Editorial: El principio del fin

a63_editorialSebastián Cominiello
Editor

“Capitalismo en serio”…Con esta frase, Cristina dejó en claro que es lo que está por venir. Al día siguiente, anunció las primeras medidas de ajuste y rompió elcontrato que estableció con las masas que la votaron. Tal como hizo Borocotó. Hasta hoy, la estructura del bonapartismo kirchnerista giró en torno, principalmente, a los planes sociales y a los subsidios. Por lo tanto, para estas elecciones el contrato estaba más que claro: dame un voto y te doy un plan, dame un voto y sostenemos las tarifas congeladas, dame un voto a cambio de un dólar barato, dame tu voto o viene el ajuste. Así fue en las dos elecciones anteriores: la gente votó y el kirchnerismo “cumplió”. Con migajas, sin solucionar ningún problema real, con todos los peros posibles, pero algo entregó.

Ahora bien, a la semana de su triunfo, Cristina anuncia el principio del fin: los subsidios se van a acabar, las tarifas van a tener que subir, el dólar va al corralito hasta que decidamos qué hacer y la economía se va a enfriar (puede entender mejor todo esto en los artículos de Juan Kornblihtt y Damián Bil). Nada de eso se dijo en campaña. Es más, se dijo todo lo contrario. Con las urnas aún calientes, la señora rompe el compromiso y comienza a encarnar a aquello de lo que prometió salvarnos. Siempre dijimos que, en algún momento, la burguesía se lo iba a exigir. Hasta ahora, evitó poner el dedo en la llaga. No podía: la supervivencia del kirchnerismo parecía sostenerse sobre una masa de recursos que conjuraba la crisis política. Pero ahora se animó. Hay que reconocer que, aunque eso no le garantice demasiado, eligió el momento más propicio.

Es el momento más propicio porque se está cerrando la crisis de régimen y se está recomponiendo la hegemonía. En las elecciones del 23 de octubre, Cristina se convirtió en la candidata con el mayor porcentaje obtenido desde 1983 y con la mayor diferencia con el segundo. Con un agravante: estamos ante una re-reelección. Se trata de un gobierno que logra el 54% luego de dos períodos, si contamos el de Néstor. Generalmente, cualquier gobierno llega a su segundo mandato desgastado (como se dice, las segundas partes nunca son buenas) y esto le cupo a la presidencia de Menem. Aquí, en cambio, se llega fresco al tercero. Por lo tanto, si hay un momento en que las masas le otorgan algún resto para mostrar los colmillos, es este.

Hay una segunda variable. Como dijimos, la verdadera oposición no participó. Se trata de Macri y Scioli. Es decir, la oposición que se perfila para el futuro es un polo de derecha. Con estas medidas, Cristina se va tragando uno a uno a sus contendientes. ¿Qué va a decir Macri, ahora que Cristina hace todo lo que él dijo que había que hacer? ¿Qué será de Scioli, cuyo caudal político era aparecer como un “infiltrado”, ahora que va a ser uno más? Hasta Binner vio como positivas las medidas de recortes.

Hay, también una tercera: los representantes del bonapartismo están en su mayor crisis desde el 2003. Madres se debate entre la cárcel, el ostracismo y la desaparición lisa y llana. D’Elía hace rato que fue desplazado y Moyano está acorralado por los Gordos de los ’90. Ninguno de ellos apareció en la campaña. El kirchnerismo tiene una oposición interna sumamente débil para emprender los cambios. Ahora se entiende mejor el lugar que ocupa Boudou, que volvió a ser lo que siempre fue: un militante de la UCD. Ya se postula Mario Blejer para Ministro de Economía y podemos seguir con la lista.

Estamos, entonces, ante un intento de liquidar el bonapartismo por mano propia e iniciar una ofensiva que ponga fin a las conquistas a las que se vio obligada a ceder la burguesía. Se trata de un movimiento difícil y peligroso. Difícil, porque el kirchnerismo logró la recomposición de la hegemonía sobre un esquema de concesiones y subsidios. Ahora, se dispone a sostener ese domino cambiando las bases sobre las cuales se consiguió. Ella lo va a honrar a Él, enterrando su legado. Va a intentar llegar a lo que logró Menem: plena hegemonía con una ofensiva hacia las masas. Pero el 2011 no es el ’89. La clase obrera no está planchada como en los ’90. Por eso, además de difícil, es peligroso…

Dentro de poco, oiremos a más de uno hablar de la “traición” de Cristina. Y es así: subió con un plan y nos desayuna con su contrario. Pero, ante estos episodios, cabe recordar lo que siempre dijimos los socialistas: la democracia (burguesa, se sabe) y las elecciones, en particular, se basan en un engaño. Los candidatos del sistema dicen representar a todos. En especial, a los más desfavorecidos (la clase obrera, se entiende). Sin embargo, representan a una minoría (la burguesía). En ciertos momentos, ese engaño queda disimulado o consentido, sea porque unos no piden casi nada (como en los ’90), sea porque los otros ofrecen algo. Entender este tipo de cosas, permite dar sentido a eso que ahora se hace: siempre estuvo latente, como el ladrón al que lo apremia la necesidad (economía) y lo incita la oportunidad (política), aunque a veces la primera llegue en mal momento. En ese sentido, Cristina tratará de dosificar gradualmente las medidas, procurando medir los tiempos políticos. No obstante, los económicos suelen superponerse y no entender de sutilezas.

Un nuevo comienzo

La borocotización del gobierno va a implicar un reacomodamiento de las alianzas políticas y, por lo tanto, un cambio de rumbo en la lucha de clases. En este sentido, se abre una perspectiva política para la izquierda revolucionaria.

Por un lado, la crisis por arriba, algún sector de la burguesía va a mostrar su descontento, tanto si se posterga la devaluación, como si se produce. Deberá hacer varios malabares Cristina si quiere mantener contentos a todos, lo que no podrá hacer por mucho tiempo. Por otro lado, un recorte al presupuesto son menos fondos a gobernadores e intendentes. No hay más que imaginarse la proliferación de elementos como Massa o Urtubey. Las organizaciones sociales que se integraron al Estado (Evita, D’Elía, MTD), por su parte, van a ser las primeras en dejar de recibir fondos. Si la CTA recibió muy poco en este tiempo, con el ajuste no va a mejorar su situación. No es extraño que todo ese universo comience a volver a la calle.

Esto no significa que el día de mañana miles de personas se alisten en la filas de la revolución. Esto significa que estamos ante un cambio de rumbo. Ante la inminente apertura de un camino que amenaza llevarnos al final del túnel. Se abre, sí, un campo fértil para el desarrollo de las ideas socialistas que puedan dar cauce al descontento que resulte de las acciones que va a llevar adelante, como pueda, el Gobierno. Y aquí es donde, nuevamente, a diferencia de la década menemista, contamos con otra ventaja.

En la década de 1990, si uno levantaba la cabeza y miraba más allá de nuestras fronteras asistía a la parálisis total del proletariado mundial, a la caída del muro y al desprestigio de las ideas socialistas, a una de las derrotas más grandes de la clase obrera. Hoy día la situación es diferente. Embrionariamente, lentamente y con enormes dificultades, asistimos a una recomposición de la política de la clase obrera y una crisis política en el corazón del capitalismo mundial: Europa y Estados Unidos.

Los partidos revolucionarios argentinos, a diferencia de los europeos, tienen una inserción real en las masas. A su vez, a diferencia del proceso que llevó al 2001, hoy día la izquierda no es un factor marginal que debe incorporarse a lo que otros, más fuertes, armaron (CTA o la CCC). En aquel entonces, la izquierda sólo adquirió visibilidad hacia el final y logró hegemonizar una organización unificada luego del 2001. En la actualidad, la izquierda no tiene que sumarse al desarrollo de otros, sino que ha sido la que ha protagonizado los hitos más importantes de la lucha de clases bajo el kirchnerismo (Kraft, FFCC, Subte) y tiene la posibilidad de construir un nucleamiento propio (ya lo ha comenzado a hacer, de hecho). La clase obrera argentina cuenta con una mayor experiencia. Ya ha pasado por el 2001. Todas estas son ventajas. Ventajas que van a diluirse si la izquierda no construye el instrumento clave para intervenir. El elemento que le va a permitir reunir una cantidad de voluntades, capacidades y energías dispersas, hoy entregadas a la lucha facciosa y a destejer lo que el compañero de al lado teje. No hace falta una alianza electoral ni sindical, sino un Estado Mayor que muestre el camino y conduzca a la victoria. Es la única oportunidad que tiene la clase obrera argentina: el Partido. Un partido único.

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