¿Del Frente al Partido? – Debate entre Gabriel Solano, Christian Cas­tillo, Sergio García y Eduardo Sartelli

IV jornadas internacionales ceics lucha de clases image 79La izquierda y el debate sobre la unificación

¿Por qué la izquierda se divide en tantas organizaciones? ¿Tiene eso algún sentido? En el marco de nuestras jornadas, los representantes de las principales organizaciones de izquierda intentaron responder esas preguntas y discutieron sobre la construcción del partido revolucionario. Aquí, les presentamos los pasajes más salientes del debate.

Como explicamos en la nota anterior, el 7 de junio de este año, se llevó a cabo la mesa de cie­rre de nuestras IV Jornadas de Investigación y Debate Político del CEICS, en la Facultad de Filosofía y Letras. En ella, y frente a un gran público, Gabriel Solano (PO), Christian Cas­tillo (PTS), Sergio García (MST) y Eduardo Sartelli (RyR) debatieron sobre las perspectivas del FIT. En este caso, se discutió el problema de la unificación partidaria y las vías de desa­rrollo de un partido revolucionario. Lo que si­gue es un extracto de las principales posiciones sobre el problema.

Sergio García: Estamos en un momento del mundo y del país que, precisamente, requie­re que todos tratemos hacer el mayor aporte posible para que la izquierda, su programa, su estrategia y su perspectiva, puedan ir avanzan­do cada vez más, en función en un proyecto profundamente transformador anticapitalista, al servicio de las mayorías obreras, populares y de nuestra juventud. Hay una gran cantidad de conflictos que nosotros tenemos que seguir apoyando, y que toda esa fuerza social y esas lu­chas se condensen en un proyecto común.

Lo primero que hay que hacer notar es que este proyecto común todavía no existe. Lo que no­sotros planteamos, desde el punto de vista de la política, es que, llegado el momento, los que tenemos responsabilidad de estar en la conduc­ción de organizaciones de izquierda, tenemos que darnos objetivos todavía superiores. Tratar poner por delante, por encima de las diferen­cias que podamos tener, lo que nos une, para ver precisamente si podemos construir un gran movimiento político, que dispute el poder de este país, que dispute a los partidos tradiciona­les las elecciones. Pero que se plantee un pro­yecto a mediano y largo plazo que se juegue a derrotar a los partidos del régimen y abrir una perspectiva anticapitalista en el país.

Christian Castillo: En realidad, la gran mayo­ría de la izquierda mundial ha renunciado a la idea de que hay que construir un partido revo­lucionario. Más bien, tenemos un sector que podemos llamar autonomista, que ha renun­ciado a la idea de la lucha por el poder y cree que el movimiento social de la clase obrera (y algunos ni siquiera de la clase obrera), el mo­vimiento social de las masas en general, puede saltearse el problema de la lucha por el poder del Estado y directamente saltar a la construc­ción de una sociedad emancipada. Hay una variante, intermedia de esto, que es la que sostie­ne que en realidad lo que tiene que surgir es un movimiento de los movimientos.

Bueno, nosotros creemos en la necesidad de un partido revolucionario de la clase obrera, por­que nos da la impresión que la experiencia his­tórica ha demostrado que al dominio del ca­pital no se lo puede quebrar si no es mediante una revolución. Eso es algo que la historia ha mostrado. Y que esa organización es aquella que tiene que reunir a lo mejor de la militan­cia. No a aquel que lucha episódicamente por un conflicto por salario o por lo que sea, sino al que decide asumir su vida por la lucha por la revolución. Se trata de la reunión en un par­tido revolucionario alrededor de un programa común.

Esto es una condición necesaria, pero no es una condición suficiente. Nosotros sabemos que te­ner un programa no alcanza para que nos pro­clamemos ya partido. Estamos hablando de un verdadero partido revolucionario, de una orga­nización que no simplemente manifiesta su vo­luntad de serlo, sino que logra cierta inserción del movimiento obrero, la juventud, una ca­pacidad de movilización, una capacidad de di­rección política del movimiento de masas, que permite evidentemente jugar otro rol. El FIT ha sido un paso importante, sí. Pero el FIT no es un partido revolucionario, ni puede serlo en los términos en que, por ahora está planteado.

¿Qué límite tenemos? Bueno, que todavía la clase obrera no está en acciones radicalizadas y revolucionarias. Eso explica que nuestra ca­pacidad de movilización no está todavía a la al­tura a lo que hemos tenido como crecimiento electoral, que no podemos poner todavía cien mil personas en Plaza de Mayo. No podemos hacer un paro general nosotros solos, no. Tene­mos que exigirle a la burocracia, cortar, aplicar toda la técnica del frente único. Ese es el límite.

Gabriel Solano: En función del partido re­volucionario, hemos formulado una propues­ta: avanzar en un congreso convocado por la izquierda y por el movimiento obrero con un programa anticapitalista, con un programa so­cialista. Este desarrollo de un partido revolucio­nario, lo pensamos nosotros, es el más viable, el que incluso históricamente se ha verificado, ha prosperado, mucho más que el avance de un movimiento sindical que salte a un proce­so político. En general, estas experiencias han sido muy acotadas, y en el caso de que se haya formado un partido de este tipo, difícilmente hayan sido partidos revolucionarios. Han sido partidos corporativos, de reivindicaciones eco­nómicas de la izquierda, del movimiento sindi­cal. Por eso, nuestra propuesta.

Eduardo Sartelli: Cuando uno habla de un partido, de lo primero que habla es de un programa. Obviamente un partido no es una idea, un partido es una estructura, un conjun­to de relaciones, y sobre todo, una cantidad de cuerpos. Es decir, no hay partido si no hay una organización real, esa organización real man­tiene relaciones entre sus miembros y los que están fuera, y esas relaciones son portadas por individuos concretos.

Sin embargo, salvo por la última intervención de Gabriel, hasta ahora los partidos que com­ponen el FIT, no han intentado en ningún mo­mento construir un partido. Es más, si uno repasa lo que se dice, en realidad no están de acuerdo. Esa es la verdad.

El FIT realmente es un acuerdo electoral in­completo. Es un acuerdo electoral para las elec­ciones nacionales. No necesariamente supone un acuerdo electoral para otras jurisdicciones, ni tampoco un acuerdo que se reproduzca ne­cesariamente en los otros ámbitos de la vida político-partidaria.

Como con cierto énfasis lo puso Gabriel en la mesa, el FIT es una reunión de partidos socia­listas. En el sentido más profundo y duro de esa expresión. Yo creo que ahí incluso es donde está el agujero negro que atrae a todas las vo­luntades, pero que nadie quiere asumir. Y es el hecho de que el FIT no es la alianza electoral parcial de grupos anticapitalistas, es una alianza electoral imperfecta de grupos socialistas, revo­lucionarios, trotskistas, defensores de la IV In­ternacional, defensores del Programa de Transi­ción, de acuerdo en la Revolución Permanente y de acuerdo en la lectura de la historia argen­tina. Caramba, más acuerdo no puede haber. Con semejante cantidad de acuerdos, ¿qué fal­ta? Lo que uno se pregunta cuando ve el FIT, no es “¡Qué cosa importante!” o “¡Qué bueno el resultado de la unidad!”, sino “¿Qué es lo que lo separa de no constituir una organización partidaria ya?”. Esa es la pregunta.

Por el lado de Christian, nos empieza a decir, “bueno, en el plano internacional, en el pla­no local, hay que esperar que esperar ese desa­rrollo, hay que esperar mayor coincidencia en la práctica”. Christian pone tantas condiciones que, virtualmente, el día que hagamos la revo­lución, nos juntamos. Es evidente que no hay voluntad de hacerlo, porque si con todas estas condiciones no te alcanza… Yo siempre pongo el mismo ejemplo: revisemos el comité central del Partido Bolchevique que hizo la revolución. Ese comité reunía tendencias que iban desde Bujarin, Lunacharski, hasta Trotsky, Lenin, pa­sando por Stalin. Es decir, tenía más diversidad ideológica que todos los individuos que están acá. Y eso era un partido. Por lo tanto, si vamos a poner tantos peros para el casamiento, diga­mos la verdad: no nos queremos casar.

El problema es que el FIT no comprende -no quiere comprender o no le interesa compren­der- lo que está en juego. Lo que está en jue­go es la aparición de un partido de masas re­volucionario. Y podemos hacer algo, en lugar de sentarnos a esperar que las masas quieran hacer la revolución y nos vengan a pedir que las dirijamos.

La función de la organización es coordinar las fuerzas, unificarlas y preservarlas. Si el FIT no supera se nivel de alianza electoral imperfecta para las elecciones nacionales, me parece que vamos a perder todos. Algún compañero me decía: “Pero ustedes piensan cosas tan raras, que seguramente ni siquiera en un partido más grande estarían”. No importa, si nosotros nos quedamos afuera, pero podemos verlos, desde afuera, juntos, ¡qué felicidad…!

Christian Castillo: Partido revolucionario, sin clase obrera, que se hace de izquierda y que se hace militante, no existe. Es un proyecto, pero no existe en su materialización. A partir de la ruptura con el Gobierno de una franja todavía minoritaria de la clase obrera, pero que empie­za a presentarse, hay ahí una posibilidad. Uno puede decir que hemos dado pasos. ¿Y el FIT ayudó a eso? Desde ya. Ayudó a la pelea polí­tica por la independencia de clase, pero en un contexto donde no es que los obreros se hacen comunistas revolucionarios enseguida. Es difí­cil lograr la militancia obrera. No es tan fácil la política, uno no chasquea los dedos y vienen miles de obreros de la fábrica que salen, por ejemplo a un acto del 1° de Mayo, y dejan sus cosas, su sábado, su domingo… No hay toda­vía esa tendencia.

Lo que dice Eduardo, ¿no va a haber un par­tido en común? Yo no sé. Yo no lo puedo des­cartar, todavía. Las vías para el desarrollo de un partido revolucionario en la Argentina están abiertas. ¿Puede haber una fusión de las fuer­zas del FIT? Puede. Nosotros alentamos. Ni bien terminada la elección dijimos: “Abramos la discusión sobre el partido revolucionario”. No hubo voluntad política, en ese momento, de los compañeros, pero eso se puede abrir en cualquier momento. Yo lo no descartaría, no como estrategia, pero sí como fenómeno obje­tivo. ¿Puede aún con el grado de desarrollo del FIT, surgir una tendencia, un partido, que ven­ga de los sindicatos? Es una posibilidad abierta. Si surge, la izquierda tiene que tener una polí­tica. ¿Para qué? Para que aborte obviamente el intento de la dirección reformista de coparla. Pero quizás surge, también. Son vías abiertas al desarrollo de un partido revolucionario en la Argentina, donde todavía no está dicha la últi­ma palabra.

Entonces, insisto, es obvio que hemos dado distintas respuestas tácticas a problemas polí­ticos que hubo. Si hubiésemos dado esas res­puestas comunes, la posibilidad de un congreso de fusión hubiese estado más cerca, pero como no la dimos, no. Ahora, ¿si eso quiere decir que la propia tendencia a la realidad no nos lleva a construir? No lo sé. Yo digo que eso está abierto en las tendencias de la lucha de clases.

Gabriel Solano: Yo no estoy de acuerdo con el partido revolucionario que quiere Eduardo. Él expresó un concepto de partido revolucionario que no es el nuestro. No quiero ser un poqui­to más fino, pero lo voy a ser. Él dice que ha­gamos un partido con libertad de tendencias. Ahora, el hecho de que se permita tener ten­dencias, ¿qué significa? Lo que significa es cris­talizar camarillas, que cada partido se junte; lla­mamos a lo que no es un partido, un partido, y cada partido sigue existiendo bajo la forma actual. Porque su nombre dice que es un partido. Cada grupo sigue estando. Entonces, es una federación de camarillas, no es un partido revolucionario. Un partido revolucionario tie­ne libertad de tendencias, porque es democráti­co, pero no proclama querer la unidad de todas las tendencias por separado que siguen coexis­tiendo internamente, con su propia libertad de tendencias. Estamos todos, somos todos los de ahora, pero nos llamamos partido. Eso para nosotros no es un partido revolucionario. Aho­ra, un partido revolucionario, el bolchevique, tenía tendencias. Si uno estudia su dinámica, sobre cada punto había divergencias. Se iban forman tendencias, pero no tendencias crista­lizadas. Por ejemplo, uno ve que en un debate, Lenin está contra Trotsky. En otro debate, Le­nin está con Trotsky contra Bujarin…Es decir, en cada punto, se van produciendo divergen­cias sobre el punto que tiene en cuestión, pero no son tendencias cristalizadas, que existen durante veinticinco años, porque entonces no es un partido revolucionario común, son cama­rillas que existen al interior del partido. Dife­renciar una cosa de la otra es el ABC de una construcción política.

Yo creo que la propuesta que nos formula Eduardo no es la de un partido revolucionario, porque el partido revolucionario es una catego­ría histórica, no es una receta administrativa. Es decir, es la conciencia de un sector de la clase obrera, con la necesidad de elevar la “clase para sí”. Y ese proceso todavía tiene que germinar. ¿Nosotros descartamos construir un partido re­volucionario con los compañeros del Frente de Izquierda? No, no lo descartamos. Son proce­sos, vamos a tener que ver. Evidentemente, hay divergencias. Las divergencias tienen que ser analizadas de forma concreta. Pero al mismo tiempo tenemos acuerdos.

Entonces, si hablamos de partido revoluciona­rio, tenemos que hablar de otro modo. El pun­to es que las divergencias fueron muy discuti­das ya. Entonces, lo que queda por discutir es en qué medida, con esas divergencias, podemos construir un partido común. No tenemos que seguir discutiendo divergencias, porque diver­gencias vamos a tener siempre (y, aparte, hay que juzgar las divergencias del pasado a la luz del presente). Eso todavía no está claro. Pero me parece que no podemos hablar de un par­tido revolucionario bajo una receta administra­tiva, u organizativa. Lo que eso va a parir no es un partido revolucionario, sino que es una enorme pelea de camarillas al interior de algo que se llama partido, que no es un partido.

Eduardo Sartelli: Cuando Gabriel dice que las tendencias no pueden ser más que tendencias de opinión, está falseando la verdad. Cuando uno ve la historia de los partidos, y repasa los estatutos de los partidos revolucionarios, en to­dos ellos existe el derecho de fracción, de tener una organización parcialmente separada, de te­ner su propia prensa, existen todas esas cosas. Es decir, no es cierto que sólo un partido revo­lucionario pueda tener diferencias de opinión. Cuando Gabriel reduce tendencia y fracción a diferencia de opinión momentánea, lo que está diciendo es “yo no quiero un partido demo­crático. No quiero un partido donde es posible que una perspectiva que no se resuelve en una coyuntura inmediata, tenga derecho a organi­zarse dentro del partido, para poder guardar esa perspectiva en el momento en que el partido y las masas quieran tener esa perspectiva sin sa­lirse del partido”. Ese es el sentido de, fracción y tendencia. No de diferencia de opinión. Eso no es cierto. Es más, el camino al stalinismo en el Partido Bolchevique empieza con la pro­hibición de fracciones y tendencias. Eso es un hecho histórico.

Gabriel se preocupa porque se cristalicen ten­dencias. ¿Tendencias de qué? Si todos están por la IV Internacional, el Programa de Transi­ción…Bueno, no quiero hacer la lista de vuel­ta. Yo les garanto que hacen el partido más mo­nolítico de todos, ¿qué tendencia va a haber ahí? No va a haber otra cosa que a los que vos te gusta, Gabriel: diferencias de opinión. ¿Qué es lo que vemos aquí? Diferencias de opinión, salvo con el compañero del MST, que planteó una cosa estratégica de otro orden y yo coinci­do con el PO y el PTS en que esa estrategia no corresponde. Salvo eso, no hay diferencias que no sean de opinión. De opiniones como quiere Gabriel, de opiniones cambiantes, porque “acá estamos en contra de la burocracia”, sí. Pero en otro lado, si algún burócrata dice que tiene el programa del FIT, viene con nosotros. Enton­ces, no hagan el partido que nosotros preten­demos, hagan el que ustedes quieran. Y la pre­gunta sigue planteada. ¿Por qué no? Eso es lo que sigue dando vueltas y es la pregunta que no se responde.

Christian Castillo: Lo de Eduardo yo no lo comparto, porque a él no le importa las discu­siones programáticas, en realidad. Opina que el programa ya está. Y sobre la crisis política que ustedes mencionan1. ¿Por qué no pudimos ha­cer más? Porque llegamos a un manifiesto, pero fue de compromiso. No teníamos acuerdo real de cómo intervenir en la crisis policial. Esa es la verdad. Y no coincidimos en la táctica des­pués del 19 y 20. Aun así, no hubiésemos mo­vilizado mucho en esa crisis. No teníamos esa capacidad de movilizar. Pero la verdad es que no teníamos acuerdo programático, porque lo que ustedes dicen: “El programa ya está”. ¿El programa ya está? No está. Están unos pun­tos y otros puntos la propia lucha de clases va delimitando.

Ahora, ¿sería progresivo abrir un debate en tor­no a eso? ¿Pero cómo no vamos a discutir eso entre internacionalistas? Nosotros hubiésemos querido que salga con todas las diferencias y divergencias la revista de intelectuales del FIT. Impulsamos ahora Ideas de Izquierda, porque no salió ese proyecto. Quizás este planteado re­lanzar nuevamente la Asamblea de Intelectua­les de Apoyo al Frente de Izquierda.

Gabriel Solano: La cuestión del partido revo­lucionario pasa, por la conquista de un sector significativo de la clase obrera argentina. En­tonces tenemos que discutir la unidad entre los grupos que defendemos esa estrategia, a ver si estamos de acuerdo en cómo pensar esa clase obrera. Sobre el partido revolucionario, ustedes [se refiere a RyR] simplifican lo que significa. Es la unidad de los grupos que ya están ahora. Por eso, para mí, Eduardo se equivoca en to­mar las cosas que yo dije livianamente. Porque cuando alguien dice “vamos a hacer un partido de tendencias”…. Y así es el PSOL, que para nosotros es un partido de oportunidad, que no es un partido, porque no funciona realmente bajo la forma del centralismo democrático. No son un grupo de lucha común, sino que son fe­deraciones de camarillas, con intereses preesta­blecidos. Eso llevaría a que cada uno sigue con lo suyo, pero nos llamamos partido. La ten­dencia para que permanezca en el tiempo, tie­ne que representar a un sector social distinto a la dirección del partido. Si no, es una camari­lla. Si no es la expresión de una clase social an­tagónica, ya no tiene sentido la divergencia. Es un grupo cristalizado, una cúpula establecida.

Las divergencias que tenemos existen. Son pro­gramáticas, y son también programáticas en un sentido en el que el programa no es una mera enumeración de reivindicaciones. El programa es una comprensión histórica del problema que tenemos que afrontar. Y, por lo tanto, el pro­grama no existe si no es una elaboración sis­temática. La idea de presentar -insisto acá con “el Chipi”- el programa como algo dado, y que por lo tanto las divergencias son inexplicables, es un error. Porque si el programa está, todos tienen un partido, ¿dónde están las divergen­cias? Ustedes [se refiere a RyR] no se pueden responder las preguntas que formulan. Y si no, por ahora es la de Mirtha Legrand: no hay vo­luntad política. Es decir, “esta gente quiere es­tar divida”. Bueno, cada uno se queda con la respuesta que quiere, pero no creo que sea una respuesta que me permita avanzar. Hay que es­tudiar a fondo las divergencias que existen

Eduardo Sartelli: Bueno, empiezo por el final. Gabriel dice que nosotros no tenemos una res­puesta a la pregunta que hicimos. Sin embargo, él después demostró que se dio cuenta de cuál era la respuesta. Solo que prefirió darle, a esa respuesta asumida por él, una determinada for­ma banal. Lo triste no es que nuestra respuesta sea “esto parece una pelea de vedetongas”. Lo triste es que, de todo este debate, a mí no me queda otra explicación.

Entonces, yo tomo simplemente lo que dijo Gabriel, y lo tomo en el sentido positivo del asunto, remarcándolo. Cuando Gabriel y Christian dicen, y el compañero Sergio tam­bién lo toma en el mismo sentido: “Nosotros nos rompemos el alma, todos los días, en todos los lugares de combate, para disputar a la bur­guesía”, eso es exactamente así. Yo lo celebro, lo festejo, los felicito y por eso los tenemos aquí…

La pregunta que queda sin responder es, ¿cómo se haría mejor esa tarea? ¿Con un partido solo o con tres que no pueden explicar sus diferen­cias? Me parece que no hay mucha discusión, porque el punto clave del partido es la unidad del comando. El punto no es que haya tenden­cias. El problema del PSOL es que no es un partido, porque no tiene unidad de comando. Es un rejunte de lo que hay, para salvarse del diluvio. La unidad de comando es lo que obli­ga a todo mundo actuar en un solo sentido, a pesar de que se tengan diferencias.

Las diferencias de tendencias: en el propio bol­chevique había diferencias de opinión. Sí, pero una vez que se votó, se decidió, se hace esto. Y nadie dejaba de pensar lo que pensaba, pero se votó eso y se acabó. Es así de sencillo. En el conflicto “de la gorra” (como dice Christian), nosotros hubiéramos dicho lo que dijimos. Pero si la posición del partido hubiera sido la contraria, hubiéramos actuado eso, porque eso es un partido, una unidad de comando, a pe­sar de las diferencias de tendencias. Entonces, el problema que ustedes tienen, compañeros, es que no quieren darse una unidad de comando.

Yo creo que lo mejor es terminar con una pro­puesta. Yo les propongo lo siguiente: qué tal si armamos una nueva mesa como esta, den­tro del próximo mes, con más representantes de izquierda. Y para que se vea que Razón y Revolución no tiene ninguna pretensión de fi­guración, nosotros nos excluimos de la mesa. Simplemente, ponemos el trabajo de la orga­nización. Yo hago esa propuesta. Alguien me puede decir que así no se resuelven problemas históricos. Puede ser. Pero yo creo que si arri­bamos a conclusiones, esas conclusiones sir­ven. Dentro de un mes, mes y medio, dos, nos vemos aquí las caras, con los tres compañeros aquí, con Izquierda Socialista, con el MAS, con todas las organizaciones que quieran estar, den­tro del campo político. O sea, no invitaría al Perro Santillán. Pero es un elemento a discutir. Y no lo voy a decidir yo, lo van a decidir uste­des. Yo les propongo eso: nosotros ponemos el lugar, el espacio, la organización, el micrófono y nos callamos la boca…

Notas

1 Se le hizo una pregunta sobre por qué el FIT no había intervenido de conjunto en la crisis política de diciembre de 2013.

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