De la esperanza al horror. El balance necesario de una victoria a lo Pirro

Por Sebastián Cominiello – El jueves 26 de enero, la Asociación de Madres de Plaza de Mayo llevó a cabo la última marcha anual de la resistencia, tras 25 años ininterrumpidos de lucha. La frase fue: “ya no hay un enemigo en la Casa de Gobierno”1. Muchos se sorprendieron. Nosotros no. Veamos por qué.

De los comienzos al alfonsinismo

La lucha comienza a principios de la Dictadura Militar, en 1976. Las madres que serían luego las Madres, se conocieron en diferentes lugares: en el Ministerio del Interior, en Departamento Central de Policía o en Stella Maris, la iglesia de la Marina. De Azucena Villaflor fue la idea de ir a Plaza de Mayo. Una de sus primeras acciones fue entregar una carta de denuncia al presidente Videla. Otras consistieron en atraer la atención de la prensa internacional. En agosto de 1979 se fundó, ante notario público, la Asociación Madres de Plaza de Mayo. En 1980, las madres retornaron a la Plaza, aunque constantemente sufrían agresiones del ejército. Recibieron dinero del exterior -de mujeres de Holanda por ejemplo- con el que montaron su primera oficina y publicaron un boletín de distribución clandestina. También hicieron su primera Marcha de la Resistencia. En 1982 se opusieron a la guerra de las Malvinas y se unieron con las madres de los soldados, con carteles que decían: “Las Malvinas son argentinas, los desaparecidos también”. Con la llegada de Alfonsín, en 1983, las Madres hicieron siluetas con las figuras de los desaparecidos, sacaron fotografías de sus hijos y las exhibieron en la calle, reivindicando su lucha. De inmediato comenzó la batalla contra la “solución” radical al problema de los desaparecidos y del juicio a las Juntas, rechazando la CONADEP, a la que juzgaron hecha a medida para garantizar la impunidad. Muy recordada fue la “toma” de la Casa de Gobierno por 20 horas, en reclamo de que las atendiera el presidente. Alfonsín ofreció exhumaciones, reparaciones económicas y homenajes póstumos, que generaron el distanciamiento y la división entre los organismos de DD.HH., siguiendo Madres la línea de rechazo más frontal, a diferencia de la actitud conciliadora de Abuelas y Madres Línea Fundadora.

Hacia el Argentinazo

La llegada Carlos Menem haría que la mayoría de los organismos de DD.HH. suavizaran parcialmente sus disputas, coincidentes todos en la oposición a la intención del gobierno de sumergir el problema en la “reconciliación nacional”, profundizando la claudicación alfonsinista de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Se trataba ahora, lisa y llanamente, de la amnistía, es decir, de la libertad de los asesinos.

Es a fines del menemismo que la Asociación Madres de Plaza de Mayo crece fuertemente gracias a ingentes aportes internacionales, lo que les permite contar hoy con una enorme base material: el local de la calle Hipólito Yrigoyen al 1500, la Universidad Popular (con alrededor de 20 carreras y el reconocimiento legal del Ministerio de Educación), una radio AM, el hotel para turismo internacional, etc. Es también el momento en que Madres se inserta en la política internacional y se transforma en un referente político para fracciones enteras de nuevos luchadores que surgen con el movimiento piquetero, en particular en relación a los MTDs. En su camino de reivindicación de la lucha de los ’70, Madres contribuyó a relanzar el programa de liberación nacional y social de la izquierda peronista setentista. Su universidad funcionó como “escuela de cuadros” de muchas organizaciones, entre ellas, los movimientos de trabajadores desocupados que adoptaron posiciones autonomistas en la Zona Sur del gran Buenos Aires. Con ellos venía a coincidir en el rechazo a las organizaciones políticas que defienden la independencia de la clase obrera frente al programa nacional y popular, es decir, democrático burgués. Fueron apoyadas y se apoyaron en el movimiento anti-globalización y en sus teóricos (Holloway, Toni Negri, Naomi Klein), llamando a seguir la lucha por el poder sin tomarlo, delirio ensayado con el Club del Trueque, en el 2002, que pretendió reemplazar la descomposición de la economía burguesa con el recurso al “anti-dólar”, un papelito que llevaba el aval de un dudoso Ministro de Economía revolucionario, Sergio Schoklender.

La apoteosis del protagonismo político de Madres llegaría la madrugada del jueves 20 de diciembre de 2001, cuya titularidad asumirían casi inmediatamente, ayudadas por todo el arco izquierdista anti-partido, buena parte del cual terminaría, igual que Hebe, bajo el ala del kirchnerismo. No es ninguna casualidad que intelectuales como Miguel Bonasso conjuguen el impacto del 20 de diciembre a la tarde con la llegada de las Madres a la Plaza, borrando el protagonismo de los partidos de izquierda y los gremios combativos. Si el 19 fue una salida “espontánea” de la “clase media”, el 20 de diciembre, el fin del gobierno de De la Rua, fue generado únicamente por las Madres.2 Por esos días, Madres publicaba las declaraciones de James Petras que, desde los EE.UU. y a resguardo de las balas, impugnaba a la izquierda “tradicional” y la acusaba virtualmente de cobardía.

El fin de la “rebeldía”

Finalmente, el mismo Estado burgués que fundó la oposición de las Madres, el mismo que las dividió entre sí, es el que vuelve a juntarlas en la misma posición política. El gobierno de Néstor Kirchner ha logrado lo que ningún otro político en los últimos 30 años: que las Madres, por decisión unánime de la organización, consideren amigo al defensor general de los intereses burgueses. Pero, ¿por qué?, ¿cuáles son las razones para estar del lado del presidente? Según declaraciones de Hebe: “Ahora hay un cambio en Latinoamérica y aquí, y decidimos que era la última Marcha de Resistencia. El enemigo ya no está ahí adentro (…) Si nosotros no sabemos ver este nuevo momento político, si no apostamos a que es un proyecto que tenemos que tomar en nuestras manos, …vamos a perder el tren otra vez. No podemos volver a perder, dejar que la derecha avance, y nosotros en lo mismo”. A Hebe, no sólo la conmovió la “unidad” latinoamericana. Todo lo contrario, las acciones del presidente en el ámbito de los DD.HH. ya son razón suficiente para apoyarlo y defenderlo: “poner a esta ministra de Defensa (Nilda Garré) a cambiar los planes de estudio de las escuelas militares, me parece un paso fundamental que siempre las Madres exigimos (…) Me parece que lo que hace este Presidente no tiene que ver con reformismo sino como una transformación. No es socialista, claro. Pero está transformando las cosas para el socialismo”.

Para las Madres de hoy, la lucha de sus hijos en los ’70 se limitaba a este “socialismo posible”: la promesa de que la ESMA asegure el flujo del turismo progre internacional (con el modelo de los museos del holocausto) que se hospedará en su hostel de la calle Defensa y Belgrano; un fallo que invalida las leyes de Obediencia Debida y Punto final que, como dijimos hace dos años, todavía no “castigó” a ningún responsable directo ni intelectual ni mucho menos avanzó sobre los capitalistas argentinos que fraguaron el golpe y la represión de sus hijos; el pago de la deuda tal como lo pedía el FMI, contraparte del subsidio que representó a esos mismos capitalistas la devaluación, etc. Ahora, como broche de un chiste macabro, los “amigos” de la Rosada construyen el socialismo cambiando los planes de estudio del Colegio Militar…

Este curso kirchnerista fue precedido, también, por una extrema atención al crecimiento económico de la organización, crecimiento que se evidenció en la transformación de la Universidad, de escuela de cuadros en simple universidad privada y en el vuelo que cobraron nuevos y abiertos “negocios”. Si las declaraciones en torno a los atentados de ETA en España y en relación al 11 de Setiembre en EE.UU., tuvieron un efecto negativo en la intelectualidad “progre”, esas heridas se han restañado ya. Ahora Hebe puede concurrir como una buena abuelita al canal estatal a demostrar que, como toda abuela, cocina muy bien. La única disputa que queda con las fracciones “reformistas” de los organismos de DD.HH., pasa por quién será escolta del presidente en el acto del próximo viernes 24 de marzo.

Los límites de una política

El resultado actual de la política de Madres no podía ser otro que el que estamos viendo, la claudicación ante el Estado burgués. El potencial político y moral de su lucha democrática en tiempos del régimen dictatorial fue dilapidado en la adopción, sostenida durante tres décadas, de diferentes variantes del programa democrático burgués. Mientras la Línea Fundadora y las Abuelas de Carlotto prefirieron una estrecha y decidida colaboración con el Estado desde el comienzo, Hebe se mantuvo en la prescindencia hasta que llegó su Mesías. Sin embargo, este giro derechista no sólo venía incubándose desde mucho tiempo antes, en el macartismo anti-organizador del que siempre hizo gala la Asociación, sino que está inscripto en el mismo objetivo de su lucha. En efecto, es la lucha por los derechos humanos misma, separada de la lucha política más general, es decir, de la lucha socialista, la que fatalmente desemboca en esta claudicación. Los “derechos humanos” no son más que una mistificación burguesa, que pretende consagrar en la ley una universalidad e igualdad que desmiente la estructura de clases sobre la que se asienta la sociedad capitalista. No pueden servir, por sí mismos, como base de una lucha anti-capitalista. Es la misma creencia que sostiene que la lucha sindical, despojada de lucha política, es inmediatamente revolucionaria.

Efectivamente, lo que se llamó “lucha por los derechos humanos” fue la forma en que apareció la lucha de los restos de la fuerza social derrotada que desafió al capitalismo en los años ’70. Esta fuerza, que se formó hacia 1969 y fue destruida por completo entre 1975 y 1978, dejó unos pocos cuadros sueltos sobrevivientes y, sobre todo, comenzó a expresarse a través de elementos nuevos atraídos con posterioridad a su derrota: las madres, padres, abuelas y abuelos y, por último, los hijos de los cuadros muertos. En un contexto nacional e internacional de derrota profunda, la única reacción posible consistió en apelar a la propia legalidad burguesa a la que ya no se podía combatir frontalmente, para intentar el rescate de los que aún estuvieran con vida y la restitución de los rehenes (los hijos/nietos apropiados). Los restos de la fuerza derrotada intentaban, entonces, poner un límite a la derrota apelando a las contradicciones del vencedor. La lucha socialista se transformaba así en lucha democrática. Indudablemente, esta limitación del contenido de la lucha tenía su virtud, en tanto lograba la alianza con vastas fracciones burguesas nacionales e internacionales, pero perdía el contenido político original de la fuerza derrotada. Ya aquí, entonces, está presente el nudo que vino a terminar de desatarse por estos días. Porque a partir de aquí, todo se libraba en el terreno de la burguesía. Una vez que el personal político que lideró a la fuerza triunfante y la llevó a la victoria se hubo desgastado como consecuencia de las condiciones en que tuvo que llevar adelante su lucha, la burguesía “democrática”, es decir, aquella que ve en los mecanismos parlamentarios la mejor forma de dominación, pudo cumplir su promesa de “juicio y castigo”, aunque más no sea simbólicamente. Logrado este objetivo, la función de los organismos de DD.HH. cesa, porque sus tareas han sido tomadas por el Estado, que procede a sanearse a sí mismo expulsando aquel personal político que ahora resulta impresentable. Detrás, absolutamente indemne, la clase social que se benefició con los servicios de los militares, hace gala hoy de su “compromiso” eterno con la vida civilizada. Así, paradójicamente, mientras la fuerza derrotada logró limitar en algún grado la debacle, en tanto alcanza a destruir parcialmente al personal político que la masacró, adviene al mismo tiempo a su derrota más completa, en la medida en que ha sido despojada de su propio programa. Los revolucionarios transformados en “víctimas” a quienes, finalmente, se les hizo “justicia” (burguesa).

Si bien es cierto que Madres vivió esta contradicción con más fuerza que el resto de los organismos de derechos humanos, también es cierto que nunca la superó. Todas sus contradicciones posteriores no son resultado del “carácter” de Hebe, ni de la incomprensión de una “izquierda tradicional” que no comprende a las Madres ni a las nuevas formas de lucha. No. Son la simple expresión de esa contradicción primera: pretender fundar una política revolucionaria en los reducidos marcos de la política burguesa. Queda para los compañeros que se sienten traicionados, revisar y hacerse cargo de los límites de sus propias ilusiones.


Notas

1 La Nación, 25/03/06.

2 Véase El Palacio y la calle, de Bonasso.

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