El camino del infierno – Por Báez, Martínez González, Vinokur y López Rodriguez

Violencia-de-genero-Festival-622x390-1385640536Una evaluación del Segundo Festival Nacional de Teatro sobre violencia de género

Es necesario hacer un esfuerzo por salir de la categoría simple de “víctima”, de su pasividad y ausencia de deseo e interés. Esto no significa transformar a la víctima en victimario, sino entender la trama compleja de la ideología patriarcal, los mecanismos con los que opera y la materia prima sicológica que utiliza en su auto-construcción.

Por Ailín Báez, Dolores Martínez González, Giselle Vinokur y Rosana López Rodriguez (Grupo Clase y Género –GCG/CEICS)

Desde el jueves 26 al domingo 29 de noviembre se realizó en el teatro El Vitral, en Rodríguez Peña 344, el Segundo Festival Nacional de Teatro sobre Violencia de Género. Según los objetivos planteados por los organizadores en la convocatoria, el teatro sería una herramienta para luchar contra la violencia que se ejerce contra las mujeres:

“Como vehículo de comunicación, el teatro servirá para denunciar y promover el debate sobre las violencias física, psicológica y simbólica, en ámbitos como la familia, el trabajo y las instituciones públicas en donde se ejercen con frecuencia ejercicios patriarcales de poder, que en reiteradas oportunidades llegan al femicidio. La perspectiva de género en las artes escénicas sirve para la reflexión sobre la opresión de las mujeres y como disparador para potenciar el hecho creativo que aspira a la transformación social.”

Se realizaron charlas de apertura los tres primeros días, hubo exhibición de cortos y también performances breves y muestras de danza-teatro. Tanto las obras teatrales cuanto las mesas con las charlas estaban pensadas como disparador del debate posterior. Estuvimos allí presenciando gran parte de las actividades propuestas.

Las primeras piedras: acá no se debate

En primer lugar nos referiremos a las mesas. La del día jueves, convocada para la apertura bajo la denominación “Ni una menos”, estaba coordinada por Sandra González Altea[1]. Se hablaría allí de la violencia contra las mujeres desde las perspectivas legal y mediática. Del primer aspecto se ocupó la abogada Gisela Dohm[2], mientras que del otro tema se ocuparía Mariana Carabajal, quien no pudo concurrir, por lo que apenas pudo desarrollarse ese aspecto. Por su parte, Dohm elogió las tareas que se vienen llevando a cabo en el INADI para combatir la violencia contra las mujeres, así como también señaló que el hecho de tener una presidenta era muy importante para “que las mujeres se piensen desde otros lugares”.

El viernes se realizó la mesa “Experiencias de teatro de mujeres y género”. Allí se expusieron dos formas de activismo performático: por un lado, las del grupo de teatro “Proyecto Magdalenas, Teatro de lxs oprimidxs”, que retoman la metodología de Augusto Boal y realizan seminarios y laboratorios internos, así como también obras en colegios e intervenciones públicas. Este proyecto también se está llevando adelante en Brasil y Uruguay, culminando este año con el Primer Festival Internacional de las Magdalenas, en Puerto Madryn en el mes de setiembre.

La otra experiencia fue la realizada por “Casa E”, un centro cultural en Colombia liderado por la actriz Alejandra Borrero y Katrin Nyfeler, donde se realizan festivales, muestras de arte, teatro y danza contemporánea; el último, en noviembre pasado. Borrero participó en la mesa y habló de la última campaña, “Ni con el pétalo de una rosa”, en la cual se le proponía tanto a mujeres como (especialmente) a los hombres, que pintaran sus labios de rojo, se sacaran una foto y la subieran a las redes sociales con la leyenda de la campaña, a modo de compromiso contra la violencia hacia la mujer.

La mesa del sábado, “Violencia sobre las mujeres en las obras teatrales”, contó con la presencia de Maruja Bustamante (actriz, dramaturga y directora) y Teresa Sarrail (actriz y directora) y estuvo centrada en las exposiciones de las experiencias que las llevaron a plasmar la opresión contra las mujeres en sus puestas.

En ninguna de las mesas pudo realizarse el debate según lo esperado. Si bien es difícil en un contexto de efervescencia pública evitar situaciones que desvíen la discusión hacia las formas del grupo terapéutico, lo cierto es que la función de la organización tiene que ver no solo con “dejar intervenir libremente al público”, sino justamente, con ordenar y guiar con determinada línea las exposiciones ya sea para cuestionar o sencillamente, ahondar. Pues bien, en ninguno de los casos se hizo esto. Y no solo por la escasez de tiempo. Dos son los motivos fundamentales: uno, que no se discutieron, ni por parte del público, ni por parte de las panelistas u organizadoras, las posiciones políticas que se expresaron. Se permitía expresar “todo”, pero sin la menor confrontación. El verdadero ausente en el festival fue el debate político: una funcionaria kirchnerista pudo usar el espacio para cantar loas a un organismo oficial completamente inoperante como el INADI o mentar que la presidencia de Cristina es beneficiosa para el conjunto de las mujeres sin que se le moviera un pelo. Pero lo que es peor es que nadie intervino para discutir esta exposición. También hubo intervenciones de representantes del gobierno de la Ciudad: durante el debate posterior a la obra La última vez, una chica del público “corrió por izquierda” al diputado Francisco Quintana del PRO, que había presenciado la obra. El diputado habló del aporte del Gobierno de la Ciudad para el desarrollo de las políticas de género y la chica le recriminó la escasez de presupuesto para la puesta en práctica de dichas políticas y las muertes por abortos clandestinos. Mónica Salvador (autora y protagonista de la obra) expresó su posición antiabortista y obturó de ese modo una discusión que podría haber sido productiva[3]. De nuevo, acá no se debate: rápidamente se desalojó la sala y se retomó la actividad poco después; es más, se comentó desde la organización que eran inaceptables los exabruptos políticos en el marco de esos debates.

Tampoco se pusieron en cuestión las exposiciones del público: tras una de las mesas se había generado cierto consenso en torno a que en los sectores de “alto poder adquisitivo” la violencia era mayor que en los ambientes más pobres y que, sin embargo, no era una violencia visible. Esta exposición de sentido común pasó sin pena ni gloria, a nadie se le ocurrió preguntarse dónde están los números o los estudios, que prueben semejante inverificada ideología populista.

De buenas intenciones…

Hemos visto también casi todas las obras que se presentaron. El jueves vimos La persistencia de los grillos de Ósjar Navarro Correa. Esta obra es la segunda parte de la Trilogía Mendocina Suburbana de ese autor, compuesta por Pajarito y Destacamento. El conflicto se hace tenso alrededor de la figura de Jordán, tío de Rosa y de Carolina, su hermana travesti. Carolina pone en el eje de la tormenta que Jordán es un peligro para ambas, e incluso, para la hija menor de Rosa y a pesar de la negación inicial de Rosa, se descubre toda la verdad: el tío abusa sexualmente de la pequeña, así como lo había hecho en la infancia con sus sobrinas. Ante tamaña revelación, Rosa reacciona con furia y asesina al violador serial.

El autor, en la charla debate posterior a la obra, señala que la trilogía narra la historia de la vida cotidiana de las familias obreras, pues ya nuestra escena ha representado demasiado a la “típica familia burguesa disfuncional”. Planteó el desenlace como autodefensa de la mujer y que él les pidió a los actores que no salieran a saludar, porque tiene la intención de que el público se lleve la idea de que esas situaciones suceden, que no son ficción. No quiso debatir acerca de lo estético, sino que planteó que la obra es una herramienta para el debate político de la violencia contra las mujeres.

El viernes vimos La última vez de Mónica Salvador que cuenta la historia de una familia formada por una mujer, su hija de un matrimonio anterior y su pareja actual. El marido es un manipulador, humilla a su esposa, pero para el resto del mundo se muestra diferente. Parece tratar paternalmente a la hija de su pareja, hasta el momento en que se aprovecha de ella. Sabiendo que su padrastro golpea a su madre, la muchacha le insiste con que tiene que separarse y denunciar la situación. Sin embargo, en el último encuentro (pues ella ya ha decidido abandonarlo) él la golpea hasta la muerte. Cuando llega la hija, lo hiere, luego de una violenta discusión. El hombre muere llorando y repitiendo el leit motiv de todo golpeador: “Yo no te quise hacer esto”.[4]

El viernes vimos también Elena de Mariel Rosciano (también protagonista), una adaptación de la autobiografía de Elena Moncado, Yo elijo contar mi historia. Moncado ha creado en Santa Fe una institución llamada Santa Fe en actividad por los derechos de las mujeres, cuya actividad principal es sacar a las mujeres de la prostitución. En la obra se cuenta cómo la violencia de su padre llevó a su madre a la muerte, su matrimonio precoz a los 16 años, su vida como madre de cuatro hijos, cómo abandona su casa, se enamora del que sería su fiolo, la primera noche en la prostitución, el derrotero por distintos lugares de la provincia, la llegada a Buenos Aires, el “ascenso a rufiana”, el reencuentro con sus hijos y cómo fue que dejó la prostitución. Señala que la prostitución se sostiene debido a la complicidad de todos los sectores de la sociedad. La obra plantea la idea de la prostitución como esclavitud por necesidad (de clase) y por determinaciones psicológicas y familiares: “Yo llegué a la prostitución rota. Llegué esclava ya. (…) Yo tenía sueños, con mi árbol y mi vestido rojo de Marilyn”.[5]

Las obras del sábado fueron En el fondo de Pilar Ruiz y Jackelín tiene un límite de Sergio Lobo y Ariana Caruso. La primera era acerca de un caso de trata. Flora, que apenas llega a los veinte años y que ha sido capturada alrededor de los cinco, se encuentra en manos de Pedro, el hijo del dueño del prostíbulo. Ella está anclada en la infancia y él, su captor enamorado, sigue siendo violento, pero no puede llegar al límite de lo que le han pedido. Aparentemente, debe matarla porque en el prostíbulo se corre el riesgo de la denuncia por parte de un fotógrafo que ha retratado a las mujeres que estaban allí. Pedro acusa a Flora de haber permitido que esa información se filtrara. La obra hace eje en la relación víctima-victimario y en el conflicto de Pedro consigo mismo.

Dejamos para el final la obra protagonizada por Ariana Caruso: una mujer se queja de que la van a dejar sin el departamento donde vive, ahora que Alfredo, su amante de toda la vida, ha muerto. Si bien Jackelín ha acariciado durante mucho tiempo la posibilidad de deshacerse de ese hombre, no solo nunca lo llevó a cabo, sino que no puede abandonarlo ni después de muerto. Con las cenizas en su poder, le recrimina todo lo que le hizo durante largos años, desde que le propuso noviazgo siendo ella apenas una adolescente y él, un hombre hecho y derecho. Ambos son paraguayos, pero él es burgués. Tiene una fábrica, donde ella ha trabajado durante bastante tiempo. El leit motiv de la mujer es: “Porque Alfredo… Jackelín tiene un límite.”, y por cierto, causa mucha gracia en la platea pues es tomado irónicamente. ¿Dónde está el límite de una mujer que, siendo ya adulta, no puede abandonar a aquel que considera padre de todos sus males? O en todo caso, ¿por qué motivos ese límite no llega nunca o está tan lejos?

… y resultados endebles

Además de las dificultades que señalamos en la primera parte con relación a las mesas y los debates, las obras tampoco cumplieron, en general, con su cometido.

Uno de los riesgos que se corre a partir de considerar alguna forma de arte como herramienta (de transformación, de lucha, de conocimiento, etc.) es que se produzca un desbalance entre los dos tipos textuales o funciones que entran en juego. Es decir, se produce una tensión entre la propaganda (y su función apelativa) y la obra de teatro (y su función estética), y en esa tensión, gana la pulseada la propaganda, lo pedagógico, lo que se explicita. Casi siempre la ficción pierde. Pues bien, la mayoría de las obras que hemos visto tienen mucho de exposición evidente del problema: trata, violación, femicidio, prostitución. Tenían mucho de testimonio personal y social y poco de teatro, de ficción dramática. Se nos dirá que la intención era la de la denuncia y promoción del debate. Pues bien, una obra de teatro no tiene que exponer de manera superficial aquello que quiere discutir, y esa es la esencia del hecho estético. La posición política está en las obras, pero hay que buscarla detrás de una anécdota y exige interpretación. De lo contrario, no habrá obra de arte.

Que obras como Elena o En el fondo muestren que el femicidio, la violencia doméstica, el abuso, la trata, son problemas de la vida social cotidiana y que hay que resolverlos, no los distingue del noticiero del mediodía. Nótese cómo el autor de La persistencia de los grillos refuerza esta línea de la propaganda en detrimento de lo artístico.

Tanto esta obra como La última vez plantean posiciones políticas que, enmascaradas detrás de lo políticamente correcto, aparecen como inocentes y consensuadas, cuando son, por el contrario, peligrosas. En el caso de la obra de Navarro, el problema es el miserabilismo. Toda la sordidez junta en la clase obrera: la pedofilia como producto de la miseria. La última vez muestra el caso estereotipado de la agresión masculina y reproduce todos los lugares comunes de la violencia doméstica cuya culminación es el femicidio. Pareciera ser, entonces, que el violento es siempre un monstruo, lo que podría dejar en pie la idea de que quien no llega a ese extremo no ejerce, realmente, violencia, o que ésta solo es tal si adopta esas formas.

Todas las obras mezclan siempre el problema de la sexualidad/genitalidad con la opresión y no establecen relación alguna entre la opresión de género y la explotación. O lo que es peor, exponen una lectura foucaultiana del problema en virtud de su miserabilismo: las venganzas del que tiene algo más de poder dentro de esa estructura limitada del ámbito familiar. O lo que es lo mismo, la lógica palo de gallinero. Se trata de una mirada simplista que se limita a los individuos “malos”, al estilo del derecho burgués, una forma adecuada a la ideología burguesa del “ciudadano bien pensante”, que incluye a todas sus variantes, desde el Pro al kirchnerismo y no va más allá.

La única obra que resulta de un interés adicional, pues plantea que el sometimiento de la mujer tiene, además, una motivación de clase, o sea, una raíz económica es Jackelín… La obra es una parodia de las actitudes de la protagonista y de las situaciones reiteradas e hiperbólicas por las que va transcurriendo su vida, poniendo en cuestión, muy sutilmente que ella no tenga más opciones que esa a la que se encuentra aferrada. Es la única en la que la mujer no aparece simplemente como víctima, en la que deseos e interés juegan un papel en el sometimiento y en el que se hace gris la frontera entre víctima y victimario.

Es necesario hacer un esfuerzo por salir de la categoría simple de “víctima”, de su pasividad y ausencia de deseo e interés. Esto no significa transformar a la víctima en victimario, sino entender la trama compleja de la ideología patriarcal, los mecanismos con los que opera y la materia prima sicológica que utiliza en su auto-construcción. Ahí puede encontrarse una verdadera punta para el debate y para la transformación, en obras que tengan más recursos estéticos y, a la vez, no extremen la “tragicidad” de la realidad cotidiana. Un extremismo que lleva a su excepcionalización, borrando, de paso, la violencia más común y corriente, el substrato de esa situación excepcional. En las obras propuestas no se encuentra ese substrato patriarcal y contribuye a invisibilizarlo: no están presentes ni la violencia de género vinculada a la explotación capitalista ni la violencia simbólica operada por el patriarcado en el día a día. Así, la conclusión paradójica resulta ser su naturalización por omisión.


[1]Miembro del comité organizador del Festival, actriz, licenciada en Derecho y doctora en Ciencias políticas y sociología.

[2]Abogada del INADI, que se desempeña en la Dirección de Promoción y Desarrollo de Prácticas contra la Dirección, coordinando el Área de Trabajo sin Discriminación.

[3]Motivos para el desalojo no faltaron: la obra iba a recibir un reconocimiento por parte de ese funcionario público y ese acto fue desbaratado por los términos “violentos” en que se había expresado la chica. Esto obligó a que la comisión organizadora aclarara que no estaba de acuerdo ni con que la obra recibiera esa distinción en el marco de este festival ni con la forma de intervención del público.

[4]Al finalizar la obra, los actores comentaron que la habían presentado también como “capacitación” para cuerpos policiales, con el objetivo de divulgación. Como tal, podría resultar en un efecto contraproducente, al dejar la idea de que la violencia de género se limita a casos ciertamente excepcionales.

[5]El debate giró en torno a si la prostitución puede o no ser considerada un trabajo y al abolicionismo.

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