De última. Reseña de “Última poesía argentina”, de Ediciones en Danza

Por Mara López – “Los materiales de que se vale un escritor para componer sus relatos no los saca de su cabeza. Los saca de la vida. Son hechos vivos o vividos que fue acumulando durante el trasiego de su existencia. Aquel que vivió poco o nada, poco o nada tiene que decir, aunque se pase la vida evacuando tinta. Sólo los que tienen historia pueden escribir historias”1

El día 11 de septiembre en la SEA, la editorial Ediciones en Danza presentó el libro Última poesía argentina, cuya selección, edición y prólogo corrió por cuenta de Gabriela Franco, Eduardo Mileo y Javier Cófreces2. Este libro es producto de una convocatoria dirigida a poetas de todo el país, nacidos a partir de 1977. Sobre un total de trescientos participantes, fueron seleccionados treinta y dos. Esta antología, más allá de echar luz sobre la situación del género entre los más jóvenes, constituye fundamentalmente una muestra de la postura y el criterio que tienen los que realizaron la selección con relación a la producción poética.

La Biblia y el calefón

Los poetas que aparecen en la antología conforman al menos cinco grupos. Uno de ellos sería el que se mueve en el marco de las relaciones familiares, tal y como se señala en el prólogo. Un ejemplo de este caso lo constituye Guadalupe Muro, cuyo poema número IV refiere al relato del momento en que su madre conoció a su padre.

En otro grupo encontramos aquellos poemas que se centran en la contemplación del paisaje, con un dejo de angustia existencial, como los de Javier Foguet, quien en “La tumba de los viajes” dice: “la exquisita alegría que he sentido/ mientras subíamos a oscuras entre las piedras/ y dejamos atrás esa caída galaxia de antorchas:/ pesará más la otra mitad del corazón,/ querrán desgarrarse los hombres,/ las postas que fundaremos mañana,/ si Dios quiere, a primera hora/ serán hermosos recordatorios/ de que no hay salida”3. Otros poemas no pasan de percepciones completamente subjetivistas o cuasi fantásticas, aunque se diga de ellos que “remite(n) a rincones más íntimos ligados a experiencias vitales”4. Es el caso de Martín Carlomagno y su poema “Isla que mira hacia un diván”:

“mucho antes del whisky del atardecer/ observando la costa/ la isla se acercó/ traía la seducción/ y la voz de los pescadores muertos/ era también mi voz/ mucho antes de caer la tarde/ también una mujer de agua/ tomó su té/ y al marcharse me dijo/ ‘no se acuerde de mí’”5.

Por su parte, Noelia Rivero en “La casa se mantenía fresca en verano”, antes que la caracterización superficial que se hace de ella en el prólogo (de quien se dice que “mezcla voces y jergas extranjeras”6), su texto remite más bien a la contemplación de mundos fantásticos o experiencias alucinatorias: “Las imágenes son dispersas/ o inconexas.// No surgen de mí/ sino que están/ y de mí surge/ nombrarlas// mientras rueda en mi cabeza/ como rueda el mundo/ el ventilador/ el lavarropas// los átomos que no veo/ que no sé lo que son// o como las moscas/ en el fresco aire/ de mi living”7.

Un tercer grupo lo constituirían aquellos poemas que expresan dudas, sufrimiento, escepticismo o pesimismo. Sebastián González, incorporado en el prólogo como uno de los poetas que utilizan al “fútbol” como dispositivo de construcción identitaria nacional, en realidad usa esta excusa para quejarse de lo mal que nos va a los argentinos y para preguntarse si estábamos llamados a esta “derrota” histórica. Su poema “ingleses, maradona y dios” es un manifiesto político de la duda y la indecisión política:

“¿dios nos ha abandonado?/ ¿dios ha muerto?/ ¿la culpa la tienen los vétales?/ ¿quién la tiene?/ ¿pekerman?/ ¿galtieri?/ ¿yoko ono?/ domingo por la mañana/ estoy solo y tomo mate/ fumo estoy adormecido/ confortablemente adormecido/ con mansilla/ seremos homeless/ adónde iremos a parar/ ¿por qué fuimos a la guerra?/ ¿por qué perdimos?/ ¿estábamos ganando? (…) ¿por qué no puedo volver al paraíso?/ ¿yo qué hice?/ ¿puedo tener un dios personal?/ ¿por qué ya no somos campeones del mundo?/ si éramos derechos/ y humanos/ y maradona es zurdo /¿quiere decir que él es inhumano? / ¿maradona es dios?/ ¿el camino de la izquierda es la salvación?(…) ¿por qué los futbolistas tienen tanta guita?/ ¿por qué la iglesia tiene tanta guita?”8.

En los poemas de Dante Spúlveda no predomina ya la duda, sino el pesimismo, todos cargamos con nuestra cruz. “Vino XX” cierra con un consejo: dedicarse a la bebida para ahogar las penas. Otra de las poetas, Victoria Schcolnik, aparece en esta misma línea en su poema XIV al afirmar que la libertad es estar solo y la soledad, haber perdido a alguien. De nuevo, a despecho de la interpretación benévola que hacen los compiladores, quienes consideran que se trata de una expresión de la “soledad cotidiana”, se trata más bien de sujetos en soledad porque no pueden superar el marco de la libertad negativa, es decir, burguesa: “una mano suelta/ es libertad. Dos manos sueltas/ soledad”9.

Otros poemas, ubicados por los antólogos en este grupo, y por lo tanto, desperdiciando su ángulo de análisis, tienen el mérito de plantear la opresión de género con un ángulo progresista. Gabriela Milone expone en su poema “El dolor y sus días”, precisamente, el dolor de una maternidad sentida como esclavitud. Nicolás Cambon, por su parte, incorpora hasta cierto punto la crítica al clientelismo político, por la vía del humor, en el poema número 4: “uno de cada tres/ religiosos umbanda/ podría/ perfectamente ser/ puntero peronista”. El número 7 incorpora el conflicto de clase, desde un ángulo irónico hacia la burguesía: “Los que practican golf/ en los campos municipales de golf/ comentan/ cada tanto a sus caddies/ la luna/ parece/ una pelota de golf/ suspendida en el cielo.// Piensan/ para sus adentros/ estos negros no entienden/ nada de poesía”10. Nuevamente, a diferencia de lo que se dice en el prólogo, este poeta no está caracterizado por “el humor” sino por una crítica, aunque elemental, a algunos de los aspectos de las relaciones sociales en que vivimos.

Los textos de Silvia Mellado son los más comprometidos, políticamente hablando. A estas alturas, y aunque parezca reiterativo, no nos sorprende que la caracterización del prólogo no haya percibido esta peculiaridad tan significativa. Y no solamente eso, sino que esos textos aparecen sin discriminación o análisis serio alguno junto a los de Paula Peyseré o de Gonzalo Quevedo. Así como Mellado incorpora en “Piba de Zapala”, “Cárceles diferentes”, “Dobles discursos” o “Cooking”, la denuncia de la violencia de clase y la opresión de género, Peyseré es un exponente de la descomposición más degradante. No citaremos ningún verso de esta autora para evitarle al lector la desagradable obligación de leerlos. Baste con decir que el poema más representativo de esta tendencia se llama “Cerveza”.

Con todo el peor, políticamente hablando, es “Militante”, de Gonzalo Quevedo. Esta vez, no para desagradar, sino aunque sea para sacudir la conciencia ofendida de los que somos militantes, citaremos: “borrego/ asno de luz”; “avemaría estéril de los sindicatos”; “agitador cíclico enciclopédico”; “adoctrinador de esqueletos humeantes”; “déspota del tarot de los marcianos/ nupcial hermano de la barricada”; “abismado cotillón de comité/ decálogo del mal vecino/ terrorista parcial de carnavales/ abarrotada de vicios baila tu huelga”; “en tu metódico amor de asambleas”; “chimenea intelectual/ a la subversión de las fronteras/ salvajemente atado a un par de canciones”; “reza tu noche agua fulera/ y se enciende un alacrán rojinegro”; “vas a la masa como un cantante pop”; “nacionalista de tendencia continental”; “abrigarás tu cuerpo en una raja burguesa”; “se oye tu voz como una incongruencia”. Para rematar sin lugar a ambigüedades: “y nadie/ excepto yo/ sabe que mentís amorosamente/ y nadie/ amigo/ te ha condenado como yo a la parodia/ sofista de dientes de malvón/ sólo yo sé que mentís/ sólo yo sé qué precios tienen tus ideas (…) mientras corea la horda de panfletos/ y flamea la rumba piquetera”; “confieso descreer de tu utopía (…) y me odiás como se odia a un hermano (…) y me imponés que sea un mazorquero (…) no te creo/ amigo mío/ no te creo una palabra/ no me creo/ amigo mío/ no me creo una palabra”.11

Como para no variar, la frutilla del postre es la consideración en que han tenido quienes escriben el prólogo a estos dos últimos poetas. Ambos aparecen como ejemplo de desapego al pasado histórico y político: “Cuando la serie histórica aparece no hay afán por construir una épica, sino que la rebelión es justamente contra ese modo de trascendencia.”12 Estos poemas no sólo no construyen una épica de la lucha, en la que habría que apoyarse para no ser un “huérfano político”, sino que constituyen una miserable apología del macartismo y la descomposición.

Organizando la biblioteca

Según anuncian los prologuistas, la antología “no pretende establecer una tendencia estética única o representativa, sino, por el contrario, dar cuenta de la pluralidad y riqueza de las voces que están produciendo hoy poesía.” Tienen la intención de “aportar a la mayor visibilidad de la reciente producción de un género que, si bien ha mostrado en los últimos tiempos una notable vitalidad, sigue siendo marginal, y está prácticamente ausente en los catálogos de las grandes editoriales”.13 No habría, aparentemente, un afán crítico ni un intento por ejercer el análisis más allá de mostrar a los poetas que están escribiendo hoy. Sin embargo, como hemos visto, es falso que el ejercicio que realizan sea neutral: la selección de un grupo de poetas como representativo de una generación es un planteo estético y, por supuesto, político.

Aun cuando la decisión de tomar a poetas menores de 30 sea una arbitrariedad, los compiladores le han otorgado un sentido político: “casi todos los poetas reunidos en esta antología nacieron durante la dictadura militar y por tanto forman parte de la generación de hijos de desaparecidos”14. Por esta razón, están bajo el signo de “ausencia de padres literarios”. A nadie escapa que la orfandad literaria es siempre una elección y nunca una imposición: que se desconozca a Borges, Alfonsina Storni o Paco Urondo es, en el mejor de los casos, simplemente ignorancia. Ahora bien, la herencia literaria viene siempre de la mano de una herencia política, que también señalan los compiladores. Es por ello que al caracterizar a esta generación como huérfana política, realizan una declaración de principios: es posible, al menos para los poetas, habitar un no lugar en el que no se hace política ni se tienen posicioes políticas. Sin embargo, las escisiones hombre/artista, militante/artista, obrero consciente/artista inconsciente son imposibles porque un escritor siempre actúa políticamente, por acción o por omisión. La mayoría de estos poetas son conservadores, en el mejor de los casos, elitistas y/o reaccionarios. Que los compiladores los publiquen no sólo sin la más mínima crítica sino incluso elogiándolos, habla también de su ideología: una concepción burguesa del arte por el arte, otra vez, en el mejor de los casos, o una ingenuidad notable a la hora de leer políticamente los textos. Probablemente ambas cosas. Para peor, no sólo se reivindican ideologías reaccionarias sino que se las pone en un pié de igualdad con otras que, más o menos a la izquierda, constituyen el verdadero material futuro de una poesía revolucionaria. La ideología de fondo de la compilación, la que sustenta la tonta idea de la neutralidad del arte, es la de la conciliación de clases. Que militantes que se pretenden revolucionarios impulsen este tipo de cosas, debería llevar a una reflexión seria a los partidos a los que pertenecen.


Notas

1Del prólogo de Elías Castelnuovo a Vida y muerte de Trotsky, de Víctor Serge, Indoamérica, Buenos Aires, 1954.
2Última poesía argentina, Gabriela Franco, Eduardo Mileo, Javier Cófreces (comp.), Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2008.
3Op. cit., pág. 59.
4Op. cit., pág. 10
5Op. cit., pág. 45.
6Op. cit., pág. 11.
7Op. cit., pág. 171.
8Op. cit., pág. 87.
9Op. cit., págs. 195-196.
10Op. cit., pág. 41.
11Op. cit., pág. 166.

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