Dibujar el futuro – Rodolfo leyes

prologo rodolfoDibujar el futuro. La democracia y la lucha del proletariado

La reconstrucción histórica que presentamos en forma de historieta, embiste una de esas “vacas sagradas” de nuestro régimen social. Es una crítica, a través de la denuncia, a la democracia burguesa en tanto régimen donde el poder de clase sigue siendo dominante y se impone a las formas “igualitarias”.

Rodolfo Leyes

Grupo de Investigación de la Clase Obrera Argentina – CEICS


La Patagonia Rebelde, de Osvaldo Bayer, ha conocido casi todos los formatos posibles, a los que hoy se le agrega uno más: la historieta. La tarea, con el lápiz y el pincel, es obra de cuatro dibujantes, Kundo Krunch, Mauro Sánchez, Pablo Romero y José Flores, quienes dieron vida, con diferentes estilos, al guión preparado por Guido Barsi, tomando la obra de Bayer como guía. Se trata de un trabajo bien logrado por este colectivo de artistas, que renueva la denuncia de uno de los hechos represivos más crudos que ha conocido la clase obrera argentina: las masacres de trabajadores rurales en el sur argentino en manos del Ejército, bajo las órdenes del presidente radical Hipólito Yrigoyen, el primero elegido por la Ley Sáenz Peña.

Los invisibles de un contexto siempre hostil

A partir de 1916, la clase obrera se encontraba en vías de reorganización tras la dura represión sufrida en el Centenario de la Revolución de Mayo. Hacia 1910, la Federación Obrera de la Región Argentina (F.O.R.A.), de orientación anarquista, había sido golpeada salvajemente, sus dirigentes habían sido expulsados, otros encarcelados, sus locales sindicales y sus periódicos clausurados. Como resultado de ello, la hegemonía plena del anarquismo dentro del movimiento obrero argentino culminó. En el congreso de la central obrera, realizado en 1915, la organización pasó a ser dirigida por los sindicalistas revolucionarios, lo que provocó, a posteriori, la escisión de los viejos anarquistas. A partir de aquel momento, hubo dos federaciones: la F.O.R.A. del Vº Congreso, que se declaraba partidaria del “comunismo-anárquico”, y la del IXº Congreso, o “sindicalista”. Este último grupo se caracterizó por la no intervención en cuestiones políticas partidarias y, si bien adhirió a la huelga general revolucionaria como arma suprema para derribar el sistema capitalista, en la práctica se caracterizó por un pragmatismo que correspondía más bien a una estrategia claramente reformista.1 El sindicato más importante, de esa corriente y del movimiento obrero en general, era la Federación Obrera Marítima (FOM), columna vertebral del transporte fluvial y sobre la que se apoyó buena parte del desarrollo gremial del periodo.

Con la F.O.R.A. IXº, el movimiento sindical argentino contó por primera vez con una organización de alcance nacional, presta a brindar solidaridad con dinero o boicot contra quienes no querían plegarse a las demandas de los obreros. Así, surgieron sindicatos por todo el país, en particular, y con una llamativa virulencia, en la Pampa húmeda.2

El fin de la Primera Guerra mundial había generado un retroceso en la demanda de los bienes primarios que Argentina exportaba, por lo cual, un horizonte de desocupación amenazaba el trabajo de miles. Y de remate, se produjo un incremento en los precios de los productos de primera necesidad, dando por resultado un contexto material adverso que empujó a la lucha. El ciclo de ascenso de la lucha de clases que comenzó en el 16, se mantuvo hasta mediados de 1921.

Es esta coyuntura crítica la que va a cambiar la estrategia que el nuevo presidente había desarrollado para atraer hacia sí una parte del movimiento obrero, a fin de contrapesar la creciente importancia electoral que la Ley Sáenz Peña le brindó al Partido Socialista. Habiendo establecido una relación particular con la FOM, a la que facilitó el accionar huelguístico en los puertos con la negativa a intervenir con la policía o el Ejército, Yrigoyen va a dar un giro profundo en su política obrera a partir de la Semana Trágica. Buena parte de ese cambio se manifestó en un “dejar hacer” a las organizaciones patronales que surgieron para contener el poder creciente de la FOM: la Liga Patriótica Argentina, fundada por Manuel Carlés, y la Asociación Nacional del Trabajo, dirigida por Joaquín Anchorena.

La ofensiva burguesa que comenzó con la Semana Trágica, recrudeció en los años siguientes. Son varios los sucesos represivos en manos del Estado o de los “liguistas” que se produjeron hasta 1921: Tres Arroyos, Villaguay, Gualeguaychú, la Patagonia –sobre la que nos referiremos más adelante–, la huelga de La Forestal en el Chaco,3 y Jacinto Arauz, en el territorio de La Pampa.

La cantidad de muertos totales durante la ofensiva burguesa no se ha establecido aún, pero seguramente estamos frente a una de las masacres de obreros más grande de la historia del país. Que ella se perpetrara durante el primer gobierno elegido en condiciones “democráticas”, dice mucho acerca del contenido de clase de la democracia burguesa.

 Historia, militancia y lucha cultural

Al comienzo de este sucinto prólogo, nos referíamos a la historia como espacio de disputa, a la necesidad de sacar al pasado del recuerdo para convertirlo en reflexión y futuro. La Historia debe explicar el pasado y trazar un camino. Nos enseña quién es el enemigo y nos muestra la naturaleza de su accionar. Recuperar la crítica científica, superando los estrechos límites del pensamiento hegemónico implica atreverse a pensar lo que se considera sagrado e incuestionable. La reconstrucción histórica que presentamos en forma de historieta, embiste una de esas “vacas sagradas” de nuestro régimen social. Es una crítica, a través de la denuncia, a la democracia burguesa en tanto régimen donde el poder de clase sigue siendo dominante y se impone a las formas “igualitarias”.

Para el sentido común, la democracia niega la existencia de las clases, en tanto cada individuo vale lo mismo, no importa su condición social. Es concebida, entonces, como el régimen “natural” de gobierno de una sociedad de individuos libres. Va de suyo que para estas conciencias alienadas, las manifestaciones de las contradicciones de clase, desde las más espectaculares (como las revoluciones o insurrecciones populares) hasta las más corrientes (las huelgas, las marchas o los piquetes) tienen que ser producto de agitadores externos. Miembros perversos de quién-sabe-qué-cosa que pretenden destruir ese vergel armonioso que es la democracia, donde todos viven felices. Sin embargo, la democracia (burguesa), es simplemente la dictadura de la burguesía como clase, una dictadura que expresa su plena hegemonía. En ese contexto, la represión asume la forma de “defensa de la ley y el orden”. Como el capital es su límite mental, no cae en la cuenta que esa ley y ese orden son burgueses, de modo que no hace falta salirse de la “legalidad” para imponer la dominación de clase. Esa “ley” es la dominación misma. No es extraño que el podio de los gobiernos más represivos con la clase obrera, esté ocupado, junto con el dictador más sangriento, por los dos presidentes más votados de la historia política argentina, ambos considerados “populares” y fundadores de movimientos históricos: Yrigoyen, Videla, Perón (en ese orden).

La utilización de la historieta para la crítica social es un recurso de larga tradición, que incluye, solo por mencionar algunos, a Maus, de Art Spigelman, sobre el holocausto, El Eternauta, de Oesterheld, sobre la lucha revolucionaria en los 70, e incluso, de un modo en apariencia más naif, la Mafalda de Quino, y su cuestionamiento del orden social a lo largo de varias décadas. Una forma artística que está lejos de la despolitización a la que se la pretende reducir, y cuya importancia se hace mayor si se recuerda que forma parte permanente, con los graffitis, por ejemplo, de las herramientas permanentes de la reflexión y la protesta juvenil. Todo ello hace a esta obra que aquí presentamos, un testimonio y un instrumento de las luchas en marcha y de las que se vienen, que necesitan, en forma imperiosa, recuperar su historia. Así, recuperando el pasado, se dibuja el porvenir.

Notas

1Por esta razón, Eduardo Sartelli ha preferido rechazar la expresión “sindicalismo revolucionario”, por la de “sindicalismo independiente”, atento a que sus partidarios defendían a capa y espada la independencia del Estado, lo que los diferencia del sindicalismo peronista, al cual muchos de ellos terminaron incorporándose. Véase “Un barco en la tormenta. La FOM y la apuesta del movimiento obrero en la primera posguerra (1914-1922)”, en prensa.

2Sartelli, Eduardo: “Los sindicatos obreros-rurales en la región pampeana, 1900-1922” en Ansaldi, Waldo (comp.): Conflictos obreros rurales pampeanos, 1900-1937, CEAL, Buenos Aires, 1993, Tomo 3.

3Para una síntesis de los “Sucesos de Villaguay”, de la “Masacre de Gualeguaychú” y las represiones del período en general ver: McGee Deutsch, op. cit., cap. 3 y 4. También, Carranza, Darío: Gualeguaychú 1921, Apuntes sobre la cuestión social, Imprenta de la UTN, Concepción del Uruguay, 1987. Sobre La Forestal, el clásico de Gori, Gastón: La Forestal, la tragedia del quebracho colorado, Hyspamérica, Buenos Aires, 1988. y Jasinski, Alejandro: Revuelta obrera y masacre en La Forestal, Biblos, Buenos Aires, 2013.

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