El Aromo n°98. Editorial: Homenajes no, conocimiento útil – Fabián Harari

en El Aromo n° 98/Novedades

Fabián Harari

Editor Responsable

 En octubre, van a cumplirse cien años de la primera revolución socialista triunfante de la historia. Sobre esto se ha desatado un torrente de celebraciones, cursos y debates del más diverso pelaje. Desde espacios puramente académicos hasta charlas de agrupaciones peronistas, pasando lógicamente por los partidos de izquierda. No obstante, el elemento que las une es su sentido del homenaje: la glorificación del fenómeno, destacando tal o cual aspecto, según corresponda, y un llamado a recibir la herencia de modo muy general. En general, las conmemoraciones se concentran en la descripción pormenorizada de aquellos hechos y circunstancias y la glorificación de los “genios” de Lenin y Trotsky, a los que habría que rendir tributo por siempre jamás. Lo que se le transmite a los militantes es que esos hechos no pueden volver a repetirse, porque no habrá otra Rusia ni otros genios como los constructores de Octubre.

De la misma forma que la “memoria” para los ’70, el homenaje cumple un papel conservador. Al igual que el tributo, el homenaje es la subordinación del presente al pasado (recordemos: homenaje era el acto por el cual alguien se convertía en “hombre de otro hombre”). El presente no sería más que la caída de ese paraíso perdido y la tarea (imposible, por cierto) no está en el futuro, sino en volver al pasado. Como un adolescente que evoca idílicamente a su niñez, porque no se anima a hacerse cargo de su futuro como adulto. A eso se agrega la lectura religiosa: lo sucedido en Rusia, a comienzos del siglo XX, es el santo y seña para la revolución en cualquier lugar y cualquier tiempo posible. Por lo tanto, debemos esperar un Lenin o un Trotsky, la guerra mundial y los soviets de soldados y campesinos antes de poder animarnos a pensar en el poder.

En momentos muy duros, de grandes retrocesos, esa evocación puede tener la utilidad de reivindicar en abstracto la revolución, el comunismo y permite delimitar una tradición. Fuera de eso, se convierte en un acto reaccionario. La pregunta no puede ser qué sucedió allí, sino qué de toda esa fabulosa experiencia nos queda para la revolución socialista en Argentina y cuáles aspectos son un verdadero lastre, que deben abandonarse cuanto antes. Preguntas por las cuales el pasado se subordina al presente y al futuro inmediato, y estos preguntan cómo tomar el poder y no cómo esperarlo pasivamente.

Sobre eso, hay que preguntarse sobre la aplicación a la Argentina del siglo XXI de dos ejes. Primero, ¿cómo se ganó? Segundo, ¿por qué la revolución no pudo lograr el triunfo completo? Sobre el primero, vale destacar una fuerte voluntad de poder de la dirección bolchevique. Lenin y la vanguardia partidaria se preparan para eso. Por lo tanto, cuando la situación lo requiere, no vacilan: lo toman y lo sostienen a como dé lugar, aún en inferioridad de fuerzas (con los socialrevolucionarios, con los campesinos, en medio de la NEP…). Ahí hay una primera diferencia con la izquierda argentina, que no se anima a ocupar el centro de la escena política. En segundo lugar, la creación de un partido de cuadros, disciplinado y con una alta formación. También aquí la izquierda argentina debería tomar nota y modificar su antiintelectualismo. En tercero, la constante delimitación de variantes reformistas (populistas, socialrevolucionarios, mencheviques). Toda la obra de Lenin, antes de 1917, está dedicada a conformar un programa en discusión permanente con sus adversarios. Su gran estudio del agro ruso (El desarrollo del capitalismo en Rusia) tiene por objetivo derribar los mitos populistas sobre la “comuna rusa” y el rol del “campesino”.

Por último, la falta de “religiosidad”. La estrategia bolchevique brota del agudo examen de las particularidades de Rusia y no a un apego talmúdico a los escritos de Marx sobre 1848 o la Comuna de París. Los bolcheviques recurren a las más diversas tácticas, según la situación corresponda: la clandestinidad, la lucha armada, la acción guerrillera, asalto a trenes, la presentación en elecciones para la Duma. También, varían su estrategia dos veces: de la revolución burguesa a la democracia obrero-campesina y de allí a la revolución permanente. La dirección no se preguntaba “¿qué diría Marx?”, sino “¿qué es lo que amerita la situación?”. Es decir, lo más rescatable de la revolución rusa es la dinámica más general de su dirección. Valioso, claro, pero no alcanza para guiarnos en la tarea que tenemos entre manos.

En cambio, aquellas cuestiones más puntuales, más necesarias, como el programa y la estrategia, no sirven, deben desecharse y, en algún punto, su reivindicación es un obstáculo para la revolución en Argentina. Así lo pensaron, para otros casos Fidel Castro o Mao, y los resultados están a la vista.

En cuanto al programa, Argentina, en 2017, no tiene tareas nacionales por cumplir. Ni Malvinas, ni la deuda externa son mecanismos de sujeción a las naciones extranjeras. No quedan mandatos coloniales, siervos de la gleba exigiendo “la tierra para el que la trabaja”, ni indios de encomienda o sujetos a la mita. El agro no es el de la Rusia de las Almas muertas de Gógol (pequeños nobles sin siervos, siervos pagando la tributación de 1861), sino una rama híper desarrollada, llena de “gigantes de acero” manejados por GPS, que requiere cada vez menos mano de obra y cada vez más descalificada. La burguesía rusa era una clase subalterna, nunca supo lo que es el poder ni la dirección de masas. En última instancia, acercarse a ella no era necesariamente pactar con el Estado. En cambio, la argentina no solo supo enfrentarse militarmente con las potencias europeas, crear su Estado  y sostener una dominación de plena hegemonía (democracia), sino que incluso construyó dos grandes partidos de masas (radicalismo y peronismo), lo que más de una burguesía imperialista envidiaría. Por lo tanto, sostener la necesidad de realizar tareas burguesas es un obstáculo a la lucha contra el Estado y fomenta la conciencia reformista (reivindicaciones democráticas).

El otro problema con respecto a la victoria es la estrategia. En Rusia, el poder se diluyó: la guerra hizo colapsar la economía y al Estado, la nobleza se retiró y la burguesía no podía ejercer ningún control. El Estado se derrumbó y dio origen al doble poder. Los soviets estaban armados, porque se componían de soldados. Para febrero, la cuestión del poder estaba virtualmente resuelta. El problema era la dirección. El mérito del partido bolchevique fue no vacilar y tomarlo. Primero el poder y luego los problemas que se presentaron. Pero en Argentina difícilmente se repita una situación semejante. La burguesía argentina sabe ejercer el poder y cómo recuperarlo ante una crisis. El país no se encuentra en una región asestada por las guerras regionales, las nacionalidades oprimidas y los reclamos de territorios. Por lo tanto, la estrategia de poder supone otra elaboración. La experiencia de las asambleas populares y la ANT son un marco, una experiencia y un continente que con un mayor desarrollo y un mejor contenido pueden marcar un camino. En cuanto a la cuestión militar, las armas no van a caer del cielo, ni es factible en la Argentina la formación de una guerrilla o ejército popular. Por eso, la izquierda debería revisar su posición frente a la fracción obrera en las fuerzas represivas  y comenzar un trabajo sindical y político, cuyos frutos lamentablemente podrán verse a mediano plazo, dado el atraso del que se parte.

La conciencia de las masas también es un capítulo propio en la estrategia. Sobre la base que el poder “cae” y que las masas son capaces de tomarlo por “paz, pan y tierra”, la izquierda considera que las se desenvuelven en cada cabeza, espontáneamente, a medida que se emprenden acciones de lucha. La educación, la agitación socialista y la propaganda revolucionaria no tienen lugar. Con solo tomar la producción escrita del conjunto de partidos, casi se podría decir que hay más organizaciones que libros editados. ¿Y cuántos libros de historia argentina editaron organizaciones que tienen 30 o 60 años? ¿Cuántos artículos de su prensa están dedicados a explicar qué es el Socialismo? La respuesta explica, entre otras cosas, por qué la relación con la clase obrera es tan débil.

Con todo, queda una pregunta pendiente, que pocos se animan a abordar seriamente y nadie se pregunta por lo que a la Argentina se refiere: ¿por qué la revolución rusa no pudo llegar al triunfo final? Frente a esto, la izquierda tiene dos explicaciones complementarias. La primera, la fatalista: las relaciones de fuerzas internacionales no lo permitieron. Con lo cual, no había nada que hacer y no habrá nada que hacer en el futuro, más que rezarle a alguna deidad. La segunda, la maniquea: fue el demonio Stalin contra el profeta Trotsky, que desconoce el contenido revolucionario del primero y las coincidencias programáticas del segundo. La relación Partido-Estado, la existencia de fracciones como garantía de una reserva moral, la necesidad de una política cultural proletaria y la estructuración de un partido internacional, pero también las relaciones regionales en América Latina, las capacidades militares y las relaciones de clase en los estados vecinos son problemas cruciales para una revolución aquí, pero que la izquierda pasa por alto. Porque no se puede conocer, en sentido profundo, la revolución rusa sin conocer la Argentina.

Si todos esos actos y debates se preguntaran más por la revolución socialista en Argentina, antes que la simple, sumisa y conservadora conmemoración de lo que pasó, tal vez la anquilosada izquierda local dejaría de reivindicar lo caduco y tomaría los problemas que esa experiencia nos plantea de cara al presente.

2 Comentarios

  1. Creo que esa falta de voluntad de poder en la izquierda argentina que uds señalan es la que explica sus otras falencias: sin voluntad de tomar el poder no hay necesidad de formar cuadros dirigentes ; sin pretender transformar la realidad existente no hay necesidad de comprenderla en profundidad, de ahì su antiintelectualismo, etc. La burguesìa argentina (salvo el agro y unas pocas excepciones) puede ser ineficiente, parasitaria y mediocre; pero en el fondo no tiene nada que temer porque su adversario es todavìa màs limitado que ella.

  2. Estamos en presencia de una masa obrera (sin sentido de clase) con baja conciencia y alta expectativa de consumo, la pretencion de redistribucion de la riqueza sigue alentando la agitacion politica reformista, pero los limites del reformismos ya se agotaron por la via del exito. Son minimas las anexiones que se pueden hacer a una «legislacion social», se habla de absurdos que darian clausura a la experiencia burguesa capitalista, como «participacion de los obreros en las ganancias de las empresas» o «ingreso basico universal». Alternativas confiscatorias de la ganancia patronal, unico movil del capital. Asi, llegado al estancamiento reformista, y con techo puesto a esa experiencia, que no genera niveles de satisfaccion y bienestar social en la poblacion, la predica revolucionaria tiene campo fertil. Pero el asunto es ganar cuadros que logren vencer en el marco de una democracia burgesa, y no un arrebato por la via de la violencia de una vanguardia minoritaria que aprovecha la anarquia.
    Los obreros detestan en capitalismo y el libre mercado, ellos aman la democracia y la seguridad social. Nosotros temenos que proponer la democracia colectivizadora, donde una decision politica sea una decision economica. Sin la burguesia decidiendo donde, cuanto y cuando invertir, los obreros recuperaran la soberania economica, politica y social.

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