El fracaso de la burguesía nacional

Por Osvaldo Regina – Si para algo sirvió el capitalismo es para aumentar la productividad del trabajo y multiplicar la riqueza, modernizando -de paso- la vida social. “La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social”. Así se manifestaron los comunistas alemanes en 1848. Sin embargo, no todo el mundo crece al mismo tiempo bajo el capitalismo.

Incluso con algunos momentos de recuperación y mayor dinamismo, la economía argentina fue perdiendo el tren que lleva al desarrollo capitalista y una creciente brecha productiva (ver gráfico) nos fue distanciando del capitalismo central. La profundización secular del rezago hizo patente el rotundo fracaso productivo de nuestra burguesía nacional, su régimen y sus proyectos de un crecimiento autónomo. En efecto, durante 1933 nuestro PBI por habitante, medido a precios de 1993, era sólo un 28% menor al de EE.UU. El posterior rezago de Argentina lo profundizó a 61% veintidós años después, alcanzando en 2006 una brecha del 75%. Aunque estas mediciones nunca son perfectas, la tendencia que registran es irreversible, con las políticas desarrollistas y nacionalistas aplicadas desde la segunda posguerra.

El retroceso relativo en la carrera del crecimiento capitalista impone graves penurias contra la sociedad perdedora. No sólo por la menor riqueza disponible, en promedio, para el consumo y la inversión. También porque supone esencialmente una gran pérdida en la eficacia relativa del trabajo local. Década tras década, se va devaluando el producto de nuestro trabajo en el intercambio comercial internacional. Al mismo tiempo, y aún perteneciendo a una misma órbita cultural, se alejan entre sí los patrones de consumo popular de las naciones avanzadas y subdesarrolladas.

Quedarse atrás en productividad significó que lo hecho en Argentina sea tendencialmente más difícil de vender al resto del mundo, incluido a nuestros vecinos. No es casual que en mayo de 2002 el desempleo de nuestro país alcance el 21%, cifra que anduvo en el orden de las vigentes durante la gran crisis de los años treinta en EE.UU. Con la finalidad de recuperar empleo (y conservar el poder), la burguesía nacional promovió desde entonces un aumento de la “competitividad” mediante el recurso último de la depreciación del peso: la moneda local quedó reducida a una tercera parte de su paridad previa. Así se logró que las empresas argentinas pudieran volver a competir, a pesar de su escasa productividad. Ello por mérito de la rebaja al salario cotizado en dólares y del efecto redistributivo operado por la inflación desatada. De ese modo, se expropió a la clase obrera para darle aire a una burguesía ineficiente y a un sistema en decadencia.

¿Cuánto más podrá seguir la burguesía nacional con su estrategia de forzar los salarios por debajo de su valor? Hoy, más que nunca, se pone de manifiesto el carácter moribundo de este régimen social fundado en unas fronteras económicas nacionales que garantizan el eterno empobrecimiento relativo la clase obrera argentina, como de la mayor parte de la población mundial.

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