Descompuestos. La CTA y el fin de las ilusiones progresistas

descompuestos_cta_a58Mariano Schlez
LAP – CEICS

Muy lejos del paraíso democrático que se auguraba, las últimas elecciones en la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) mostraron qué poco tienen para envidiarle los burócratas del “nuevo modelo sindical” a Hugo Moyano y los gordos de la CGT. La burocracia de Yasky (Lista 10) y Micheli (Lista 1) no se diferenció ni en sus métodos ni en su programa de sus supuestos antagonistas.

 Fraudulentas y burocráticas: las elecciones en la CTA

Para cualquier lector atento, el bochorno de las elecciones no fue una sorpresa. Como señaló el Frente de Unidad Clasista (Lista 3), a las tres listas de izquierda (la 3, la Marrón Clasista y el Frente Clasista), se les negó un derecho sindical elemental: conocer quién vota en cada mesa. El desconocimiento de los padrones por urna con anterioridad a la elección, habilitó la estafa de la burocracia.(1)  El control de los padrones fue la clave del fraude mayúsculo y lo que aparecía como una característica “democrática” de la central, a saber, la posibilidad de afiliación directa de individuos por fuera de todo gremio, resultó, en la práctica, un mecanismo para revivir los peores vicios de las elecciones burguesas del siglo XIX. En la CTA, la burocracia llenó la elección de “amigos” y borró a la izquierda eliminando a sus votantes de los padrones, negándole la impresión de sus boletas y amedrentando a sus fiscales con patotas. Fue así como, de manera subrepticia, la urna de un hospital opositor duplicó a los afiliados gremiales con desconocidos votantes territoriales; en Salta, cientos de docentes no figuraron en el padrón; y, en Jujuy, los docentes debieron votar en los barrios de la kircherista Tupac Amarú, donde los fiscales opositores fueron expulsados por las patotas del “nuevo modelo sindical”. Para colmo, las listas de izquierda debieron imprimirse sus propias boletas.(2)

Pero como la burocracia estaba partida, no les alcanzaba con proscribir a la izquierda, por lo que no tuvieron mejor idea que estafarse mutuamente. Tan concientes eran que esto iba a pasar que, antes de las elecciones, pactaron un “tribunal arbitral” que dirimiera las “diferencias”. Las denuncias cruzadas (y su lamentable veracidad), son la mejor prueba del fiasco eleccionario: se exigió anular las elecciones en tres provincias enteras, hubo impugnaciones parciales en otras cinco y en nueve distritos de la provincia de Buenos Aires. Asimismo, en la segunda provincia con más votos del país, Jujuy, la “triunfadora” Tupac Amaru ya se fue de la CTA. Según Yasky, Micheli hizo fraude en Jujuy, Tucumán y Mendoza y, para Micheli, Yasky hizo lo propio en Santa Fe, Esteban Echeverría y Cañuelas. Mientras que en Tucumán la Junta Electoral no tenía la menor idea de la votación real, preguntándole a las propias listas la cantidad de votos que habían obtenido (como denunció la N° 3); en Mendoza, la lista de Micheli empezó a votar una semana antes de la fecha de los comicios, como consta en la denuncia de un afiliado. Y hasta se ha filmado gente poniendo votos en una urna en medio de la calle.(3)  El caso de Ezeiza-Esteban Echeverría expresa la naturaleza de la elección: unos aseguraron que se infló el padrón gracias a la influencia política del intendente oficialista Alejandro Granados, y otros plantearon que el robo se estaba dando en el recuento de votos, llevado a cabo en el local de ATE. El resultado: no faltaron las trompadas ni las armas de fuego. Tan escandaloso fue que ambas listas acordaron suspender la votación en el distrito.

Lo más grave de todo es que, en vez de resolverse la situación de manera democrática, a través de un congreso de los gremios, la burocracia intenta cerrar la crisis por arriba, rosqueando entre quienes arruinaron la elección. La Junta Electoral Nacional dio por vencedora a la lista de Micheli, pero Yasky apeló al “comité arbitral” para que revea el fallo. Sus miembros dictaminaron repetir las elecciones generales en Tucumán, Mendoza, Misiones y convocar a comicios parciales en cuarenta y ocho mesas de otros siete distritos. Pero su autoridad no les permite convocar a las elecciones complementarias, que deben ser llamadas por la Mesa Directiva de la CTA. El problema es que, como la Central no reconoce representación proporcional en sus órganos directivos (el ganador se lleva todos los cargos), y Milagro Sala se retiró de la CTA, los previamente aliados Yasky-Micheli quedaron divididos en dos partes exactamente iguales, por lo que ninguno de los dos logra imponerse sobre el otro y destrabar la situación.(4)  Así las cosas, Yasky prefirió seguir denunciando manipulaciones en los padrones y Micheli decidió llamar de manera unilateral a elecciones complementarias. Sólo una nueva intervención del gobierno congeló nuevamente la situación, anulando el llamado y dejando a Yasky en el poder.

¿Por qué se quebró la CTA? Dos proyectos patronales en disputa

El enfrentamiento entre las dos alas de la burocracia de la CTA se encuentra motorizado por el intento de colocar a los trabajadores detrás de dos proyectos políticos patronales: el kirchnerismo y una nueva Alianza progresista que comienza a tomar forma.

De un lado, Yasky intenta liquidar a la CTA colocándola bajo la órbita kirchnerista. Él mismo es militante del Encuentro por la Democracia y la Equidad (EDE), de los socios preferidos de los Kirchner, Carlos Heller y Martín Sabbatella. La unidad del gobierno y la Lista 10 es tal que Yasky apeló al Estado para aferrarse a su cargo: cuando la victoria se le escapaba de las manos, recurrió al ministro Tomada para que interviniera la central y prolongara su mandato. El oficialismo no sólo dejó a su socio en el poder, sino que también le quitó a la central su razón de ser, dado que hasta que no resuelva su conflicto sus autoridades se encuentran inhibidas para convocar a asambleas, decidir un paro o iniciar un reclamo salarial. Finalmente, la unidad político-programática de la actual conducción de la CTA y el kirchnerismo se expresa en los aliados con que contó la lista 10: Edgardo Depetri, Luis D´Elía, Vilma Ibarra, Ariel Basteiro y el Partido Comunista.

Del otro lado, se encuentran los creadores de la CTA, De Gennaro y Micheli, quienes intentan motorizar una nueva Alianza. Su nacimiento expresa la profunda crisis del espacio kirchnerista. Decepcionados por el fracaso K, De Gennaro y su Instrumento Electoral (Marta Maffei, de CTERA y Eduardo Macaluse y Graciela Iturraspe, de ATE) se aliaron al SI (Solidaridad e Igualdad, de Delia Bisutti, María América González, Victoria Donda), para crear el partido Unidad Popular, que busca llevar a De Gennaro a la gobernación de Buenos Aires.(5)  La táctica electoralista de esta fuerza neo-progresista busca “una articulación futura” con Proyecto Sur, de Pino Solanas y Claudio Lozano, que ya lanzaron sus candidaturas para Presidente y Jefe de Gobierno porteño, respectivamente. A ellos se sumaría Margarita Stolbizer (GEN), y con Amancay Ardura (CCC) y Carlos Chile (MTL-Rebelde), el armado hasta tiene su pata piquetera.

El plan para llevar a la CTA detrás de este proyecto se llevó a cabo metódicamente: primero De Gennaro abandonó la Secretaría de Relaciones Institucionales de la CTA, luego los integrantes del Instrumento Electoral renunciaron a competir en las elecciones de septiembre, dejándole la responsabilidad a Micheli de obtener la secretaría general de la central. El triunfo de Micheli habría coronado el plan con una CTA nuevamente adicta a una alianza electoral opositora. Poco tiempo después, en agosto, Pino Solanas puso en funcionamiento la otra rueda del carro: en su Foro por un Proyecto Emancipador, comenzó a unificar criterios con el heterogéneo campo que pretende construir su proyecto. Allí se reunieron Stolbizer, Humberto Tumini (Libres del Sur), Vilma Ripoll (MST), el “Perro” Santillán, el ex gobernador de Santa Cruz, Sergio Acevedo; el diputado socialista Ricardo Cuccovillo; Nora Cortiñas (Madres, Línea Fundadora), el titular del CELS, Gastón Chillier; la religiosa Martha Pelloni y Adolfo Pérez Esquivel. Muchos de ellos, kirchneristas de la primera hora.

A pesar de sus diferencias, lo que unifica a las propuestas de Yasky y Micheli es su intento por cooptar a los trabajadores detrás de un proyecto burgués: mientras unos buscan que los obreros acepten la dirección de la Unión Industrial Argentina (UIA), la Asociación de Empresarios Argentinos (AEA), y la CGT; otros intentan llevar al proletariado a la zaga de los “pequeños” capitales, encabezados por los “pobres” chacareros (los únicos “campesinos” con 4×4) de la Federación Agraria. De hecho, y más allá de la base social en que se asienten, tanto Sabatella como Solanas, que intentan mostrarse como políticos externos al oficialismo, han hecho públicos su apoyo a buena parte de las medidas de gobierno. Critican sus límites, proponiéndose como los verdaderos herederos del programa progresista incumplido, prometiendo un kirchnerismo sin Kirchner.

Los límites del progresismo, al desnudo

Las actas de compromiso no borran el fracaso estrepitoso de una central que se propuso un “nuevo modelo sindical” y que terminó copiando los mismos vicios que decía criticar. Aunque ninguna de las dos burocracias ganó o, mejor dicho, ambas perdieron estrepitosamente, el degennarismo ha salido mejor parado que el gobierno, al que se le escapó media CTA. Los multimedios opositores alientan este avance, sólo para provocar una crisis en el kirchnerismo.

Mientras que el kirchnerismo apela a violencia de la CGT y la liquidación de la CTA, la “oposición” patronal se ilusiona con un sindicalismo “honesto y democrático”. Para la decepción de ambos, las últimas elecciones emparentan a la central “democrática” con los métodos de Moyano y la burocracia sindical. La crisis del progresismo, tanto del kirchnerista como del “opositor”, le da una oportunidad histórica a la izquierda para seguir creciendo en las filas obreras.

Notas:

(1) Prensa Obrera, 23/9/2010.
(2) Idem, 30/9/2010.
(3) Idem, 7/10/2010.
(4) La Mesa Nacional tiene 35 miembros y para alcanzar el quórum se necesitan 18 votos. Cada sector cuenta con el apoyo de 17 miembros. Clarín, 20/11/2010.
(5) La Nación, 15/6/2010.

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