Editorial: Contra el síndrome 17 de octubre

Este número de Razón y Revolución agrupa en su dossier un conjunto de artículos que contribuyen a luchar contra lo que denominamos el síndrome 17 de octubre. ¿Qué es esto? Es el temor de la izquierda argentina a confrontar con el peronismo, producto de la creencia que se cometió un error irreparable al no apoyarlo en 1945.

Esta interpretación está fundada en una serie de equívocos. Por un lado, se cree que el comunismo se equivocó al considerar a Perón, cuando este escalaba posiciones dentro del gobierno militar de junio de 1943, el promotor de una experiencia filo-fascista. Efectivamente eso era Perón en ese momento. Si ese plan no se concreta es por la resistencia que diversos sectores ofrecieron. ¿Eso quiere decir que la participación en la Unión Democrática fue acertada? No. La política que hubiera correspondido era la del frente único antifascista. A diferencia del frente popular (la estrategia desarrollada por el PC al armar la Unión Democrática), el frente único implica la unidad defensiva del conjunto de la clase obrera, pero excluye de su seno a la burguesía.

¿Eso hubiera sido posible? Pese a que el sentido común haría creer que los obreros ya estaban con Perón y que una política en tal sentido era inviable, en sus primeros pasos Perón no arrastra multitudes. En 1944 gasta un dineral en promocionar el aniversario de la Secretaría de Trabajo y Previsión y no concurren obreros de base a escucharlo.

En 1945 la CGT dudaba acerca de qué frente político abrazar y llega a apoyar comunicados en pos del restablecimiento democrático, es decir en contra del régimen del cual Perón era personal destacado. En especial luego de que, en los festejos por la rendición de Japón, el gobierno asesinara a tres manifestantes había margen para proponer un frente único. Era posible oponerse a Perón, pero debía hacerse desde un frente clasista.

La fortaleza de la conciencia peronista de la clase obrera tiende a ser sobreestimada una y otra vez (el grado de apoyo que tenía el peronismo en 1955, en 1983, y hoy el kirchnerismo). Como se asume la   solidez de la conciencia peronista, al peronismo sólo se lo critica en forma lateral: la cuestión de los métodos y la burocracia, por ejemplo.

Se apela a símbolos o consignas peronistas en las intervenciones públicas y, si se lo critica, se lo hace en sus propios términos: la principal acusación al peronismo es no ser consecuente con su propio discurso nacionalista. Planteado el debate en estos términos, la mayoría de la izquierda se postula, más que como el oponente del peronismo, como su mejor expresión: los antiimperialistas más consecuentes y honestos.

Pero haciendo esto solo se siguen los pasos del peronismo sin combatirlo frontalmente. Peor aún, las construcciones propias en ámbitos sindicales por su corporativismo terminan copiando sus consignas y siguiendo sus métodos.

Esto se aplica también al kirchnerismo, el cual se ataca solo en forma lateral y frente al cual se cede en cuestiones cruciales. El levantamiento de la marcha del 11 de mayo este año, que no solo iba a denunciar el 2×1, sino también la represión en las provincias es una claudicación histórica, que muchos no llegan a discernir deslumbrados por el velo de la masividad y el consenso que gobernó el acto del 10.

Con ello se olvida que el mismo terminó en un consenso burgués y un refuerzo del régimen y de los principales partidos burgueses, kirchnerismo y macrismo incluidos. A diferencia del resto de los partidos de izquierda, Razón y Revolución no claudica frente al peronismo, ni le sigue a donde este
vaya. Muestra de esto fueron los actos que organizamos el 11 de mayo.

A través de radios abiertas y volanteada en distintas ciudades del país mostramos que se podía sostener una actividad propia y que la denuncia de los genocidas de ayer no tenía que disociarse de la lucha principal contra la represión actual. Con el mismo objetivo de delimitación política real organizamos este dossier.

Un primer artículo de Marina Kabat, disecciona el libro El Partido Obrero y el peronismo y señala los límites de dicha organización para confrontar con el programa peronista, así como los errores históricos en que este incurre al contar la historia del peronismo. En especial se indaga porqué el trotskismo silencia la represión peronista, al menos la de sus dos primeros gobiernos.

Los tres textos siguientes nos permiten debatir la relación entre burocracia sindical y peronismo e interrogarnos acerca de si es suficiente la lucha antiburocrática para superar al peronismo. En ese sentido, Ianina Harari se plantea qué es la burocracia sindical y hace un recorrido por su conformación histórica en la Argentina. Guido Lissandrello da cuenta de la estrategia de disputa con la burocracia entablada por Montoneros a través de la JTP. Romina De Luca explica cómo el seguidismo a la Celeste obstaculiza un mayor crecimiento de la Multicolor en el gremio docente.

Para cerrar el dossier, incluimos un trabajo que la organización de las Jornadas Interescuelas-departamentos de historia no ha permitido que sea presentado. Se trata de “La represión estatal y paraestatal contra la clase obrera bajo el gobierno de Néstor Kirchner (2003-2007)” de Juan Perrotat y Santiago Ponce. El título ya puede dar cuenta de las motivaciones políticas detrás de ese rechazo. Que una historiadora ligada al Partido Obrero participara de la censura es una expresión
más de este seguidismo al peronismo que denunciamos.

Para finalizar, en la sección Internacional, Nadia Bustos estudia la política exterior de Trump. Jesús Rodríguez Rojo examina la base ideológica del nacionalismo y el reformismo de Podemos en España y Carles Soriano Clemente estudia la crisis ecológica.

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