De la Burocracia Sindical a la CTA.

Por Gonzalo Sanz Cerbino Grupo de Investigación sobre la lucha de clases en los ´70-CEICS.

El reformismo es aquel sector político que se presenta como enemigo del capital, pero que expresa en su programa una lucha por reformas económicas y políticas que no se plantean un cuestionamiento a las relaciones sociales existentes, es decir, al capitalismo. El reformismo es, entonces, el programa de la conciliación de clases y su fin es conseguir mejores condiciones de vida en una sociedad en donde se perpetúa la explotación. El reformismo, por su propia naturaleza, esconde una potencialidad contrarrevolucionaria que se hace manifiesta en cuanto aparece una fuerza social revolucionaria que pone en cuestión las relaciones sociales existentes. Nadie pensaría en comparar a las expresiones locales del reformismo, los “progresistas”, la “centro-izquierda”, la CTA, con Vandor o Rucci. Pero sí, esta comparación es posible.

La Burocracia Sindical, punta de lanza del peronismo en las décadas del ’60 y ’70, encarnó como nadie el programa reformista. A pesar de ser recordada hoy por su accionar contrarrevolucionario (el colaboracionismo bajo Onganía, su participación en la masacre de Ezeiza, la entrega de los militantes sindicales revolucionarios para que sean masacrados por la dictadura del ’76), la BS se enfrentó frecuentemente al Estado burgués para conseguir reformas (baste con mencionar el plan de lucha de 1964 de la CGT que llevo a la ocupación de 11.000 fabricas). La Burocracia Sindical no fue nunca revolucionaria, pero eso no significa que automáticamente se ubicara en el campo de la contra-revolución. Mientras la situación estuviera lejos de caracterizarse como “revolucionaria”, la BS cumple lo que es su rol “normal”: intermediar entre capital y trabajo. Esa es la razón por la cual la clase obrera no siempre se enfrenta a ella. La idea de que la BS siempre “traiciona” y nunca representa los intereses del proletariado es, sencillamente, falsa. Mientras la estrategia reformista es la dominante en el seno de la clase obrera, la Burocracia Sindical es su mejor dirección. Porque el problema no consiste en la existencia de una “burocracia” (una estructura de funcionarios permanentes es una necesidad impuesta por la realidad) sino qué intereses se expresan en su seno. Mientras no existió una situación revolucionaria, la BS fue el nombre de “fantasía” que recibió el personal político-corporativo que encarnó la estrategia reformista en el seno de la clase obrera argentina. De allí su caracterización como “columna vertebral” del “sello” político del reformismo argentino, el peronismo. Es hacia fines del Onganiato y con el Cordobazo, que la estrategia reformista comienza a ser cuestionada en el seno de las masas y con ella, la BS. En algún punto en torno a los golpes de estado contra los gobernadores camporistas y el asesinato de Rucci, la BS se incorpora a la fuerza contrarrevolucionaria en formación.

La CTA encarna hoy la estrategia reformista en el seno del proletariado argentino. Un reformismo más bien ineficiente, sobre todo por su escasa predisposición a la lucha, pero que puede mostrar entre sus antecedentes algunos momentos de combate digno, sobre todo en algunas regionales. Hoy por hoy, la CTA, cuyas credenciales reformistas no pueden negarse, aparece desligada de cualquier cosa parecida a algo llamado “contra-revolución”. Pero la otra cara de la moneda, el potencial contrarrevolucionario del reformismo, tampoco está ausente en sus filas. La campaña encabezada por Luis D’Elía en contra del sector más avanzado de la clase obrera hoy, el movimiento piquetero nucleado en la ANT, es la muestra más clara de esto. Luis D’Elía ha dicho que estaba dispuesto a defender a Kirchner “a los tiros” si fuera necesario, y quizás, no falte demasiado para que esto se haga realidad. ¿Se trata de un exabrupto? Lo cierto es que la política de la CTA encaja perfectamente con la estrategia del gobierno, es decir, de la burguesía, de desarticular y desmovilizar a las fracciones sociales y las expresiones políticas que participaron del Argentinazo. Ese es el objetivo de la campaña política que del gobierno/la burguesía en contra del sector más avanzado del movimiento piquetero: aislarlo, quitarle el apoyo de la pequeña burguesía que en el 2001 se expresaba en la consigna “piquete y cacerola” y de la fracción reformista de la clase obrera (la CTA). Una vez desarticulada esta alianza, quedaría el camino libre para continuar la tarea que Duhalde tuvo que posponer luego de las jornadas de Puente Pueyrredón. En los ’70, la burocracia sindical pasó, de una fuerza social reformista a formar parte de una fuerza social contrarrevolucionaria. Esta fuerza social contrarrevolucionaria es la que, con lo más concentrado de la burguesía a la cabeza, dio el golpe militar en 1976 y masacró a miles de cuadros-militantes de la fuerza social revolucionaria que la enfrentaba. ¿Se encuentra la CTA en el comienzo de ese camino? Sus bases, como siempre, tienen entonces la palabra.

 

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