El falso debate sobre la distribución del ingreso. Mientras gobierno y oposición discuten sobre las cifras del INDEC, acuerdan en aumentar la explotación

a60_falso_debateBetania Farfaro Ruiz
OME-CEICS

En un año en donde el gobierno se juega la permanencia en el poder y la oposición intenta encolumnarse, las discusiones acerca de una mayor o menor distribución volvieron a la palestra. Por un lado, el oficialismo publicó que la distribución nunca estuvo tan bien y que niveles de participación social semejantes sólo se habían vivido, por última vez, hace 35 años. En contraposición, los diferentes partidos opositores han insistido sobre la irregularidad de los números del INDEC, solicitando transparencia en las publicaciones oficiales y negando una supuesta mejora de los indicadores socioeconómicos.

En ambos casos, tanto desde el kirchnerismo como desde la llamada “derecha”, se limitaron únicamente a querer demostrar en términos estadísticos quién tiene razón, omitiendo un aspecto fundamental: la explotación del trabajo como la fuente generadora de toda esa riqueza que estas dos fracciones se han venido disputando. En ese error cayeron también los que se proponen “superar” al modelo por izquierda como los referentes de Proyecto Sur.

Los argumentos de cada uno

Según la Dirección Nacional de Cuentas del INDEC la participación de los asalariados(1)  respecto del PBI pasó de casi un 35% a un 43%. Es decir, poco menos de la mitad de la riqueza nacional se repartiría entre el conjunto de los trabajadores argentinos. Esta tendencia iniciada a partir del 2003 con la expansión del ciclo económico, impulsado por el aumento de la renta agraria, habría reducido 15 veces la brecha entre las familias más pobres y las más ricas. Ya que en el peor momento de la crisis, esta diferencia habría sido de 32 veces y en la actualidad sería tan solo de 17.(2)

A partir de estos números el gobierno se adjudica dos logros: en primer lugar, haber interrumpido la concertación del ingreso, al mismo tiempo de haber mejorado la equidad distributiva a favor de los trabajadores. En segundo, haber contrarrestado los efectos económicos generados por las políticas “neoliberales” aplicadas a partir de 1976 y profundizadas en los ‘90. A tal punto, que en la actualidad el país se estaría acercando a un margen de igualdad similar a la del último gobierno de Perón, pero de 1974. Según fuentes cercanas al oficialismo, el coeficiente de gini(3)  por aquellos años este habría indicado un nivel de equidad de 0,357 puntos mientras que el año pasado el mismo índice fue de 0,394.(4)

Para la oposición, el eje de la cuestión también pasa por la distribución de la riqueza producida de manera coparticipada por el capital, el trabajo y la tierra. Avalándose en centros de estudios coordinados por la UBA y consultoras privadas, se divulgó que, en 2007, el coeficiente de gini indicaba una desigualdad del 0,497, en 2008 de 0,502, en 2009 de 0,457 y en 2010 de 0.488.(5)  Por lo que, en detrimento de las afirmaciones del gobierno, el índice no estaría mostrando una mejora lineal y ascendente del repartimiento de la riqueza sino una distribución relativamente errática.

Como podemos advertir, el interés de los dos sectores pasa únicamente por “demostrar” de la mejor manera posible quien tiene la razón. Si la tiene el gobierno al defender sus políticas de equidad e igualdad o la oposición al sostener que el populismo kichrnerista no ha progresado en materia socioeconómica y que, además, ha basado la publicación de estadísticas con datos malversados. Ambos, en su enfrentamiento, han omitido aclarar que el motor este tipo de economía es la mano de obra explotada bajo relaciones capitalistas y que esa forma de explotación es la que genera la riqueza por la que se pelean. Aunque puede parecer una obviedad, este punto en común da cuenta de los intereses sociales que comparten aquellos que plantean la discusión en términos de “distribución del ingreso”. En lugar de plantearse la suba salarial para reducir la tasa de explotación, se plantean tareas que no afectan la rentabilidad del capital.

Es la explotación, estúpido

Considerando a la pobreza e indigencia desde un análisis de clases podemos dar cuenta de que lo primordial no tiene específicamente que ver con aumentar o disminuir el grado de participación asalariada en el PBI. La lucha política entre aquellos que generan la riqueza y obtienen una parte de ella (salario) y los que se la apropian (ganancia) es una disputa inherente al funcionamiento capitalista. Dejando a un lado los datos del PBI, analicemos la evolución histórica del salario relativo, es decir la relación entre salarios y ganancias. Esta relación se obtiene dividiendo la masa salarial sobre la masa de ganancias, lo que da un coeficiente que se denomina salario relativo. La evolución de este índice nos permite seguir los cambios en la relación entre el trabajo pago y el no pago. Lo primero que podemos observar es que desde 1973 a 1975 el promedio del salario relativo(6)  fue de 1,20. Durante los años del golpe pasó a ser de 0,70, con el alfonsismo se ubicó en torno al 1,16. De 1989 a 2002 el promedio pasó a ser de 0,92 y desde el 2003 al 2009 fue de 0,70. Como se puede observar, la tasa de explotación ha variado de acuerdo a la expansión o contracción del conjunto de la economía, tendiendo a estancarse tras el crecimiento del 2002-2003, cayendo a partir de la crisis del 2008.

Dos conclusiones aproximativas se pueden establecer de todo este meollo. La primera obliga a reconocer que las condiciones de reproducción de la clase trabajadora en la actualidad no se acercan ni por asomo a las de la década del ‘70 y, mucho menos, al primer peronismo. El hecho de que el kirchrnerismo se atribuya un éxito de dudosa corroboración responde a la legitimación lógica que cualquier gobierno que pretende mantenerse en el poder desarrollaría. Pero tan falsa es su apología que no sólo debe apelar a malabares teóricos sino a distorsionar las estadísticas públicas.

En segundo lugar, las limitadas subas salariales de los últimos años, aún pese a la inflación y a la caída de las ganancias por la crisis mundial, ya están obligando a plantearse un aumento de la explotación. Como señala en su nota Fernando Dachevsky, la tendencia a la sobrevaluación del peso puso en evidencia la urgencia por aumentar la productividad de la industria local. La cual, a pesar del discurso industrialista K, quedó muy rezagada, apoyándose buena parte del crecimiento de la última década en el uso de la capacidad instalada durante la década pasada.

De conjunto, la sobrevaluación y la necesidad de aumentar la productividad sólo puede significar una cosa: concentración y centralización. El crecimiento de la desocupación y un empeoramiento de las condiciones de vida de la clase obrera. En este punto, se pone en evidencia como, lejos del discurso K que busca enfatizar en la idea de un desarrollo industrial sólido ajeno a los avatares de la economía mundial, en Argentina se manifiesta la necesidad de incrementar la tasa de explotación planteada para el capital a nivel mundial y que se agudizó durante los últimos años (véase gràfico).

Es decir, la caída registrada en el salario relativo argentino desde 2002 en adelante, que no es otra cosa que la contracara del aumento de la tasa de explotación, en consonancia con lo ocurrido con los propios capitales industriales norteamericanos que debieron apelar a un significativo incremento de sus tasas de explotación, que casi duplican los niveles de la década pasada. Esto significa que el llamado problema de la “distribución del ingreso” en la Argentina está sujeto, en buena medida, a la marcha de la economía mundial en crisis y el lugar que la Argentina ocupe en ese proceso. A la industria local, pequeña e ineficiente, no le caben buenas perspectivas en un marco de competencia creciente a nivel internacional. Por esta razón, a los capitales locales y al gobierno nacional, en tanto representante de dichos capitales, se les plantea el problema, cada vez más urgente, de avanzar sobre el salario y las condiciones de trabajo.

En definitiva, esto es lo que discuten los bandos patronales en disputa. Es decir, ¿cómo aumentar la explotación de los trabajadores? Aunque el kirchnerismo se regodee hablando de distribución del ingreso para ganarse la simpatía del voto progresista, en realidad sólo están preocupados por aumentar las ganancias de su sus financistas.

Notas:

(1) Al costo de los factores. Se parte del supuesto neoclásico de la proporción justa a cada factor de acuerdo a su participación en la generación de riqueza.
(2) Véase CENDA.
(3) Herramienta estadística utilizada frecuentemente para medir la desigualdad en una distribución tomando en cuenta todos los ingresos. Es importante remarcar que este coeficiente opera como una medida de resumen de un conjunto de datos normales, es decir que no presentan valores muy dispares o extremos entre si. El intervalo de medición va de 0 a 1, todos los valores cercanos a cero indicarían una distribución equitativa mientras que los cercanos a 1 una distribución inequitativa.
(4) Véase http://tiempo.elargentino.com/notas/equidad-distributiva-es-mejor-desde-ultimo-gobierno-de-peron.
(5) Véase http://origin-hdr.undp.org.
(6) Presentados en forma de promedio dentro de un intervalo de tiempo.

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