Crisis ecológica, crisis capitalista, crisis civilizatoria: la alternativa ecosocialista

Por Michael Löwy* – La crisis económica y la crisis ecológica son aspectos interconectados de una crisis más general, la crisis de la civilización capitalista industrial moderna. Como una alternativa radical es la que va a la raíz del problema, que es el capitalismo, esa alternativa es el ecosocialismo, una propuesta estratégica que resulta de la convergencia entre el pensamiento ecológico y la reflexión socialista, la reflexión marxista.


*Activista ecosocialista

La actual crisis económica es, sin duda, la más grave en la historia del capitalismo desde 1929. Promoviendo desempleo masivo, recesión económica, quiebra de bancos, endeudamiento insoportable de los estados, ella genera sufrimiento, miseria, desesperación y lleva muchas de sus víctimas al suicidio. Ella ilustra la completa irracionalidad de un sistema económico basado en la mercantilización de todo, en la especulación desenfrenada, en el totalitarismo de los mercados financieros y en la globalización neoliberal al servicio exclusivo de la ganancia capitalista. Los gobiernos –sea de derecha o sea de “centro-izquierda”- se revelan incapaces de proponer una salida, e insisten con una obstinación extraordinaria, en la aplicación de las políticas neoliberales tradicionales –privatizaciones, recorte de los recursos para la educación y la salud, la reducción de salarios y pensiones, despido de funcionarios- que tienen un único resultado: agravar la crisis, intensificar la recesión y aumentar el peso de la deuda.

Por otro lado, sería una ilusión creer –como muchos marxistas piensan- que es la “crisis final del capitalismo” y que el sistema está condenado a desaparecer, víctima de sus contradicciones internas. Como ya ha dicho Walter Benjamin en la década de 1930, “el capitalismo nunca morirá de muerte natural”. En otras palabras, si no hay acción social y política anticapitalista, un movimiento de insurgencia de los explotados y oprimidos, el sistema será capaz de continuar por un largo tiempo. Al igual que en el pasado, acabará por a encontrar una manera de salir de la crisis, sea por medidas “keynesianas” –hipótesis más favorable- sea por el fascismo y la guerra. Lo mismo ocurre con la crisis ecológica. Por sí misma, ella no conduce al “fin del capitalismo” por más que se acabe el petróleo, o que se agoten otras fuentes clave de la riqueza, el sistema continuará explorando el planeta, hasta que la vida humana se vea amenazada.

La crisis económica y la crisis ecológica resultan del mismo fenómeno: un sistema que transforma todo –tierra, el agua, el aire que respiramos, los seres humanos- en mercancía, y no reconoce otro criterio que no sea la expansión de los negocios y la acumulación de ganancias. Las dos crisis son aspectos interconectados de una crisis más general, la crisis de la civilización capitalista industrial moderna.

Eso es, la crisis de un “modo de vida” –cuya caricatura es el famoso american way of life, que, evidentemente, sólo puede existir mientras sea el privilegio de una minoría- de un sistema de producción, consumo, transporte y vivienda, que es, literalmente, insostenible. En la actualidad, la crisis financiera –“como salvar a los bancos y pagar la deuda”- es la única preocupación de los distintos  gobiernos representativos del sistema, y la crisis ecológica prácticamente desapareció del horizonte, como demuestra el reciente fracaso de la Conferencia de Río + 20. Desde el punto de vista de la humanidad, el mayor peligro o la amenaza más preocupante es la crisis ecológica que, contrariamente a la crisis financiera, no tiene solución en los hitos del sistema.

Hace algunos años, cuando se hablaba de los peligros de desastres ambientales, los autores se refirieron al futuro de nuestros nietos o bisnietos, algo que sería en un futuro lejano, dentro de cien años. Ahora, sin embargo, el proceso de devastación de la naturaleza, de degradación ambiental y de cambio climático se ha acelerado hasta el punto de que ya no estamos hablando de un futuro en el largo plazo. Estamos discutiendo procesos que ya están en marcha –la catástrofe ya ha comenzado, esta es la realidad. Realmente estamos en una carrera contra el tiempo para tratar de impedir, frenar, de detener este proceso desastroso.

¿Cuáles son los signos que muestran el carácter cada vez más destructivo del proceso de acumulación capitalista en escala global? Son múltiples y convergentes: el crecimiento exponencial de la contaminación del aire en las grandes ciudades, de la agua potable y del medio ambiente en general; comienzo de la destrucción de la capa de ozono; destrucción, en una velocidad cada vez mayor, de los bosques tropicales y la rápida reducción de la biodiversidad a través de la extinción de miles de especies; el agotamiento del suelo, la desertificación; acumulación de residuos, en particular nucleares (algunos con duración de miles de años), imposibles de controlar; proliferación de accidentes nucleares –¡Fukushima!- Además, la amenaza de un nuevo Chernobyl; contaminación de los alimentos, la manipulación genética, las “vacas locas”; sequía en escala planetaria, la escasez de grano, encarecimiento de los alimentos. Todas las luces están en rojo: está claro que la loca carrera detrás de la ganancia, la lógica productivista y mercantil de la civilización capitalista/industrial nos lleva a un desastre ecológico de proporciones incalculables. Esto no es ceder al “catastrofismo”, sino simplemente señalar que la dinámica de “crecimiento” infinito inducida por la expansión capitalista amenaza destruir las bases naturales de la vida humana en el planeta.1

De todos estos procesos destructivos, el más evidente y peligroso, es el proceso de cambio climático, un proceso que resulta de los gases de efecto invernadero, emitidos por la industria, agro-negocio y el sistema de transporte existente en las sociedades capitalistas modernas. Este cambio, que ya ha comenzado, tendrá como resultado no sólo el aumento de la temperatura en todo el planeta, sino también la desertificación de sectores enteros de diversos continentes, el aumento del nivel del mar, la desaparición de las ciudades marítimas –Venecia, Asmterdam, Hong Kong, Río de Janeiro- bajo el océano. Una serie de catástrofes que surgen en el horizonte dentro de –no se sabe- veinte, treinta, cuarenta años, es decir, en un futuro próximo

Todo esto no es resultado de la sobrepoblación, como dicen algunos, ni siquiera de la tecnología en sí, tampoco de la mala voluntad de la humanidad. Es algo muy concreto: las consecuencias del proceso de acumulación de capital, sobre todo en su forma actual de la globalización neoliberal bajo la hegemonía del imperio estadounidense. Este es el elemento esencial, el motor de este proceso y de esta lógica destructiva que corresponde con la necesidad de expansión ilimitada –lo que Hegel llamó “mala infinitud”- un proceso infinito de la acumulación de bienes, acumulación de capital, acumulación de ganancias, que es inherente a la lógica de capital.

No es la “mala voluntad” de tal o cual gobierno o multinacional, sino de la lógica intrínsecamente perversa del sistema capitalista, basado en la competencia despiadada, en los requisitos de rentabilidad, en la carrera detrás del beneficio rápido; una lógica que es necesariamente destructiva del medio ambiente y responsable por el catastrófico cambio climático.

La cuestión de la ecología, del medio ambiente es la cuestión del capitalismo. Parafraseando una observación del filósofo de la Escuela de Frankfurt Max Horkheimer –“si no desea hablar del capitalismo, es inútil hablar del fascismo”- añadiría que si usted no quiere hablar del capitalismo, es inútil hablar del medio ambiente, debido a que el cuestión de la destrucción, devastación, el envenenamiento del medio ambiente es el producto del proceso de acumulación de capital. Así, la pregunta que se plantea es de una alternativa, pero una alternativa que sea radical. Los intentos de soluciones “moderados” se revelan completamente incapaces de hacer frente a este proceso catastrófico. El Tratado de Kyoto deja mucho que desear, casi infinitamente por debajo de lo que se necesita, y aun así, el gobierno de Estados Unidos, el principal contaminador y el campeón de la contaminación planetaria, se niega a firmarlo. El Tratado de Kyoto, de hecho, se propone resolver el problema de los gases de efecto invernadero a través del llamado “mercado de derechos a contaminar”. Las empresas que emiten más CO2 van a comprar de otros, que contaminan menos, los derechos de emisión. ¡Esto sería “la solución” del problema del efecto invernadero! Obviamente, las soluciones que aceptan las reglas del juego capitalista, que se adaptan a las reglas del mercado, que aceptan la lógica de la expansión infinita del capital, no son soluciones. Son incapaces de hacer frente a la crisis ambiental –una crisis que se transforma, debido al cambio climático, en una crisis de supervivencia de la especie humana.

La Conferencia de Copenhague de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en diciembre de 2009 fue otro clamoroso ejemplo de la incapacidad –o falta de interés- de las potencias capitalistas para enfrentan al desafío dramático del calentamiento global. La montaña de Copenhague dio a luz a un ratón, una desgraciada “declaración política” sin ningún compromiso concreto ni cifras de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. Lo mismo se aplica a la Conferencia Internacional de las Naciones Unidas “Río + 20”, que trató de imponer la supuesta “economía verde” –que es el capitalismo pintado con otro color- y terminó con declaraciones vagas, sin compromiso efectivo para combatir el cambio climático. La actitud de las clases dominantes y, en particular, los gobiernos de las principales potencias responsables de contaminación y de la acumulación de CO2, es muy similar a las de los reyes de Francia: “¡Después de mí, el diluvio!”, habría dicho Luis XV, el penúltimo los Bourbons. En el siglo XXI, la inundación podría tomar la forma de un aumento irreversible en el nivel del mar.

Tenemos que pensar, por lo tanto, en alternativas radicales, alternativas que den otro horizonte histórico, más allá del capitalismo, más allá de las reglas de la acumulación capitalista y de la lógica de la ganancia y de mercancías. Como una alternativa radical es la que va a la raíz del problema, que es el capitalismo, esa alternativa es el ecosocialismo, una propuesta estratégica que resulta de la convergencia entre el pensamiento ecológico y la reflexión socialista, la reflexión marxista. En la actualidad existe a nivel mundial una corriente ecosocialista: existe un movimiento ecosocialista internacional, que recientemente, en el Foro Social Mundial de Belém (enero de 2009) publicó una declaración sobre el cambio climático, y hay en Brasil, una red ecosocialista que también publicó un manifiesto, hace unos años. Al mismo tiempo, el ecosocialismo es una reflexión crítica. En primer lugar, la crítica de la ecología no socialista, de la ecología capitalista o reformista, que considera posible reformar el capitalismo, alcanzando un capitalismo más verde, más respetuoso con el medio ambiente. Esta es la crítica y el intento de superar esta ecología reformista, limitada, que no acepta la perspectiva socialista, que no está relacionada con el proceso de la lucha de clases, que no pone la cuestión la propiedad de los medios de producción. Pero el ecosocialismo es también una crítica del socialismo no ecológico, por ejemplo, de la Unión Soviética, donde la perspectiva socialista se perdió rápidamente con el proceso de burocratización y el resultado fue un proceso de industrialización tremendamente destructiva del medio ambiente. Hay otras experiencias socialistas, pero más interesante desde un punto de vista ecológico, la experiencia cubana, por ejemplo.

Por lo tanto, el ecosocialismo implica una crítica profunda, una crítica radical de experiencias y concepciones tecnocráticas, burocráticas y no ecológicas de construcción del socialismo. Esto también requiere la reflexión crítica sobre la herencia marxista, el pensamiento y la tradición marxista, sobre el tema del medio ambiente. Muchos ambientalistas critican a Marx por considerarlo un productivista, como los capitalistas. Tal crítica me parece completamente equivocada: para hacer la crítica del fetichismo de la mercancía, es precisamente Marx quien pone la crítica más radical de la lógica productivista del capitalismo, la idea de que la producción de más y más bienes es el objetivo fundamental de la economía y de la sociedad. El objetivo del socialismo, explica Marx, no es producir una cantidad infinita de bienes, sino reducir la jornada de trabajo, dar al trabajador tiempo libre para participar en la vida política, estudiar, jugar, amar. Por lo tanto, Marx proporciona las armas a una crítica radical del productivismo y, sobre todo, del productivismo capitalista. En el primer volumen de El Capital, Marx explica cómo el capitalismo no sólo agota la energía de los trabajadores, sino también las fuerzas de la tierra, agotando los recursos naturales, destruyendo el propio planeta. Así, este punto de vista, esta sensibilidad está presente en los escritos de Marx, aunque no esté suficientemente desarrollada.

El problema es que la afirmación de Marx –y aún más, de Engels- que el socialismo es la solución de la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, fue interpretado por muchos marxistas mecánicamente: el crecimiento de las fuerzas productivas del capitalismo choca con los límites que son las relaciones de producción burguesas –la propiedad privada de los medios de producción- y, por lo tanto, la tarea de la revolución socialista sería simplemente destruir las relaciones de producción existentes, la propiedad privada, y permitir el libre desarrollo de las fuerzas productivas. Me parece que esta interpretación de Marx y Engels debe ser criticada, porque supone que las fuerzas productivas son algo neutro; el capitalismo se habría desarrollado hasta cierto punto y no podía ir más lejos, ya que fue impedido por la barrera, un obstáculo que debe ser eliminado para permitir la expansión ilimitada. Este punto de vista ignora el hecho de que las fuerzas productivas existentes no son neutras: ellas son capitalistas en su dinámica y funcionamiento y por lo tanto destruyen la salud de los trabajadores, así como del medio ambiente. La estructura del proceso de producción, de la tecnología y del pensamiento científico al servicio de esta tecnología y este sistema de producción está totalmente impregnada por la lógica del capitalismo y conduce inevitablemente a la destrucción de los equilibrios ecológicos del planeta.

Lo que se necesita, por tanto, es un punto de vista radical y mucho más profundo de lo que sea una revolución socialista. Se trata de transformar no solo las relaciones de producción, las relaciones de propiedad, sino la estructura de las fuerzas productivas, la estructura del aparato productivo. Esta es, en mi opinión, una de las ideas fundamentales de ecosocialismo. Debe aplicarse al aparato de producción la misma lógica que Marx aplica al aparato de Estado a partir de la experiencia de la Comuna de París, cuando dice lo siguiente: los trabajadores no pueden tomar posesión del aparato del estado burgués y utilizarlo al servicio proletariado, no es posible debido a que el aparato del estado burgués nunca va a estar al servicio de los trabajadores. Por lo tanto, se trata de destruir el aparato estatal y crear otro tipo de poder. Esta lógica debe ser aplicada también al aparato productivo: tiene que ser, si no destruido, al menos transformado radicalmente. No puede simplemente ser apropiado por los trabajadores, el proletariado, y puesto a trabajar en su servicio, sino que debe ser transformado estructuralmente. Por ejemplo, el sistema productivo capitalista funciona basado en fuentes de energía fósiles, responsables del calentamiento global –el carbón y el petróleo- por lo que una transición al socialismo sólo es posible cuando se sustituyan estas formas de energía por las energías renovables, que son el agua, el viento y la energía solar en particular. Por lo tanto, el ecosocialismo constituye una revolución en el proceso de producción de fuentes de energía. Es imposible separar la idea del socialismo, de una nueva sociedad, de la idea de nuevas fuentes de energía, especialmente el sol –algunos ecosocialistas hablan del comunismo solar, pues entre la causa del calor, la energía del Sol y el socialismo y el comunismo existiría un tipo de afinidad electiva.

Pero no es suficiente transformar el aparato productivo, es necesario cambiar también el estilo, el patrón de consumo, todo el modo de vida en torno del consumo, que es el estándar del capitalismo basado en la producción en masa de objetos artificiales, inútiles y hasta peligrosos. La lista de productos, mercancías y actividades comerciales que son inútiles y perjudiciales para las personas, es inmensa. Poner un ejemplo claro: la publicidad. La publicidad es un monumental desperdicio de energía humana, trabajo, papel, árboles destruidos para fabricar papel, electricidad etc., y todo esto para convencer al consumidor de que el jabón X es mejor que el jabón Y – esto es un ejemplo evidente del desperdicio capitalista. Por lo tanto, se trata de crear un nuevo modo de consumo y un nuevo modo de vida, basado en la satisfacción de las necesidades sociales reales, que es algo completamente diferente de las supuestas falsas necesidades producidas artificialmente por la publicidad capitalista.

Una reorganización de todo el modo de producción y consumo es necesaria, en base a criterios distintos del mercado capitalista: las necesidades reales de la población y la protección del equilibrio ecológico. Esto significa una economía en transición al socialismo, en el que la propia población -y no las “fuerzas del mercado” o un Buró Político autoritario- deciden en un proceso de planificación democrática las prioridades y las inversiones. Esta transición no sólo llevaría a un nuevo modo de producción y a una sociedad más igualitaria, más solidaria y más democrática, sino también a un modo de vida alternativo, una nueva civilización, ecosocialista, más allá del reino del dinero, de los hábitos de consumo inducidos artificialmente por la publicidad, y la producción de infinidad de objetos inútiles.

Sin embargo, si tan sólo hacemos esto, seremos criticados por utópicos. Utópicos son los que tienen una hermosa vista hacia el futuro, y la imagen de otra sociedad, lo que obviamente es necesario, pero no suficiente. El ecosocialismo no es sólo la perspectiva de una nueva civilización, una civilización de la solidaridad –en el sentido profundo de la palabra solidaridad entre los seres humanos, sino también con la naturaleza-, así como una estrategia para la lucha, aquí y ahora. No vamos a esperar hasta el día en que el mundo se transforme, no, vamos a empezar a partir de ahora, ya a luchar por estos objetivos. Por lo tanto, el ecosocialismo es una estrategia de convergencia de las luchas sociales y medioambientales, de las luchas de clases y las luchas ecológicas, contra el enemigo común que son las políticas neoliberales, la Organización Mundial de Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI), el imperialismo estadounidense, el capitalismo global. Este es el enemigo común de los dos movimientos, el movimiento ambiental y el movimiento social. Esto no es una abstracción, hay muchos ejemplos. En Brasil, un buen ejemplo de lo que es una pelea ecosocialista, tuvimos la lucha heroica de Chico Mendes2, que pagó con su vida su compromiso de luchar con los oprimidos.

Como tal, hay muchas otras luchas. Sea en Brasil, en otros países de América Latina y en todo el mundo, cada vez más ocurre esta convergencia. Sin embargo, no se producen espontáneamente, tiene que ser conscientemente organizada por los militantes, por las organizaciones, es necesario construir una estrategia ecosocialista, una estrategia de lucha en la que vayan convergiendo las luchas sociales y luchas ecológicas. Esta parece ser la respuesta al desafío, la perspectiva radical de una transformación revolucionaria de la sociedad para superar el capitalismo. Necesitamos una perspectiva de lucha contra el capitalismo, de un paradigma alternativo de la civilización, y una estrategia de convergencia de las luchas sociales y medioambientales, a partir de ahora plantando las semillas de esta nueva sociedad, sembrando el ecosocialismo.

La alternativa ecosocialista implica, en última instancia, una transformación revolucionaria de la sociedad. Pero, ¿qué significa revolución? En un pasaje interesante en sus notas para la tesis Sobre el concepto de Historia (1940), Walter Benjamin propone una nueva definición de la revolución, lo que parece muy actual: “Marx dice que las revoluciones son el motor de la historia mundial. Pero tal vez las cosas se presenten de manera diferente. Puede ser que las revoluciones sean el acto por el cual la humanidad que viaja en el tren tira los frenos de emergencia”.3 De manera implícita, la imagen sugiere que si la humanidad permite  al tren seguir su camino –ya esbozado por la estructura de hierro de las pistas- y este lleva a cabo su carrera vertiginosa, vamos directamente a un desastre. Ban-Ki-Moon, Secretario General de las Naciones Unidas, un personaje que no tiene nada revolucionario, propuso hace unos años el siguiente diagnóstico sobre la cuestión del medio ambiente: nos decía -sin duda refiriéndose a los gobiernos del mundo- “estamos con el pie pegado en el acelerador y nos precipitamos al abismo” (Le Monde, 5/9/2009).

Walter Benjamin define en su tesis de 1940, como una “tormenta” el progreso destructivo que acumula catástrofes. La misma palabra “tormenta” aparece en el título, que parece inspirado por Benjamin, en el último libro de James Hansen, el famoso climatólogo de la NASA (Estados Unidos) y un gran experto del cambio climático en el mundo. El libro se llama “Las tormentas de mis nietos: la verdad sobre la catástrofe climática que se acerca y nuestra última oportunidad para salvar a la humanidad”. Hansen no es un revolucionario, pero su análisis de la “tormenta”4 –que es para él, como para Benjamin, una alegoría de algo mucho más amenazador- la inundación que se acerca –el calentamiento global- es de una lucidez impresionante. Vimos en el comienzo del siglo XXI un “progreso” cada vez más rápido del tren de la civilización industrial/capitalista hacia el abismo, un abismo llamado catástrofe ecológica. Es importante tener en cuenta el aumento de la aceleración del tren, la vertiginosa velocidad con la que se acerca al desastre. Tenemos que tirar de los frenos de emergencia de la revolución, antes de que sea demasiado tarde.


Notas

1Véase a este respecto el excelente trabajo de Kovell, Joel: The Ennemy of Nature.  The end of capitalism or the end of the world?, Nueva York, Zed Books, 2002.

2Sindicalista y activista ambiental brasileño, organizador de un sindicato de recolectores de caucho. Fue asesinado en 1988 por hacendados locales (N. del E.)

3Benjamin, Walter: GS, I, 3, P. 1232.  El pasaje de Marx al que refiere Benjamin figura en La lucha de clases en Francia: “Die Revolutionen sind die Lokomotiven der Geschichte” (la palabra “mundial” no figura en el texto de Marx).

4Hansen, James: Storms of My Grandchildren: the Truth about the Coming Climate Catastrophe and Our Last Chance to Save Humanity, New York, Bloomsbury Publishing, 2009.

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