Editorial: Carta Abierta a un trabajador venezolano exiliado en Argentina

en El Aromo n° 104

Ricardo Maldonado
Editor responsable


Compañero: Supongo que debe sentirse confundido. Probablemente sea usted uno de las 130 mil emigrantes de su país que han llegado aquí, una parte menor pero importante de los, como mínimo, 3 millones que han abandonado el territorio venezolano. Probablemente tuvo que abandonar esa tierra en busca de la supervivencia. Y ha llegado escapando de la miseria creciente de uno de los “selectos” países dónde un tercio de la población vive con menos de un dólar diario y tiene una inflación digna del libro de los récords que es reconocida por el madurismo en la decisión –nada original- de torcer o dejar de publicar los datos estadísticos. Aunque en igual medida puede haber llegado escapando de la creciente la represión cuyo blanco son los dirigentes populares y los barrios más pobres (lo que explica que Venezuela duplica los generales de EEUU contando con la décima parte de la población).

Es probable también que tenga aquí un sentimiento extraño, contradictorio. Al alivio de poder vivir, de reproducir su vida cotidianamente, lo acompaña una violenta sensación de abuso. Porque usted sabe hacer algo, estudió o se preparó y aprendió un oficio y ahora se ve obligado a hacer lo que se pueda, a aceptar condiciones terribles de trabajo, de inseguridad, de explotación. Al poco tiempo de llegar, si pudo instalarse habrá comprobado que los patrones de allá someten a su población a vivir una vida que es peor que lo que nos ofrecen los patrones de acá, lo que no puede ocultar que lo que vivimos acá no es aceptable. Y es verdad, en Venezuela los patrones han llevado al país a un abismo un poco más profundo que los patrones de los otros países, pero eso no es definitivo, podemos caer tan bajo nosotros aquí también. O levantarnos juntos.

No es para que se asuste. Pero sucede que los países son como los autos. Es cierto que hay más ricos y menos favorecidos, como hay autos de alta gama y otros pequeños. Pero en ambos casos, con los autos y con los países, lo importante es que anden, que funcionen. Y es cada vez más notorio que en manos de los patrones estos países no funcionan, no pueden garantizar ni siquiera la supervivencia. Por eso usted está acá. Por lo mismo los que estamos acá tampoco estamos bien.

Eso de levantarnos juntos puede que le sorprenda. Que le extrañe que hablemos de hacer algo juntos porque mientras es muy probable que algún conocido suyo esté en este momento levantándose allá contra la miseria imperante o se encuentre amenazado por la represión creciente, aquí usted ve consternado que los progresistas vernáculos y la izquierda argentina, se coloca (definida o vergonzantemente) del lado de Maduro.

Ciertamente no será poca su inquietud de escuchar que si cae Maduro el imperialismo yanqui se abalanzará sobre su país y le impondrá una miseria y represión creciente. Se preguntará como se llama entonces la actual miseria y represión que lo trajo hasta acá, a dejar a su familia y su trabajo para repartir pizzas con una caja vistosa y colorida en la bicicleta. Si el progresismo latinoamericano no puede ofrecer una perspectiva mejor que evitar la intervención yanqui y que todo siga igual, para usted que viene de allí le debe parecer poco. Se preguntará qué clase de vida y de sociedad proponen quienes defienden lo que a usted lo ha empujado a marcharse.

En Brasil, como en Venezuela, con los ajustes del PT y Dilma, sucedió algo similar pero con menos de dramatismo: todo el mundo presenció las movilizaciones simultáneas con el Mundial del 2014 contra el ajuste y los tarifazos. La militarización de las favelas junto a la política de desmadre ecológico de la burguesía brasileña (como Vale en Minas Gerais). La corrupción de esa misma burguesía (Oldebrecht y JSB por nombrar algunos) la mayor de Sudamérica, en sus negocios con las más pequeñas que la rodean (de Lázaro Báez a Paolo Rocca) Por eso los presidentes de Sudamérica desfilan en los tribunales apenas dejan de contar con el favor del aparato estatal. Una fracción burguesa local y una fracción de intereses internacionales se disputan con otra local e internacional, la acumulación del capital. Acumulación que por menguada obliga a la disputa entre los patrones y a la represión de los que no fueron invitados; los trabajadores. Y a pesar de todo esto a ese gobierno de Brasil tampoco se lo podía atacar. Mientras la izquierda lo defendía, los trabajadores lo repudiaban. Suele decirse que quien fue Papa no puede rebajarse a Obispo, sin embargo la destituida Dilma quiso hacerlo y no obtuvo ni siquiera los votos para retornar como senadora, se elegían tres y quedó en cuarto lugar. Intento hacerlo en Minas Gerais, dónde un año antes de su destitución ocurrió el crimen social de Mariana y dos años después el de Brumadinho.

En Argentina, el país al que usted ha llegado, la cosa reviste cierta originalidad. En lugar de profundizar el hambre y la represión para mantenerse en el gobierno, el peronismo rechazado en 2013 y 2015 entregó el gobierno y cogobierna con el macrismo sin dar la cara. Sus sindicatos sostienen el ajuste, sus gobernadores son fieles guardianes de las medidas de Macri e incluso disputan cual llega más lejos en la misoginia obligando a parir a niñas violadas en Jujuy pero también en Tucumán, sus legisladores siempre le ofrecen los votos justos para aprobar presupuestos y leyes –o rechazarlas si son progresivas- guardando un resto que simula una oposición en beneficio propio pero también del gobierno actual.

Mientras a escala mundial Rusia choca con EE.UU por la retirada de éste último del tratado de Reducción de Armas Nucleares, y se amenazan con despliegues de misiles en las cercanías de ambos territorios, mientras China y EEUU elevan la tensión de las sanciones y los aranceles comerciales, a la sombra de los titanes, en una escala menor y en un modo farsesco, los patrones latinoamericanos también elevan las disputas por sus negocios. Pero dónde aquellos amenazan con la destrucción masiva, estos se amenazaron con poner artistas más relevantes en el escenario. La “guerra de los recitales” mostró al mundo que una clase agotada e impotente sólo puede ofrecer eso, escenografías espectaculares sin soluciones reales. La “defensa de una soberanía” abstracta en cuyo interior la población se muere de hambre, “ayuda humanitaria” para establecer el mismo (pero inverso) lazo de corrupción y clientelismo pero desde un nivel más bajo. La guerra de los recitales si puso algo de manifiesto, fue el rol menor y subordinado de las economías pequeñas en las movidas de los gigantes capitalistas, y su decisión de descargar el costo de esa inoperancia en los trabajadores. Estos burgueses sudamericanos son socios menores en el juego mundial, pero eso no los hace menos responsables sino menos capaces: Y su incapacidad no los hace aliados posibles sino enemigos peligrosos. Que aumentan su ferocidad cuando se ven acorralados. Aquí lo sabemos por la Triple A, conocemos el salvajismo de la “burguesía nacional”.

Si usted nos lee seguramente tenga desconfianza porque proclamamos abiertamente que luchamos por el socialismo. Y usted viene de un lugar en el que esa palabra se usó para llevar la miseria a los trabajadores. Para peor, llega aquí y se encuentra con que lo que allí es combatido por los trabajadores, aquí es defendido por quienes (también) se dicen socialistas.

No nos mire torcido compañero. Quizás valga la pena explicar lo que ha sucedido. La izquierda argentina se convenció hace muchos años, más de medio siglo, de la inexistencia de la clase obrera, de su protagonismo imposible. Luego sacó como conclusión que la clase trabajadora no existe en ningún lugar del mundo. De manera que interpreta la vida social como una pelea entre patrones en la que no se puede ir más allá de la elección del patrón menos malo. Le sucedió hace muchos años, si, pero no se pudo recuperar. Lo llamamos Síndrome del 17 de octubre. Fue con el primer peronismo que la izquierda eligió embanderarse con los patrones de un bando, la Unión Democrática. Cómo no le fue bien (y no podía irle bien porque renunció a su independencia) supuso que lo que estaba mal era el bando elegido. De allí en más trató de reparar ese error con otro idéntico pero inverso: un dolido e inalterable peronismo. Una búsqueda infructuosa del bando progresista entre las fracciones capitalistas. El socialismo es otra cosa, no es ni Maduro, ni Guaidó, y si nuestra trinchera aún no es reconocida es porque tenemos que construirla ya, y sin ninguno de ellos.

Y ahora es el momento porque el continente se está partiendo. La “grietas” son expresión de que esa ficción llamada consenso democrático comienza a hacer agua. El capitalismo se degrada y toda degradación es peligrosa. Pero también una oportunidad. Hay un peligro evidente cuando la vida social se deteriora y amenaza dejar de funcionar, mas notoriamente en Venezuela que en los demás países. Ante ese peligro puede que nos pongamos a esperar un milagro, ya lo vemos en el crecimiento de las iglesias más diversas, de las diversas variantes cristianas a los populismos y otros ismos que nos paralizan con sus Biblias y la espera del milagro. Detrás de muchas de ellas está el gran mago de Roma, capaz de hacer aparecer el encubrimiento de los pedófilos como una “valiente denuncia”. Esa es una trampa que se perfila en el horizonte: las salidas negociadas que hundan aun más a los trabajadores, un exilio decoroso para Maduro, una amnistía para la segunda línea de militares chavistas, unas elecciones dónde triunfe la unidad nacional, y ayuda humanitaria para quien se porte bien, un frente anti Macri, anti Bolsonaro. No cambiar de sistema y ni siquiera cambiar de collar.

No proponemos elegir un bando burgués contra otro. Aquí, en Brasil, en Venezuela, el socialismo se transfiguró en caricatura y fue atrás de la burguesía. Le inventó virtudes a las patronales, y cuando sus defectos se hacen evidentes, elige mentir para conservar su matrimonio. Pero cuando se renuncia a la independencia de clase poco a poco se renuncia a todo y aparecen fragmentos positivos de la legislación burguesa, precedentes institucionales a defender, represores de obreros más populares y nacionales que otros, patrones torpes y negligentes que hay que ayudar. Usted, compañero, me entenderá porque lo ha vivido. Y entonces tiene muy claro que no podemos olvidarnos que somos trabajadores porque sólo nuestro trabajo nos permite vivir. Para quienes pueden darse el lujo de no trabajar y sobrevivir, Maduro o Guaidó, Bolsonaro o Haddad, Cristina o Macri son opciones. Para nosotros, los trabajadores, ni sus tiempos ni sus propuestas nos sirven. Lo que necesitamos es resolver entre nosotros los problemas que ellos, los patrones, nos causan. Por eso usted entiende lo que decimos, cuando se renuncia a la independencia de clase se renuncia a todo.

1 Comentario

  1. La única alternativa real frente la miseria y la mediocridad que la burguesía tiene para ofrecer, sea aquí, en Venezuela o donde fuere, debería venir de los partidos que teoricamente tiene una perspectiva de clase obrera. Por desgracia, en este año electoral el FIT va a desempeñar el mismo papel de siempre: hacer de comparsa para el resto de los partidos burgueses. En primer lugar para el kirchnerismo; como uds lo han explicado hasta el cansancio en el aromo, hay profundas coincidencias entre kichnerismo y FIT, aunque el FIT lo niegue. Pero el FIT también es util para el conjunto de la burguesía argentina, porque le da a su democracia una pátina de diversidad y pluralismo. Permite que intelectuales ” progresistas ” como Ricardo Forster aparezca en televisión propugnando un frente anti macri, diciendo que “hay que convocar a todas las variantes de la oposición, incluyendo a los partidos de izquierda “. Claro, Forster sabe muy bien que el FIT es una especie de kichnerismo linea Pepsi, así que puede convocarlo con total tranquilidad; no implican ningún peligro ni van a desentonar en absoluto con su frente antimacrista.

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