De segunda mano…Notas sobre el proyecto científico del kirchnerismo

peperinoPor Mauro Cristeche

El 8 de julio de 2010 se llevó a cabo una reunión entre el Ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, Lino Barañao, y delegados de Jóvenes Científicos Precarizados (JCP), organización que nuclea a trabajadores investigadores en formación. La discusión giró en torno a dos grandes ejes: 1) La situación laboral del conjunto de los investigadores que trabajan para el Estado y, en particular, la situación gremial de los “becarios”; 2) La necesidad de construir un proyecto de fondo para una estrategia científica y tecnológica a largo plazo.
El primer punto es el que ordenó la mayor parte de las intervenciones de JCP: aumento de salario, derecho al aguinaldo, obra social, licencias por maternidad y enfermedad, entre otros. La situación de los trabajadores de la investigación es particularmente crítica y va desde salarios adeudados por seis meses, la inexistencia de representación gremial en los espacios de decisión formales, hasta situaciones de abuso de autoridad (incluidos los abusos sexuales) por parte de directores.

El segundo punto, la discusión “estratégica” sobre la política científica, se constituyó en el recurso al que apeló reiteradamente Barañao para evitar dar respuestas concretas al reclamo de JCP. La réplica inmediata, invariablemente, fue la siguiente: “reconozco la legitimidad del reclamo, pero…”. Su razonamiento era simple: antes de discutir y resolver la situación laboral de los investigadores, tenemos que ponernos de acuerdo en para qué y para quién hacemos todo esto. Veamos, entonces, qué propone el kirchnerismo en este ámbito.

Primates, gorilas y revolucionarios

El ministro tuvo una actitud altanera, de modo que en el diálogo que entabló con JCP primó la subestimación. Según el ministro, los investigadores, “por insuficiencia de formación política”, caen en el lugar de los “gorilas” (sic): el rechazo a toda iniciativa política que venga desde el Estado, al mismo tiempo que consideran lo “privado” como algo malo en sí mismo. Según Barañao, no es lo mismo la “gran corporación” que una “Pyme”: la primera representa el “lucro indebido”, el “enriquecimiento ilícito”; la segunda, el trabajo y el esfuerzo. En el universo del ministro, “el 94% de la actividad privada en Argentina lo desarrollan las Pymes”, el Estado estaría interviniendo por primera vez (“algo que les molesta tanto a anarquistas como a conservadores/academicistas”), apoyando a las “comunidades aborígenes” y las “cooperativas”. Gracias a eso, el Estado puede garantizar que la “sociedad en su conjunto” reciba del sistema parte de su “inversión” y así mejore su “calidad de vida”… Por eso, los privilegiados de la sociedad en términos de conocimiento, los investigadores, deben abandonar el anarquismo ramplón y posicionarse por una suerte de estatismo pro-Pymes. A pesar de todo, para el ministro los JCP son “altruistas” que merecen apoyo. Más aun: hay que difundir el “altruismo” de JCP en la sociedad. Como, según Barañao, el empuje del militante combativo es exclusivo de los jóvenes y se pierde con el tiempo (desaparecen las “hormonas” de la herejía), conviene que se apuren, no vaya a ser que se pongan viejos… Evocando las revoluciones científicas del siglo XIX, donde “los revolucionarios tenían 25 años de promedio”, los llama a “rebelarse” y “pensar distinto”… Veamos en qué consiste esa “diferencia”.

Es solo una cuestión de actitud…

Barañao llamó la atención sobre la situación social del país:

“tenemos una asimetría que es inadmisible, hay un mínimo de la población que vive en el siglo XXI y hay gente que vive en el siglo XVII, en casi todo el país, con necesidades insatisfechas. Si la ciencia y la tecnología van a hacer algo tienen que empezar por la inclusión de esa gente, ese es nuestro principal debate; y generar puestos de trabajo de calidad, es nuestra principal demanda.”

Argentina es un mar de “excluidos”, realidad que es “inadmisible”. Hay poca gente rica, y mucha gente pobre. La C&T, que según el amigo Lino hoy sólo sirve para que unos pocos se hagan más ricos y los muchos más pobres, debe tener por objeto exactamente su inverso: “capacitar en oficios a los desocupados, desarrollar micro emprendimientos, trabajar con cooperativas…”. El ministro repitió 100 veces en la reunión que quería mejorar las condiciones laborales de los trabajadores de la investigación, pero que “con la voluntad no alcanza”. Ahora su caballito de batalla se le vuelve en contra: les pide a los JCP que eliminen la pobreza, que resuelvan la “inadmisible” situación social pero, para actualizarles los sueldos o reconocer derechos sindicales elementales, con la voluntad no alcanza. O, en todo caso, tiene un precio. Veamos cuál.

De segunda (y en liquidación)

El programa del qué hacer en ciencia y tecnología ostentado por Barañao tiene dos pilares: la aplicabilidad y el impacto social. Por eso subrayó por sobre todas las cosas la importancia y necesidad de incentivar aquellos proyectos que tengan mayor aplicabilidad, “que son usualmente castigados -la comunidad científica castiga la aplicabilidad, por una cuestión psicológica- y por lo tanto tenemos problemas para financiar estos proyectos que tienen algún tipo de impacto social o económico”. En consecuencia, hay que fijar prioridades y convertir la actual anarquía científica en un proyecto serio, basado en la planificación. No le falta razón en esto. La planificación es necesaria, y eso es así en general para cualquier actividad humana y la ciencia no debiera ser la excepción, sino todo lo contrario. Semejante gasto de recursos y energías, estamos de acuerdo, tiene que servir para algo. Pero para el ministro ese “algo” es solucionar problemas de inmediato. Aquí está el truco. Lo que Barañao quiere son respuestas inmediatas a medida para las necesidades no menos inmediatas de la política electoral kirchnerista. Eso es lo que se esconde detrás del asunto “impacto social”.
¿Cuál es la consecuencia lógica de la propuesta? Condenar al país a una ciencia de segunda. Dicho de otra manera: no superar el asistencialismo más miserable. Eso tanto para la ciencia básica, como para las ciencias sociales. ¿Existe alguna enfermedad que amenace la salud del conjunto de la población? Nada de buscar las causas ni las soluciones de fondo. A producir remedios… ¿Mucha pobreza, desocupación, en suma, descomposición social? A no ponerse a indagar sobre la naturaleza del sistema social en su conjunto: cooperativas y auto-explotación. En el fondo, más de populismo en liquidación. La ciencia en la Argentina, como ya sostenían Álvaro Alsogaray y Roberto Alemann, debe ser de segundo orden: la investigación básica se compra; las “aplicaciones” se producen localmente… En el caso de los científicos sociales, su tarea consiste en “aplicar” las recetas del Banco Mundial, por ejemplo, para contener la marea de población sobrante que se esconde detrás del índice de desocupación del gobierno: microemprendimientos, cooperativas, microcréditos. Para el gobierno y la burguesía tiene la virtud adicional de construir un aparato clientelista de escala nacional, muy útil a la hora de reconstruir la hegemonía burguesa cuestionada por el Argentinazo.

Una ética pre-capitalista y un programa oscurantista

Barañao no está conforme con la producción científica actual. Habla de planificación, pero quiere resultados inmediatos, por eso planea priorizar los proyectos que tengan “impacto social”. Tener impacto social es combatir la falta de inclusión social, que provoca una “asimetría inadmisible”. Dejamos para otro momento la discusión sobre los términos que utiliza. Por ejemplo, que eso que él llama “inadmisible” es el pleno desarrollo del capitalismo, ni más ni menos. Y que pretende combatir sus consecuencias con proyectos Pymes, algo que, tomado en su justa dimensión, es como combatir el fuego echándole nafta.
Por otro lado, hasta donde sabemos, el enriquecimiento no es una actividad “ilícita” en el capitalismo. Todo lo contrario, el régimen jurídico tiene al enriquecimiento como la actividad lícita por excelencia. Luego, la palabra lucro es un poco engañosa (los progres la usan porque tiene una impronta peyorativa). Digámosle ganancia, que es el término correcto. ¿Y qué sería la ganancia “indebida”? ¿Mucha ganancia? ¿Ganar haciendo perder al resto de los competidores? Toda empresa que se precie de tal hará siempre hasta lo imposible para ganar lo máximo que pueda; y toda empresa que se precie de tal intentará desplazar a sus competidores. Ahí está la realidad para demostrarlo. Con lo cual, siguiendo el razonamiento, todo lucro (ganancia) se convierte en indebido. El hilo conductor llevaría a Barañao a condenar la explotación, el capitalismo mismo. Pero no, prefiere llorar la carta y condenar algunas consecuencias. La explotación no se condena, se condena que alguien tenga “lucro indebido”. Siguiendo ese razonamiento mezquino, saca a relucir supuestas potencialidades del pequeño capital, que además de inexistentes, de ninguna manera hablan bien de la economía argentina. Al contrario, lo que está diciendo es que casi la totalidad de los capitales individuales argentinos (el 94% dijo) son escoria, chatarra para el capital como unidad mundial. Habla también del nivel de explotación fronteras adentro: ya se ha mostrado, incluso en estas páginas, que el pequeño capital es el peor enemigo de los obreros (y de la revolución). En la visión que el kirchnerismo pretende que tengamos del capitalismo, hay un capitalismo bueno, que es el del adelanto, y un capitalismo malo, que es lo arcaico. Y para regocijo del interlocutor, el modo de llegar a las consecuencias del “Siglo XXI” es desarrollar las fuerzas productivas del “Siglo XVII”… Y mucho, pero mucho altruismo.
En realidad, ricos y pobres o, mejor, capitalistas y obreros, viven en el Siglo XXI. Esto es lo que hay. La “inclusión social” de esa masa cada vez más gigantesca de la población no se va a lograr cantando loas a la carreta. Como el Ministro repitió invariablemente en la reunión: con la voluntad no alcanza. Antes de cargar las tintas y responsabilizar a los investigadores de los males que azotan al país, debiera reflexionar sobre el modo de producción que está defendiendo y, como él mismo aconsejó, animarse a pensar distinto. ¿O será que se le pasó el cuarto de hora y como ya está grande no puede pensar en otra cosa que en la peor versión del capitalismo, el capitalismo “pyme”?
¿Cuál fue, en realidad, el mensaje del ministro para los JCP? Algo así como “no hay plata para ustedes, pero pueden ser agentes de inclusión social, por lo tanto, hagan caso y conviértanse en militantes del Estado burgués; si no lo hacen, no hay plata, porque a nosotros nos interesa la aplicabilidad.” Todo un chantaje.
En definitiva, la “aplicabilidad” se traduce en el programa de defensa de la Nación, que no es más que la defensa del capital nacional. Resulta paradójico, entonces, que el ministro los llame a seguir el camino de los revolucionarios. Porque la revolución no es andar rescatando sobras del tacho o haciendo apología de la pobreza y la caridad. Para eso está la iglesia. La revolución es el pleno desarrollo de las fuerzas productivas. Eso sólo puede lograrse concentrando toda la riqueza social en manos del sujeto histórico que la produce: la clase obrera. El kirchnerismo ofrece más Pymes, explotación, “altruismo” y ciencia del asistencialismo. Entre Cáritas y San Cayetano, ese es su programa para CyT.

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