“El Brasil industrial y clasemediero es un mito”. Entrevista al economista brasileño Nildo Ouriques – Juan Kornblihtt

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Juan Kornblihtt
OME-CEICS

¿Usted cree que Brasil es una potencia industrial? ¿Le inculcaron el mito de que a partir de Lula nuestro vecino es un país de clase media? ¿Le dijeron que los levantamientos de junio fueron obra de “jóvenes” o “estudiantes”? Bueno, lea con atención lo que tiene para decir este economista brasileño. Una a una, va a ver derrumbarse cada fantasía con respecto al gigante sudamericano.

Ex director del Instituto de Estudios Latinoamericanos (IELA) de la Universidad Federal de Santa Catarina, en Florianópolis, Brasil, el economista Nildo Ouriques desarrolla una crítica teórica y práctica contra el dominio de los sectores del PT en el mundo académico sin perder vinculación con sindicatos, organizaciones sociales y partidos de izquierda. En esta entrevista, realizamos un recorrido por la trayectoria del movimiento obrero en Brasil, el rol del PT y las condiciones de la acumulación de capital actuales que llevaron al reciente estallido ante la suba del boleto de transporte. Un análisis interesante para desmitificar el supuesto carácter progresivo de Lula, la imagen de un Brasil potencia industrial y para analizar las potencialidades de una política revolucionaria en el país vecino.

¿Cómo se llega a la actual estructura de poder en Brasil?

El punto de partida es el pacto de clases de 1994 contra la inflación. Es un punto fundamental, porque ahí acuerdan el capital financiero, el capital productivo nacional y multinacional, los terratenientes y una parte de los fondos de pensión. Logran hacer un pacto que rompe con la espiral inflacionaria y que, al mismo tiempo, disciplina al sindicalismo. Una parte es cooptada y disminuye así la fuerza de las huelgas. En el ´94, entonces, la clase obrera deja de practicar el activismo sindical y deja de tener protagonismo político. Esto implica una transformación brutal en el Partido dos Trabalhadores (PT) y en la Central Unica dos Trabalhadores (CUT).

¿Cuál es el rol del PT frente a este pacto?

El PT al principio se opone. Pero inmediatamente después, en vísperas de las elecciones, Lula dice que el pacto es duro pero inevitable. Así, a muy poco tiempo de su  elección, Lula hace propia la dinámica del Plan Cruzado y la prioridad del combate a la inflación. Entonces, se suma al pacto. Por eso vence también, más que por la famosa carta al pueblo brasileño. De hecho, asume como propia la estrategia del Plan Real.

De esa forma gana el apoyo de la burguesía…

Gana el apoyo de la burguesía y la burguesía se da cuenta de algo fundamental: el modelo necesitaba un cambio político para mantenerse, y el cambio político era incluir la radicalidad del PT en la estabilidad del Plan Real, en el pacto de clases. Para el PT no hay contradicción, porque el movimiento obrero no tendrá protagonismo. Esto es así por tres razones. En primer lugar, porque había sido muy golpeado por los ocho años de Cardoso. En segundo, porque la parte más activa del movimiento sindical se incorporó vía deuda pública, a los fondos de pensión, a la valorización de la deuda pública. Por último, porque la parte más articulada del movimiento sindical entró con Lula al gobierno. Entonces, el movimiento sindical ahí perdió protagonismo durante largo tiempo.

El ascenso de Lula, entonces, no es un ascenso de la organización de la clase obrera sino expresión de un retroceso…

Es un completo retroceso de la clase obrera. Ocurrieron dos cosas que, a mi juicio, marcan al movimiento reciente: de un lado, es la definitiva incorporación del PT (y de la CUT) como partido del orden burgués. Del otro lado, también, se canceló el sistema político. Porque la idea del PT y de la CUT como expresiones del radicalismo político, de los de abajo, era muy importante para decir que el régimen político democrático brasileño funcionaba, ya que admitía la posibilidad de un cambio efectivo de las reglas dentro del sistema. Cuando Lula y la CUT se adhieren al pacto, entonces, todo quedará igual. Fue cuestión de tiempo que la gente se fuera dando cuenta de que Lula en el gobierno era igual a Cardoso: con sus medidas provisionales, con los pactos, con los subsidios, con la administración de la cuestión social, de la economía, etc. Muchos están dándose cuenta ahora de que el sistema político ya no los representa, por ejemplo por el tema de las tarifas. Cuando, en realidad, hace rato que esto es así: votar por Lula, o por Cardoso es lo mismo. La administración de la crisis es la misma.
El otro gran cambio que fortaleció a Lula fue el crecimiento de los precios internacionales. Eso le dio una posibilidad en el segundo mandato que no existió en el primero. De hecho, en su primer mandato Lula es ultra fondomonetarista: austeridad fiscal, control de las cuentas y congelamiento político del país. Cuando suben los precios internacionales, entonces Lula hace una ofensiva con el programa social que le permite ser reelegido con cierta tranquilidad, aunque siempre en segunda vuelta. Con sólo acusar al adversario de privatista y de querer terminar con los programas sociales estaba asegurada la victoria.  Cuando desaparece el ciclo de alza total de los precios internacionales, empiezan los problemas. No es porque salió Lula y entró Dilma, sino porque la modalidad del manejo de la política económica enfrenta una recesión obvia, por la baja o la menor suba en los precios internacionales de minería y agrarios.

En Argentina, por lo general, se presenta a Lula como el que cambió cierta matriz industrial en Brasil, pero ese no aparece como el eje de la acumulación de capital durante el gobierno de Lula…

No, para nada. Por ejemplo, cuando uno observa, no sólo el hecho de que Brasil está exportando básicamente más productos agrícolas y minerales, o lo que llaman “productos industrializados”, el jugo de naranja, por ejemplo, que no es precisamente un patrón industrial. La burguesía productora de máquinas y equipos es la que más perdió fuerza: las importaciones de China crecen 10% al año en máquinas y equipos. El resumen es que Brasil tiene un gigantesco superávit comercial en exportación de minerales y productos agrícolas y un gigantesco déficit comercial en máquinas y equipos que sigue creciendo.

¿Estamos, entonces, ante una economía cada vez más centrada en exportaciones primarias? ¿Eso le da la fuerza al gobierno a través de la renta de la tierra?

Le daba, porque imaginate que Lula llegó a tener un superávit comercial de 46.000 mil millones de dólares, pero este año se piensa que va a ser de 12.000 mil millones, o sea, muy pequeño. Se entra a un escenario que no es tan malo como el de Cardoso pero comienza a aproximarse. La sobrevaluación cambiaria se combina con la disminución de los precios internacionales y con los problemas de la economía mundial que no aumenta la demanda brutalmente para Brasil. El famoso sector externo está complicando muchísimo la vida y hay una regresión industrial acentuadísima que nadie puede negar hoy.

¿La idea de que Brasil va a ser una potencia económica industrial es una imagen falsa?

Totalmente falsa, ideológica. Cada vez más, la posición de Brasil en la división internacional del trabajo es típica de un país subdesarrollado y dependiente tal como manda la producción norteamericana. El hecho más claro es la propia exportación de aviones. Se exportan aviones pero el componente de importación de exportación de aviones es superior al 90%. La exportación de aviones, que es como el orgullo burgués del país, es una industria maquiladora muy clara: los componentes fabricados en Brasil apenas alcanzan el 10% del total.  Los números son muy elocuentes.

En ese sentido, gran parte del apoyo a Lula viene de su posibilidad de articular planes sociales sobre la base de apropiar parte de esta riqueza que surge del sector primario. ¿Y cómo están las condiciones de vida de la clase obrera brasilera? ¿Han mejorado realmente mucho para explicar ese apoyo?

El contraste social en Brasil, un país de esta dimensión, con regiones subdesarrolladas, es muy claro. En este contexto, si los programas sociales alcanzan a 40 millones de personas, es decir una Argentina entera, eso tiene una incidencia electoral y social gigantesca. Una persona no ganaba nada y pasa a ganar algo con los programas sociales. Existen alcaldías del nordeste que viven de la transferencia de plata del gobierno federal a través de los programas sociales. El programa no va a la alcaldía, el programa va a la gente y la gente mueve el comercio  y el comercio mueve a la alcaldía. Centenares de municipios así. Eso tiene un efecto real y da popularidad y votos.
A los planes sociales, se suma que la tasa de desempleo es la más baja en la historia del país: 5,7% la oficial. El 47% de los que ganaban el programa social no renovaron, es decir, consiguieron empleo formal. Aunque con salarios más bajos que los niveles de 2007-2008. Esto va desde el sector ultra-moderno capitalista como el sector bancario, hasta el sector industrial tradicional. Los contratados después de 2007-2008 tienen los salarios más bajos. En síntesis, sube el empleo pero baja el nivel de remuneración. Entonces, la fuerza de Lula viene de un período corto, entre cuatro y cinco años donde se combinan planes sociales y empleo.
Pero Lula entrega la presidencia a Dilma ya con sus energías agotadas. Dilma vence también en segunda vuelta, no como Cardoso que venció las dos en primera vuelta. Pero aunque se empieza a agotar la bonanza, la gente quedó con la memoria de un país tan desigual donde no se tenía nada y se empieza a recibir algo. Eso en condiciones de desigualdad estructural es muy importante para que la gente diga “no queremos volver”, aunque las señalas actuales son muy claras de que se está agotando. Entonces el apoyo al PT es algo es real pero obedece a un conjunto de factores que están desapareciendo.

Ahora bien, si eso no responde a un cambio en la estructura económica y responde a una reproducción en base a las exportaciones primarias y las características históricas de Brasil, frente a una crisis, ¿todos esos beneficios sociales están en riesgo?

Totalmente en riesgo. Si pensamos que hay una disminución drástica del superávit comercial, aunque está entrando la riqueza petrolera antes inexistente, hay una obvia amenaza, que el problema de las tarifas ya revela, de los programas sociales. Hay que estar muy atentos a algo. Hubo un error del gobierno hace mes y medio; de la Caja Económica Federal, que es el responsable de los programas de Bolsa Familia, salió una información de que el programa se iba a acabar. En los estados del nordeste, las agencias bancarias fueron tomadas por miles y miles de personas muy pobre, que pensó que el beneficio se acababa. Eso dejó muy claro que, para cualquiera que siguiera actuando en el gobierno, quitar un subsidio para 40 millones de personas no va a ser algo sencillo y no va a ser algo inmune a un grave conflicto social porque es muy poco, pero como la desigualdad es muy grande. El discurso “clasemediero” según el cual Lula y el PT sacaron a 40 millones de la pobreza y puso a 30 millones en la clase media, es insostenible.

¿Y el supuesto crecimiento de la clase media en Brasil?

Es un mito. Si se consideran los datos del salario, un 76% de los trabajadores gana hasta tres salarios mínimos. Los tres salarios mínimos sumados, que son R$ 1.800, no alcanzan los R$ 2.600 que sería el salario mínimo necesario calculado por los sindicatos. Uno eso. Dos, ¿cómo se logró ese resultado del crecimiento de la clase media? La Secretaría de Asuntos Estratégicos cambió la metodología de cálculo: hoy para ser de clase media en Brasil basta ganar $R 1.100, es decir, U$S 550. Una adulteración de la metodología multiplicó el número de clasemedieros en Brasil y sacó de la pobreza a mucha gente. Es decir, hay un manejo generosamente llamado “metodológico”, que cambia el perfil de la sociedad. Lo increíble es que esa metodología confundió a amplios sectores políticos que no se dieron cuenta que el aumento de la tarifa en San Pablo era algo extorsivo para los niveles de salario: la tarifa en San Pablo consume hasta el 31% del ingreso del trabajador.

Entonces, ¿qué está mostrando el conflicto que se desató en torno a las tarifas?

El problema del salario en Brasil.

¿Un problema de clase?

Un problema de clase primordial. El país dejó de ser tonto con este movimiento de los jóvenes del Movimiento do Passe Libre. Son cuarenta militantes. Es un ejercicio muy importante de dirección. Uno ve ahí la importancia de una vanguardia política. Son todos jóvenes, militantes radicales, casi sin vinculación con los partidos políticos, pero que llaman a los partidos políticos para participar del Movimiento do Passe Libre y no tienen ninguna bronca en contra de los partidos. Ocurren a partir de esto tres cosas. Uno: se despertó el hecho de que un movimiento tan pequeño pueda constituirse en vanguardia, eso no ocurre sino en condiciones muy calientes, excepcionales. Dos, le taparon la boca a los partidos, incluido el MST, que siempre evaluaron que no había correlación de fuerzas ni movimiento de masas. El movimiento por las tarifas muestra que ahora hay condiciones objetivas en la economía para retomar el movimiento de masas. Y tercero: es obvio que destapó y echó por tierra la ideología de la clase media, porque las clases medias de América Latina no usan transporte colectivo. Entonces, el conflicto con los del Movimiento do Passe Libre refutó la tesis de un Brasil clasemediero. En definitiva, puso, para los economistas, los sindicatos y los partidos de izquierda el problema del salario sobre la mesa.

Si la clase obrera organizada, los sindicatos, no han roto con Lula y mantienen su seguimiento al PT, este movimiento que se organiza en torno a las tarifas, ¿puede expresar un primer intento de ruptura del resto de la clase obrera?

Expresa eso. Creo que rompió a nivel ideológico y político con lo que podemos llamar una conciencia ingenua. Hoy la conciencia despegó, y despegó primero porque no es Lula quien está en el gobierno, sino Dilma. Segundo, despegó porque las condiciones objetivas son muy duras. Tres, despegó porque este Movimiento do Passe Libre fue una rebeldía inesperada masiva y que ganó tonos en contra del gobierno y en contra de la situación en general. Casi como el 8D acá en Argentina: estamos en contra y descontentos con todo. Pero aquí, por suerte, había un eje: la reducción de las tarifas. Encima se conquista. Entonces, el ejemplo va a ser muy pedagógico para los sindicatos, para las bases nuevas sindicales, por el hecho de que los nuevos trabajadores, incorporados en masa, con salarios más bajos y empleo formal no van a aceptar dirigentes sindicales tan dóciles, allegados al gobierno. Seguro va a haber cambios nuevos, muy, muy importantes.

¿Y hay algún campo para que se desarrolle alguna izquierda revolucionaria en este contexto?

Bueno, ¿qué tenemos afuera del PT? El PCO, el PSTU y el P-SOL. ¿Qué creo yo? Son todas experiencias creadas en un período que no es de movimiento de masas. ¿Cuál es la virtud del PT? El PT se crea de las entrañas de la dictadura, contra la dictadura, en el ascenso del movimiento de masas. Es muy importante porque vincula la izquierda, que venía de la guerrilla, de la clandestinidad, de la derrota, con amplios sectores sociales. Todos bajo la consigna del socialismo en general. El P-SOL, el PSTU y, en alguna medida el PCO, nacen del tremendo fracaso de la experiencia petista y en un contexto de baja del movimiento de masas. ¿Cuáles son las limitaciones? Cierto doctrinarismo y falta de praxis política concreta con las mayorías. Por el lado del P-SOL, se suma que todavía se comporta como si fuera el espíritu crítico del PT. Si alguien va a retomar el movimiento de masas eso va a exigir de los partidos una amplitud para masas, que es distinto efectivamente, que disputar una asamblea con cincuenta.
Sin duda, hay un campo para ocupar, porque el PT como partido dirigente, capaz de movilizar es cero, nulo hasta ahora. Si tuviera que jalar hoy un movimiento en defensa de Dilma, el PT no tendría fuerza ni capacidad de convocatoria. Entonces se abrió socialmente un espacio extraordinario. Quizá esta nueva coyuntura permita un espacio político para que las izquierdas se redefinan en términos de pensar un nuevo radicalismo político y una nueva estrategia de ruptura, que, en definitiva, no tenemos en Brasil.

En ese sentido, si uno ve las estrategias de lo que ocurre en el resto de Latinoamérica, en relación a la clase obrera, cobra un protagonismo muy grande lo que en términos de Marx se podría llamar la sobrepoblación relativa o la población sobrante. ¿Cómo ve la posibilidad para la izquierda revolucionaria de organizar a esas fracciones de la población, que, en general, muchas veces la izquierda deja desatendidas y que, de alguna manera, las deja en manos de movimientos sociales o del MST, pero no organiza directamente?

La tradición de la izquierda, marxista, marxista-leninista, de tradición socialista tiene una gran desconfianza de esas masas, entendidos como “lúmpenes”, “desorganizados”, etc. El problema es que en una configuración de clases como la nuestra, donde el proletariado urbano, vinculado a las grandes empresas, es pequeño, esa parte de la población juega un peso gigantesco en términos de movilización y en términos electorales. Empezó una gran desconfianza, otra vez, de sectores de esta extracción de izquierda hacia ese sector, pero esa es una limitación de ella ante dos o tres fenómenos. Uno: el fenómeno del espontaneísmo. Dos: el fenómeno de un “anarquismo difuso” (que solo generosamente llamamos anarquismo), que es un componente inevitable de todo proceso de cambio, y más, de cambio revolucionario. Tres: un gran desconocimiento. Una izquierda que, en los últimos años en Brasil, creció en torno a la idea de de sindicatos de partidos, pero que no sabe muy bien cómo tratar a esta gente. Esa gente tiene una capacidad explosiva tremenda para la izquierda. Curiosamente, en función del colapso del PT empezó a surgir una re-organización. Mucha gente se fue a refugiar, como espacio de militancia, a las asociaciones de barrio, etc. Esa izquierda volvió a estar en barrios, en luchas por las remociones territoriales por la urbanización que se hicieron en los distintos estados. Hubo una reconexión de amplios sectores de izquierda con esta gente desorganizada que va a rendir frutos, ¿cuándo? No sé. Estoy de acuerdo contigo de que la gente desconfía de eso porque es una capacidad de maniobra para la derecha, para los monopolios de comunicación, etc., pero también es una tremenda oportunidad nueva para la izquierda que contrasta con la apatía sindical. Es un terreno nuevo en disputa, mucho mejor ahora, con todos los temores, que el que surgió del pacto de clases del ’94. La izquierda tendrá que aprender a luchar con esta gente y tendrá que forjar liderazgos para eso que no tiene.

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