Editorial: Una lucha testigo

Puño y lapizJonathan Bastida Bellot 

Ya se han cumplido alrededor de un año y medio de que Macri asumiera la presidencia. En ese periodo se ha puesto en evidencia  no estamos ante un gobierno “neoliberal”, como que agitaba el kirchnerismo y gran parte de  la izquierda, con el fin de reivindicar la “década ganada”.

Este gobierno hereda una crisis económica y una crisis política, que se expresa en la continuidad del bonapartismo. La primera se relaciona con el agotamiento de la renta agraria para sostener al conjunto de capitales ineficientes que acumulan en el país, cuya productividad está cada vez más retrasada con respecto a la media mundial. La salida requiere dos movimientos. Por un lado, un ajuste (que ya venía practicando Cristina). Por el otro, el reemplazo de la renta por deuda externa, como elemento compensador (que también intentó Cristina). Este último elemento, las compensaciones, muestran que Macri no tiene en carpeta un proyecto puramente agroexportador, sino que está dispuesto a proteger y subvencionar a ciertas industrias grandes para la escala local, pero chicas en el concierto mundial.O sea, menos masa de subvención. Por lo tanto, muchas empresas tendrán que quebrar para alimentar la concentración y centralización del capital. Ese es un programa desarrollista, no “neoliberal”.

Eso implica que, en algún momento, el Estado debe dejar de ser un aguantadero de sobrepoblación relativa. De allí, los diversos y el intento de aumentar de la tasa de explotación.

Para realizarse, a este proyecto le debe corresponder un cambio político profundo. Se debe desarmar el bonapartismo para dar lugar a la hegemonía plena de la burguesía. Por eso profundiza los intentos de Cristina por reprimir la lucha de la clase obrera.

En el último mes, el Gobierno supo resistir la envestida, tomar aire y pasar a la ofensiva. Así fue desarmando varios frentes de conflicto. Ignoró el acuerdo en CONICET, le quitó personería gremial a los metrodelegados, desalojó AGR-Clarín, reprimió piquetes durante el paro del 6 de abril. Como complemento, el macrismo  también logró cooptar a gran parte de la dirigencia sindical.  El kircherismo, como para no quedarse a la zaga, reprimió a docentes y estatales en Santa Cruz.

Pero hay un enfrentamiento que, para el Gobierno, es la madre de todas las batallas: la regimentación de los docentes. En especial, en la Provincia de Buenos Aires.  Se trata de la fracción más importante (por su tamaño y actividad política y sindical) de la clase obrera. La batalla parece tener epicentro en la Provincia de Buenos Aires. Allí trabajan los egresados de las universidades  e incluso muchos estudiantes.

Ese ataque se extiende al conjunto de la educación universitaria, que no para de sufrir el proceso de degradación general, tanto presupuestaria como de contenidos. Si nos tuercen el brazo, les queda un campo abierto para avanzar.

¿Qué debemos hacer los estudiantes para defender nuestro acceso al conocimiento científico y nuestras condiciones de vida? Tenemos que intervenir con fuerza en la política nacional. De la FUA, en manos de la Franja Morada, nada podemos esperar. Ellos son coparticipes del ataque a la clase obrera. Por eso, la FUBA debe ponerse al frente de una gran campaña nacional de agitación que tenga como epicentro la recuperación de la Educación científica al servicio de la transformación social. Dicha campaña debe llamar a un frente a todos los sindicatos combativos docentes y no docentes, porque  la educación es algo que atañe al conjunto de la clase obrera.

Hay que tomar la ofensiva también en las consignas. No puede ser que nos limitemos a pedir migajas que no van a solucionar realmente los problemas.  El sueldo docente debe incorporar la formación y el desarrollo intelectual del trabajador (la investigación en el caso de los docentes universitarios, la capacitación en caso de los de media y terciarios). En cuanto a los alumnos, hay que exigir un salario estudiantil que nos libere de la necesidad de trabajar y nos permita un desarrollo intelectual pleno. Por último, debemos ir hacia un sistema educativo nacional centralizado que supere la fragmentación que nos han legado todos los gobiernos anteriores.

Estamos a tiempo. Es cuestión de pasar al frente.

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