Editorial: Los lazos fundamentales

EditorialSebastián Cominiello
Editor responsable

Hoy el kirchnerismo festeja. El 14 de agosto, Cristina dejó perplejo a más de uno. Duhalde y Alfonsín todavía están recogiendo las migajas. En efecto, lo acontecido en estas elecciones evidencia un cambio de ciclo en el país. La primera reflexión que surge es que la clase obrera apoyó al régimen. En particular, la población sobrante. En segundo lugar, que se restablecen los lazos entre la burguesía y el proletariado. Aquello que se rompió en 2001 hoy se vuelve a acoplar (véase el suplemento LAP). Todo parece tranquilo en la Argentina. En efecto, esa es la imagen que predomina, si la mirada se circunscribe al mezquino ámbito nacional. Sin embargo, las relaciones de fuerza no pueden medirse con esa regla tan pequeña, porque las clases, su conciencia y la economía que las determina tienen una dinámica mundial. Esas variables no pueden aislarse en un país. Por lo menos, no por mucho tiempo. Son las relaciones primordiales, las más generales, las permiten entender mejor el desarrollo de las particulares. Entonces, ahí, en el gran tablero es que podemos calibrar la perdurabilidad tiene este maridaje entre explotadores y explotados en Argentina, que hoy perece ser, para los kirchneristas, eterno.
Un prisma internacional

La Argentina depende de que el mundo le compre y, aunque todo parezca calmo por aquí, la crisis mundial se encuentra en pleno desarrollo. En el viejo continente, Grecia espera el rescate europeo en mitad de una agonía fiscal que no cesa. El Tribunal Constitucional de Alemania respaldó la participación en el fondo europeo de rescate para que Gracia no caiga a pique, desenlace que parece más bien inevitable. En Francia, la Asamblea Nacional aprobó las primeras medidas del plan propuesto por el gobierno, para reducir el déficit público por un valor de mil millones de euros. Es sólo la primera parte del plan de ajuste. Uno no deja de contar países: Grecia, España, Portugal, Italia, Francia, sólo en Europa… ¿Alguien dijo EE.UU.? Sí, Obama va a anunciar un plan de 500 mil millones de dólares para intentar bajar la desocupación. Damián Bil se lo aclara en el OME. Por nuestros pagos, el panorama no nos deja muy tranquilos que digamos. La crisis se siente en Brasil, que hace todo lo posible para devaluar el real. Lógico que este escenario no puede ser ajeno a la Argentina (lea “Sin inmunidad” en el OME).

Como venimos diciendo en estas páginas, estamos en la fase estatal de la crisis. Por lo tanto, los estados tienen que descargar el costo sobre la clase obrera. ¿Cómo se muestra esto en el ámbito de la lucha de clases? Lo que se observa es el accionar de los sectores más pauperizados de los países que mencionamos. Esos sectores, son la población sobrante para el capital. Aquellos que se manifestaron en Londres, los indignados de España y Portugal. Fracciones de la clase obrera, en su mayoría jóvenes, que no logran vender su fuerza de trabajo, o lo hacen en condiciones pésimas, y aparecen bajo la forma de desocupados o subocupados.

En gran parte del mundo asistimos a una recomposición política de la clase obrera. La clase obrera chilena acaba de paralizar por dos días el país trasandino. Una huelga general luego de años de ofensiva burguesa. Mención aparte merece, por un lado, la huelga general contra el ajuste de Berlusconi en Italia y la rebelión en Israel. En todas las ciudades italianas hubo concentraciones y marchas. Se adhirieron los sectores de transportes aéreos, ferroviarios, marítimos y de ómnibus locales. La Confederación General del Trabajo convocó a una huelga general, como hacía años no se veía, contra los recortes del gobierno por 45 mil millones de euros. Por otro lado, ahora también hay “indignados” en Israel. El sábado 3 de septiembre se movilizaron 450 mil personas (en un país de 7 millones de personas) en Tel Aviv, Jerusalén, Haifa y otros lugares en lo que fue la mayor movilización en la historia de ese país. Palestinos en su propia tierra, podrán dar solución a sus problemas siempre que reconozcan a sus compañeros del otro lado de la frontera. Sea como fuere, la población sobrante está encabezando una verdadera rebelión. En algunos casos, las medidas no pasan de un estallido (Londres), en otros, se remiten al plano sindical (Italia, Grecia), pero vemos también el pasaje hacia el plano político (Israel, Egipto, España).

La crisis económica del 2001 tuvo su epicentro político en América Latina (Argentina, Bolivia, Venezuela y Ecuador). Esta, en cambio, parece golpear en Europa y Medio Oriente. Lo importante, y lo que aquí debemos tomar nota, es que la clase obrera, a nivel mundial, se ha despertado y comienza a tomar la ofensiva. Es decir, estamos ante un desarrollo de los síntomas del cambio de escenario en la lucha de clases mundial.

Para ganar posiciones

El despertar obrero, sin embargo, está en sus primeros pasos. Está comenzando a constituir fuerzas sociales. Todavía predomina la falta de organización, el autonomismo y el reformismo. Por ello, observamos la presencia repetida de “indignados”. En todos estos movimientos, la izquierda todavía no tuvo un papel destacado. A nivel mundial, las organizaciones revolucionarias no parecen aun encontrarse en sintonía con las fuerzas sociales que se manifiestan. Si comparamos este ciclo de la clase obrera con el de 1914, el poscrisis del ‘30 y el de los ’70, veremos que la izquierda se halla mucho menos inserta y con menor capacidad organizativa.

No obstante, esta misma característica “desorganizada” de esta oleada puede transformarse en una ventaja, con respecto a las anteriores. La población sobrante que protagoniza esta ofensiva constituye, a diferencia de los “grandes batallones fabriles” elementos “desinstitucionalizados”, que no han establecido lazos fuertes con las instituciones predilectas del reformismo: partidos socialdemócratas o sindicatos. No están sujetos a direcciones burguesas, a prebendas o privilegios de calificación y a la ideología que se le corresponde. De hecho, es una fracción que, en su mayoría, se haya decepcionada con un sistema que no tiene nada para ofrecerle. Es un campo mucho más fértil para sembrar ideas socialistas. Si sabe aprovecharlo, la izquierda se encuentra en un panorama mejor que en períodos anteriores. La clave se encuentra en afinar el programa. La izquierda en el mundo, y particularmente en Argentina, tiene que dejar de apuntalar las creencias democráticas y animarse a trascender lo meramente sindical. Debe dejar de avergonzarse de sí misma. Treinta años de profunda contrarrevolución no han pasado en vano, se sabe. Pero eso ya pasó. Es el momento del socialismo. Se debe entender, de una vez por todas, que hay que pelear por todo, que el problema no es la “democracia”, ni una “jubilación digna”, ni el “estado de bienestar”, sino el capitalismo: allí se encuentran los lazos que dan origen a todos los males. En ese sentido, el horizonte no puede dejar de ser más alentador para quienes realmente buscan romperlos para construir otros. Ese núcleo se encuentra hoy en quienes componen el Frente de Izquierda, que debe ser apoyado y desarrollado.

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