¿Dónde acecha el enemigo? Los debates en la izquierda sobre la burguesía nacional

Por Verónica Baudino – La burguesía argentina ha dado muestras, a lo largo de su historia, de una creciente debilidad. Atada a los vaivenes del mercado internacional y a los precios agrícolas, sólo en contadas ramas de la producción pudo hacerse un lugar. Sin embargo, esta evidencia nada nos dice acerca de la naturaleza de esa debilidad. Más bien, el problema comienza justamente allí: ¿se trata de un raquitismo irreversible o aún puede esperarse un salto cualitativo? La izquierda ha intentado abordar el problema como una cuestión fundamental a la hora de comprender el país en el que le toca intervenir. El examen la estructura de clases y el comportamiento de las mismas resulta un elemento clave en función de delinear una estrategia política correcta para la clase obrera y establecer un criterio para sus alianzas. Sin embargo, la mayoría de sus análisis (no todos) ha sido presa del encandilamiento nacionalista.

Progresismo, maoísmo y la burguesía nacional ideal

El PCR, a través de Carlos Echagüe,1 y la CTA, a partir de Eduardo Basualdo,2 caracterizan al año 1976 como una bisagra entre dos modelos económicos diametralmente diferentes. El “productivo”, de 1945 hasta 1976, habría nacido durante el peronismo y estaría basado en la producción. En cambio, el actual -originado en el golpe militar- estaría asentado en las finanzas y en la especulación. Este último modelo habría sido instaurado, según Echagüe, por la burguesía intermediaria y la imperialista por la fuerza de las armas. Basualdo lo define como la expresión de los intereses de los grandes capitales oligopólicos, extranjeros y nacionales. La particularidad de este nuevo modelo de acumulación habría sido la desindustrialización. Es decir, el pasaje de la economía asentada en la esfera de la producción a una sostenida en las finanzas. Los grandes monopolios habrían causado este fenómeno, derrotando a su paso a la burguesía nacional, que favorecía a la clase obrera por la vía de desarrollar el mercado interno. Así, la política impuesta en la última dictadura militar habría significado una derrota no sólo de la clase obrera, sino también de la burguesía nacional. El problema central de esta corriente es su incapacidad para identificar a esa burguesía nacional progresista derrotada por la dictadura. Es cierto que la dictadura, como representante de capitales más concentrados, expropió a las capas burguesas más pequeñas. Pero eso no quiere decir que todos los expropiados fueron nacionales y todos los expropiadores extranjeros. Encontramos capitales locales en ambos bandos. Unificar los perdedores en el “campo nacional” es una operación ideológica antes que un dato de la realidad. Ahora bien, hay un segundo equívoco, tal vez más grave: identificar los intereses de los expropiados burgueses con los de los expropiados proletarios. Cada uno pretende una salida distinta para su problema y tiende a dirigir al otro hacia su propia política. Los autores se basan en lo que la burguesía nacional “no es” y no delinean sus cualidades en términos positivos. En este sentido, Basualdo utiliza el concepto “oligarquía diversificada” para señalar a aquellos capitales de origen nacional que por su escala de acumulación se han convertido en “financieros”. Por lo tanto, no podría asociárselos a intereses nacionales que posibilitaran una alianza entre burguesía y obreros. Echagüe, por su parte, acuña el término “burguesía intermediaria” para identificar a todos aquellos capitales nacionales que son agentes de los distintos imperialismos en pugna. Es que, de acuerdo con esta corriente, la contradicción principal que rige nuestra sociedad es la que aglutina a la nación oprimida, de un lado, frente a los imperialismos ruso y yanqui, del otro. Si dejamos de lado las excusas alambicadas, y definimos como burguesía nacional simplemente a todo capital cuya base de acumulación sea Argentina, nos encontraremos con una realidad distinta. Nos encontraríamos con Arcor, Macri, Pérez Companc, entre otros, con quienes sería difícil proponer una alianza con la clase obrera o decir que perdieron en 1976, ya que ellos impulsaron el golpe. Para evitar esta cruda realidad, se buscan “nuevos” conceptos para diferenciarlos de los “verdaderos capitales nacionales” y, de esa forma, idealizar a una inexistente burguesía progresista.

Milcíades Peña, Silvio Frondizi, el trotskismo y la burguesía nacional dependiente

Ambos autores escriben en el contexto de los debates sobre el peronismo. A diferencia de las posturas anteriores, definen a toda la burguesía argentina como una aliada incondicional del capital extranjero, reproductora de las particularidades capitalismo argentino: deformado y dependiente. Por este motivo, se trata de una clase que no puede acaudillar el desarrollo de las fuerzas productivas en Argentina y no corresponde a la clase obrera aliarse con ella. Frondizi afirma que la burguesía nacional se encuentra imposibilitada para cumplir un rol progresivo dado su estado de descomposición económica.3 Su impotencia para impulsar un capitalismo “industrial” y “autónomo” deviene, desde principios del siglo XX, del acoso de imperialismo -tanto británico como estadounidense- que generó una estructura semi-colonial. A su juicio, el único elemento que podría impulsar el desarrollo del capitalismo en este país era el Estado, que en tiempos del peronismo hizo su fallida experiencia histórica. Milcíades Peña, su vez, caracteriza a la Argentina como un país “seudo industrial”, dependiente y atrasado. Su burguesía habría nacido como un desprendimiento del agro. Por lo cual, es subsidiaria de la oligarquía latifundista parasitaria y especulativa: sólo realiza inversiones a corto plazo poca inversión y ganancias rápidas.4 Los autores que presentamos mantienen una matriz común en sus explicaciones: la caracterización de un desarrollo industrial, inconcluso o trunco. En el caso de Echagüe y Basualdo se trataría de un retroceso ocurrido a partir de la última dictadura militar. De acuerdo con Frondizi y Peña, sería una característica de nacimiento de la Argentina que le impide desarrollar sus potencias al máximo.

Desindustrialización, seudoindustrialización

En cuanto a la tesis de la desindustrialización, asociada al traspaso de la economía de la industria a las finanzas, los autores presentan como indicios los datos censales de la década de 1970. Allí se observa la disminución de obreros ocupados y de plantas industriales. Sin embargo, confunden las consecuencias del propio desarrollo capitalista con un supuesto abandono de una “cultura industrial”. Los procesos de concentración y centralización del capital consisten exactamente en esa dinámica reflejada en los censos: acumulación de mayor cantidad de capital en menos manos y aumento de la productividad del trabajo mediante la implementación de nueva tecnología o ampliación de la escala de producción. Por lo tanto, las grandes empresas que pasan a dominar los mercados no lo hacen a costa de la industria nacional, desplazándose hacia las finanzas, sino que se ubican en las ramas más productivas. El problema de la debilidad argentina no reside entonces en la derrota de la burguesía nacional, sino en que la única fracción que pude triunfar es la vinculada a la productividad del agro. Es cierto que cada vez tiene menos fuerza para impulsar al resto de la economía nacional, pero esto no la convierte en menos nacional. Claro ejemplo de esto es una de las estrellas de los ‘90: Arcor, una empresa bien nacional, cuyo éxito está ligado a la productividad del maíz.5 Con respeto a la caracterización de seudo-industrialización genética de la Argentina, sostenida por Frondizi y Milcíades Peña, estudios empíricos sobre los procesos de trabajo demuestran que, alrededor de 1920, industrias como gráfica, calzado, cerveza, carruaje y molinos, por el contrario habían seguido las pautas normales de desarrollo tecnológico del proceso productivo.6 Así, el régimen de producción adoptado por la burguesía local llegaba en algunas ramas al nivel de las de Estados Unidos. Por lo tanto, no puede hablarse de una pseudo industria como la clave del problema. Eso no quiere decir que deba negarse la evidente debilidad de la industria criolla, sino que el problema se encuentra en otro lado. Lo que debe develar un análisis científico es si estas deficiencias suponen una “falta” de capitalismo o, más bien, son el producto de su desarrollo como realidad mundial. Los límites del capitalismo argentino son los límites que tiene el agro, como sector competitivo, para empujar al conjunto del sistema. Esta especialización se debe al hecho de haber ingresado tardíamente al mercado mundial. Sin un mercado interno de importancia, el capital no encuentra demasiadas alternativas de expansión. En esta época, asistimos a su agotamiento y no parecen existir perspectivas viables de reconstrucción a la vista.7

Una misma causa, varias consecuencias

La falta de una caracterización seria de la burguesía nacional basada en estudios científicos lleva a confusiones políticas. Por el lado de Basualdo y Echagüe, la identificación de los grandes capitales -sean estos nacionales o extranjeros- con el capital especulativo antinacional que atosigaría a una burguesía verdaderamente productiva. Ésta portaría intereses que deberían identificarse con la nación toda (es decir explotadores y explotados). A la ficción de dos burguesías se le agrega la que unifica los intereses de la clase obrera con sus explotadores, bajo la forma de nacionalismo. Estas posturas, sin embargo, idealizan la capacidad de los pequeños capitales para “destrabar” el desarrollo de las fuerzas productivas. Así, proponen una alianza estratégica de la clase obrera con su enemigo de clase como una escala necesaria antes de la revolución socialista. Frondizi y Peña, por su parte, no llegaron a plantear explícitamente una alianza con la burguesía nacional. Sin embargo, al partir de premisas endebles sobre su comportamiento, tienden a perder justeza en el análisis concreto, lo que puede llevar a falsas derivaciones. Y, efectivamente, la corriente política tributaria de Milcíades Peña, el morenismo, se ha caracterizado por el abandono de una política revolucionaria en pos de la búsqueda de alianzas con fracciones burguesas. En el campo académico, Jorge Schvarzer, discípulo de Peña, nos propone como vía posible para salir de la seudo-industrialización ser como algún país del Sudeste Asiático. Es decir, aumentar más la explotación de la clase obrera.


Notas

1Echagüe, Carlos, Argentina: declinación de la soberanía y disputa ínter imperialista, Editorial Ágora, Buenos Aires, 2004.

2Basualdo, Eduardo, Aspiazu, Daniel y Khavisse Miguel: El nuevo poder económico en la Argentina de los ´80, Editorial Legasa, Buenos Aires, 1986, Estudios de Historia Económica Argentina, Siglo XXI, Buenos Aires, 2006.

3Frondizi, Silvio, La realidad argentina, Praxis, Buenos Aires, 1955.

4Peña, Milciades, Industrialización y clases sociales en la Argentina, Hyspamérica, Buenos Aires, 1986.

5Baudino, Verónica: “Productividad y desarrollo en la Argentina: el caso Arcor”, Tesis de Licenciatura, Historia, FFyL, UBA, 2007.

6Para un estudio detallado de una de las ramas, ver: Kabat, Marina, Del taller a la fábrica. Proceso de trabajo, industria y clase obrera en la rama del calzado (Buenos Aires 1870-1940), Ediciones ryr, Buenos Aires, 2005.

7Véase: Sartelli, Eduardo: “Génesis, desarrollo y descomposición de un sistema social”, en La plaza es nuestra, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2007.

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