El boicot como arma de lucha – Damián Bil

El boicot como arma de lucha. El boicot a Gath y Chávez y la huelga de los gráficos de 1919.

 

Por Damián Bil

Grupo de Investigación de los Procesos de Trabajo – CEICS

Hoy puede observarse, en el seno del movimiento obrero, un proceso de reagrupamiento de su vanguardia. Las marchas multisectoriales de setiembre y octubre de este año pueden verse como hitos de esta reconstitución. Estas jornadas son, en efecto, un momento de inflexión en el cual se empieza a quebrar la tendencia a la disgregación de la fuerza social que surgió con el Argentinazo. Tendencia que había primado desde los asesinatos de Kosteki y Santillán y que, como dijimos, a nuestro juicio tendría un punto de inflexión con las últimas marchas intersectoriales. Como era lógico esperar, este nuevo impulso a la unidad de los luchadores, ha renovado también viejas formas de solidaridad obrera. Es de destacar el paro que los obreros del Subte realizaron en solidaridad con los trabajadores del Garrahan, o el más reciente con los trabajadores terciarizados de Metrovías. La Comisión Interna del Hospital, por ejemplo, se valió del apoyo de docentes universitarios, estudiantes, asambleas populares y del movimiento piquetero para sostener el conflicto y sortear el aislamiento al que el gobierno intentó someterlos. El movimiento piquetero, entendido en su sentido amplio como la vanguardia de la clase obrera, recupera también con estas acciones lo mejor de las tradiciones de lucha del movimiento obrero.

 

Boicot y apoyo financiero: dos armas de la solidaridad obrera

 

En los inicios del movimiento obrero argentino y latinoamericano se gestaron tempranamente lazos de solidaridad que se manifestaron en acciones concretas. Según los datos del Boletín del Departamento Nacional del Trabajo, en cinco años, entre 1907 y 1912, se realizaron 37 huelgas por solidaridad, que representaban el 3,8% del total de los conflictos del período. Entre los gremios que llevan a cabo estas medidas destaca el ferroviario. Otras formas de solidaridad muy difundidas en esta época son los fondos de huelgas, que promovieron contribuciones sustantivas y sistemáticas como el aporte de un día de jornal por mes. También eran importantes los boycots: nadie trabajaba siquiera indirectamente o compraba productos de una casa en conflicto. Éste es el caso del boycot de 1919 a la casa Gath y Chávez, importante fábrica de confección y comercialización de indumentaria, en conflicto con sus trabajadores. Era mayo de 1919 y la firma cortaba relaciones con el gremio que había presentado un pliego de condiciones, al tiempo que incorporaba trescientos obreros a las “listas negras” de activistas. La respuesta de la F.O.R.A. no se hizo esperar: la entidad convocó de inmediato al boycot sobre los productos de esta firma. Entre los gremios, el peso del boicot recayó en los obreros marítimos, que se negaron a cargar y transportar material de esta firma, y en los trabajadores gráficos que impidieron la aparición de su publicidad. Las empresas periodísticas más importantes, nucleadas en torno a la reaccionaria Asociación Gráfica (elemento de la Asociación Nacional del Trabajo), respondieron con el lock-out de los diarios, a los que adhirieron algunas otras firmas. Para esta Asociación patronal el boicot atentaba contra la “libertad de prensa y trabajo” y propiciaba la “censura roja”. Los trabajadores gráficos que protagonizan este movimiento plantean sus reclamos específicos, presentando un pliego de condiciones. Su rechazo lleva a la huelga, en un contexto donde los grandes diarios y algunas firmas importantes mantienen el lock out. El reclamo pedía la jornada de 44 horas semanales y un aumento de las tarifas. Los obreros sindicalizados, sin amedrentarse, continuaron con la huelga por sus reclamos. Sólo retornaban al trabajo a medida que los distintos industriales aceptaban el pliego de condiciones.

A finales de junio, los trabajadores de Gath y Chávez llegan a un arreglo con la empresa por lo que es levantado el boycot contra la misma. Sin embargo, la huelga de los gráficos por la jornada de 44 horas continúa. Los grandes diarios, habiendo contratado rompehuelgas, consiguen salir a la calle tras varias semanas sin ser editados. Estos periódicos realizan una feroz campaña contra el sindicato y la huelga, apoyados por la Liga Patriótica que empapelaba la capital con la leyenda “A trabajar libremente”.  La Prensa y La Razón se encuentran a la cabeza de esta campaña. Por eso la Federación Gráfica Bonaerense decide responder estas provoca-ciones con un boycot al consumo de estos diarios. La moción sostenía que “por su estúpida intransigencia frente a las modestas […] reivindicaciones proletarias; por su especialidad en mistificar hechos y cosas; su actitud hacia la F.G.B., estos diarios deben ser boicoteados por toda persona que sienta en sí el afán de justicia […]”. Así, los gráficos reclamaban la colaboración de la clase frente a los patrones de la rama. Esta solidaridad llegó rápidamente: arribaron adhesiones de organismos obreros del interior del país e incluso del exterior. Entre otros, apoyaron el conflicto la F.G. Uruguaya y el sindicato gráfico del Perú. Estos últimos advertían también acerca de la búsqueda de operarios en esas zonas por los industriales porteños. Los trabajadores sudamericanos agregaban que no traicionarían a sus compañeros de la capital argentina. Dentro del gremio, la asamblea de socios decidía que los trabajadores de las casas que aceptaron el pliego (y que habían vuelto al trabajo) depositaran un jornal cada quince días, para sostener el fondo de huelga. En apenas seis meses, el fondo llegó a acumular casi 140.000 pesos de depósitos obreros.1 Incluso en algunas firmas, por iniciativa del personal, los mismos obreros organizaron diferentes eventos para obtener más recursos. Por último, la F.G.B. puso en circulación el “empréstito gráfico”, bonos de dos, cinco y diez pesos para sostener el movimiento. La solidaridad alcanzó a todo el país y a regiones de Sudamérica: gráficos de La Plata, Rosario, Corrientes, Chaco, Santiago del Estero, La Pampa, Entre Ríos adquirieron bonos del empréstito. También lo solicitaron los gráficos chilenos y la Uniao Typographica de Porto Alegre. Gremios de otras ramas hicieron lo propio, como los ferroviarios, empleados de comercio, telegrafistas, sastres, costureras, marroquineros, doradores en madera, carboneros, cortadores de la confección, zapateros, portuarios, metalúrgicos y talabarteros, entre otros. La extensión del movimiento llevaría a la F.O.R.A. a oficializar el boycot y llamar al apoyo a la huelga mediante una circular, en agosto de 1919. Por su parte, la patronal también cerraba filas: la Asociación Nacional del Trabajo lanzaba una campaña secreta de aportes entre sus socios para sostener el movimiento de los patrones gráficos afectados, campaña que fue descubierta por la F.G.B. Por si fuera poco, el gobierno radical colaboraba: en las cercanías de las firmas Peuser y Kraft eran comunes los arrestos arbitrarios de activistas. Los cronistas de El Obrero Gráfico calculaban que en menos de seis meses habían pasado más de doscientos huelguistas por los calabozos de las seccionales. El conflicto se extendió más allá de diciembre de 1920. Durante este lapso, la tirada de La Prensa cayó de 120.000 a 35.000 ejemplares. Esta merma de casi las tres cuartas partes de sus ventas habituales demuestra cómo la clase obrera acató efectivamente el boycot que la Federación Gráfica había establecido. Frente a la efectividad de la medida, por el mismo tiempo se declararon boycots en otras ramas, contra Bieckert, Pilsen, Noel, cigarros Avanti, cigarros Orión, chocolate Aguila, entre otros. Sólo la solidaridad de la clase obrera le permitió a los gráficos sostener durante tanto tiempo un conflicto tan duro contra una de las fracciones más reaccionarias de la burguesía argentina. Asimismo, le posibilitó conseguir mejoras para un importante sector del gremio y resistir el embate de la Asociación Gráfica.

En la actualidad, la acción del gobierno, al igual que la represión yrigoyenista, tiene un claro objetivo. Como la Liga Patriótica y la Asociación Nacional del Trabajo en 1919, busca aislar y destruir la organización de los trabajadores, encarnada en el personal del Garrahan, los docentes universitarios, los trabajadores del subterráneo, los telefónicos, los obreros del pescado de Mar del Plata. La burguesía teme la solidaridad obrera, y reacciona violentamente contra ella. En este sentido, la experiencia de los trabajadores gráficos en 1919 nos sirve de ejemplo. Al poder concentrado del capital, los proletarios debemos oponerle el poder concentrado del trabajo.

 

Notas

1El Obrero Gráfico, Nº 103, Enero de 1920.

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