De Lenin a Allah – Fabián Harari

De Lenin a Allah. La izquierda y la Revolución Iraní

Por Fabián Harari*

Grupo de Coyuntura Internacional – CEICS

El año pasado, El Aromo se encargó de reseñar las vicisitudes del estalinismo en Irak1. Señalábamos entonces que no había fundamento alguno para sostener que las masas de Medio Oriente poseen una conciencia esencialmente religiosa y nacional y que, por el contrario, fue la política reformista de las direcciones de la clase obrera la que selló el triunfo de la reacción islámica.
Irán ostenta un presente particular: está en la mira de las agresiones del imperialismo norteamericano. Ya se alzan las voces que confunden la lucha contra el gobierno de Bush con la reivindicación del régimen clerical. Por lo visto, no comprenden que la crisis abierta es una singular oportunidad para la revolución, siempre que se tenga a mano el primer manda miento de todo bolchevique: la independencia política de la clase obrera.
El Estado se disuelve…

La década del ’70 fue testigo de dos procesos que marcaron a fuego a la sociedad iraní: la profundización del desarrollo industrial y la crisis mundial. El desarrollo capitalista en el agro provocó la concentración de la tierra. Un millón de campesinos fueron expropiados. En las ciudades se desarrolló la industria petroquímica con capitales norteamericanos. La
ausencia de la izquierda provocó una importante ofensiva sobre las condiciones laborales. La presencia de la SAVAK (policía secreta) en los sindicatos anuló toda posibilidad de huelga. El organismo llegó a tener una oficina dentro de cada fábrica. Por su parte, la crisis del petróleo produjo un fuerte proceso inflacionario. Las empresas sufrieron graves pérdidas, 8.000 de ellas fueron a la quiebra, dejando como saldo una desocupación del 15%.
El proceso revolucionario comenzó en junio de 1977 con las protestas que unieron a las
organizaciones de desocupados, al movimiento estudiantil y a la pequeña burguesía pauperizada. La crisis del régimen permitió la entrada en la escena de las organizaciones de izquierda.

Reaparece el Tudeh (Partido Comunista), adquiere fuerza el maoísmo (Peikar) y se forman grupos foquistas como los Fedaijines y Mujahidines. Los primeros con una interpretación del islam en clave marxista y los segundos con una tendencia laica que reivindica el
guevarismo.
Un año más tarde hizo hacer su entrada el movimiento obrero ocupado, en huelgas con
ocupaciones de fábricas. Sólo el 50% de los establecimientos productivos estaba en funcionamiento. Los enfrentamientos callejeros provocaron la huída del personal jerárquico y los obreros se hicieron cargo de la producción. La dirección de las industrias pasó a manos de las asambleas obreras o Shuras. Los Shuras exceden a la producción: surgen Shuras de desocupados (que organizan a 4 millones de trabajadores), barriales, de mujeres que piden por sus derechos, de las minorías nacionales, de campesinos y en el ejército. El Estado se había quedado sin bases. Ante esta coyuntura, el Secretariado Unificado trotkista (S.U.) decidió constituir un partido en Irán a partir de los grupos universitarios. Para lograrlo la fracción mandeliana hubo de ponerse de acuerdo con el SWP. De ese compromiso surge, en noviembre de 1978, el PST. La fracción norteamericana seguía con sumo interés las negociaciones que en París situaban al Ayatolah Khomeini como prenda de unidad de la oposición al Sha. En enero de 1979, la huelga de los petroleros con toma de pozos se convirtió en huelga política. La insurrección provocó la huída de Reza Phalevi. En febrero, la llegada de Khomeini es saludada por casi toda la oposición, en especial por el Tudeh. Inmediatamente, el monarca puesto por el Sha debió renunciar y Khomeini nombró a Bazargán, líder del nacionalismo laico, como primer ministro. Los shuras desconocieron
el llamado a la prudencia del Consejo Revolucionario y actuaron por su cuenta: los campesinos tomaron las tierras del clero, los soldados se negaban a devolver las armas y disolver sus shuras y las minorías nacionales proclamaron su autonomía.
…y resucita.

Estaba planteada en Irán una simetría de fuerzas: la clase obrera se encontraba organizada y armada pero sin la perspectiva de la toma del poder. La burguesía, dividida en la fracción pro yanqui (el Sha), el clero y el nacionalismo laico, liderado por Bani Sadr. Sobre esta paridad es que se levantó el bonapartismo del Ayatolah. Su misión era reconstruir la fuerza material y moral de un Estado en disolución. Debía unificar a su clase y recuperar el control de la violencia y de las fábricas. Para reconstruir el poder de fuego de su clase, Khomeini organiza grupos paramilitares que no estén contaminados por los shuras: el Hezbollah, el Ejército Pasdaran y los Fedaijines. Estos grupos se formaron con trabajadores desocupados y comenzaron sus tareas persiguiendo a los partidarios del Sha, lo que les granjeó no pocas simpatías. A fines de marzo de 1979 Khomeini fuerza a Bazargán a llamar a un referéndum: república islámica o monarquía. Toda la izquierda se pronunció por el boicot a semejante estafa y propuso una Asamblea Constituyente. Toda la izquierda menos el Tudeh, llama a votar por la teocracia. Las elecciones no fueron secretas y el Consejo Islámico se encargó del recuento de votos. Obviamente, terminó proclamándo- se el Estado Islámico. Con el aval de una elección, Khomeini continúa la reorganiza- ción: se constituyó la Asamblea de Notables (musulmanes chiítas) como organismo supremo, se crearon las Cortes Islámicas y los Comités del Imán. Las primeras comenzaron juzgando a los colaboradores del Sha, pero luego dirigieron su atención hacia la izquierda. Los segundos eran comités de vigilancia barrial comandados por sacerdotes chiítas. Eran tiempos de acumulación de fuerzas y de liquidar al ala más reaccionaria. Debía soportar aún las agresiones militares de los mujahidines. Las organizaciones de izquierda intervenían en los shuras, si bien eran hostilizadas por el Hezbollah2 (la fracción militar más reaccionaria). Hasta el momento la batalla contra la izquierda tenía como centro la creación de shuras islámicos financiados por el clero.
El punto máximo de avance de la izquierda fue la manifestación del 1 de mayo, en 1979. El acto internacionalista y laico congregó en Teherán a un millón y medio manifestantes desfilando con la bandera roja. Grupos musulmanes intentaron impedir por las armas la movilización, pero fueron dispersados. Ningún partido tuvo en ese momento la perspicacia de proponer un frente único contra las agresiones de Khomeini y del imperialismo. La muestra de fuerza provocó la reacción: la Asamblea de Notables propone una “Cruzada por la Reconstrucción”: las huelgas se declararon ilegales, al igual que los shuras no musulmanes. La izquierda decide combatir estas medidas (con la excepción, otra vez, del Tudeh). Una fracción del PST (que responde al SWP) decide que no es momento de combatir al Ayatolah, sino la amenaza imperialista, y se separa formando el PRT, que unos meses más tarde será legalizado por el Estado iraní.
En agosto el régimen de Saddam Hussein declara la guerra al Irán. Gran parte de la izquierda mundial reivindica la guerra y la victoria iraní, entre ella el morenismo3. El Tudeh, el Peikar maoísta y el PRT apoyan el esfuerzo militar. En junio de 1981 la crisis de poder comienza a resolverse. El partido de Khomeini enfrenta al nacionalismo de Bani Sadr en alianza con los Mujahidines y la burocracia estatal. La izquierda permaneció impasible, cuando debería haber puesto las barbas en remojo. Una vez cerrado el abanico burgués y descargado del peso del ala derecha, Khomeini se dispuso a liquidar las fuerzas revolucionarias. Primero liquidó a las más radicalizadas con el apoyo de las dóciles. La persecución y el fusilamiento de los miembros del PST y de las direcciones de los shuras fue reivindicada por el PRT (expulsado del SU) y por el Tudeh. En 1983 la Asamblea de Notables llevó a cabo la liquidación del PRT, del Tudeh y del Peikar.
El régimen clerical no es un valuarte anti imperialista, sino que es el resultado de la victoria de la burguesía sobre la clase obrera.
Es cierto, los capitales norteamericanos no tienen cabida en Irán. Sin embargo, el régimen del Partido de la Revolución Islámica es un paraíso para los capitales europeos y japoneses, que han instalado allí sus automotrices y sus industrias químicas. Al trotskismo la tardía formación del partido lo llevó a disputar la conducción en disparidad de fuerzas. El nacionalismo del PC le costó la vida a miles de militantes valiosos. La dispersión de fuerzas y la ausencia de un Estado Mayor revolucionario fue la clave de la derrota. El fracaso de la revolución condenó a la clase obrera iraní a la anomia y a las peores condiciones laborales de la región.

 

Notas
*En base a informe de Marcelo Novello.
1Ver Novello, Marcelo: “Adictos al fracaso. Historia del Partido Comunista de Irak; 1934-63”, en El Aromo, n° 13, agosto de 2004 y “Un buen ejemplo. Historia del Partido Comunista de Irak (1963-2004). La debacle”, en El Aromo, n° 14, septiembre del 2004. 2De hecho, en marzo de 1979 el primer plenario del PST, al que asistieron 2.000 militantes, tuvo que ser interrumpido por la irrupción del Hezbollah.
3Ver de Nahuel Moreno: “Carta a un cámarada chileno”, en Panorama Internacional, n°11.

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