Editorial: Peronismo no, Socialismo

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Fabián Harari

Editor responsable

El resultado no puede sorprender a nadie. Pudo haber errores de apreciación, pudo haber indefiniciones lógicas en una elección tan pareja (recordemos que la “perdedora” sacó 200.000 votos más que el “ganador”), pero no sorpresas. Esta elección es el resultado coherente de tres fenómenos que se expanden por el planeta en forma creciente: la descomposición social, la crisis política y la emergencia del bonapartismo.

Sí, la victoria de Trump podía anticiparse perfectamente desde que arrasó en la interna contra todo el Partido Republicano, mientras Hillary tuvo serios problemas con su propio Trump de “izquierda”, Bernie Sanders. Podía anticiparse si se veía la continuidad con la elección de Obama en 2008, que le ganó la interna, no casualidad, a Hillary Clinton. Es decir, la crisis política norteamericana no es nueva.

También, hubiera podido anticiparse cualquiera que mirara el contexto mundial: el Brexit, el No en Colombia, Syriza, Podemos y el ascenso de Le Pen en Francia. Todas señales de un profundo rechazo a las direcciones políticas tradicionales. De hecho, al unificar a todo el establishment político e intelectual en torno a su candidatura (incluyendo a los Bush), Hillary permitió a su oponente proponer una polarización exitosa. No es casualidad que quien haya tomado en sus manos la campaña del empresario haya sido Stephen Bannon, un director periodístico y cineasta de ultraderecha que organizó la publicidad del Brexit.

Por lo tanto, no es novedad, a esta altura, señalar que la victoria de Trump se amasó con la fidelidad del voto republicano en los estados centrales y se definió en el “cinturón oxidado”, esos estados que antes de la crisis concentraban los grandes batallones industriales (Michigan, Wisconsin, Ohio, Virginia, Pennsylvania). Su triunfo es el de la sobrepoblación relativa “blanca” y de la burguesía más débil, a la que apeló con el proteccionismo y el recorte de gastos militares en el exterior.

Las elecciones entonces expresan una ruptura entre la clase obrera y sus direcciones (la tercera menor asistencia al voto en toda la historia) y ponen en crisis al sistema partidario norteamericano, a los sindicatos (sus afiliados votaron en contra de sus direcciones), al propio Estado (ya que Trump va a gobernar con un Congreso republicano adverso) y, fundamentalmente, a toda la izquierda “anticapitalista”. La política de la “identidad” (es decir, el programa reformista burgués para el género o la cuestión étnica) pagó las consecuencias de abandonar la perspectiva de clase: se puso del lado del establishment y permitió la división de la clase obrera. El otro derrotado es la política del “mal menor” (aquí, el frente anti-macrista). Al alinearse con Hillary, la fuerza que reunió Sanders perdió la posibilidad de una elección histórica.

Quienes no vieron el ascenso de Trump es porque no midieron ni la envergadura, ni la profundidad de la crisis mundial. La crisis capitalista viene arrojando, en forma creciente, millones de trabajadores a la miseria y acaba con la vivienda, la salud, la educación y con todas las relaciones básicas que hacen a una sociedad organizada.

La crisis económica y política, ese rechazo a las direcciones burguesas, produce un fenómeno que ya hemos visto en América Latina: el bonapartismo. Es decir, la política que, ante la crisis, busca acaudillar y contener a la clase obrera mediante la asistencia social y la exacerbación del nacionalismo y la religión. El objetivo es eliminar cualquier desarrollo de la conciencia de clase, por una doble vía: la identificación del obrero con alguna fracción del capital y el desvío del descontento, ya sea hacia una parte del capital (las finanzas, el capital externo) o hacia elementos de la propia clase (los extranjeros). No otra cosa es el peronismo.

El ascenso de las tendencias bonapartistas a escala mundial se relaciona directamente con la crisis y constituye una generalización de la oleada fundadora, es decir, el 2001 latinoamericano. Si se observa el panorama general y se colocan los actores en su orden de aparición vemos un despliegue contradictorio, como el de un conjunto de olas que se superponen: Chávez, Kirchner, Evo, Correa, fundan la tendencia. Mientras algunos de ellos presentan todavía hoy un grado de salud importante (Evo, Correa) y otros luchan todavía contra el post-bonapartismo (Maduro), alguno ya ha encontrado su sucesor (Macri), que sin embargo, una vez en el poder está más cerca de reproducir los rasgos centrales de la estructura que venía a desarmar, que de iniciar un camino de retorno a la “normalidad”. Incluso sucede que representantes de políticas claramente alineadas en términos de clase, como Uribe en Colombia, se benefician del creciente descontento de las masas con el aparato político tradicional de ese país, algo que no deja de tener puntos de contacto con el ascenso de Trump. En el mismo momento en que esto sucede en América Latina, Europa y EE.UU. comienzan a transitar por sendas parecidas. Podemos, Grillo, Syriza, el Brexit, el avance de la ultraderecha francesa, muestran un tibio despliegue de las tendencias bonapartistas al ritmo de la crisis de los partidos tradicionales. En EE.UU., el fenómeno podría haberse manifestado mucho antes, con el ascenso de Obama. Si el primer presidente negro de la historia norteamericana no representó ninguna novedad para el establishment americano se debió a su rápido retorno a la “normalidad” institucional. Precisamente, el que el Partido Demócrata fracasara a la hora de expresar la tendencia que comenzaba entonces a manifestarse, y a que la abortara luego, prohijando el triunfo de Hillary sobre Sanders, fue lo que permitió su apropiación por un candidato surgido de la “derecha” republicana.

El máximo exponente a escala mundial es, sin embargo, Francisco. Su acción política, como ya explicamos, procura centralizar las organizaciones dedicadas a la asistencia social, como en algún momento llegó a monopolizar la Iglesia antes del desarrollo del asistencialismo estatal. Su encíclica, Laudatio Si, es todo un programa reaccionario que muestra su populismo a flor de piel. No es extraño que sus seguidores no kirchneristas de la Red Laudatio reivindiquen las “verdades de Juan Perón” y que Cristina y Scioli hayan simpatizado con Trump. Hay una afinidad electiva entre ellos.

El ascenso del bonapartismo a nivel mundial no es solo un producto de la crisis económica y política. Sin el vacío que se extiende en el espacio que debiera ocupar la izquierda revolucionaria, el bonapartismo no podría explicarse. Una de las causas (no la única, pero sí de una importancia que no se puede minimizar) es la ausencia de audacia de los partidos revolucionarios. En EE.UU., Bernie Sanders habla de Socialismo y junta 10 millones de votos. Ese mismo hombre que, si hubiera ganado la interna, hoy sería presidente del país más poderoso de la Tierra. Aquí, luego del Argentinazo y del movimiento piquetero, a la izquierda le parece que eso es “apresurado” y hace una campaña más tibia que la de Hillary Clinton.

En este estado de cosas, la política burguesa está ciertamente empantanada. Una oportunidad única para la izquierda, siempre que pueda estar a la altura. Hay que recuperar la audacia y dejar de lado la agitación reformista, cuidadosa de las instituciones. Hay que construir una fuerza estructurada y eficiente. El acto de Atlanta es una gran oportunidad para relanzar esa fuerza, que hoy se nuclea en torno al FIT. El llamado al acto y su documento pusieron un límite al derrumbe del frente. En primer lugar, porque se detuvieron las disputas facciosas y las desviaciones peronistas que evitaban actos comunes (como el del 1º de mayo). En segundo, porque el documento contiene una delimitación clara del kirchnerismo. En tercero, y más importante, porque se aglutinó a toda una enorme periferia cercana al FIT, sobre la que el frente se apoya.

La pregunta es si el acto va a ser una simple tregua, una pausa en la caída, o el puntapié para un desarrollo sustantivo. Para que suceda lo segundo, es importante que toda esa periferia sea estructurada políticamente. Es decir, se integre al frente. Si esas organizaciones trabajan por el frente, apoyan, propagandizan e intervienen en los debates, hay que centralizarlas. Además, debe constituirse una mesa directiva que pueda sacar una posición unificada ante cada coyuntura crítica y organizar una intervención ante los principales acontecimientos políticos. Una mesa votada con un programa en un congreso de militantes. Por último, hay que dejar de lado el prejuicio y el miedo. Hay que dar lugar a una agitación por el Socialismo. La crisis lo amerita. Es ahora.

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