Educación ¿Por qué los chicos saben cada vez menos?

¿Qué educación nos merecemos? Ante décadas y décadas de barbarie, el último gobierno K se adjudicó haber “mejorado” la educación pública, “incluyendo” a todos en su matrícula. Eso suponía que titularizar y defender la educación eran sinónimos. Así, los alumnos repetían menos en el nivel primario, “pasaban” de curso y permanecían en las escuelas. ¿El resultado? Más de medio millón de alumnos “circulaban” de forma más rápida por el sistema educativo. El Plan Fines 2 y los programas de terminalidad, por su parte, “ayudaban” a que todos los que habían desertado del secundario tuvieran su título.

Sin embargo, a nadie se le escapa que hoy un egresado de 18 años apenas puede comprender lo que lee o difícilmente pueda realizar una regla de tres simple. Es decir, le faltan herramientas para resolver operaciones elementales. Hoy el macrismo toma nota de eso y con un discurso que habla de la “calidad”, ataca a los docentes y profundiza la decadencia.

¿Cuál es entonces el problema? En realidad, la “inclusión” permitió la titulación, pero vaciada de contenido real. Nuestros alumnos reciben el título, sí, pero ¿qué aprendieron con sistemas de promoción asistida o de terminalidad con cursadas express? Para los que nos gobiernan el negocio es redondo: imprimen títulos y baja el índice de analfabetismo. Ellos contentos, muestran cifras para mostrar su “gestión”. A nuestros chicos, en cambio, los embrutecen, les niega un aprendizaje de calidad.

Y ni pensemos en aquellos que no ingresan a la escuela, o aquellos que de un año al otro no se vuelven a inscribir, no piden el pase ni asisten. Cruda realidad que viven los más chicos en las filas más pobres de la clase obrera (inmigrantes, residentes de villas y asentamientos).

En definitiva, el problema es la degradación de la educación que la burguesía le ofrece a la clase obrera. Mientras garantiza educación de verdad para unos pocos (sus propios hijos), el grueso de la clase obrera solo puede acceder a una educación de pobres contenidos, con docentes extenuados que viajan de escuela en escuela, con edificios que no superarían una inspección mínimamente seria, o que no corresponden al sistema educativo (clubes, locales partidarios, etc.).

Y es que la producción capitalista se ha desarrollado a tal punto, que necesita egresados con conocimientos más simples que hace cuarenta años. Los trabajadores se descalifican ante el avance de la industria. Hoy una máquina es capaz de simplificar tareas y reducirlas al mínimo. Pero además, el capitalismo ha desarrollado una población que “sobra” según los intereses del capital y a la que somete a condiciones degradantes de vida (usted ya lo sabe, recuerde lo que hablamos en el nº 4 de La Hoja Socialista).

Entonces, ¿por qué vamos a esperar que el Estado tome en serio la tarea de educarla? Así, en relación a las necesidades de la burguesía y sus ganancias, la educación de la clase obrera es apenas necesaria, hasta el punto de volverse una ficción. Claro que esto es responsabilidad de todos los gobiernos que nos tocaron porque en definitiva, todos administraron los intereses de los capitalistas.

En síntesis, la burguesía ofrece una educación deplorable, que encubre promoviendo y titulando alumnos “brutos” y “baratos”. Y si la cuestión se hace muy evidente, siempre tiene a mano su carta: echarle la culpa a los docentes. Toda nuestra acción política debe entonces dirigirse a batallar contra el embrutecimiento de generaciones enteras de niños y niñas obreros. Para eso, debemos centralizar el sistema educativo en manos de los trabajadores. Porque debemos poner la educación al servicio de la transformación social. Porque necesitamos una educación científica y socialista, no una que le meta en la cabeza de nuestros niños las ideas de la clase dominante. No puede haber transformación real sin una clase trabajadora educada y consciente.

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