El cuento del tío – Ana Costilla

1335818h430_fmtCámpora no encabezó un gobierno de la Tendencia Revolucionaria, ni se radicalizó hacia la izquierda, obligando al propio Perón a recuperar el poder mediante un golpe de “palacio”. Fue su administración la que puso en marcha el corazón de la estrategia reformista de Perón para contener el proceso revolucionario abierto en 1969.

Por Ana Costilla (Grupo de Investigación de la lucha de clases en los `70-CEICS)

En su intento por presentarse como progresista, el kirchnerismo buscó desde temprano reactualizar la figura de Héctor José Cámpora quien, de no haber sido por esta operación, hoy probablemente seguiría siendo el ignoto odontólogo peronista que gobernó la Argentina por escasos 49 días. El puntal de esta recuperación fue, justamente, la agrupación política que tomó su nombre –La Cámpora- buscando expresar a los sectores juveniles que “volvieron a la política” de la mano de Néstor y Cristina. La asociación no es casual. Forma ya parte del sentido común la idea según la cual el gobierno de Cámpora sería una gestión ligada a la llamada Tendencia Revolucionaria del Movimiento Peronista. Esto es, al sector identificado como “peronismo revolucionario”, que comprendió fundamentalmente a Montoneros y a la Juventud Peronista (JP). Así, la administración de Cámpora -a quien se solía llamar “el tío” por su cercanía a Perón, “padre” del Movimiento- se habría caracterizado por la participación e influencia de estos jóvenes militantes, que revolucionaban al peronismo con planteos de “socialismo nacional”, crispando los nervios de la derecha ortodoxa, cuando no del propio Perón.
Sin embargo, en esta nota mostraremos que el “progresismo” de Cámpora, y su supuesta diferenciación de Perón, no solo no fueron tales, sino que esconden lo que realmente traía entre manos el gobierno del “tío”: la puesta en marcha de una estrategia orientada a la contención del proceso revolucionario.

De brujerías y conspiraciones

El padre de la criatura es Miguel Bonasso. Es él quien, en su libro El presidente que no fue,1 gestó la idea de que Cámpora encarnó, en realidad, la llegada de la Tendencia al gobierno. Con él, los jóvenes montoneros habrían copado ministerios e incluso gobiernos provinciales, provocando una izquierdización intolerable para Perón. Ganado crecientemente por “la derecha”, el líder terminaría por dar un golpe de palacio, podando definitivamente la “primavera camporista”.
Para Bonasso, desde un principio la candidatura presidencial de Cámpora no habría sido bien recibida por la derecha peronista, que habría preferido a Antonio Cafiero para el cargo. El rechazo de una ortodoxia sindical desplazada explicaría por qué el “tío” se habría ido recostando progresivamente en los sectores de la juventud y la izquierda del Movimiento. Según el periodista, que en la época se desempeñaba como Secretario de Prensa de la campaña nacional del FREJULI, la amistosa relación que Cámpora construía con la JP y Montoneros habría sido una alarma para quienes advertían en Madrid el débil estado de salud de Perón. Así, López Rega, Isabel Perón y José Rucci, entre otros, habrían comenzado a tejer el plan para un golpe interno. La masacre de Ezeiza habría sido, en este escenario, la primera jugada de “la derecha”. Previamente, Perón había dado la orden de congelar y “no innovar” en la reorganización del Movimiento, en reprimenda al llamado de Rodolfo Galimberti (dirigente de la JP) a formar milicias para apoyar al gobierno. Algo que, para Bonasso, constituye el comienzo de una “purga”.
Cámpora, atento a que el General quería ser presidente y en un derroche de “lealtad”, habría considerado su renuncia. Sin embargo, el tiempo le habría jugado una mala pasada, pues los conspiradores se anticiparon y le arrebataron el honor de la renuncia, apurándolo públicamente para que dejase el sillón de Rivadavia. Lo que quiso pasar como un “renunciamiento histórico” no fue más que una bajada de pulgar del jefe (¿Randazzo?).
Así las cosas, la imagen que presenta Bonasso, y que recientemente ha sido reactualizada por Juan Pablo Csipka,2 puede sintetizarse en dos puntos: 1. El gobierno de Cámpora es el gobierno de la Tendencia. 2. Como tal, es un gobierno de izquierda y, por ende, revolucionario. Veamos cuánto hay de cierto en estas interpretaciones, examinándolas a la luz de los hechos.

Mucho ruido, pocas nueces

En plena campaña electoral, Cámpora arengó a que “la juventud se prepare no solo para luchar, sino también para gobernar”.3 Más allá de los dichos, lo cierto es que, una vez consagrada la flamante fórmula del FREJULI en las urnas, ningún cargo importante le fue reservado a la juventud. De hecho, la JP solo conquistó un 18% de los cargos en las listas, cuando le hubiera correspondido un 25%, tal como se había acordado el reparto para las cuatro ramas del Movimiento. Mayor retribución recibieron las 62 Organizaciones, a quienes Cámpora les otorgó la vice-gobernación de la provincia de Buenos Aires, que quedó para el metalúrgico Victorio Calabró.
Como en las listas, la Tendencia tampoco tuvo una presencia significativa en el gabinete de gobierno, que fue consensuado con Perón a puertas cerradas, en Madrid en abril del 73. Según Bonasso, Perón le habría dado a Cámpora libertad de acción para la integración de la mayoría de los ministerios, a exceptuar por tres: Economía, Trabajo y Bienestar Social. Estos quedaron sujetos a la decisión del líder aunque, huelga decir, tampoco Cámpora los cuestionó (si es que hubiera tenido algún desacuerdo…). Así, se decidió que el Ministerio de Economía sería para José Ber Gelbard, fundador de la Confederación General Económica (CGE) en 1950, designación que, como veremos, estaba vinculada con una importante tarea que le sería encomendada. Para el Ministerio de Trabajo, hubo un elegido de común acuerdo entre Lorenzo Miguel y Rucci: el vandorista Ricardo Otero, Secretario General de la UOM en Capital desde 1967. Por otra parte, José López Rega desembarcaría en el Ministerio de Bienestar Social, junto con el futuro ajustador Celestino Rodrigo (Previsión Social) y el organizador de la masacre de Ezeiza, Jorge Osinde (Deportes).
Veamos ahora los ministros “progres” que Cámpora pudo elegir libremente. En el Ministerio del Interior colocó al joven Esteban Righi, quien, pese a la ligazón con la Tendencia que le atribuye Bonasso, no provenía de las filas de la izquierda peronista. Especialista en Derecho Penal, era muy amigo del hijo de Cámpora, y había representado al Sindicato de Empleados de Comercio. Una de sus medidas fue la de poner en funciones como Intendente de Buenos Aires a Leopoldo Frenkel, quien se encontraba al frente del Consejo de Planeamiento desde 1971, un órgano que salió a competir desde la derecha con los Equipos Político-Técnicos de la JP.4 El Ministerio de Relaciones Exteriores fue para Juan Carlos Puig, doctorado en Diplomacia, quien durante el primer peronismo había integrado la Secretaría de Asuntos Técnicos y dictado cursos en la Escuela Superior de Conducción Peronista. Jorge Taiana, rector de la UBA durante la segunda presidencia de Perón, y médico personal de Eva fue designado para la cartera de Educación. Su medida más progresista habría de ser la de designar como interventor de la Facultad de Derecho a Mario Kestelboim, proveniente de la Asociación Gremial de Abogados, vinculada a la Tendencia por su defensa de los presos políticos. Poca cosa realmente, si lo comparamos con la Ley Universitaria que promovió, orientada a contener la desbordante radicalización política en las universidades, pues “el orden, la disciplina y la jerarquía deben restaurarse de inmediato en todos los establecimientos de enseñanza y cultura”.5 En el Ministerio de Defensa tampoco aparecieron nombres nuevos: Ángel Federico Robledo había sido concejal en Cañada de Gómez, y luego legislador provincial, presidiendo la bancada peronista. Su relación con Cámpora se había estrechado tras defenderlo cuando la Revolución Libertadora lo encarceló. El Ministro de Justicia fue Antonio Benítez, un rosarino que habría integrado la lista peronista para Diputados en Capital Federal en 1946 y que accedió a la presidencia del cuerpo en 1953, reemplazando a Cámpora.
El nuevo gobierno tampoco “revolucionó” las Fuerzas Armadas. Luego de barajar varios nombres, se designó como comandante del Ejército a Jorge Raúl Carcagno, el más joven de los generales de División, proveniente de la infantería y titular del V Cuerpo en Bahía Blanca. Carcargno contaba con el visto bueno de la derecha peronista por su actuación en la represión del Cordobazo. Aparecía, además, como una posición intermedia: a la izquierda de López Aufranc, y a la derecha de Carlos Dalla, amigo del montonero Galimbeti. Por otra parte, Raúl Lastiri (el mismo a quien Bonasso incluye entre los hacedores del golpe de palacio), fue propuesto por el propio Cámpora para la Presidencia de la Cámara de Diputados. Desde ese cargo accedería a la presidencia interina que convocaría a nuevas elecciones en septiembre de 1973.
Por último, es importante mencionar que tampoco tenían una vinculación orgánica con la Tendencia los (mal) llamados “gobernadores montoneros”, cuyas gestiones sufrieron la intervención federal entre fines de 73 y el 74. Perón había ordenado constituir las fórmulas provinciales del FREJULI con el cargo de gobernador para un cuadro político y el de la vicegobernación para el sector sindical (y no precisamente para el combativo). Así, en Formosa, el gobernador Antenor Gauna tenía trayectoria como reorganizador del Partido Justicialista en 1959, y presidente del Partido desde 1966. En Córdoba, Obregón Cano se había desempeñado como delegado del Consejo Superior Peronista para llevar adelante la tarea de reorganización partidaria en 1971, mientras que su vice, Atilio López (elegido en 1971 secretario general de la CGT regional), formaba parte de la corriente “legalista” de las 62 organizaciones peronistas. En Mendoza, Alberto Martínez Baca, representante de la burguesía local vinculada a la distribución del vino, se erigía en gobernador luego de haber integrado la fórmula encabezada por Ernesto Corvalán Nanclares en las elecciones de 1966, apuntalada por Isabel en su visita de ese año. En Santa Cruz, el gobernador Jorge Cepernic era un ganadero y dirigente de la vieja guardia, acompañado por Eulalio Encalada, secretario general del Sindicato único de Petroleros del estado (SUPE), sindicato que controlaba la CGT santacruceña. En Salta, fue electo gobernador el médico Miguel Ragone, ex director del hospital Neuropsiquiátrico de Salta, y ex secretario privado y miembro del equipo de salud de Ramón Carrillo. En Buenos Aires, Oscar Bidegain, era un antiguo militante peronista de Azul, de origen nacionalista y militancia pasada en la Alianza Libertadora Nacionalista. Fue el único candidato designado directamente por Perón, y el único gobierno en que se ha verificado la presencia de militantes de la Tendencia, si bien únicamente en las Secretarías y Subsecretarías del Ministerio de Salud Pública y Acción Social.6
Hasta aquí, está claro que el gobierno de Cámpora no fue el gobierno de la Tendencia. Tal es así, que el gabinete con el que gobernó por dos meses más Raúl Lastiri, sería exactamente el mismo, a exceptuar por Righi y Puig. El propio Bonasso cuenta cómo, años después, Cámpora le confesó que no lo había puesto como Secretario de Prensa de la Presidencia, por estar al frente del equipo de Medios de Comunicación de la JP. Como acabamos de mostrar, es evidente que las filas del gobierno se nutrieron de personajes del peronismo de viejo cuño, de probada pertenencia al riñón del partido, y de los sectores más rancios de la burocracia sindical peronista.

La estrategia reformista al gobierno

Veamos ahora la práctica concreta del gobierno camporista. Generalmente, quienes gustan de presentarlo como progresista reivindican el acto y discurso de asunción, que contó con la presencia de los presidentes cubano y chileno (Dorticós y Allende, respectivamente). Sin embargo, Cámpora cerró su discurso citando una célebre consigna desmovilizadora del primer peronismo: “de casa al trabajo, y del trabajo a casa”. Como veremos, esa frase dice mucho más de lo que aparenta.
Durante su breve gobierno, el “tío” tuvo que enfrentar una serie de tomas de fábrica (Astilleros ASTARSA, Noel, Molinos Río de la Plata, Matarazzo, Gilera, Bagley, Norwich Eaton, General Electric) y ocupaciones de diverso tipo (radios, organismos públicos, universidades, escuelas). Tanto Otero como Righi intentaron mantener una posición dialoguista, pero se apuraron a extorsionar a los trabajadores para frenar su accionar. Para mediados de junio, de cara al regreso de Perón, Righi difundió un texto que llamaba al pueblo a mantenerse en estado de alerta, ya que la oligarquía y el imperialismo estarían esperando las condiciones para contragolpear. Por eso, se imponía la necesidad de una “disciplina revolucionaria” que “hace innecesario el recurso de la acción directa para ser escuchado. Todos los canales de comunicación están abiertos, ningún reclamo será desoído”.7 Sin embargo, el 25 de junio el Ministerio del Interior ordenó a las fuerzas de seguridad desalojar los establecimientos que aún permaneciesen ocupados. Mientras, Righi llamaba a la población a mantener viva la convivencia, y cooperar denunciando la acción de grupos armados, con una política de tolerancia cero para actividades por fuera de la legalidad.
Otra de las medidas muy reivindicadas de Cámpora fue la amnistía y liberación de los presos políticos de la cárcel de Villa Devoto, que, sin embargo, no fue exactamente como el gobierno había planeado. La noche del 25 de Mayo, cuando la presión en las calles hacía insostenible la situación, Abal Medina intentaba negociar infructuosamente una salida parlamentaria, con los presos de Montoneros y del PRT-ERP. Una vez convencido de que estos no esperarían un solo día más, Cámpora firmó un indulto presidencial. Luego de lo que pasó a la historia como el “Devotazo”, llegó al Congreso el proyecto de Ley de Amnistía, que iba acompañado por otros dos: uno que impulsaba el cese de la legislación represiva; y otro que propugnaba la disolución de la Cámara Federal en lo Penal, que Lanusse había creado en el 71 para juzgar delitos subversivos. La ley se complementaba con una medida que pretendía la “democratización de las fuerzas de seguridad”: por decreto presidencial, se suprimía la DIPA (Dirección de Investigaciones Políticas Antidemocráticas), y se ordenaba la destrucción de sus legajos y fichas. Lo que parecía una política de cese de hostigamiento a las organizaciones político-militares, dejó de serlo cuando, al cumplido un mes de gobierno camporista, el Ministerio del Interior anunció que comenzaría a castigarse la tenencia de armas, bajo la aplicación del Código Penal ante la Justicia Federal.
En igual sentido, suele destacarse el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba, y otros países del “orbe socialista”. De este modo, se identifica al canciller Puig con un discurso demasiado confrontador y antiimperialista para el gusto de Perón (y que explicaría por qué no se lo mantuvo en el cargo luego de la renuncia de Cámpora). La realidad es que también en su presencia se firmó un “Acta de Madrid” entre Cámpora y Franco, durante el viaje que hicieron para traer de vuelta al General. A pocos días de la recomposición diplomática con Cuba, fue anunciado el envío de 27 mil toneladas de trigo a la isla caribeña, retomando las relaciones comerciales. Todo indica que el interés era más económico que político. En todo caso, vale recordar que, a poco de asumir, Gelbard armó una reunión con 200 empresarios, entre los que se encontraban Alfredo Fortabat, Agostino Rocca y José Alfredo Martínez de Hoz, al tiempo que se recibían notas de adhesión por parte de la UIA, la Cámara Argentina de Comercio, la Sociedad Rural, las Confederaciones Rurales Argentinas y la Bolsa de Cereales.
Precisamente, la medida más representativa de lo que significó el gobierno de Cámpora, fue el “Acta de Compromiso Nacional para la Reconstrucción, la Liberación Nacional y la Justicia Social”, conocida como Pacto Social. Este acuerdo, firmado el 6 de junio ante el Ministro de Economía, por la Confederación General del Trabajo (CGT) y la Confederación General Económica (CGE), se proponía apuntalar la economía, amortiguar la inflación y alcanzar una participación de los asalariados en el ingreso nacional que llegara a un 40 o 50 por ciento, en vistas a recuperar la experiencia de los dos primeros gobiernos peronistas. Para ello, se necesitaría de un compromiso entre la burguesía y los trabajadores. Por parte de la burguesía, ello implicaba el congelamiento de precios y la aceptación de un alza general de salarios. Por parte los trabajadores, “representados” por Rucci, la suspensión de la negociación colectiva sobre el salario durante un plazo de dos años. Como contrapartida, y tercera pata que sostenía el acuerdo, el Estado garantizaría créditos en condiciones especiales a fin de que los empresarios pudieran absorber el incremento salarial de sus obreros.
De esta forma, el Pacto Social fomentaba un discurso de ceder y recibir, mediante el cual ambas clases se verían mutuamente beneficiadas. No obstante, en los hechos fue muy diferente. Fue la forma en que se buscó reeditar el bonapartismo para contener a las fracciones de la clase obrera que rompían con su dirección reformista y poner un freno al proceso revolucionario, que sería finalmente cerrado a sangre y fuego en el 76. Esta medida vital para la salvaguarda del capitalismo, fue iniciada por Cámpora y apoyada por la Tendencia.8

Hermanos de sangre

Como acabamos de ver, Cámpora no encabezó un gobierno copado por la Tendencia Revolucionaria, ni se radicalizó hacia la izquierda propiciando un golpe interno por el propio Perón. El grueso de su personal político pertenecía a la llamada “ortodoxia” peronista y a lo más granado de la burocracia sindical. El elenco político más útil a Perón y a la burguesía en la etapa (Celestino Rodrigo, Lopez Rega, Otero, Osinde, etc.) llegó al gobierno con Cámpora, y no contra él. Más aún, fue su administración la que ejecutó la puesta en marcha del corazón de la estrategia reformista de Perón, el Pacto Social, para reencauzar dentro de los marcos institucionales una situación social que comenzaba a desbordarlos.
De modo que es evidente que entre Cámpora y Perón hay un hilo de continuidad signado por el objetivo de contener el proceso revolucionario abierto en 1969. Esa estrategia, sí contó con el apoyo de la izquierda “nacional y popular”, aunque no estuviera en el gobierno. El que Cámpora haya salido indemne, hasta el día de hoy, muestra lo bien que Perón escogió a su “delegado” y lo poco que se conoce de los 70 a pesar de tanta retórica oficial. O precisamente, por ello.

Notas
1Bonasso, Miguel: El presidente que no fue. Los archivos ocultos del peronismo, Planeta, Buenos Aires, 2002.
2Csipka, Juan Pablo: Los 49 días de Cámpora: Crónica de una primavera rota, Sudamericana, Buenos Aires, 2013.
3Bonasso, Miguel: El presidente…, op. Cit., p. 500.
4Los Equipos Político-Técnicos buscaban nuclear a intelectuales y profesionales afines a la JP para colaborar en el asesoramiento al gobierno, desde su respectiva especialidad.
5Csipka, Juan Pablo: Los 49…, op.cit., p. 143.
6Para un análisis de estas experiencias, véase: Servetto, Alicia: 73/76. El gobierno peronista contra las “provincias montoneras”, Siglo XXI, Buenos Aires, 2010; Antúnez, Damián: Caras extrañas. La tendencia Revolucionaria del Peronismo en los gobiernos provinciales, Prohistoria, Rosario, 2015; Bonavena, Pablo: “Guerra contra el campo popular en los ’70” en Izaguirre, Inés et al: Lucha de clases, guerra civil y genocidio en la Argentina 1973-1983, Eudeba, Buenos Aires, 2009.
7Csipka, op. cit., p. 182
8Para un análisis comparativo del posicionamiento de Montoneros frente al pacto social, véase: Lissandrello, Guido: “Montoneros y el PRT-ERP frente al Pacto Social (1973-1974). Una perspectiva comparada.”, nº 13, Santiago de Chile, 2012.

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