El barro de la Historia

 

Prólogo a Los jacobinos negros, Ediciones ryr, 2014.

Fabián Harari

 

 

En los próximos días, Ediciones ryr va a presentar su edición de un clásico: Los jacobinos negros, de C.L.R. James. Una historia de la Revolución de Haití, de 1804. La primera revolución en América Latina. La única que tuvo como protagonistas indiscutidos a los esclavos. Un libro que marcó una época. Aquí, presentamos una selección del prólogo.

 

 

En 2010, las burguesías de los países de Américas Latina se lanzaron a la celebración del Bicentenario de las Independencias. De lo que se trataba era de conmemorar la construcción de su dominación política y económica sobre un espacio que, sólo después de varios años, se transformó en una nación. Poco importaba que el calendario no coincidiese en algunos países (Uruguay) o que, en otros, el levantamiento revolucionario hubiese sido ahogado (México). Lo fundamental, aquello para lo que se convocó, era glorificar la sociedad que se había construido (el capitalismo) y a su clase dominante (la burguesía). En ese marco, millones de personas, a lo largo del continente, conmemoraron alegremente esas “gestas patrióticas”, que devinieron en la instauración de la República y la ciudadanía, conceptos que parecen envolver al paraíso sobre la tierra.

Los festejos, los discursos y la liturgia creada para el caso omitieron una fecha (1804) y un hecho fundamental de todo ese proceso: la Revolución de Haití (o Saint-Domingue, como se llamaba bajo el dominio francés), que se desarrolló desde 1791 a 1804. La propia cifra señalada como canónica, 1810, está destinada a borrar a esa revolución de la Historia. Es que lo que sucedió en esa isla caribeña excede los marcos de lo que cualquier clase explotadora estaría dispuesta a aceptar como recuerdo válido para las masas: un movimiento político de la población más explotada. Los que se levantaron no fueron hacendados ni comerciantes, ni siquiera pequeños artesanos, sino negros esclavos. No solo se levantaron: se organizaron política y militarmente. No sólo se organizaron: disputaron el poder. No contra la tradicional y católica España o contra el Imperialismo inglés, sino contra la Francia revolucionaria, aquella de los Derechos del Hombre. Fueron los esclavos, esos que construyeron fortunas sin más retribución que unos cuantos latigazos y un pedazo de carne salada, quienes pusieron en el banquillo de los acusados a las nociones de “ciudadanía”, “república” e “igualdad”. Y no sólo eso: además, y por si fuera poco, tuvieron el imperdonable atrevimiento de ganar. Si la revolución, cualquiera sea su naturaleza, es un hecho que la burguesía preferiría ocultar, una protagonizada por las capas más bajas de los explotados es el colmo de lo que acepta.

La investigación de C.L.R. James marcó un punto de quiebre en los estudios sobre América Latina. Su influencia sobre los revolucionarios caribeños fue inconmensurable. Fue escrita, además, por un militante en el punto más alto de su desarrollo intelectual y como producto de toda una tendencia de intelectuales ligados al trotskismo, que en ese momento expresaba los intereses más genuinos de la Revolución Rusa. Su objetivo no fue rescatar ninguna “memoria”, ni revindicar ninguna gloria nacional, sino explicar los límites de las promesas burguesas aun en su momento de mayor auge y, fundamentalmente, reconstruir los mecanismos por los cuales las clases más explotadas logran tomar conciencia de sus intereses, vencer a sus enemigos y hacerse con el poder.

 

Marxismo y cuestión étnica

 

Ciryl Lional Robert James formó parte de una generación de intelectuales antillanos que intentaron abordar los problemas de la opresión colonial y la cuestión étnica desde una óptica marxista, influidos clara e inevitablemente por la Revolución Rusa. En su caso particular, siguió el derrotero común a los intelectuales de izquierda de la primera mitad del siglo XX: acompañaron la revolución, luego a la Oposición de Izquierda y, con la derrota de ésta y el auge de la posguerra, fueron girando hacia posiciones más autonomistas y conciliatorias, que en muchos casos animaron la nueva oleada a fines de los ’60 en los países centrales. No obstante, como tantos otros (Guérin, Dunayevskaya, Serge), dejaron a su paso por el movimiento revolucionario una huella imborrable. Fueron, además, hombres y mujeres de partido. Salvo en sus últimas etapas, se dedicaron a formar organizaciones. James, particularmente, fue un intelectual sumamente prolífico. Su obra abarcó una producción histórica, de política contemporánea y artística.

Nació el 4 de enero 1901, en una familia de la pequeño burguesía de Tunapuna, Trinidad y Tobago. Su padre era docente y su madre, una ávida lectora que le incentivó una sólida pasión por el conocimiento. Merced a su formación, logró una beca para cursar en el Queens Royal College, el colegio más importante de su país. Al egresar, se dedicó a la docencia. Uno de sus alumnos fue otro intelectual antillano de izquierda, Eric Williams. Como cualquier intelectual caribeño, se vio interpelado por la cuestión étnica y colonial. Su llegada a las organizaciones africanistas fue a través de su amistad con George Padmore, miembro de la Oficina de Servicio Internacional Africano. Junto con Ralph de Boissière, Albert Gomes y Alfred Mendes formó un grupo de escritores anticolonialistas llamado Beacon Group (Grupo Faro o Guía), cuyos escritos se reproducen en la revista Beacon.

James había sido jugador de cricket, deporte importado de Inglaterra y practicado por las clases acomodadas antillanas. Aunque parezca curioso, ése fue su pasaje a Europa. Allí siguió involucrado en la causa anticolonial. Defensor de la independencia de las Indias Occidentales, escribe La cuestión del autogobierno de las Indias Occidentales (1933), publicado por Leonard Woolf. En 1935, se convierte en el responsable del grupo Amigos Internacionales Africanos de Abyssinia, que luchaba contra la invasión fascista a Etiopía.

En su estancia de Londres, comenzó una detenida lectura de los clásicos del marxismo que lo llevó a unirse al Independent Labour Party (ILP), donde cumplió funciones de dirección. Escribió para diferentes periódicos de izquierda como New Leader y Controversy. En la década del ’30, las discusiones políticas en torno al stalinismo lo llevaron a conformar una fracción de izquierda del ILP, que luego devino, en 1938, en la Revolutionary Socialist League, ya bajo la disciplina de la Oposición de Izquierda.

Con respecto a su producción, en 1936, publicó Minty Alley, una novela basada en su infancia en Trinidad y Tobago. También escribió una obra teatral basada en la vida de Toussaint Louverture, el líder de la Revolución de Haití, sobre cuyas ideas centrales luego estructuraría su obra Los jacobinos negros. En cuanto a los escritos más estrictamente políticos, publica Abyssinia y el Imperialismo (1936) y, un año más tarde, una de sus obras más importantes, La revolución mundial (1917-1936), en la que intenta reconstruir la degeneración del partido bolchevique, por lo que abunda en críticas al stalinismo, al “socialismo en un solo país” y a los partidos comunistas en Europa. En 1938, y como producto más acabado de esta etapa en la que se acerca a las posiciones más avanzadas, es el libro que publicamos, Los jacobinos negros (1938).

Más tarde fija residencia en EE.UU., donde aparece ligado al SWP, hasta que en 1940 lo abandona junto a Max Shachtman, quien formaría luego el Workers Party, a partir de la delimitación con el trotskismo en relación con la URSS. Debido a sus discusiones con la dirección del partido, James formó una tendencia llamada Johnson-Forest, junto a Raya Dunayevscaya, con quien mantiene un vínculo político hasta 1955, y Grace Lee Bogs, intelectual de origen chino. El nombre de la tendencia hace referencia a los noms de guerre de James (“Johnson”) y Dunayevskaya (“Forest”).

El grupo sacó la conclusión de que gran parte de las deficiencias de los revolucionarios se encuentra en su escasa comprensión de las leyes generales del funcionamiento de la realidad. Por lo tanto, inició un camino de investigación filosófica. Producto de esta dedicación, James publicó Dialéctica materialista y la fe de la humanidad (1947) y Notas sobre la dialéctica (1948). A pesar de este énfasis, no descuidó las cuestiones más generales. En relación a la cuestión étnica escribió La respuesta revolucionaria a la cuestión negra en EE.UU. (1948) y, sobre la política contemporánea, Estado, capitalismo y la revolución mundial (1950) y La lucha de clases (1950). También escribió trabajos de crítica literaria sobre Walt Withman y Herman Melville.

La tendencia logra conformar su propio partido, Correspondence, durante las huelgas mineras de 1949-1951. La tendencia de James, y luego su partido, mantuvo importantes contactos con el grupo Socialismo o Barbarie (de Cornelius Castoriadis, Claude Lefort y Daniel Mothé), que también había roto con el trotskismo en la década del ‘40. Esta relación muestra el camino que estaba recorriendo, desde el marxismo al autonomismo.

La persecución macartista obligó a James a dejar los EE.UU., en 1953 y mudarse a Gran Bretaña. Desde allí, sigue los acontecimientos de Hungría en 1956. Procesa estos sucesos en clave autonomista y, obviamente, por derecha. Luego de una ardua reflexión, escribe Enfrentando la realidad (1958), donde da su balance sobre el socialismo revolucionario. Allí refiere ya no al papel reaccionario del stalinismo, sino al agotamiento del marxismo en general. La invasión soviética fue la excusa que encontró James para procesar su derrota alejándose del socialismo revolucionario para iniciar un acercamiento al nacionalismo negro. Durante esta etapa, preparó una biografía de George Padmore, que va publicando en el periódico The Nation.

En la década del ’60, volvió a EE.UU. y se dedicó a la cuestión étnica en Norteamérica y los problemas nacionales africanos. En 1960, escribió La población de Costa de Oro. En 1963, Más allá del límite, un ensayo autobiográfico combinado con el análisis político del contexto y comentarios de análisis deportivos. En 1964, se editó un estudio sobre los últimos escritos de Lenin. A fines de la década, se publicaron sus discursos sobre el Black Power (1967-1970) y sus Estudios Negros (1969). En 1970, escribió Radical America y, en 1977, Nkrumah y la Revolución en Ghana.

James no descuidó su faceta de crítica artística. Escribió tres ensayos en los que intentaba ligar la evolución de las artes a la evolución de las masas. En ese sentido, publicó Sobers (1969), sobre Garfield Sobers, Picasso y Jackson Pollock (1980) y Tres mujeres negras escritoras (1981), sobre Toni Morrison, Alice Walker y Ntozake Shange. En la década de 1980 se mudó de nuevo a Londres. Murió en Brixton, el 19 de mayo de 1989.

 

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