Editorial: El frente nacional

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Fabián Harari

¿Qué significa ser argentino? O mejor aún, ¿cuál es el contenido del sentimiento nacional? Lo primero parece determinado por el Derecho; lo segundo, el resultado de una intervención ideológica. Sea como fuere, en los últimos días, el gobierno, la oposición y hasta la izquierda tuvieron la oportunidad de constatar la respuesta. La nacionalización (en realidad, la compra de una parte) de YPF logró juntar a casi todo el espectro político y ganar la adhesión de gran parte de la población. Sin llegar al pico de los festejos del Bicentenario, el kirchnerismo logró, una vez más, insuflar las calles de argentinidad y salir de una crisis política que acechaba. Con este impulso, seguramente, el 27 de abril Cristina va a llenar la cancha de Vélez.

Llegó en el momento justo, de eso no hay dudas. Unos días antes del anuncio, la división en el seno del gobierno parecía inminente. El affaire Ciccone escondía un enfrentamiento. De un lado Scioli, ciertos intendentes (como Massa), algunos gobernadores (como Urtubey), sus operadores (entre los cuales se encuentra el procurador Esteban Righi y Florencio Randazzo) y una agrupación, la Juan Domingo, que parece haberse creado para defender ese espacio. Del otro, el núcleo duro del kirchnerismo. Una disputa sin contenido sustantivo, pero que anticipa las alianzas para el 2015.

YPF logró lo que no pudo Malvinas ni la disputa por la 125. Sin importancia real para nadie, las opiniones sobre esas islas resultaron encontradas y la cuestión fue rápidamente superada por el crimen de Once y el escándalo de Bodou. En 2008, un intento de agrandar la caja ante la crisis quiso hacerse pasar como una lucha contra la “oligarquía”. Resultado: un choque entre la burguesía agraria, y sus aliados, y la burguesía industrial, que se relamía pensando en esa masa de renta. En YPF, en cambio, la mano del gobierno en las arcas de la empresa suscitó un acuerdo general. Toda la oposición (excepto Macri) votará a favor. Biolcatti, tan opositor siempre, ahora saludó la iniciativa, recordando que Repsol le mezquinaba combustible a los productores rurales. El presidente de la UIA, De Mendiguren, también apoyó la medida. Lo mismo hicieron varios industriales. ¿Por qué no encontramos aquí una oposición semejante a la del conflicto agrario? Por dos razones. La primera es que la base social de Repsol es muy estrecha, a diferencia de la de la burguesía agraria. La segunda, porque esta medida va a beneficiar al conjunto de la burguesía que opera aquí, mediante la entrega de combustible barato y la compra de insumos (véase artículo de Juan Kornblihtt). En ambos, el Estado aparece como  el terrateniente general. Antes, para quitarle la renta a una fracción numerosa y desperdigada por todo el país. Ahora, para entregar renta a toda la burguesía que opera aquí (nacional y extranjera). El Estado interviene como parte de un proceso que lo contiene y retoma su función de representante de una clase social -no sólo de tal o cual fracción- y de un espacio de acumulación. Desnuda así, la verdadera esencia de su naturaleza: el Estado Nacional es la forma que tiene determinada burguesía de ejercer su hegemonía.
Y bien, a todo esto, nadie se hace la pregunta más elemental, la más sencilla de todas: ¿de dónde sale esa renta? La respuesta es incómoda: de las espaldas de los trabajadores. Lo que hace el Estado es entregar al conjunto de la burguesía lo que pertenece a la clase obrera. En ese contexto, poco importa si es 51% o 100% estatal, si tiene control obrero o no: lo que hay que discutir es qué se hace con esa masa de riqueza, si hay que subsidiar a los chacareros o darles casa y comida a los chicos de la calle, si hay que comprar caro a Techint o aumentar el salario docente. Para ello, hace falta un mecanismo específico: una Paritaria Nacional, en la que se discutan estas cosas. De un lado, el Estado; del otro, las centrales sindicales. Como los dirigentes sindicales ya se mostraron de acuerdo con este tipo de reparto (subsidios a la burguesía), la instauración de la paritaria obliga a discutir de nuevo quiénes van a representar a los trabajadores, lo que lleva a la convocatoria a un congreso de base, con elección de delegados en asambleas.
El kirchnerismo es un fiel representante de lo que pretende ser la Nación Argentina. Ser argentino, entonces, es pertenecer a este espacio de acumulación, que cada vez se rige menos por las fronteras nacionales. Sentirse argentino es reconocer una solidaridad con todo aquel que comparta estas características, por más patrón que sea. Esa solidaridad está basada en la pertenencia a ese Estado y requiere un sentimiento que disuelve necesariamente la identidad de clase. En realidad, YPF es tan nuestra (o sea, tan ajena) ahora como lo es la Argentina. En vez de sumarnos a este Frente Nacional, deberíamos combatirlo en nombre de lo que somos. En vez de alegrarnos porque se reparten lo nuestro, deberíamos pelear para recuperarlo. Vaya si lo necesitamos.

¿Y la izquierda?

En medio de una crisis política mundial, la clase obrera ha dado sus primeros pasos resistiendo la salida reaccionaria a la crisis (el ajuste). Sin embargo, parece más bien defender el statu-quo del Estado de Bienestar, el mismo que condujo a Europa a la crisis. La izquierda revolucionaria, a nivel mundial, parece no poder sobreponerse al desprestigio arrastrado por la contrarrevolución de los ’80 y la caída del Muro de Berlín. Habría que revisar, también, la idea del giro “izquierdista” en Francia: la buena elección de Hollande oculta que, más allá del 27% de Sarkozy, hay un porcentaje idéntico de votos que fueron al partido liberal y a la extrema derecha.
En Argentina, la izquierda tiene sus propios problemas. El FIT carece de entidad propia. No avanza hacia una intervención común sistemática. Se limita a algunas declaraciones (por ahora, sólo la de YPF) y al llamado a los actos (lo que hacía antes de constituirse en frente). El verdadero problema es que se encuentra en una encrucijada: si avanza hacia posiciones comunes en los diferentes frentes, se va a ver forzado a pensar en una plataforma que guíe el proceso y en una estructura más acorde (o sea, el Partido); si no quiere formar partido, el frente no tiene mucho que hacer y tal vez sería mejor desarmarlo hasta las próximas elecciones. No hace falta que reiteremos por dónde se sale del laberinto…

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