropolitana, la Federal y la Gendarmería. Esta clase de operativos no son posibles sin una coordinación al más alto nivel político. Imagino a algún peronista irónico: ¿Cristina seguía y daba órdenes en medio del operativo junto a Macri? Por supuesto que no. Ningún dirigente a ese nivel sigue al detalle los aspectos tácticos. Pero para que la Federal y la Metropolitana se juntasen tuvo que haber habido una orden de arriba. Ahora bien, se trata de una intervención que, se sabía, iba a salir en la tapa de los diarios. Por lo tanto, si no está pintada, eso tuvo que haberlo decidido Cristina, junto con Macri, por su puesto. Ergo, los dos primeros muertos son el producto de una acción coordinada de Cristina y Macri.

Eso no es todo. Luego de la reacción contra los muertos, Aníbal Fernández decidió “sacar” a la Policía Federal, con las quejas del Jefe de Gobierno. Sin embargo, se apeló a tercerizar la represión por la vía de la patota. Este grupo fue escoltado por la Policía Federal.(2)  Minutos antes, autos de la Metropolitana recorrieron el perímetro del parque. Mientras se producía el ataque, los efectivos de la policía municipal contemplaban. Cuando cayó el primer muerto se retiraron, según testimonios.(3)  Es decir, otra vez, este grupo fue a matar con el consentimiento de las dos fuerzas.

En este grupo de choque estaba integrado por barrabravas. Entre ellos, el más reconocido, Luis Capella. No hace falta aclarar que ningún personaje de este tipo actúa sin que se le dé una orden. Mucho menos, en casos como estos. Capella fue parte de Hinchadas Unidas Argentinas, conducida por Mallo, dirigente kirchnerista (véase la entrevista a Gustavo Grabia). Asimismo, trabajaba en Osba y era miembro de la Junta Electoral de Sutecba (o sea, es parte del organismo que decide qué votos son válidos y quién gana una elección en el gremio. Saque el lector las conclusiones…). Es decir, era empleado del gobierno de la ciudad. Se trata de un claro ejemplo de un matón para todo servicio o, mejor dicho, utilizado indistintamente por Cristina y Mauricio. En este caso, parece que sirvió, en una misma acción, a los dos patrones.

Pasado el incidente, Rodríguez Larreta pidió la Guardia de Infantería. Cristina mandó la Guardia de Infantería. El cerco creó una especie de gueto en el Indoamericano, algo así como un bloqueo de Gaza en el corazón de la ciudad. Pero también se llevó a cabo un censo. ¿Intento de ayudar? Nada de eso: desde el año 1997, a través de un decreto y un protocolo firmado por el Ministerio Público Fiscal de la Ciudad, todo desalojo debe estar precedido por un censo.(4)  La acción conjunta del martes fue, en sentido estricto, ilegal. Por eso, una denuncia del Defensor Público de la ciudad, Mario Kestelboim, obligó al juez Gallardo a dictar un recurso de no innovar e investigar quién dio la orden del desalojo. El caso es que el censo no fue una medida que diferenciara a Cristina de Macri.

Una vez censados, Mauricio exigió una reunión sin los villeros. Cristina le dio una reunión sin los villeros. Luego, Mauricio pidió el desalojo. Cristina, entonces, ordenó el desalojo. Mauricio dijo que el que toma no puede ser premiado. El gobierno nacional dispuso que ningún ocupante tenga ningún privilegio y que, en adelante, todo el que ocupe será sancionado. Dicho y hecho, dos gotas de agua. Busque el lector las diferencias.

Este acercamiento a la oposición comenzó el mismo 7 de diciembre, cuando, a raíz del descubrimiento de gas en Neuquén, Cristina invitó a toda la oposición a un acto y saludó especialmente a Mauricio Macri.(5)  El objetivo era mostrarse conciliadora con sus adversarios y mostrar que llevaría adelante lo que se llaman “políticas de Estado”. En realidad, se trata de gestos que intentan facilitar el pasaje de personajes del peronismo federal al kirchnerismo, sin objeciones de la opinión pública o el periodismo. Todo ello no es más que la preparación para la salida del bonapartismo.

Las fuerzas en pugna

Según el censo, los ocupantes no pasarían de 6 mil personas. Dejemos de lado las 7.250 “ausentes”. En otra sección, el lector tendrá un detalle sobre la composición social de los ocupantes (véase el suplemento TES). Basta aquí con explicar que estamos ante la fracción más pauperizada de la clase obrera argentina. Según los testimonios, en un comienzo, junto con familias desesperadas, intervino un elemento especulativo: tomar para vender. Luego de la represión del martes y del enfrentamiento del jueves, esos elementos se fueron retirando. La dispersión inicial fue dando paso a la organización: se votaron delegados cada 30 o 50 familias. Se conformó un cuerpo de 50 delegados. Esos delegados se reunían tres veces por día. Se trataban temas de urgencia, alimentos, carpas, baños, conflictos y defensa del territorio. No todo el parque estaba organizado, pero sí en su mayoría. Políticamente, el parque estaba dividido en dos. Un sector que respondía a Alejandro Salvatierra (kirchnerismo) y el otro a Diosnel Pérez (FPDS). No obstante, todos los testimonios reconocen la participación de la CCC y del Polo Obrero. Hasta el sábado, las fuerzas de izquierda venían logrando una influencia creciente. Luego, el kirchnerismo desembarcó y logró cierto predominio. Más allá de las reuniones de delegados, en ningún momento se llegó a elaborar un documento común para elevar al gobierno nacional o municipal. Los acuerdos no pasaron el nivel de las necesidades inmediatas. La aceptación de una propuesta unilateral de parte del Estado, surgida de una reunión en la cual no estuvieron sus representantes y que los deja con las manos vacías es una muestra de los límites del movimiento. La ausencia de algunos dirigentes de izquierda en la asamblea decisiva del martes 14 es una evidencia de su poca perspicacia política.

Hay ciertas variables que marcan ciertas restricciones. En primer lugar, la izquierda se montó en un hecho consumado. De por sí, la organización de 6 mil personas, de la más diversa condición, y la defensa de un predio de 130 hectáreas resulta muy difícil, aún para la organización política más avezada. Ahora bien, esas 6 mil no estaban organizadas antes de la toma, sino que se intentó organizarlas en la toma. Es decir, mientras el tiempo corría y frente a una acción estatal organizada, como vimos. La ocupación no fue colectiva y fruto de un debate político, sino una sumatoria de acciones particulares, producto de la desesperación. Hubo una dirección moral (la acción directa del proletariado a través del movimiento piquetero), pero no una dirección técnica, imprescindible para estos casos. Una acción algo más concertada, un predio más pequeño y una menor cantidad de familias, tal vez hubiera dado otro resultado. En ese sentido, la necesidad de la organización política, de la preparación, del reclamo colectivo ante las autoridades debe ser puesta en el primer lugar.

Otra variable a tener en cuenta es la fuerza moral que cosecharon los ocupantes. Es decir, la solidaridad que incitaron en la población. En ese sentido, los tres muertos no lograron provocar un escándalo siquiera similar al de Mariano Ferreyra. No importa ahora la razón. El caso es que se realizaron seis marchas, tres de ellas del conjunto de la izquierda. Ninguna de ellas fue realmente masiva. Los medios de comunicación instigaron el odio de clase y el racismo y la población en general supo consumirlo. El gobierno asimiló, punto por punto, la posición de Macri, porque vislumbró que era la que iba ganando la conciencia de la población capitalina. En definitiva, sin una organización adecuada, sin dirección técnica, con escasa solidaridad, ante un objetivo gigantesco (mantener 10 cuadras a la redonda y a 6 mil personas dispersas) y frente a un enemigo unificado, es muy difícil salir airoso. No obstante, no todas son penas: los dirigentes de izquierda en los barrios mostraron ser verdaderos representantes de los intereses obreros, frente a personajes como Salvatierra o Chancalay. El crecimiento de la izquierda en esta fracción de la clase obrera continuará, sin dudas.

Del otro lado, los llamados “vecinos” representaron en la calle una verdadera minoría. La movilización más grande fue la del corte en Escalada y Castañares, de 300 personas. Si tenemos en cuenta el personal de la Metropolitana que accedió a la vivienda y los empleados de Sutecba, desde cuyos edificios se efectuaron los disparos del jueves, entonces, las movilizaciones del Orden no lograron siquiera arrastrar a toda su tropa. Otro corte en el mismo lugar fue de sólo 20 personas, de los cuales se identificó al menos 10 pertenecientes a la “Buteler”, la barra de San Lorenzo. Pero, a pesar de ser minoritaria, esa fuerza estableció una alianza con la opinión pública de otros barrios, a través de la colaboración de los medios de comunicación kirchneristas y opositores.

Para un balance

La toma de Villa Soldati se propagó en otras tantas. No tiene sentido, aquí, relevarlas a todas. Nuevas aparecerán. Por ejemplo, al cierre de este artículo, se reprimía una toma en Santa Fe. Lo importante aquí es que lo que empezó siendo un conflicto, generado por una crisis política de alcance local, se transformó en el comienzo de una verdadera rebelión de la fracción más pauperizada de la clase obrera. El gobierno nacional, a su vez, ha comenzado a cortar sus lazos con la clase obrera. En un principio, bajo la forma del enfrentamiento con una de sus fracciones. No obstante, esta animosidad esconde el abierto e indisimulado ataque a los desposeídos en nombre de la defensa del orden y la propiedad. Sobre ello, ha obligado a todos sus aliados a pronunciarse en ese sentido (véase las declaraciones de D’Elía). Se trata de un recurso al que el kirchnerismo se venía negando sistemáticamente.

No por eso logró exorcizar la amenaza de Macri. Es curioso: hasta hace poco no era sino un cadáver político. Hoy es el principal opositor. La razón es que, por un lado, la agudización de los conflictos que provoca la salida del bonapartismo coloca como un baluarte a quien siempre sostuvo esa idea. Pero, por el otro, se diferencia de otros opositores porque tiene la administración de la capital en su poder y, por lo tanto, es capaz de vetar ciertas salidas.

Con todo, este atisbo de rebelión es un aviso. Para el régimen, de lo que deberá enfrentar. Las tareas que tiene por delante no serán nada sencillas. Para la izquierda, de lo que tiene que empezar a organizar.

Notas:

(1) Sobre la base del informe de Tamara Seiffer y Nicolás Villanova.
(2) Página12, 10/12/2010.
(3) Testimonios orales en La Nación, 10/12/ 2010.
(4) Clarín, 8/12/2010.
(5) Ídem.

 

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