Editorial: En blanco

Por Verónica Baudino
Editora responsable

Cuando en la superficie todo parece ir sobre ruedas, las   posiciones críticas intentan ser acalladas o por lo menos ridiculiza- das. ¿Cómo alguien puede osar exponer las limitaciones de un gobierno que apuesta a una refundación del modelo de capita- lismo nacional basado en una industria local pujante y la redistribución de las riquezas? ¿Qué  fisuras se pueden encontrar en un contexto de supuesto crecimiento económico mundial de la mano del ingreso de China al mercado? Y en el juego políti- co ¿qué más podemos pedir que un gobierno que implementa políticas de derechos humanos y se propone una construcción política “transversal”?

Varios  sectores se embanderaron tras este proyecto con  tin- tes progresistas. Organismos de derechos humanos (Madres y Abuelas), organizaciones sociales (Libres del Sur, varios MTD y FTV, entre otros), un amplio espectro de caídos de otras es- tructuras políticas (ex cavallistas, ex duhaldistas, ex menemis- tas y ex radicales) así como también el grueso de las corpora- ciones empresariales (industriales, bancarias y agropecuarias). Asimismo muchos intelectuales se entusiasmaron con el creci- miento económico y las políticas de juicio al personal político de la última dictadura militar.

Sin embargo, El Aromo, desde el primer momento publicó en sus páginas investigaciones que fundamentaban la debilidad de este esquema, discutidas no sólo por los partidarios explícitos del kirchnerismo, sino por opositores e incluso militantes de izquierda. La crisis internacional, los límites del capitalismo argentino, la fragilidad del armado político K y la vigencia de los métodos piqueteros son aspectos cruciales que analizamos durante estos años. Hoy, cuando la crisis obliga a muchos a rever sus alienamientos políticos, las noticias ponen sobre la mesa que dimos en el blanco.

¿Qué crisis?

El crecimiento del PBI y la producción industrial en EE.UU. en las últimas décadas obnubilaron a muchos haciéndolos ba- tallar contra la idea de una crisis general. Si el motor del sistema anda bien, entonces no hay problemas.

Ya en 2005, en el marco de una discusión pública con Rolando Astarita, defendimos la idea de que los indicadores menciona- dos encubrían una realidad distinta, que el desarrollo se basaba en el ascenso de la deuda, es decir, del consumo de plusvalía “futura” y no en la producción de valor actual. En este sentido, la relativa recuperación de la tasa de ganancia se asentaba en una burbuja que tarde o temprano debía explotar.

Así, el constante  endeudamiento del Estado norteamericano y la de- valuación progresiva del dólar pusieron de manifiesto los límites de su expansión. La afluencia de  capitales comenzó a mermar debido a la falta de rentabilidad motivo por el cual se implementaron subas en las tasas de interés que tuvieron como contrapartida la quiebra de deudo- res hipotecarios y menores créditos para la industria. Hoy, devaluación, inflación, quiebras, caída de salarios reales y desocupación ya no son fenómenos ajenos a la clase trabaja- dora de EE.UU. y el gobierno, sino una  realidad apremiante.

Ante  este  panorama,  advertimos además que no había “recambio” de la potencia mundial por China, ya que su crecimiento depende de las exportaciones a EE.UU., sustenta- das en el crédito que los chinos le otorgan para tales fines al país del Norte. Asimismo, su crisis no sólo afectará a China sino que encadenará desaceleraciones en el resto del globo, como ya se observa en Europa y en los países dependientes de los commodities.

Los K sin tierra firme

A raíz de la ya evidente crisis internacional, muchos intelectuales argentinos comenzaron a pregonar la posibilidad de un “desaco- ple”. Sin embargo, desde nuestras páginas hemos analizado que las bases de la acumulación de capital en Argentina se asientan en el agro. Ninguna otra rama de la producción es portadora de una competitividad a escala mundial capaz de relanzar el capi- talismo nacional.

El veranito económico estuvo sustentado en el alza de los precios agrarios internacionales, que permitieron un tipo de cam- bio alto. De esta manera, por la vía de las retenciones se logró proteger a la industria nacional, que de otra forma sería arrasada por sus pares internacionales, así como otorgar ingentes subsidios (especialmente a energía y transporte). De la mano de estos mecanismos, la inflación licuó los salarios de la clase obrera, aliviando los costos del capital.

Pero la crisis del campo puso de manifiesto que sin renta agraria, no hay kirchnerismo. El esquema pende del hilo de los precios internacionales, con lo cuál su derrumbe implicará una salida por derecha del bonapartismo. No más subsidios a las pequeñas empresas, tarifazo y reducción de los salarios reales. Incluso, aun- que los precios de los commodities no cayeran sustantivamente, la recuperación de la actividad económica de estos años ya  ha

puesto en cuestión ese crecimiento agrodependiente. El pago de la deuda al Club de París, alabado como una demostración de fuerza, en realidad, es todo lo contrario: el reconocimiento de la necesidad de endeudarse nuevamente a gran escala.

Esto repercute en las alianzas políticas que establecieron los K. Durante estos años, las sombras del Argentinazo los acecharon sin poder reconstruir un partido con bases de masas que los sustenten. Ni siquiera pudieron reamar un aparato del PJ sólido. Los alejamientos de gobernadores e intendentes durante el conflicto del campo son una muestra de ello. La situación de debili- dad política se refleja hoy claramente en el Congreso, en el que no pueden hacer pasar ningún proyecto sin hacer concesiones sustanciales, como el de la reestatización de Aerolíneas. Ya ni cuentan con el apoyo de la mayoría de sus representados de cla- se: las entidades agropecuarias y un sector de la UIA buscan refugio en el duhaldismo.

En este contexto, queda en pie el “piqueterismo”. El kirchnersimo no logró restituir las formas de dominación institucional que permitan canalizar los conflictos basados en una confianza en la representación política. Por el contrario, que los sectores descontentos sigan apostando a métodos propios de la clase obrera, muestra la crisis de legitimidad: la confianza en los representantes es reemplazada por la acción directa como la vía privilegiada de expresión de intereses. Con otro contenido en los sectores agrarios, pero con la misma forma y esencia los sec- tores desocupados y los gremios combativos, como en subtes y docentes, evidencian que la crisis que provocó el Argentinazo sigue irresuelta.

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