Editorial: La escuela mata

Por Romina De Luca – Ningún docente enterriano puede pensar que lo sucedido en la provincia de Buenos Aires, en la Escuela 49, es un hecho ajeno a la realidad local. El deterioro de las escuelas acumula décadas: edificios viejos que no se mantienen, escuelas en zonas de riesgo ambiental (contaminación de fábricas, zonas inundables, con napas contaminadas), instalaciones eléctricas colapsadas, falta de gas, de mobiliario, déficit en las paredes, en los pisos, cloacas colapsadas, reparaciones parciales, ampliaciones ad hoc (cierre de patios para crear aulas, aulas modulares), escuelas con accesos imposibles. A la falta de mantenimiento se suma la falta de construcción de nuevas escuelas y cuando algún que otro plan de infraestructura llega, la calidad de los edificios dista mucho de ser como la de aquellas escuelas normales construidas a principio de siglo. El problema de la infraestructura escolar es una realidad muy presente para los docentes, que la sufrimos día a día, pero ajeno y difícil de medir hacia el resto de la sociedad. Resulta todo un síntoma que la publicación de los datos del Censo de Infraestructura, del 2014, solo se haya hecho a través de un muestreo. Que el último Censo completo sea el de 1998 habla de la magnitud del problema que nadie quiere medir. Por eso, cada vez que un trabajador muere, sufre un accidente laboral o se enferma debe explicarse como producto de la crónica falta de inversión en infraestructura escolar que se sucede gobierno tras gobierno. La sociedad actual pone a miles de trabajadores en situaciones de riesgo permanente. La pregunta que surge es obvia: ¿por qué nadie invierte en educación? La respuesta, si bien no es sencilla, desnuda el funcionamiento profundo de la sociedad capitalista: porque poco importa el contenido de la educación que recibirá una futura población que encontrará empleos cuya calificación necesaria será mínima, vivirá de la asistencia social o del “changueo”. Es la dinámica social la que explica esa situación: una sociedad que privilegia la ganancia a la vida, donde el Estado es garante de esa situación y en lugar de repartir educación de acuerdo al desarrollo de las capacidades, habilidades y cualidades humanas, lo hace pensando en su futura “empleabilidad”. Una escuela que mata y nos mata. Las consecuencias de ese proceso son amplias. La degradación social y escolar es permanente. La escuela se hunde reforma tras reforma, década tras década. Hoy la prensa burguesa reconoce lo que dijimos hace muchos años ya: la promoción automática garantiza la circulación de la matrícula que pasa por la escuela sin conseguir lo elemental: comprender un texto. Un horizonte embrutecedor que encuentra a la vuelta de la esquina el regreso del analfabetismo. A ellos no les importa pero a nosotros sí. La escuela-capitalista hace de la escuela un lugar sinsentido, degradado y degradante que gestiona de forma eficiente la descomposición social. El personal político de cambiemos es último llegado a esta fiesta decadente.

Para peor, los docentes parecemos acostumbrarnos a que estos son problemas de otros. Otros hablan de la crisis de infraestructura que se lleva nuestras vidas, hablan de los resultados y la calidad. No vaya a ser que nos acusen de meritocráticos. Otros hablan de la crisis educativa y gestionan supuestas soluciones que no son más que la profundización de un cuadro senil y, también son otros los que hacen propuestas para la implementación de la ESI, valga de ejemplo la cruzada de la Iglesia. Una vez más, es hora de tomar el problema en nuestras manos. Repetimos una vieja fórmula: si la escuela quiere salir del atolladero debe poner en cuestión el sistema social que la coloca como máquina de la reacción, de la represión y del embrutecimiento masivo. El camino es largo porque implica poner en pie otra sociedad. Si queremos construir una escuela laica y científica debemos abrazarnos a la construcción del socialismo. En ese camino tenemos mucho que pensar. Hay que recuperar a la escuela: Congreso Educativo para decidir qué escuela necesitamos.

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