Del socialismo al feminismo (ida y vuelta)


Rosana López Rodríguez
Trece Rosas

A veces, la experiencia vivida toma forma literaria. Con el paso del tiempo, varias historias habían pasado el filtro de la memoria y, a través de las deformaciones propias de la distancia y de la escritura no biográfica, estaban dando vueltas en archivos dispersos. Fue así que, allá por el año 2004 se editó por primera vez un libro de cuentos, cuyo orden respondía a una coyuntura específica.

Este hijo de papeles y letras había nacido atropellado y desprolijo, como casi cualquier parto, pero la realidad misma vino a darle un ordenamiento con un significado preciso. Quisimos mostrar que, más allá de la heterogeneidad de los personajes, había un hilo que los convocaba. Hilvanando la historia de todos ellos, se podía leer un proceso, una transformación, la génesis y el desarrollo de un sujeto social. Estábamos aún bajo el influjo del 2001 y la apelación a la conciencia y a la unidad en la lucha clasista, la necesidad de la acción directa, eran elementos claves de la etapa.

Bastantes ejemplares se vendieron y allá fueron los personajes con la intención manifiesta de plantar un problema, una inquietud dondequiera que alguien los adoptara. Pasaron catorce años y hoy la coyuntura no es la misma. Aunque no hemos perdido la costumbre, ya no salimos a las calles sin avisar, so pena de prisión. Tocan tiempos de ajuste y la desocupación, la descomposición de las relaciones sociales, la degradación en la educación, van marcando el paso: oculta detrás de parches que se caen con regularidad, se abre paso la conciencia de que el capitalismo argentino ya no puede garantizar la supervivencia de la mayoría de la población.

Como producto de la emergencia de todas las capas sociales que supieron luchar en la coyuntura que dio lugar a la primera forma de este libro, lo que incluye la insurgencia feminista de los últimos años, esta cuarta reedición es un acontecimiento que, creo, debiera colocarse en el campo de batalladel futuro inmediato. Un campo donde la clase debe y puede incorporar activamente otras fuerzas, otras energías, que explotan y salen a la luz. De allí que esta nueva puesta en escena, se hace dentro de las coordenadas del feminismo y, por lo tanto, en la colección que le corresponde en nuestra Biblioteca Militante, Trece Rosas. No se trata de oportunismo: como constatará el lector, el libro no ha cambiado nada, en especial, porque la perspectiva feminista ya estaba en los textos que lo componen. Se trata, entonces, de remarcar otra de las determinaciones, de las dimensiones contenidas en ellos, a fin de hacerla más visible.

Como dijimos, vivimos en una sociedad que desde hace mucho tiempo viene demostrando su incapacidad para desarrollar las potencias humanas. En ese contexto, que se extiende a nivel mundial, la mitad de la humanidad es sometida a la opresión por causa de su género. Ese sistema opresor que posibilita, en beneficio de la sociedad de clases, la desigualdad y la jerarquía entre los géneros, ese sistema que sienta las bases de la superioridad de los nacidos varones por sobre las mujeres, es el patriarcado. Sin embargo, el patriarcado no es simplemente una alianza lineal entre varones. Es una alianza que atraviesa las clases e involucra a las mujeres de la clase dominante (y no pocas de las dominadas). Como estructura, el patriarcado es, además de una realidad tangible que beneficia a los varones burgueses, a las mujeres burguesas y a los varones de la clase obrera, una transmisión ideológica. Lo que se enseña, lo que se lee, aquello a lo que jugamos desde el momento mismo de nacer imprimen en nuestra forma de vivir en esta sociedad la estructura patriarcal.

La estructura patriarcal no trata a todas las mujeres igual. Las menos oprimidas en virtud de su clase son las burguesas. Si hoy todavía estamos batallando en Argentina por la legislación del aborto seguro y gratuito es, fundamentalmente, porque las obreras son las que no tienen los medios para abortar, ellas son las que corren riesgos, ellas son las que mueren. Las otras no, las otras tienen plata. Pero así como tienen ventajas, pues pueden explotar, igual que los varones de su clase y oprimir a otras mujeres, si las observamos con relación a la estructura patriarcal, no escapan completamente a la opresión por su género. Volviendo al caso del aborto, ese es un tema que para las mejores familias es una mancha, algo de lo que no se habla. Un episodio que, al menos psicológicamente tiene un costo y que necesita ser resuelto de manera oculta, en las condiciones sanitarias óptimas, eso sí, pero oculto. Hay muchísimas otras desigualdades que oprimen a las burguesas: el techo de cristal, por ejemplo. Las violaciones, la violencia de las parejas y los femicidios son fenómenos que atraviesan las clases sociales.

Hoy, como siempre, se impone luchar contra la opresión de género porque no podemos esperar la construcción de una sociedad radicalmente diferente para desarrollar una cultura y una moral antipatriarcal. No podemos porque nos violan por ser mujeres, porque el “amor romántico” mata, porque la mutilación genital sigue siendo norma en muchos países, porque el aborto selectivo o el infanticidio de niñas es moneda corriente en China y en India, porque se nos impone la maternidad y el cuidado y las tareas “propias” del género, porque nuestra salud está controlada por razones estéticas, porque la desigualdad salarial es un hecho, porque un empleador todavía elige a un varón por sobre una mujer (salvo que las diferencias en las competencias entre ambos sea demasiado importante). No es esta, sin duda alguna, una enumeración exhaustiva, pero debiera ser suficiente como para que seamos conscientes de que no podemos esperar para llevar adelante la batalla por la emancipación de la dictadura del género. Con el socialismo que vendrá no alcanza. Necesitamos empezar hoy. La liberación real de la humanidad no llegará automáticamente cuando una clase deje de explotar a la otra, solo podremos llegar a esa liberación cuando (además) la genitalidad no determine jerarquías entre los seres humanos. La inexistencia de clases sociales, que no haya explotación, no garantiza que las relaciones entre hombres y mujeres no sea jerárquica. No alcanza con el socialismo: no hay revolución socialista sin feminismo.

A los socialistas, sobre todo a los varones socialistas, les gusta pensar que el socialismo es la sociedad perfecta. Por lo tanto, mal pueden existir injusticias en su seno. Y que, por lo tanto, el feminismo es innecesario, se diluye en el socialismo. Basta, en el mejor de los casos, con combatir el machismo. El feminismo, desde este punto de vista, es un fenómeno puramente burgués. De allí que hay partidos que se reclaman socialistas que no aceptan considerarse feministas. Pero esto no es más que una abstracción. El machismo es simplemente una de las ideologías de la opresión de género. Se puede, por ejemplo, oprimir a las mujeres sin ser “machista”, es decir, sin afirmar la superioridad del varón. Basta con esconder a las mujeres detrás de bellos cantos a su imprescindible valor para la reproducción de la vida, solo por dar un ejemplo. El maternalismo (la ideología que constituye a la mujer como “madre” antes que nada) no es necesariamente machista, sin embargo, es un canal ideológico claramente opresor. El patriarcado es un conjunto de instituciones que atraviesan toda la sociedad, todas las clases y establece claros privilegios para el varón. Pretender escapar a esa realidad, es simplemente un negacionismo “machista” y un síntoma de “patriarcalismo”.

Los géneros establecen jerarquías. Conscientes de que una humanidad de iguales solo es posible el día en que, no solo la explotación de clases sino también la jerarquía genérica desaparezca, el feminismo es la perspectiva por la cual cada hecho social es examinado en aras de la construcción necesaria de la igualdad. El feminismo debe tener entonces, un programa y se sostiene con una voluntad de acción colectiva. El feminismo es teoría política y a la vez práctica social.

Las historias a continuación entonces, nunca expusieron solamente la adquisición de la conciencia de clase, la necesidad de la lucha. Sus protagonistas siempre fueron mujeres que enfrentaron distintas formas de violencia: la muerte, la violación, el ser considerada una niña, la falsa conciencia y las distintas instancias de la crisis, la maternidad con su doble estatus, el amor romántico que tortura, la miseria y la prostitución, el trabajo asalariado y la necesidad imperiosa de crear, la tensión entre salir y permanecer encerradas, evaluando entre los costos del encierro y los riesgos de la lucha por la libertad. Ser mujeres en nuestra sociedad nos obliga a determinadas tareas desde el nacimiento, ser mujeres de la clase obrera nos expone a muchos más riesgos y nos impone el desafío de abrir los ojos y de poner en práctica ese camino colectivo que no estará solamente poblado por nosotras si queremos construir una sociedad de iguales. Vale decir, una transformación socialista no garantiza que la opresión de género se termine porque el patriarcado no es un instrumento exclusivo de la burguesía. Del patriarcado se benefician todos los varones, sean o no conscientes de ello.

Una última palabra, sobre todo a los compañeros que se ofenden o se sienten “excluidos” cuando se les pide que cedan lugar, que no nos “acompañen”, que no nos “protejan” ni nos “ayuden”. Es obvio que no habrá jamás fin de la opresión si los varones, sobre todo los varones obreros, no se “convierten” al feminismo. Es obvio que la liberación de la mujer es también la liberación del varón, en particular, del varón obrero. Porque la lucha de género es simplemente un emergente de la lucha de clases. Construido y sostenido para apuntalar el dominio clasista, la destrucción del patriarcado impulsa la destrucción de la explotación. Solo cuando todas las opresiones se alinean contra la explotación, el resultado es la posibilidad de una sociedad nueva, enriquecida de las potencias que brotan de esa liberación. El socialismo es entonces el resultado de, y no el punto de partida, de todas las líneas de lucha que se organizan en torno a las contradicciones de clase. Por eso, el socialismo es mucho más que obrerismo. Todas esas luchas dan lugar a la aparición de nuevos protagonistas que deben descubrir las relaciones que los unen a esa gran instancia unificadora de la vida social, la explotación.

A esos actores, hay que reconocerles su lugar. Y la mejor forma de hacerlo es callarse. Callarse un poco. Los varones ya han hablado y hablan lo suficiente todavía como para pretender, incluso, apropiarse del feminismo. Por sobre todas las cosas, las mujeres podemos luchar. No necesitamos del paternalismo de los “compañeros”. No hace falta que estén donde no los llaman. Así como sería absurdo que estudiantes pretendieran encabezar marchas obreras, esa pretensión de ocupar el espacio del 8 de marzo, por dar un ejemplo, es también absurda. De allí que, compañeros, a callar. Déjennos hablar a nosotras de nosotras. Podemos hacerlo. Es más, sería bueno que escuchen lo que decimos de Uds. Eso no significa que ser varón sea sinónimo de “culpable”. No es así y no hay que aceptar la ideología de la “víctima automática”, aunque semejante cosa caiga bien a más de una feminista primitiva. Sabemos de vuestro apoyo y de vuestro esfuerzo por combatir un sistema en el que, aún el más feminista de los varones, es un privilegiado. Cuando haga falta, los convocaremos. Pero nuestro espacio es nuestro. No separado, no aparte, pero nuestro.

Las mujeres somos el motor del feminismo y nuestro objetivo es la emancipación de toda la humanidad. La mujer que no lo entiende, la que no entiende que no habrá liberación de la mujer sin socialismo, no es feminista. El feminismo será socialista o no será nada.

Para seguir…

Como el feminismo es una perspectiva crítica que tiene por misión revisar todos los campos de la vida humana, sugeriremos aquí algunas lecturas de conceptos que estamos poniendo en discusión aquí y ahora.

Mujeres, ¿les ha pasado que los muchachos han intentado venir a contarles de qué iba todo eso que ustedes saben hacer muy bien desde hace mucho tiempo y en lo que ellos tocan de oído? Pues bien, eso se llama mansplaining, algo que en Argentina entenderíamos muy bien si recordáramos esa costumbre tan nuestra de opinar de todo, incluso de lo que no sabemos. Es el típico “yo te explico”, donde el sujeto que enuncia (el varón) pretende saber más de las mujeres que las propias mujeres. El bautismo de ese comportamiento tan viejo como el patriarcado mismo se lo debemos a la periodista Rebecca Solnit. En Los hombres me explican cosas desarrolla en un conjunto de ensayos que se caracterizan por el humor, de qué se trata.

Sobre maternidad y aborto hay muchas lecturas y películas. En ¿Existe el amor maternal?, de Elizabeth Badinter se historiza la maternidad y con ello discute la existencia del “instinto”. Una película que tuvo bastante difusión fue Si estas paredes hablaran I, cuenta varias situaciones de mujeres que, en distintas épocas y por distintas razones se enfrentaron a la dura realidad de un embarazo no deseado. La que hay que ver es El secreto de Vera Drake de Mike Leigh: el apoyo, la contención, la solidaridad de género hacen de la protagonista una heroína feminista con todas las de ley. Otras heroínas que nos precedieron y supieron lo que fue la cárcel, la represión, la violencia de los varones fueron las sufragistas. En Sufragette podemos emocionarnos con las luchas encabezadas por EmmelinePankhurst.

Recomendamos calurosamente dos películas protagonizadas por la enorme actriz Charlize Theron, ambas inspiradas en hechos reales. Por un lado, En tierra de hombres (NorthCountry), un caso de acoso laboral en las minas de hierro. En ese ambiente dominado por los hombres, las humillaciones,avaladas por los patrones y silenciadas por la comunidad, que los trabajadores imponen a las pocas mujeres que allí trabajan, son moneda corriente. Una mujer se niega a aceptar las cosas como son. La otra película es Monster, la historia de Aileen Wuornos, ejecutada en el año 2002. Una vida miserable, una vida sometida a la violencia, una existencia trágica: ¿quién es el monstruo allí?

La consigna “Lo personal es político” ya forma parte del saber popular vinculado al feminismo. Tal vez no todo el mundo sepa que esa consigna surgió del feminismo radical de los años 60, en EE.UU. Hay un par de clásicos de lectura obligada de esta época, conocida también como “segunda ola”: Dialéctica sexual de Shulamith Firestone y Política sexual de Kate Millett y un documental que pone en contexto y cuenta esas luchas: Sheisbeautifulwhensheisangry.

En nuestro país tenemos a María Luisa Bemberg con dos obras muy recomendables: Señora de nadie y Yo, la peor de todas. Esta última es una biopic basada en el monumental ensayo de Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la feque cuenta las razones políticas por las cuales Sor Juana cae en desgracia y muere enferma y olvidada habiendo sido la Décima musa de México. Gran parte de la escritura de Sor Juana está dedicada a cuestionar eso que desde los 60 conocemos como patriarcado, ya sea porque critica la jerarquía existente entre ambos géneros (como en las “Redondillas”), ya porque cuestiona que la mujer no pueda elegir libremente (como en la saga de sonetos que comienzan con “Que no me quiera Fabio al verse amado”) o porque desarrolla el primer manifiesto por la autonomía intelectual de las mujeres, en la “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”.

Recomendamos darse un recorrido por algunos poemas de Alfonsina Storni como “Hombre pequeñito” o “Tú me quieres blanca” o por gran parte de la narrativa, teatro y ensayos de Emilia Pardo Bazán, uno de los pilares del naturalismo del siglo XIX y comienzos del XX en España. Una mujer que, aun siendo una privilegiada por su clase y una catedrática del mismo nivel que los varones de su época, intentó dos veces su entrada en la Real Academia Española, pero ambas se le denegó porque las mujeres no podían formar parte de esa institución.

Por último, quisiera recomendar dos clásicos de la ciencia ficción. Ambos ponen sobre la mesa problemas actuales e irresueltos para el feminismo. En primer lugar, Herland, de Charlotte Perkins Gilman, una utopía separatista, un mundo creado a partir de la fantasía de la partenogénesis. El otro, El cuento de la criada de Margaret Atwood, una distopía, en este caso, que plantea una sociedad en la cual la mercantilización del cuerpo de las mujeres esté perfectamente reglamentada.

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1 respuesta

  1. Zunilda Campo dice:

    Excelente artículo Rosana!! Felicitaciones.

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