Editotial

Muerte en el funeral

 

Nisman había amenazado con provocar una crisis política de magnitud. Lo hizo, aunque no por las razones que tenía planeadas. Su muerte encendió la crisis política, que se mantuvo latente durante todo 2014 al calor de la crisis económica. Esta crisis no es más que la expresión de la ruptura del kirchnerismo con su clase, que venía alistando el funeral del bonapartismo.

El escándalo que provocó la muerte, de todas formas, fue menor que el que hubiera desencadenado su denuncia. Ante la conmoción que generó la noticia, Cristina se apuró a afirmar que había sido un suicidio, apoyada en el argumento de que el fiscal “no tenía nada”. Sin embargo, esa hipótesis no tenía asidero, por lo que rápidamente se desdijo. En efecto, si fuera cierto que la denuncia no compromete a la Presidente, ¿por qué no se dan a conocer las escuchas? La misma pregunta le cabe a la oposición, que bien podría acceder a la totalidad de los audios: ¿no presionan por hacer públicas las escuchas porque no quieren potenciar la crisis o porque pueden implicarla también a ella?

El problema de fondo es que el caso Nisman y su denuncia están imbricados en una trama mayor que alcanza al conjunto del elenco político y pone en evidencia sus compromisos internacionales. Todo el accionar del fiscal, desde que fue nombrado por Néstor Kirchner, estuvo encaminado a encauzar el caso AMIA de la forma más conveniente para el gobierno, en función de sus compromisos con Estados Unidos. No hay que olvidar que reportaba directamente a la embajada de Estados Unidos. La presentación de su denuncia coincidía con la discusión en el Congreso norteamericano sobre las sanciones a Irán, asunto que enfrentó a Obama con congresistas de su partido que estaban prestos a votarlas junto a los republicanos. En qué medida esto resulta una coincidencia o no, debiera levantar sospechas. Lo cierto es que a sabiendas de que el fiscal trabajaba codo a codo con la embajada yanqui, ni el gobierno ni la oposición osaron denunciarlo por tal comportamiento, que podría ser caratulado como delito. Es que el encubrimiento del caso AMIA y de todos los implicados, tanto en la conexión local como en la internacional, es un asunto de Estado. Ni el kirchnerismo ni la oposición están interesados en que se conozcan los verdaderos culpables. Frente a ello, es necesaria la apertura de todos los archivos del caso y la constitución de una comisión investigadora independiente conformada por diputados obreros y organizaciones de luchadores por los derechos humanos independientes de la burguesía.

 

Mexicanización

 

Para mostrar cierta iniciativa y controlar el sistema de inteligencia, que comienzó a organizar su pasaje a los partidos de la oposición, Cristina se apuró a presentar una reforma a la Ley de Inteligencia Nacional. La iniciativa, sin embargo, no supera un cambio cosmético que no solucionará los problemas que arrastra la SIDE y que dan lugar a la guerra de aparatos y a la imposibilidad de controlar su funcionamiento y financiamiento (ver nota de Valeria Sleiman).

La oposición, en cambio, se encontró con la oportunidad de fortalecerse. La marcha del 18F fue una demostración de fuerza. Se trató de una movilización de sectores burgueses y pequeñoburgueses que, desencantados con las opciones de centroizquierda, se han ilusionado con la derecha (ver nota de Guido Lissandrello). Macri es quien parece haber cosechado el mayor rédito político. Ya sumó a sus filas a Carrió y a Reutemann y comienza a eclipsar a Massa. El rejunte centroizquierdista de UNEN está prácticamente desintegrado. El referente del peronismo de izquierda en ese espacio, Pino Solanas, se acercó al Frente Renovador y coqueteó con él hasta que se hizo obvio que no tenía mucho para ganar. Binner amenaza con ir solo. Así las cosas, la posibilidad de un frente opositor, impulsada -cuándo no- por el radicalismo, comenzó a resonar más fuerte, e incluso Moyano se sumó al pedido. El pedido evidencia la unidad programática que la burguesía alcanza ahora bajo el ala de la oposición, y la magnitud de la crisis que el próximo gobierno tendrá que enfrentar.

Si algo dejó en claro la muerte de Nisman es que no estamos en presencia solo de la decadencia del bonapartismo, sino de una tendencia incipiente a la descomposición del Estado. Como hemos señalado, lo que se reveló en este caso es la incapacidad del Estado argentino para controlar su propio aparato de inteligencia, un espacio clave para la toma de decisiones gubernamentales. La guerra de aparatos al interior de la SIDE muestra hasta qué punto el gobierno no controla a sus agentes e, incluso, cómo parte de los mismos están al servicio de otros estados.

Es en este cuadro de decadencia, la muerte de Nisman marca cierto punto de inflexión en la forma que adopta la política burguesa. Asistimos a un primer suceso de criminalización de la política. Puede tratarse de un hecho aislado o bien del puntapié inicial de una tendencia. En este último caso, el avance de la “mexicanización” de la política argentina resulta una preocupación de primer orden para la clase obrera. El crimen y la violencia como forma permanente de resolución de las disputas políticas conllevan una tendencia fascistizante. Las fracciones de la burguesía comienzan a dirimir sus disputas mediante estos métodos disolviendo el mismo Estado. De allí a que esta metodología se utilice contra la clase obrera de manera abierta y constante hay un solo paso. Por ello, no puede permitirse que se convierta en moneda corriente para ninguna fracción de la burguesía ni los partidos que la representan. La intervención de la izquierda debiera ser contundente contra estos métodos.

 

Los sepultureros

 

Toda crisis política de importancia comienza “por arriba” y constituye un momento propicio para la intervención de “los de abajo”. La burguesía busca cerrar el bonapartismo por derecha, pero se encuentra con un Estado en crisis. Esa crisis es una oportunidad que el FIT no puede dejar pasar. Debe avanzar en la construcción del partido revolucionario, superando su presente como mero instrumento electoral. Sólo así se constituirá en la dirección de los sepultureros de un sistema decrépito.

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