Cromañón, la burguesía y las brasas del Argentinazo.

Por Gonzalo Sanz Cerbino

Los hechos

El pasado jueves 30 de diciembre miles de personas concurrieron al boliche República de Cromañón a presenciar un recital de rock. La banda que se presentaba era Callejeros, que cerca de las 23 comenzó a tocar. Pero el recital no pasó del primer tema. A poco de comenzar, un incendio desató la crisis. Una crisis que desnudó la fragilidad del capitalismo argentino, pero sobre todo, la fragilidad del intento de reconstrucción del estado burgués con Kirchner a la cabeza, sobre las brasas del Argentinazo.
El local era una trampa mortal: el techo estaba recubierto de material inflamable, una de las dos salidas de emergencias se encontraba clausurada (para evitar la entrada de “colados”), la capacidad del boliche se encontraba ampliamente desbordada (había casi 3.000 personas más de las permitidas por la habilitación), la certificación otorgada por el cuerpo de bomberos se encontraba vencida, las mangueras del boliche estaban pinchadas y los matafuegos descargados. Hubo por lo menos dos principios de incendio en el local anteriormente, de ahí las advertencias del supuesto dueño del local, Omar Chabán, para que no se encendieran bengalas. El incendio no fue un accidente. Tanto los dueños del local como los inspectores y bomberos que hicieron la vista gorda (coima de por medio) conocían estos problemas. También conocía la situación el Jefe de Gobierno porteño, Aníbal Ibarra. Un informe de mayo del 2004 de la Defensoría del Pueblo advertía que de 258 locales bailables de tipo C (entre los que se encontraba Cromañón) sólo 36 estaban en condiciones de funcionar. Advertía también que estaban en peligro la vida de 400.000 personas cada fin de semana. Pero la ganancia fue más fuerte. Siempre es más fuerte. Cromañón no era una excepción. Lo que pasó allí podría haber pasado en cualquier boliche del país. El informe de la Defensoría del Pueblo es bastante gráfico al respecto. El hecho de que durante enero y febrero los boliches de la Ciudad de Buenos Aires hayan estado cerrados por disposición judicial (y que aún hoy sean unos pocos los que pudieron pasar las inspecciones) es más gráfico aún.
Sin embargo, las responsabilidades del sistema capitalista no se agotan allí. El sistema de salud, sometido a un sistemático vaciamiento desde hace muchos años, también mostró sus fallas. De los 193 muertos* (a los que hay que sumar el suicidio de un chico hace pocos días) sólo 27 murieron dentro del boliche. El resto murió en los hospitales o en la calle. Quizá puedan explicar estas muertes algunos de los siguientes datos. Las ambulancias que actuaron esa noche fueron alrededor de 50 y llegaron por lo menos 45 minutos tarde. Los heridos fueron entre 700 y 900 según las crónicas. Esto explica que los heridos fueran trasladados en patrulleros, taxis, autos particulares y hasta colectivos a los hospitales. En los hospitales se apilaban los cuerpos en los pasillos esperando atención, tirados en el piso, mientras que algunos aguardaban directamente en la vereda. Faltaban los insumos, desde tubos de oxígeno hasta mascarillas. Parecen un chiste las declaraciones de Alfredo Stern, Secretario de Salud de la Ciudad de Buenos Aires a la mañana siguiente: “El sistema respondió bien y no faltaron insumos (…) creo que se ha dado una respuesta admirable.” (La Nación, 2/1/05).

El negocio del rock

Este verdadero crimen social, la masacre de Cromañón, se desencadenó en un ámbito social que parece escapar a todas las reglas que rigen la sociedad capitalista: el mundo del rock. O por lo menos, eso es lo que dicen quienes participan en él. Chabán es dueño de boliches vinculados al rock desde los ‘80, primero del Café Einstein, luego de Cemento y desde el año pasado de República Cromañón. Por sus locales pasaron todas las grandes bandas de su época, desde Sumo y Soda Stereo hasta los Redonditos de Ricota y La Bersuit. Con muchas de ellas tenía vínculos de amistad. Solía definirse como actor frustrado, artista bohemio y “buen burgués”. Amigo de los músicos, nunca un patrón.
Sin embargo, la realidad es otra. El rock es un negocio como cualquier otro, no escapa a las regularidades del sistema capitalista. El hecho de que esta industria cultural mueva millones de pesos abre la posibilidad del ascenso social para los músicos. Así, bandas que en sus inicios deben someterse a los designios de sus patrones, crecen en convocatoria de gente e ingresos y emprenden el camino de la independencia, comenzando por montar pequeñas empresas contratando mano de obra destinada a prensa, seguridad y otras tareas. En este momento, estas bandas/empresas, pueden negociar de igual a igual con sus antiguos patrones. Se convierten en burgueses, a pesar de que se dirijan a su público como iguales. Esto explica las declaraciones de grandes bandas con Bersuit o Attaque 77 ante lo sucedido en Cromañón. Los líderes de estas bandas salieron a condenar a Callejeros, haciendo causa común con Chabán y la burguesía en su conjunto. Explica también el “discurso oficial del rock” levantado por la FM Rock & Pop, donde lavaban las culpas de Chabán e Ibarra sosteniendo que “la culpa la tenemos todos”. La burguesía cerró filas y todos los patrones del rock unificaron su discurso en una defensa corporativa que seguía líneas de clase.
Pero para centenares de bandas chicas la realidad es otra. Para estas bandas la realidad es la explotación capitalista. Las bandas chicas deben someterse a la explotación de los dueños de los boliches para poder tocar. Para poder trabajar, al igual que millones de obreros que deben aceptar las condiciones impuestas por el patrón cuando la desocupación cala hondo. En general, estas bandas deben tocar/trabajar gratis para los dueños de los boliches. Un régimen común es que los patrones/bolicheros exijan un “seguro” de 50 entradas que junto a las consumiciones de la barra, quedan para ellos. Las bandas recién empiezan a cobrar su comisión a partir de la entrada 51. Teniendo en cuenta que cada noche por boliche, tocan 3 o 4 bandas, el “seguro” del patrón consiste en las primeras 200 entradas vendidas. Resultado: las bandas chicas difícilmente cobren algo de dinero en sus primeros recitales. Pero esto no cambia con el crecimiento en convocatoria de la banda. Otro régimen común es que los empresarios/bolicheros se conviertan en productores de la banda, organizándoles sus conciertos una vez que la banda comienza a crecer en convocatoria. Resultado: la banda cobra miserables sueldos y el patrón se lleva el grueso de las ganancias.
Otra maniobra común de los patrones para explotar a los músicos es convertirlos en “productores” o “co-productores” de sus shows en forma obligatoria (“si no, no tocás”) haciéndolos responsables de lo que suceda en el espectáculo. De esta manera los riesgos, tanto económicos como judiciales corren por cuenta de la banda. Esto es lo que podría haber sucedido en el recital de Callejeros del 30 de diciembre. La banda aparece como responsable de la seguridad del recital en un arreglo verbal con el dueño, pero en realidad lo único que hacían era controlar la venta de entradas y sus propios equipos. La culpa entonces es de la banda, aunque desconociera la capacidad permitida del boliche o las disposiciones de seguridad en caso de incendio. Todo parece indicar que Callejeros llega al 30 de diciembre en medio de su ascenso: no era una banda chica, ganaba dinero en sus recitales, pero no estaba en condiciones de negociar de igual a igual con los burgueses. Todavía debía aceptar ciertas condiciones para poder tocar.

Chabán off-shore

Sin embargo el dueño de Cromañón parece no ser el dueño. Es que Omar Chabán, a pesar de haber aparecido infinidad de veces en los medios promocionando “su” boliche no es en realidad su dueño. Detrás del boliche Cromañón aparecen por lo menos 4 empresas, dos empresas off-shore radicadas, una en Islas Vírgenes y la otra en Uruguay. Y dos empresas radicadas en Argentina. La primera, dueña del local donde funcionaba el boliche, es la empresa National Uramus Corp., una empresa con sede legal en Islas Vírgenes. Esta empresa adquirió el local donde funcionaba Cromañón junto con el local vecino en donde funcionaba un hotel, el 18 de octubre de 1994, en 2,2 millones de dólares. El 4 de febrero de 1998 esa empresa vendió el local en 708 mil dólares, a mucho menos de la mitad de su valor, en una extraña maniobra donde el cambio de mano de la empresa parece dudoso. La empresa que adquirió estos locales es Nueva Zarelux S.A., radicada en Uruguay y cuyos dueños serían un jubilado y una ama de casa, es decir, testaferros. Las empresas que alquilaban estos locales y los explotaban comercialmente, constituídas en Argentina, son Lagarto S.A. y Central Park Hotel S.R.L.
Esta trama donde se mezclan empresas con dueños fantasmas y ventas “truchas” no es parte de un funcionamiento “irregular” del capitalismo sino todo lo contrario. Más de 16.000 edificios y construcciones de la Ciudad de Buenos Aires pertenecen a empresas off-shore. Empresas off-shore son aquellas empresas constituidas en un país con legislación “blanda” en cuanto a políticas tributarias y con escaso control estatal sobre las sociedades, pero que operan en países donde este tipo de controles es más “duro”. La particularidad de este tipo de sociedades es que los verdaderos dueños permanecen en el anonimato mediante un sistema de títulos accionarios al portador cuyas transferencias no se registran en los libros societarios. Igualmente, como los requisitos legales para ser miembros de los órganos de la administración son prácticamente inexistentes, las personas designadas en dichos cargos resultan ser testaferros totalmente insolventes. De esta manera, nos encontramos frente a “sociedades fantasmas”, cuyos verdaderos dueños son desconocidos. El resultado es que se vuelve imposible accionar judicialmente, tanto a nivel penal, como a nivel económico, contra este tipo de empresas, ya que las únicas personas legalmente registradas son meros testaferros. De ahí que este tipo de empresas aparezcan siempre vinculadas a la evasión fiscal, a estafas o al lavado de dinero. Es que son estructuras creadas para que sus dueños puedan cometer estos delitos desde las sombras.
El caso de las empresas vinculadas a Cromañón no es la excepción. Nueva Zarelux fue fundada el 4 de junio de 1997 por Henry Luis Vivas, un jubilado uruguayo que no cuenta con el capital para montar esa empresa. Un jubilado que sólo puso su firma a cambio de unos pesos: “fui, firmé y me retiré” (Página/12, 17/3/05). Los movimientos posteriores de acciones y de administradores no aclaran las cosas. Las acciones que eran al portador pasaron a ser nominativas en 1997, pero quedaron a cargo de un único accionista, la sociedad anónima Avral, que nunca registró aportes y aparece como “clausurada”. Por la administración pasaron, primero, un empleado administrativo del estudio contable Cukier & Cukier, el estudio que se encargó de realizar la inscripción y el cerebro detrás de la operación. Actualmente la administración está a cargo de un ama de casa de 71 años. Más testaferros.
Quién se encuentra detrás de Chabán es una incógnita. Quizá parte de este entramado pueda empezar a develarse si rastreamos los vínculos de Omar Chabán con el personal político de la burguesía. Por un lado, Yamil Chabán, hermano de Omar y sindicado por los empleados de República Cromañón como uno de sus dueños, es un puntero del PJ bonaerense. Fue concejal por San Martín y tiene una unidad básica en la zona. También se encontraría vinculado a Chabán otro hombre del PJ, Jorge Telerman, el Vice Jefe de Gobierno porteño. La relación se daría a través de una de las firmas en las que Telerman es accionista, GP Producciones S.A., con la que Chabán mantuvo relaciones comerciales. Las relaciones no habrían sido sólo comerciales. También, el periódico Tribuna de Periodistas mencionó una relación personal de Chabán con Telerman, quien es dueño del boliche La Trastienda (rumor levantado por la mayoría de la prensa y que Telerman desmintió). Está relación fue la que facilitó las inspecciones laxas en República Cromañón según dicen algunas crónicas, aunque sabemos que no hace falta “ser amigo de…” para sortear una inspección municipal. Con efectivo alcanza y sobra.
Que más de una de las estructuras montadas por la burguesía para eludir su propia justicia oscurecen el caso Cromagnon parece un hecho factible. Ahora, más importante que esto es que detrás del crimen social perpetuado el pasado 30 de diciembre, se encuentra una clase social, la burguesía. La maximización de los beneficios por sobre la vida es la principal explicación del hecho. Y detrás de ella, toda la superestructura judicial y política creada por esta misma clase la protege.

Cromañón y después

Tras la “masacre” de Cromañón se gestó un movimiento político que alcanzó una fuerza considerable. Las marchas se sucedieron desde el primer día. El sábado 1 de enero, el domingo 2, el martes 4 y el jueves 6. Las marchas fueron creciendo progresivamente en convocatoria: de 500 en la primer marcha se pasó a 20.000 personas el jueves 6, al cumplirse 1 semana de los hechos. Este movimiento adquirió desde un principio una dirección política clara. Los métodos utilizados fueron la herencia del Argentinazo y del movimiento piquetero: marcha y corte de calles. Los enemigos señalados también: la burguesía (Chabán) y su personal político (Ibarra y Kirchner). No es casual que todas las marchas se dirigieran sistemáticamente a Plaza de Mayo. De ahí también el pequeño temblor que sacudió el sillón de Ibarra y de ahí también la rápida acción del Estado para desarticular este movimiento. La represión no se hizo esperar. El martes 4, la represión policial se cargó 7 detenidos. El jueves 8, los carros hidrantes persiguieron manifestantes hasta la plaza Once, con un saldo de 40 manifestantes presos. Por arriba, la crisis obligó al presidente a abortar el intento de armar una estructura partidaria prescindiendo del aparato peronista manejado por Duhalde. Ibarra y Kirchner terminaron sellando una alianza con el duhaldismo y su hombre en la ciudad, Mauricio Macri. Fruto de esta alianza fue la entrada de Juan José Álvarez al gabinete porteño como secretario de seguridad y la acción de los diputados macristas en la legislatura que impidieron la interpelación de Ibarra en el momento más caliente. La burguesía cerraba filas ante la crisis.
Sin embargo la dirección política de este movimiento no fue espontánea, fue un campo de disputa entre la burguesía y el movimiento piquetero. Desde el primer día, tanto funcionarios públicos y cuadros políticos de la burguesía, como militantes de los partidos de izquierda y el movimiento piquetero dieron una dura disputa por la dirección del movimiento. De un lado lucharon aquellos que querían convertir al movimiento político surgido de Cromañón en una gigantesca misa al estilo Blumberg, dando la lucha para que se hagan “marchas de silencio” (o sea, no cantar en contra de Ibarra y Kirchner) y para que los manifestantes permanezcan en Plaza Once, o sea, evitar que se marche hacia el centro del poder político, la Plaza de Mayo. De este lado y militando abiertamente en ese sentido, se encontraban desde cuadros de la Iglesia Católica, hasta funcionarios Kirchneristas como Luis Bordón, pasando por abogados de clara filiación menemista (José Iglesias, padre de una de las víctimas) y punteros vinculados al PJ de Ituzaingó. Del otro lado, militantes de los partidos de izquierda, de los centros de estudiantes y del movimiento piquetero, quienes dieron la batalla para imponer la marcha a Plaza de Mayo como acción y los cantitos contra Ibarra y Kirchner como consigna. La Asamblea de Jóvenes que nucleó a todo este sector se convirtió en la vanguardia del movimiento, organizando las marchas e imponiendo las consignas.
Está claro quiénes triunfaron. Durante toda la primera semana la discusión a cerca de marchar o no marchar y de si hacerlo en silencio o no siempre estuvo presente. Y siempre el grueso de la gente congregada marchó a Plaza de Mayo. Las enseñanzas del Argentinazo estuvieron presentes. La eficacia de los métodos piqueteros también. Sin embargo, incluso en el sector que optó por los métodos piqueteros, el macartismo fue una constante. La obsesión por que se marchara sin “banderas políticas” y la presencia de un fuerte macartismo en los discursos, siempre levantado y magnificado por los medios burgueses, fue una constante. En algunos, como concesión al ala derecha del movimiento y en nombre de la unidad, en otros, con convicción a fuerza de dos años de reflujo y de una constante acción cultural de la burguesía contra “los piqueteros”. El macartismo, que unía a ambos grupos de familiares no alcanzó para soldar la unidad. Hoy el movimiento de familiares se encuentra profundamente dividido: por lo menos funcionan 7 grupos que nuclean a los familiares de las víctimas. Pero sí fue funcional al aislamiento de este reclamo: el haber despreciado el apoyo del único sector que hoy continúa movilizándose en oposición al gobierno de Kirchner abona el camino hacia la derrota. El reclamo de los familiares prescindió del apoyo del único sector capaz de potenciarlo y, en ese mismo momento, el movimiento comenzó a apagarse. Las marchas cayeron en convocatoria, las asambleas se fueron vaciando, los grupos de familiares se fueron dividiendo y sus voces se fueron acallando. Actualmente el reclamo se reduce a lo mínimo: presionar al gobierno para que haga efectiva la atención médica de los sobrevivientes, muchos de los cuales continúan con problemas físicos o psicológicos, y mantener las movilizaciones como forma de presión para que avance la causa judicial que difícilmente llegue a Ibarra, como piden los familiares.
Sin embargo, lo que queda claro es que las brasas del Argentinazo siguen encendidas. El movimiento político gestado en Cromañón, a pesar de sus límites, puso en jaque al gobierno de la Ciudad de Buenos Aires durante una semana y llegó a rozar al “popular” presidente Kirchner. El movimiento piquetero aportó sus armas: la marcha, el corte de calle, la asamblea. Y marcó la dirección política: el personal político de la burguesía es el principal responsable. Es claro que el chaparrón pasó y que la burguesía apenas si se mojó. Pero las nubes continúan sobre el cielo como augurio de futuras tormentas. El capitalismo argentino se sostiene sobre bases muy endebles y no falta tanto para la próxima crisis, que seguramente será más profunda que la anterior. La clave es que la próxima tormenta nos encuentre preparados para tomar el timón y llevar el barco a buen puerto.

* Esta cifra corresponde a la lista oficial que, aclaramos, en su momento fue cuestionada por algunos familiares.

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