Del olvido de las revoluciones, al olvido de las contrarrevoluciones. A cien años de la Revolución Mexicana, un análisis de su repercusión en Argentina

 Gustavo Guevara
Historiador, Profesor en la UNR y de la UBA

 Risogmiento, ricossa nazionale y riscotto nazionale son difíciles de  traducir, no porque no contemos con palabras “equivalentes” en lengua  española, de hecho la traducción literal bien podría ser “resurgimiento” o  “recuperación nacional”, sino porque expresamente se encuentran unidas  a una tradición literario-nacional que rescata la idea de continuidad  esencial de la historia desde Roma hasta la unidad del Estado moderno italiano, “por los cuales -aclara Gramsci- se concibe a la nación italiana como ‘nacida’ o ‘surgida’ con Roma, se piensa que la cultura greco-romana ha ‘renacido’, que la nación ha ‘resurgido’, etc.” Esto y otros ejemplos le permiten registrar la variabilidad histórica que asumen el sentido de las palabras y concluir que “la investigación de la historia de estos términos tienen un significado cultural imposible de ignorar.”1
No es casual entonces que en este 2010 asistamos a la multiplicación de conmemoraciones con contenidos diversos respecto del bicentenario de las independencias de varios de los países de Nuestra América. Desde Argentina hasta México, son numerosas las iniciativas gubernamentales y no gubernamentales que se han puesto en marcha para promover determinados puntos de vista sobre la cuestión. El discurso posmoderno y pragmatista de los noventa con sus notas características de “fin de la historia”, la proclamación de la “crisis del marxismo” como sinónimo de su muerte y el denostar las revoluciones, aparece en retirada a partir del 2001, mientras se multiplican una pluralidad de voces que a izquierda o a derecha configuran un nuevo paisaje en el campo de batalla de las ideas. El fin de la hegemonía del pensamiento único deja un vacío que obliga a la reformulación de los discursos, tanto de quienes ejercen la dominación como de aquellas fuerzas que se colocan en el terreno contrahegemónico.
La historia vuelve a ser materia de interés y el debate en torno a sus contenidos vuelve a ganar visibilidad en distintos ámbitos públicos, hasta incluso parcialmente en la universidad. Pero en este 2010 no sólo se vuelve la mirada sobre la actuación hace doscientos años de los cabildos de Caracas, Buenos Aires y Santiago de Chile, de la Junta de Quito presidida por el Marqués de Selva Grande o la de Bogotá encabezada por el propio virrey, del levantamiento indígena encabezado por el cura Hidalgo en México; sino que justamente en este país se incluye en los actos oficiales la conmemoración del centenario de la Revolución Mexicana.
Aunque México y su proceso revolucionario hoy pueden parecer una realidad lejana o ajena a nuestra geografía, lo cierto es que en aquella coyuntura fue tema de atención de instituciones tan diversas como la Federación Agraria Argentina o la Iglesia, de movimientos político-ideológicos de izquierda como los anarquistas, socialistas y comunistas, tanto como por parte de la derecha que se expresaba en periódicos como El Heraldo, La Verdad o la revista Criterio. Se puede afirmar que las imágenes que circularon y se difundieron a través de la actividad de intelectuales/políticos no son el resultado de una percepción espontánea, ni el mecánico reflejo de lo que a miles de kilómetros estaba sucediendo, sino que es el resultado de una mirada “sesgada” y es este “sesgo” el que necesita ser mirado para comprender por qué mientras los católicos veían en Calles a la peor calaña, la revista Claridad, tribuna del pensamiento izquierdista, lo reivindicaba como el “primer presidente socialista de América”; para el Partido Comunista era la figura que había encabezado una alianza de fuerzas para derrotar al “pseudo cristianismo neurótico burgués” mientras que para los anarquistas se trataba de quien estatizó la revolución desviando en sentido reaccionario los auténticos impulsos revolucionarios que brotaban del pueblo; y La Tierra, el vocero de la Federación Agraria, se situaba para la misma época, en un punto equidistante en el que creía necesario presentar el punto de vista de tirios y troyanos, sin tomar partido por ninguno, aunque jamás se refieren a los eventos que se dan en México como parte de un proceso revolucionario y ni siquiera aparece mencionado o descripto el movimiento del principal líder agrarista, Emiliano Zapata, o la existencia de una consigna-programa como “Tierra y Libertad”, a la que hoy todos identifican como un símbolo de aquella revolución.
En México, desde la reforma constitucional en 1917, se fija que la propiedad del subsuelo pasa a ser propiedad de la Nación. Las compañías petroleras extranjeras, norteamericanas fundamentalmente, instaladas en México, no tardaron en movilizar todos sus recursos financieros e influencias políticas a nivel del Departamento de Estado con el fin de presionar y conseguir que el gobierno mexicano no aplique con carácter retroactivo la legislación constitucional y tener así garantías para poder seguir percibiendo las fabulosas rentas obtenidas de la explotación del subsuelo. Pero denunciar desde la Argentina el accionar de aquellos capitales extranjeros y la agresión imperialista tenía obvias vasos comunicantes con la situación por la que atravesaba el país. Y para ello, no hay más que pensar en el informe que enviara Malbrán, el encargado argentino de las relaciones diplomáticas en aquel país, en 1917, las referencias a México en los debates en el parlamentarios acerca de la creación de YPF o la actitud del General Mosconi, que se autoimponía la misión de ir: “hacia las naciones hermanas de la América Latina, en el deseo de llevar a ellas mi colaboración y la experiencia recogida durante la organización de Y.P.F.”2
Pero fue sin duda el conflicto religioso, que desembocó en la guerra cristera (que se prolongó por el lapso de varios años), el que capturó la atención de manera significativa de otras naciones de tradición católica como nuestro país. El discurso de la Iglesia se concentró entonces en la crítica acérrima a la educación laica, a la libertad de prensa, al liberalismo en general por considerarlos responsables de dañar los intereses obreros y el origen de doctrinas disolventes entre las que se mencionan el socialismo, el anarquismo y el bolchevismo; de transformar a los individuos en esclavos de sus instintos; y de veneno intelectual de las masas; respectivamente. Lo que Buchrucker llama “imagen característica del enemigo”, se convirtió en un dogma político de un conjunto de fuerzas que tenía a la Iglesia en su centro con los Cursos de Cultura Católica y la revista Criterio, pero que abarcaba también un espectro más amplio y heterogéneo de actores como grupos de oficiales del ejército, la Liga Republicana, la Liga de Mayo y la Liga Patriótica Argentina.
Se fue conformando paulatinamente un listado de enemigos como el anarquismo, el sindicalismo revolucionario, el socialismo maximalista y cualquier filosofía reformista de inspiración moderna. Esa fue la base sobre la que se asentó lo que se dio en llamar “la cuestión judía”, que también encontró ligazones con la cuestión social y que podemos sintetizar afirmando, de parte del catolicismo integral, que la causa de los conflictos sociales se identificó en primer término con el liberalismo. Para una especie de “doctrina social específicamente nacionalista”3, los extranjeros eran portadores de una hostilidad y odio hacia nuestra legislación y según Carlés eran ellos los que cometían “una maldad importando rencores y felonías europeas a nuestro pueblo leal y amigo”4. Pero si el liberalismo permitía la libre expresión de tales “rencores y felonías” el peligro se azuzaba aún más por la amenaza que representaba el colectivismo bolchevique, como ejemplo de revolución social exitosa que podía ser imitada en estas latitudes. La prensa católica había transformado a Plutarco Elías Calles en el icono de todos los males, en la figura que condensa a todos los enemigos de la religión católica y a sus pacíficos cultores.
Las masas deben ser educadas en función de esa lección: el gobierno de Calles es la expresión de la Revolución Mexicana, y la Revolución Mexicana al igual que la Rusa y la Francesa, es decir, al igual que toda Revolución conduce a que “los más astutos y los más pillos” exploten y engañen al pueblo. Para El Heraldo no había dudas que “La Revolución en Rusia fue una revolución judía contra el pueblo ruso”5 y La Verdad en 1931 ilustraba: “El judío Berenstein dice que la Revolución Rusa fue empujada por judíos, siendo judíos el 80% de los dirigentes del Soviet. El Corriere d’Italia y el Dr. Eberle, dicen que las tres cuartas partes de los dirigentes socialistas alemanes, son judíos. Casi todos los dirigentes espartaquistas de Baviera, fueron judíos. La mayoría del gobierno húngaro de Karoly, era judía. Entre nosotros la mayoría de los agitadores profesionales entre los obreros o estudiantes, es judía.” Y agregaba con ironía: “Pero, no sigamos; los amigos de los paños tibios y las medias tintas, podrían escandalizarse hasta de una simple e inocente estadística.”6
De manera contrastante con el caso argentino, en México y tras un enfrentamiento armado a mediados de los veinte, el nacionalismo liberal se imponía militar e ideológicamente sobre los grupos católicos más reaccionarios; pero sin embargo hoy el espacio recuperado por el ideario contrarrevolucionario de los sectores más conservadores de la Iglesia de aquel país promueven una “revisión” del pasado que incluye modificar episodios de la independencia como la condena de la institución eclesiástica al cura Hidalgo en los textos escolares. Pero más allá del resultado de este embate para ambos casos no deja de presentarse, sin embargo, aquel problema de fondo que Carlos Marx planteó en su texto juvenil acerca de La cuestión judía7: “El Estado puede ser un Estado libre sin que por ella el hombre sea un hombre libre”, pues la libertad religiosa no es igual que liberarse de la religión, ya que el “mal” no está tan sólo en el Estado religioso, sino en el Estado en general.

NOTAS

1 Gramsci, Antonio: El Risorgimento, Juan Pablo Editor, México, 1980, p. 55
2 Mosconi, Enrique: El Petróleo Argentino 1922-1930, Buenos Aires, AGEPE, 1983, p. 213.
3 Buchrucker, Cristian: Nacionalismo y Peronismo, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1987, p. 58.
4 Citado por Buchrucker, Cristian: op. cit., p. 59.
5 “Dos palabras sobre los judíos” en: El Heraldo, Nº 253, 14/09/1929.
6 “A vuela pluma” en: La Verdad, Nº 274, 13/10/1931, p. 5.
7 Marx, Karl: La Cuestión Judía, Ed. Progreso, Buenos Aires, 1994.

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