¡Diga algo doctor! – Humberto Costantini

cuentoMe echaron del empleo. Ahí está lo que gané. Pim pam y en cinco minutos me echaron. ¡Cretino! -Una firmita aquí, Fernández, por favor… -¡Qué cretino es el gerente, Dios mío!
¡Fernández, por favor! ¡Fernández, por favor! -No señor, yo a usted no le hago ningún favor porque usted es un cretino. ¡Eso es lo que es usted!
No, pero no se lo dije. Firmé y después pasé por arriba a cobrar. Seiscientos veintitrés pesos y monedas. Los tengo aquí, en el bolsillo.
Alquiler: cuatrocientos; mensualidad del traje: ochenta; quedan…
La calle. En esta calle vendí cortaplumas. No no no, aquí eran cintas para máquina. Claro, ese negocio lo conozco. Ahí está el dueño en la puerta.
-¡Buenos días, señor!
No me conoció, se lo leí en la cara.
Me echaron. Era un buen trabajo. ¡Si me habrá costado conseguirlo! Mil cuatrocientos de sueldo y después la comisión. El mes pasado casi llego a los mil ochocientos. Buen trabajo, el mejor que tuve, no hay vuelta que darle. ¡No se consigue así nomás un trabajo como ése!
Ahora no tengo nada que hacer. Camino. Hace mucho que no camino así por la calle. Puedo mirar las vidrieras, dar vuelta o tomar por otro lado. Es lo mismo, total, ¡adónde voy ahora? Mañana busco algo en el diario. No, mañana no, pasado.
La culpa la tuve yo. Norma se muere cuando lo sepa. Justo ahora, con el colegio. Ayer me dijo que le hacían falta zapatos al Cacho. Mañana lo voy a ver al ruso de las fantasías.
La culpa la tuve yo. Cuando me tomaron estaba contento…
-Mire señor, yo no terminé el curso de visitador médico porque tuve que hacer un viaje a Bahía Blanca. Un tío mío tiene una farmacia, se enfermó y me mandó llamar…
¡Linda macana! Hice apenas dos meses y largué. No tenía la cabeza para estudiar. Norma estaba enferma, dos meses atrasados de alquiler, ¡qué se yo…!
Pero cuando me tomaron estaba contento. En el trabajo sí estudié. En tres días me supe todos los medicamentos al pelo y en seguida salí a la calle.
Una zapatería. Un par de zapatos para el Cacho como esos cuestan…
-Dígame señor, ¿qué valen esos zapatitos marrones que hay en vidriera?
-Muchas gracias señor…
Noventa pesos. Este tipo está loco. ¡Qué barbaridad! ¡Noventa pesos! ¡Pero adónde vamos a parar!
-Un visitador debe irradiar alegría, seguridad y optimismo. No hay virus más contagioso que el entusiasmo-. ¡Cómo le gustaban al jefe esas francesitas! Las hizo pasar en mimeógrafo y nos dió una copia a cada uno.
¿Y el traje claro? Dele al médico la razón en todo, menos en lo que se refiere a los productos SITMA. Aquí muéstrese firme. Y convencido de que la razón la tiene usted.
¡Qué rico tipo! ¡De dónde habrá sacado esas cosas? Creo que las tradujo de una circular norteamericana.
-Hay que irradiar alegría, ¿comprende señor Fernández? Lea esto con detenimiento que le será muy útil para su trabajo.
-Perfectamente, señor Martelli.
-Mozo, un café.
Me echaron del empleo. No tengo ganas de volver a casa. ¡Qué largo se hace el tiempo! A esta hora tendría que estar en el hospital. El Tornú. Me acuerdo cuando entré por primera vez. Las enfermas reposando en las galerías miraban. ¡Cómo miraban, pobrecitas!
El jardín, los árboles y las enfermas que miran y miran. Uno se acostumbra al final a todo eso. Si no fuera por lo que pasó, a esta hora estaría allí. Sala cinco.
-Si me permite, doctor… CARIDAN es un poderoso hemostático general. CARIDAN, doctor, no acelera el tiempo de coagulación sanguínea ni lo retarda. CARIDAN es específico en todos los cuadros caracterizados por el aumento de la permeabilidad capilar. Aquí le dejo esta muestrita de CARIDAN, doctor. Muchas gracias doctor. Buenos días.
¡Eh! ¡La valija! Me olvidé la valija en el café.
¡Qué gracioso! Me pareció que me había olvidado la valija… Claro, caminar con las manos desocupadas a las once de la mañana… Seguramente todos se dan cuenta que me falta algo. Me pongo las manos en los bolsillos. ¡Peor! ¡Cómo se puede caminar con las manos en los bolsillos a las once de la mañana!
Paraísos. Nunca me había fijado que los árboles de esta calle eran paraísos. Tan grandes… ¡Cómo me gusta pasar así las manos por los troncos! ¿Y las ramas? Cada árbol hace un gesto distinto con las ramas. Yo no entiendo sus gestos pero me gusta mirarlos. Unos tienen gesto trágico, otros tierno, otros majestuoso…
El eucaliptus que está frente a la sala cuatro tiene gesto majestuoso y grave .Eso es, majestuoso y grave.
Ahora me doy cuenta.
Por eso cada vez que entraba a esa sala me detenía un momento a contemplarlo. Y hasta tenía ganas de imitar con mis brazos, con mi cabeza y con mi cuerpo, ese gesto amplio y dominador. ¿Qué cosa rara, no?
Pero en seguida me olvidaba de él.
El hall de la sala cuatro era grande. Y sobre el costado derecho había un escritorio pequeño. Yo me paseaba esperando a los médicos y entonces fue cuando vi, allí sobre el escritorio, aquel montoncito de fichas amarillas.
Sabía que no debía mirarlas, pero me acerqué y miré. Solamente la primera, la que estaba encima de todas.
Nombre: Angélica Conditi – edad: 26 años – estado civil: soltera – hijos: uno – profesión: costurera – diagnóstico: infiltrativa vértice derecho – fecha: 10 de setiembre de 1955.
No, no tenía que mirarla. Casi sentí vergüenza por haber violado un secreto. Pero esas palabras de la ficha amarilla las llevaba siempre aquí, en la cabeza. Y desde entonces, cada vez que pasaba frente a las galerías o cuando miraba furtivamente a las camas, buscaba a Angélica Conditi. A Angélica Conditi, costurera, con lesión infiltrativa en vértice derecho.
-SlTAMIN, doctor, es un potente bactericida y bacteriostático de uso local. Los vehículos acuomiscibles de SITAMIN permiten al medicamento disolverse en los exudados de las heridas y alcanzar la infección liberando rápidamente su ingrediente activo. Sirvasé doctor. Muchas gracias.
Costurera, claro. El paquete grande que acomodaba bajo el brazo al subir al tranvía, siempre el mismo tranvía, el monedero de donde sacaba los treinta centavos, los pantalones separados por docenas allí, adentro del paquete…
…Y la luz encendida hasta tarde. Truncu-truncu truncu-truncu truncu-truncu, el ruido de la máquina que no estorbaba el sueño del muchacho dormido con un dedo en la boca…
…El calentador Primus en un rincón, el retrato… todo, todo eso yo lo veía, mejor dicho lo iba viendo de a poco, día a día, semana a semana, a medida que las palabras de la ficha amarilla giraban como moscardones delante de mis ojos.
Y así, casi sin quererlo, fui imaginando su vida, sus problemas. Hasta sus facciones se me aclaraban por momentos.
El patrón, que revisaba el trabajo y anotaba una cifra en la libreta de costura. Doce con setenta (¿por qué precisamente doce con setenta?). El viaje de vuelta a su cuarto, el cansancio…
-Angélica Conditi, usted me va a disculpar pero yo la conozco. No es culpa mía. Yo no tendría que haberla mirado a usted allí, encima del escritorio, ¡pero qué quiere Angélica Conditi l Me acerqué y la vi. No se preocupe… yo no voy a decir nada a nadie. Usted no es más que una ficha amarilla y de esas cosas no se habla, ¿no le parece?
Pero yo la buscaba y la buscaba. Y cada vez que veía pasar una enferma en la camilla con el rostro cubierto por una sábana, el corazón me daba un vuelco.
Son cerca de las doce. Norma debe estar preparando el almuerzo. Tengo hambre. Si le llevara algo para… No, es una pavada, en cuanto me vea la cara se va a dar cuenta de todo. Norma es así.
-Me echaron del empleo.
No, no, así no.
-Sabés, Norma, ya no trabajo más en los laboratorios SITMA.
Bueno, y después de almorzar le explico todo. Después de almorzar, mientras le ayudo a limpiar la cocina, despacito, despacito, le explico todo.
¿Pero por qué tienen que pasar estas cosas? Si el doctor Portella hubiera llegado al hospital cinco minutos más tarde yo ahora estaría trabajando. ¿No es una cosa absurda esto?
Pero los hechos se juntaron. Fueron entrando todos, uno por uno, apretujándose en la pequeña sala de médicos los hechos.
Después me provocaron, me tomaron por el pescuezo y me obligaron a hacer lo que hice.
Ayer a la mañana. Todo sucedió ayer a la mañana.
La primavera se paladeaba en el aire ayer a la mañana.
El médico jefe me hizo pasar a la salita y me convidó con café. Estaba contento. El sol, el perfume denso de las glicinas, nos ponían contentos a todos.
Llegaron varios médicos, saludaron al jefe y pidieron café. Y yo tomaba mi café junto con ellos. Estaba contento. Contento porque sí y porque los tenía a todos reunidos para hacerles mi propaganda.
La charla se fue haciendo franca y animada. Pero yo no quería perder la oportunidad y fui abriendo la valija para sacar las muestras y los folletos.
Entonces llegó el doctor Portella. Con el ceño fruncido esbozó apenas un saludo y se dirigió rápidamente al teléfono.
-Hola che, Portella habla. Comuníqueme con el doctor Martínez, ¿quiere?
(Así, en el tono que estoy hablando ahora, así habló el doctor Portella.)
Unos segundos de espera durante los cuales se hizo un involuntario silencio en la salita.
-Bueno, por favor. Cuando venga digalé que me llame. No se vaya a olvidar, es una cosa urgente.
(Así, en ese tono habló el doctor Portella.)
Colgó con impaciencia el tubo y se despachó. Y yo empecé a sentir ese miedo y después ese malestar que me subía desde el pecho y me quemaba en la piel.
-Pero che, un disgusto tremendo vea…
(No quiero seguir imitando al doctor Portella, no puedo.)
Él estaba disgustado, indignado. Esa es la palabra, indignado.
El doctor Portella tiene un auto nuevo, un Dodge 54, largo, negro, brillante, hermoso.
El doctor Portella venía con su Dodge por un camino del hospital. Seguramente él también paladeaba la primavera en el aire y estaba contento.
Al pasar frente a la sala cuatro venía fumando un cigarrillo y manejando despacio.
Y allí fue donde -¡qué barbaridad!- una enferma apareció corriendo y se tiró bajo las ruedas -¡esa estúpida!
No, no la había matado. Un machucón nomás porque frenó a tiempo.
Pero el doctor Portella necesitaba desahogar su indignación. Y hablaba. Contó varias veces lo mismo, el camino frente a la sala cuatro, la loca esa que se acerca corriendo, la frenada.
-¡Supongansé los líos en que andaría metido ahora si me fallan los frenos!
-Y usted, doctor, ¿sabe algo?… digo, el motivo… Me atreví a preguntar y mi propia voz me sonaba lejana, inexpresiva…
-¡Pero qué sé yo! Creo que la dejó el novio o algo por el estilo. Es enferma del doctor Martínez. Por eso quiero hablarle.
Una enfermera vino con las últimas noticias. -Ya se le pasó el ataque de nervios. Está mejor.
Entró el mes pasado al hospital. Es una costurera.
Y los médicos hablaban. Todos, todos -ésa fue mi perdición- compartían el sentimiento del doctor Portella. Estaban indignados. Alguno hizo una broma.
El jefe de sala -éste puede salvarme, pensé-. El jefe de sala no había hablado. El jefe de sala es un anciano benévolo. Tiene siempre una palabra amable, una sonrisa. Un sabio de leyenda parece.
Yo le miraba los labios. Le imploraba con la mirada que dijera algo.
-¡Diga algo, doctor! ¡Diga algo humano! ¡Diga: pobre chica. Nada más que pobre chica y estoy salvado, doctor! ¡Diga lo que espero de usted, doctor! ¡Por el amor de Dios!
Y el jefe de sala habló. Se dirigió a mí y dijo: -Viajes al Departamento de Policía, declaraciones, testigos… Imagínese joven cuánta molestia. .
Y a mí la cara y los ojos me ardían como si estuviera con fiebre. Tenía en la mano izquierda la valija y en la derecha, que me temblaba, mis folletos y mis muestras. Quién sabe cuánto tiempo había quedado en esa postura. Mis folletos y mis muestras, así, listos para ofrecerlos a los médicos. Es ridículo, ¿no?
Ella estaba tendida largo a largo en el lecho traspirando extenuada. Ella, Angélica Conditi – porque otra no podía ser -, había corrido para terminar con su vida, con su miseria, con su enfermedad. Ella, Angélica Conditi…
-¿Qué tiene de nuevo, mi amigo?
Vino a provocarme una voz porque yo no quería hablar. Y la voz me golpeó en la frente. Me sacudió para que hablara.
-¡A ver, a ver esos productos!
Y como la voz me arrancó las palabras sacudiéndome y provocándome yo hablé:
-Encantado, doctor. ¿Usted conoce SITAMIN, doctor? ¿No lo conoce? SITAMIN es un producto maravilloso. Aplicado en forma de apósito protege contra los suicidios molestos. ¡Toda clase de suicidios, doctor!
Los médicos me miraban, hablaban entre ellos y quisieron reírse. Pero yo me les acerqué a uno por uno y les llené las manos de muestras y folletos. A todos. Me di cuenta que hablaba demasiado fuerte, que gesticulaba.
-¡Sirvasé doctor! ¡Una sola aplicación de SITAMIN y se librará de las molestias ocasionadas por costureras sentimentales! ¿Qué le parece, doctor?
-Además tenemos SITAMIN COLIRIO. Tres gotas en la conjuntiva del ojo y usted verá lo que debe ver: una lesión infiltrativa de vértice y no una pobre mujer agotada por el trabajo con una lesión infiltrativa de vértice. ¿Percibe la diferencia doctor? ¿Percibe la diferencia?
-Tres gotas, solamente tres gotas y los enfermos serán simplemente enfermos. Enfermos porque sí. No por hambre, ni por miseria, ni por agotamiento. ¿Qué tienen que ver esas cosas con una lesión infiltrativa de vértice? ¿Eh, doctor?
-¡Úselo, úselo usted mismo doctor! ¡Protéjase contra la vista de la verdad! ¡Protéjase contra el suicidio inoportuno de Angélica Conditi!
¡SITAMIN COLIRIO protege su digestión! ¡Protege su digestión!
Y arrojaba las muestras. Se las tiraba como si repartiera monedas o confites. .
-¡SITAMIN COLIRIO contra la miseria! ¡SITAMIN COLIRIO para todos los problemas!
-¡SITAMIN COLIRIO para que los explotados no molesten!
-¡Para que mueran correctamente en sus camas!
-¡Para que dejen de enrostrarnos su presencia a cada momento!
-¡Para que vivan y sufran y mueran sin escándalo!
-¡Para que no interrumpan la digestión!
-¡Para que Angélica Contidi no interrumpa la digestión, doctor!
-Para…

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