Distintas formas, la misma clase. Transformaciones de la población obrera de Misión Nueva Pompeya, Chaco – Roberto Muñoz

Lejos de las clasificaciones estatales y las elucubraciones antropológicas, que refieren a una supuesta especificidad “indígena”, nos encontramos con una de las fracciones más pauperizadas de la clase obrera argentina. La proletarización de esta población es de larga data y experimenta transformaciones en el mismo sentido que lo hacen amplias capas y fracciones de la misma clase.

Roberto Muñoz

TES – CEICS


 En un número anterior de El Aromo describimos las condiciones de vida actuales de la población de Misión Nueva Pompeya, en el Impenetrable chaqueño.[1] Nos interesaba mostrar que, lejos de las clasificaciones estatales y las elucubraciones antropológicas, que refieren a una supuesta especificidad “indígena”, nos encontramos con una de las fracciones más pauperizadas de la clase obrera argentina. Esta condición obrera, solapada tras identidades culturalistas, no es un fenómeno reciente. Muy por el contrario, la proletarización de esta población es de larga data y experimenta transformaciones en el mismo sentido que lo hacen amplias capas y fracciones de la misma clase. Para mostrarlo, intentaremos describir cómo se manifiestan estas tendencias en el largo plazo dentro de la población de esta localidad, que se asienta sobre tierras recientemente registradas como “propiedad comunitaria indígena”.

 

Orígenes del asentamiento

 

Nueva Pompeya, ubicada a 485 km de la capital provincial y a 185 km de Juan José Castelli, ciudad cabecera del departamento, tiene su origen en la instalación de una misión franciscana en los primeros años del siglo XX. En 1900, el gobierno de Roca concedió a la orden franciscana el usufructo de 20 mil hectáreas donde actualmente se asienta esta localidad. En 1904, con el edificio de la Misión ya terminado, los frailes hicieron que los habitantes de la zona, de procedencia wichí, construyeran sus ranchos alrededor del mismo y comenzaron a ser educados en el cultivo de la tierra. Luego de un lapso corto de aprendizaje, a estos pobladores, que ya estaban integrados al circuito estacional de la zafra de azúcar en Salta, se les entregó una parcela donde desarrollaban cultivos para autoconsumo y el excedente lo compraba la Misión. En los primeros años, solo ocupaba la finca concedida a los franciscanos la población denominada mataca o wichí, aunque en los alrededores de la misma comenzaron a asentarse pequeños productores dedicados a la ganadería de monte, que ante el agotamiento de los pastos del oriente salteño, migraban hacia Chaco en busca de nuevas tierras de pastoreo. Para mediados de la década de 1930, el funcionamiento de la orden franciscana entró en crisis, algunos frailes abandonaron el asentamiento y otros fallecieron y no fueron reemplazados. En 1948, murió el último de ellos y al año siguiente mandaron a retirar todas sus pertenencias para enviarlas a la Misión de Laishi, en Formosa. Para entonces los pobladores migrantes desde Salta se instalaron en el territorio que administraban los franciscanos mientras continuaba la decadencia de la finca: el ganado con el que contaba la misión desapareció rápidamente y los “indígenas” abandonaron sus cultivos, que eran destruidos por la intrusión de los animales de los nuevos pobladores “criollos”. En ese contexto, debieron retomar sus tareas como obreros transitorios en la cosecha del algodón y, en menor medida, en la zafra azucarera en Salta, a la vez que practicaban la “marisca” (caza y recolección) en los momentos del año que quedaban desocupados.

La suposición de que se hubiese desarrollado un “sistema social aborigen desagregado”, como sostienen algunos autores, no tiene sustento. Se trataba de una Misión religiosa controlada por sus funcionarios y amparada y estimulada por el Estado (recibieron la cesión gratuita del terreno por parte del gobierno nacional). De hecho, cuando aquellos abandonaron la zona, las actividades agropecuarias que impusieron se desmoronaron. A su vez, no se observa un retorno a actividades propias de la “economía wichí” (cazadores-recolectores), sino que se desenvuelve una agricultura de autoconsumo. Hay que tener en cuenta también que durante esa época comenzó una puja entre la burguesía azucarera de Salta y Jujuy y la burguesía algodonera chaqueña por la disponibilidad de esa fuerza de trabajo: desde mediados de la década de 1920, el gobierno del Chaco impone prohibiciones a la libre migración de los indígenas a los ingenios azucareros del noroeste. En ese sentido, podemos decir que la Misión funcionaba como reservorio de mano de obra. De tal manera, no estamos en presencia de una sociedad aislada, sino de población obrera bajo su condición de sobrepoblación relativa latente, es decir, una fracción de la clase obrera que reside en los espacios rurales y subsiste gracias a una serie de combinaciones en sus ingresos, que pueden estar ligados tanto a la producción en sus parcelas, al empleo estacional que desarrollan en tanto infantería ligera del capital o a la caridad pública o privada.

 

La Dirección Provincial del Aborigen y el cooperativismo

 

En 1969 comenzó a operar en la comunidad la Dirección Provincial del Aborigen, a través de un grupo de empleados y voluntarios (integrado, entre otros, por dos monjas, una enfermera y una maestra).[2] Esta Dirección dependía del Ministerio de Bienestar Social de la provincia y, con el objetivo de propiciar el empleo de la fuerza de trabajo indígena, la principal función económica de esta entidad estaba relacionada con el cultivo y venta del algodón por parte de los indígenas. De esta manera, los proveía de algunos insumos, tales como semillas, agroquímicos y algunas herramientas, para llevar adelante la producción. También concedía créditos en provisiones (grasa, harina, yerba, azúcar y fideos) durante los meses anteriores a la cosecha. Estos mecanismos, si bien tenían alcance provincial, operaban fundamentalmente en Colonia Aborigen, única “reducción” vigente para esa época en Chaco, en donde una parte de la población clasificada como “indígena” disponía de pequeñas parcelas sobre tierras fiscales cuya producción algodonera era comercializada a través de la Dirección. Es decir, el Estado les proveía de todos los medios de producción y se ocupaba de la comercialización de la producción. La situación era diferente en Nueva Pompeya. Aquí las actividades económicas principales eran la ganadería de monte, la cosecha del algodón y la “marisca”. Respecto a la segunda, esta producción no se realizaba en la misma zona, sino en el espacio rural de Castelli. Nueva Pompeya, junto con el resto de los parajes ubicados más al norte, proveía la fuerza de trabajo para la cosecha. Hasta 1969 prácticamente el 100% de la población “indígena” de Nueva Pompeya migraba a la cosecha. El período de zafra se extendía de enero a mayo/junio, meses durante los cuales la gran mayoría de la población de la localidad tenía un trabajo fijo y retribuido. Un número más reducido era nuevamente convocado en noviembre o diciembre para la carpida. En general, se movilizaba la familia completa a cosechar, y todos desde los 6 u 8 años participaban de la tarea.

Con la intervención de la Dirección Provincial del Aborigen, el esquema ocupacional que reseñamos se modifica parcialmente. A partir de su accionar se desarrollaron nuevas fuentes de trabajo. Si hasta entonces migraba casi el 100% de la población denominada indígena, ya en 1970 esa proporción se había reducido considerablemente: la migración temporaria para la cosecha de ese año había implicado solo al 50% de la fuerza de trabajo masculina indígena ocupada y al 38% de la mano de obra femenina ocupada. A su llegada, la Dirección -con el apoyo del Obispado de San Roque en Sáenz Peña- impulsó el armado de una cooperativa de trabajo. Inicialmente, su actividad estuvo centrada en el desmonte para hacer agricultura de autoconsumo y en la comercialización de artesanías. Estos trabajadores recibían su pago en especie: 2 kg de harina, fideos, yerba y azúcar cada dos días y a su vez recibían el almuerzo en el lugar de trabajo. Luego de esta primera etapa, rápidamente el obraje se convirtió en la principal actividad, con la producción de postes y durmientes de quebracho. Pronto llegó a contar con un aserradero propio, grupo electrógeno y tres tractores. En el período de auge de la actividad, desapareció la emigración estacional a la cosecha algodonera y los indígenas pasaron a ser trabajadores estatales. De esta manera, el funcionamiento de la cooperativa entraba en contradicción con los intereses de la burguesía y pequeña burguesía algodonera. La Federación Agraria Argentina realizó gestiones para que el gobierno intervenga y ponga nuevamente en disponibilidad a esa fuerza de trabajo. Así, la cooperativa comenzó a ser hostigada y perdió el apoyo tanto del director de la dependencia como del Obispado de Sáenz Peña. Al poco tiempo, en 1975, fue intervenida desde Buenos Aires por el Instituto Nacional de Cooperativas, dependiente del Ministerio de Bienestar Social. Esta medida significó la decadencia de la cooperativa y sus trabajadores retomaron la migración estacional a la cosecha de algodón. Algunos de ellos, directamente abandonan Nueva Pompeya y se instalan de manera permanente en Castelli.

Más allá de los conflictos interburgueses que desató la cooperativa, su desarrollo no modificó las relaciones sociales de producción: los trabajadores ocupados por ella vendían su fuerza de trabajo a cambio de un salario abonado en especie.

 

Pasaje a la miseria consolidada

 

La larga crisis que atraviesa la producción algodonera significó para estos obreros la expulsión de esta rama en donde históricamente se habían insertado como cosecheros, sin que se hayan desarrollado otras alternativas que requieran una fuerza de trabajo de magnitudes semejantes. Dentro de este contexto, desde fines de la década de 1990, comenzaron a implementarse a nivel local planes y programas nacionales de asistencia a la pobreza y la desocupación (Planes Trabajar). Recién a mediados de la década del 2000 se hicieron más extensivos y, desde entonces, el grueso de la población subsiste principal y casi exclusivamente de planes sociales de asistencia y pensiones no contributivas. Esta realidad que está muy lejos de las suposiciones antropológicas dominantes, que transforman a la “marisca” en una práctica que les permitiría una independencia relativa respecto de la explotación capitalista y las relaciones asalariadas. Muy por el contrario, esta población presenta condiciones de vida y de trabajo similares a las de otras fracciones de la misma clase obrera. Siendo así, cualquier referencia a la especificidad étnica no tiene ninguna importancia. La tendencia general que se manifiesta en las últimas décadas es el pasaje de esta fracción de la clase obrera argentina de su condición de sobrepoblación relativa latente a estancada, en el caso de los que logran migrar a las ciudades, o el hundimiento en el pauperismo consolidado, los que todavía continúan en los espacios rurales.

Notas

[1]Véase Roberto Muñoz (2016): Polvo, harina y hambre. Una recorrida por dos localidades “indígenas” del Impenetrable chaqueño, en El Aromo n°94, enero-febrero.

[2]Los datos sobre este período fueron extraídos de Hermitte, E. y equipo (1995) Estudio sobre la situación de los aborígenes de la provincia del Chaco y políticas para su integración a la sociedad nacional, Vol. I, II y III. Ed. Universitaria, UNAM.

 

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