Editorial – Leonardo Grande

Campo de batalla

 

Por Leonardo Grande

Editor Responsable
La mayoría de las personas suele aceptar tranquilamente que la cultura es un mundo “independiente” de los demás aspectos de la realidad, guiada por leyes y hábitos propios y exclusivos. Esta suposición -inventada y propagada por los intelectuales burgueses- explicaría por qué los artistas y científicos deberían estar protegidos de las “influencias” negativas de la política y los intereses de las clases sociales. Nada más falso. La cultura es, en verdad, uno de los tantos campos de batalla donde las clases sociales dirimen sus diferencias, aunque con armas y leyes de la guerra específicas. Un campo formado por las conciencias de los seres humanos, escenario bélico que se disputa en “las cabezas de los individuos llamados a la acción”, como diría Paul Lafargue. Artistas y Científicos son allí, no los seres inmaculados y asépticos que los liberales pretenden, sino más bien soldados entrenados para una función muy particular: la producción y difusión de ideas, sentimientos y valores que construyen (y destruyen) según los intereses generales de las clases a las que pertenecen.
Dijimos, en su momento, que los sucesos de Puente Pueyrredón eran el comienzo de una coyuntura marcada, no ya por el avance incontenible de las fuerzas revolucionarias acaudilla das objetivamente por la dirección moral del programa piquetero, sino por su reflujo relativo. Una especie de empate que tendía a establecerse entre la clase obrera y la burguesía, después de muchos años de derrota. De ese empate, la burguesía nacional salió convencida a recuperar territorio. Luego de la violencia y la muerte en el Puente, la represión a las Asambleas y la paliza de Brukman, es decir, después de la coacción, vino el consenso: las urnas. Este mismo mensuario nació de esa urgencia, la de batallar contra esa avalancha de productos “culturales” que se cernía sobre nuestras cabezas. Tenían (tienen) una función precisa: demostrarnos, a los protagonistas del Argentinazo, que todo había sido en vano, que nada había pasado o que, en el mejor de los casos, no importaba, ya que la revolución seguiría siendo imposible.
La batalla en el campo cultural se ha instalado. La publicación de la revista Caras y Caretas es el síntoma más importante de la estrategia instalada por José Nun, desde su asunción en la Secretaría de Cultura de la Nación el año pasado. Estrategia que se plantea el cierre de la crisis hegemónica mediante la reconstrucción del Estado “nacional y popular”. Para ello
busca la creación de un frente de intelectuales que la desarrolle de cara al 2010, Bicentenario de la Revolución de Mayo, fecha propicia por su carga histórico-ideológica para estimular un nacionalismo mesiánico. La burguesía argentina, luego de recuperar terreno político y económico desde el 2002, se ha decidido a reformatear la conciencia política de las masas, inundándolas de fervor patriótico, fe democrática y bolsillos reformistas. La novedad detrás de Nun (asesor de Pigna en la edición de Caras y Caretas) es que el gobierno se ha decidido, finalmente, a eliminar de su discurso cualquier posible analogía con el “socialismo” de su pasado montonero. Después de destinar el ND/Ateneo de Albistur (empresario del espectáculo y secretario de prensa de Casa Rosada) a la promoción de folkloristas y presentaciones editoriales de la “izquierda nacional” (véase El Aromo nº 14, setiembre de 2004, sobre la de Hernández Arregui), ahora se ha lanzado a inundar el mercado de lectores instruidos con publicaciones como la revista de Pigna. La renuncia pública del “historiador más vendido” al ofrecimiento electoral de Kirchner, refuerza la claridad del enemigo: Nun y Pigna pretenden construir un frente ideológico-cultural, con base en el gobierno actual pero pensando en un proyecto más allá del 2007. La gran diferencia entre ellos y nosotros sigue siendo, lamentablemente, que sus generales entienden con claridad y sin complejos las necesidades de la etapa. No se pasan horas debatiendo la “función de los intelectuales”: los obligan a cumplir su función. Por el contrario, aunque los destacamentos de nuestro ejército se mantengan firmes en otros frentes de batalla, en éste nuestros generales todavía no se deciden a dirigir con la vehemencia necesaria. Hace 10 años Razón y Revolución nacía, solitaria, con el objetivo de construir una organización de intelectuales revolucionarios. Una década perfeccionando un programa y un método, preparándonos (contra propios y ajenos) para la lucha cultural. Pues bien, ahora que las cornetas suenan a degüello, nos sonreímos porque el enemigo nos encuentra listos para la acción, pertrechados para el enfrentamiento. Aceptamos el desafío y enfocamos nuestros cañones con pólvora renovada contra las zanahorias del reformismo, el nacionalismo y la democracia burgueses que los intelectuales kirchneristas pretenden vender a las masas.
Este batallón no va a defraudar como no lo hizo hasta aquí- al resto de su ejército. Y lo gritamos una vez más: por una cultura piquetera, o sea, socialista, revolucionaria.

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