Cuando la yerba mata. Desnutrición y muerte entre los obreros rurales de Misiones

yerba_a58Roberto Muñoz
TES – CEICS

Suele ser un fenómeno recurrente. De tanto en tanto, fugazmente, alguna localidad argentina salta a la palestra mediática para golpearnos con imágenes desesperantes: niños con la piel pegada a los huesos, los ojos desorbitados, las cabezas desproporcionadamente grandes como consecuencia del hambre. Esta vez es el caso de las localidades de Montecarlo y Apóstoles, en la provincia de Misiones, donde en los últimos días murieron 3 niños por causa de la desnutrición. Con ellos, ya suman 206 los menores de edad muertos durante 2010 en esta provincia debido a enfermedades provocadas por la carencia de alimentos. Según fuentes oficiales, serían alrededor de 6 mil los niños con problemas nutricionales graves, ubicando a Misiones en la segunda provincia, después del Chaco, con la mayor cantidad de desnutridos crónicos. Ante el escándalo, el gobernador Maurice Closs, aliado K, se permite ser cínicamente optimista: “El año pasado se murieron 329 nenitos, es un índice de mortalidad infantil de 12,3 por mil, en la década del ‘90 era de 33 por mil. Este año ya se murieron 206 chicos, pero el año pasado a esta altura se habían muerto 253”, señaló(1) . Semejante hazaña humanitaria se debe, nos dicen, al plan que lanzaron a principios de año, el programa Hambre Cero. Se trata de un plan que otorga beneficios a las familias de bajos recursos para alimentar a sus hijos, que a la vez son monitoreados con padrinos y asistentes sociales. En Montecarlo, sin embargo, abundan las denuncias de potenciales beneficiarios que no fueron registrados. Milagros Benítez, la última beba muerta, no fue incluida por no contar con DNI. Para estos casos, Closs tiene soluciones más eficaces: “Vamos a estudiar la posibilidad de ir a la Justicia para denunciar los casos de extrema falta de contención familiar.”(2)

Tareferos

En Misiones, el porcentaje de la población económicamente activa ocupada en la agricultura es uno de los más elevados del país. Dentro del sector, se destaca el cultivo de yerba mate, que ocupa el 60% de las explotaciones agrícolas de la provincia. Históricamente, la estructura agraria misionera se caracterizó por la presencia predominante de la pequeña y mediana burguesía. Según el censo agropecuario de 1988, las unidades productivas de hasta 25 hectáreas constituían más de la mitad de las explotaciones y aquellas de entre 25 y 100 hectáreas representaban otro 40%. Sin embargo, en los últimos 20 años el sector atraviesa una fuerte crisis en la que el precio de la hoja verde se desploma, pasando de $0,19 en 1990 a $0,07 en el 2000. Esto acelera un proceso de concentración y centralización de capital a partir de la ampliación de las unidades productivas, el crecimiento de otros cultivos –tung, té y cítricos-, la mecanización de algunas tareas y la introducción de nuevas tecnologías de manejo. Producto de esta reestructuración, de un tiempo a esta parte se consolida la tendencia a la eliminación de puestos de trabajo permanentes en las explotaciones agrícolas. La mecanización de la cosecha del té, la introducción de nuevas tecnologías en los secaderos de este producto y la generalización del uso de herbicidas para el desmalezamiento de las plantaciones –tarea que se realizaba en forma manual-, eliminaron gran cantidad de puestos de trabajo, que tradicionalmente habían asegurado la ocupación durante todo el ciclo anual de un importante volumen de trabajadores. Estos cambios llevaron a un proceso de expulsión de mano de obra agrícola que migra del campo a las ciudades. Allí se han formado y extendido barriadas obreras que no encuentran inserción en el empleo urbano. Se trata de una sobrepoblación relativa existente en el campo que sale de su estado latente y se hace visible. Es entre esta sobrepoblación relativa estancada que el capital agrario recluta a los miembros de su infantería ligera para la zafra.

La cosecha de yerba mate se realiza manualmente y emplea cada año alrededor de 25 mil obreros(3) . Con la llegada del otoño, familias enteras organizadas en cuadrillas por empresas contratistas se trasladan a los yerbatales y durante semanas conviven en precarios campamentos. En general, el contratado es el jefe de familia pero todos los miembros participan de la cosecha con el propósito de aumentar el destajo. Los niños realizan la denominada quebranza, es decir, desgajan las plantas de yerba mate: “es difícil el trabajo, sangran las manos, pero hay que seguir y no alcanza”, comenta un niño de 12 años que trabaja junto a su padre desde los 7.(4)  Las familias serán empleadas a lo largo de 6 meses, con jornadas de hasta 12 horas diarias, trabajando a destajo. Un obrero cosecha en promedio 300 kilos de yerba mate por día. Por esa tarea recibe 10 centavos por kilo de hoja verde. Eso hace un promedio diario de $30 y un ingreso mensual de $600 por trabajador (suponiendo que trabaje efectivamente los 20 días por mes y en yerbales donde se logra cosechar ese promedio de 300 kilos diarios). Se trata de un valor sensiblemente inferior a los $55 por raído (100 kilos) establecido por ley. No obstante, este año, trabajadores de Montecarlo denunciaron que, en promedio, solamente pudieron percibir 378 pesos mensuales: “un sueldo que  nos coloca cada vez más lejos de garantizar la canasta básica de subsistencia y por consiguiente muy lejos del Hambre Cero que hoy se proclama”, destacaron en una nota enviada al Concejo deliberante local(5) .

Terminado el período de cosecha, sobreviene la desocupación. Los pocos obreros registrados, podrán recibir el miserable subsidio interzafra. Para el resto, la inmensa mayoría que trabaja en negro, nada. No sorprende entonces que los diferentes medios que recogieron la noticia de los niños desnutridos remarquen que se trata fundamentalmente de hijos de familias tareferas, nombre con el que se denomina comúnmente a los que realizan la cosecha.(6)

En estas barriadas se impuso desde hace tiempo una nueva comida típica, el reviro, base alimentaria de los cosecheros. Consiste en un engrudo hecho de harina, agua, aceite y sal. Una inmundicia engañosa, que llena la panza pero carece de todo nutriente, conduciendo inevitablemente a la desnutrición. Los testimonios de los tareferos recogidos por la prensa dan cuenta de esta situación:

“Yo estoy blanqueado. Quiero decir que mi patrón me pidió 300 pesos para ponerme en blanco, algo que me dijeron en el gremio que no se debe. Entonces cobro el interzafra, pero con 225 pesos apenas comemos reviro una semana y un par de guisitos, nadie puede comer más que eso con esa plata con lo caro que está todo. Salgo todos los días a buscar changas con mi machete, por ahí hago diez o veinte pesos al día, a veces nada. Es muy duro volver a tu casa y mirar a los ojos de tus hijos y ver el hambre en ellos. Te piden leche, frutas, yogurt, y sólo le podés dar reviro y sopa de huesos”.

En otro caso,

“Como yo, hay muchas mujeres que vamos a la tarefa y trabajamos a la par de nuestros maridos, para poder hacer alguna moneda más. Tenemos que llevar a los chicos, no dejamos que ellos trabajen pero tenemos que cuidarlos porque no tenemos donde dejarlos. Pero cuando llega esta época no sabemos qué hacer, la plata no alcanza. Rogamos que nadie se enferme y que no haya que comprar remedios, y comemos lo que podemos. El sufrimiento de las mujeres es muy grande, porque somos nosotras las que vemos cómo no alcanza la comida y no se llega a fin de mes. A mi marido el Anses le retuvo la asignación familiar, y nos queda la interzafra y las changas”(7) .

Lucha y organización

Ante este panorama no es casual que en la provincia de Misiones se mantenga con total vitalidad el movimiento piquetero. Desde el 2000, todos los años los tareferos salen a las rutas a reclamar un aumento del destajo al inicio de la cosecha y “pan y trabajo” cuando culmina la zafra. Estas movilizaciones se mantuvieron a lo largo de toda esta década y son llevadas adelante por fuera del sindicato que debería representarlos, la UATRE.

A partir de 2009, se intensificaron los cortes de ruta, huelgas de hambre y manifestaciones ante edificios públicos. A los reclamos históricos de mejores condiciones de trabajo, aumento del salario y subsidios interzafra, se sumó el reclamo por el pago de las asignaciones familiares. En agosto de ese año, la ANSES detectó varias empresas contratistas truchas que no realizaban los aportes. Por ello, desde entonces aquel organismo tiene retenidas las asignaciones de los trabajadores. A fines de 2009 este proceso de lucha cristalizó en una nueva organización, el Sindicato de Tareferos, Trabajadores Temporarios y Desocupados de Montecarlo. Se trata de una entidad que pertenece a la CTA. Fueron ellos los que días atrás trasladaron la protesta desde las rutas misioneras al obelisco porteño.

Los partidos de izquierda no deberían desatender la organización de estas capas del proletariado rural, disputándole la dirección al sindicalismo reformista y el autonomismo, para profundizar la lucha y ofrecer una salida realista a los trabajadores. El problema del hambre no puede ser resuelto dentro del marco del capitalismo porque es su propio devenir el que lo genera. Un sistema que ni siquiera permite la reproducción biológica de amplias capas de sus explotados no merece ser reformado, sino reemplazado.

Notas:

(1) Perfil, 26/10/2010.
(2) www.elsolonline.com 26/10/2010
(3) www.desarrollosocial.misiones.gov.ar
(4) Crítica de la Argentina. Abril 2009
(5) www.misionesonline.com 13/05/2010
(6) Derivación del vocablo tarefa que es el nombre aplicado a la cosecha de yerba mate. En portugués tarefa significa “tarea, obra que se debe concluir en tiempo determinado, trabajo que se hace a destajo”.
(7) Primera Edición, 14/11/2010.

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