Crisis yanqui: La caída se frena, pero el ajuste contra los asalariados se profundiza – Osvaldo Regina

Lo que empezó como una crisis financiera tuvo de rebote efectos importantes sobre la producción y el empleo mundiales. Sin embargo, el remedio intervencionista evitó una bancarrota generalizada en las finanzas y puso un freno a la contracción de los negocios mediante el mayor gasto público. En paralelo, el Estado norteamericano cierra con esto, tanto por mano del saliente Bush como del entrante Obama, el fulminado capítulo “neoliberal”, aunque para nada se piense volver al esquema “keynesiano” del pleno empleo. La finalidad del actual “modelo” de política en lo económico es imponer disciplina a los banqueros, que fueron los grandes beneficiarios del giro desregulador reaganiano iniciado en 1982. Al mismo tiempo, el establishment político y empresario aprovechó los efectos de la crisis para que, gracias al elevado desempleo (del que sólo cargaría culpas una ignota “mano invisible”), pueda imponerse una reducción rápida y poco conflictiva del “costo laboral” local. Dicho costo laboral, viene restando competitividad a las empresas radicadas en EE.UU. frente a las importaciones y al avance productivo de China.
En la mayor intervención del Estado yanqui sobre las empresas privadas, Bush y Obama repartieron 664.500 millones de dólares a los capitalistas con pérdidas. De ese total, casi 650 mil millones fueron para financiar generosamente a bancos, aseguradoras y automotrices, en muchos casos al borde de la quiebra. De esta forma, durante los primeros tres meses de 2009, el déficit estatal, con que también se refuerza a una demanda disminuida, resultó extraordinariamente elevado (gráfico 1). El Estado norteamericano, hasta ahora el abanderado mundial de la libre empresa, creó todo el dinero necesario para imponer tutela sobre sus capitalistas en dificultades.
Las empresas estadounidenses, debilitadas por la crisis financiera y por su rebote desalentador sobre la inversión y la producción, vieron disminuir sus ganancias en un 18% en el último trimestre de 2008, según las estadísticas oficiales de ese país. Sin embargo, gracias a la magnitud del “paquete” de ayuda de Bush-Obama, en el trimestre siguiente las ganancias privadas recuperaron una parte del terreno que habían perdido (gráfico 2). Mientras tanto, el desplome de la inversión, entre octubre de 2008 y marzo de este año, arrastraba en su caída al Producto Bruto Interno, que se redujo durante esos meses a una tasa equivalente a un 6% anual.  No obstante, en el primer trimestre de este año, tanto el consumo de las familias como la reducción del déficit de comercio exterior (ayudado por la caída de la cotización mundial del dólar desde noviembre) amortiguaron un poco la evolución descendente de la producción. Es también significativo para detectar los posibles límites a la crisis en curso, el rebote bursátil en el orden del 40% desde marzo. Asimismo, las exportaciones como las importaciones frenaron bruscamente su caída entre marzo y abril de 2009, según los últimos datos disponibles (gráfico 3).
Pero donde la crisis, que detonó por la burbuja financiera, parecería aún no tener fondo es en relación con la tasa de desempleo de los asalariados norteamericanos. En efecto, el desempleo sigue creciendo mes tras mes y superó, en mayo, el 9% de la población activa (gráfico 4). En síntesis, el cambio de frente yanqui contra el neoliberalismo les cuesta a los banqueros la pérdida del control de sus negocios, transitorio en algunos bancos y permanente en otros. Al mismo tiempo, el nuevo consenso entre demócratas y republicanos, bajo la batuta de Obama, reinstituyó una poderosa autoridad estatal como guía de “la mano invisible” del mercado. El cometido inmediato es aprovechar la crisis para concretar el “ajuste” ordenado contra una de las clases asalariadas más numerosas y mejor remuneradas del planeta.

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