Contra la Revolución. Los historiadores académicos y el Bicentenario

caibloooMariano Schlez
Grupo de Investigación de la Revolución de Mayo – CEICS

Una vez más, los académicos están ofendidos. Otra vez, les han quitado protagonismo. El bicentenario del 25 de Mayo de 1810 volvió a instalar, en el ámbito universitario, un hecho que brillaba por su ausencia: la revolución. Reapareció luego de casi tres décadas en las que predominó, en las facultades argentinas y latinoamericanas, una furiosa contrarrevolución cultural que, como resultado de la derrota de las luchas de la década de 1970, intentó borrar a la revolución de la historia. Sin embargo, una simple efeméride les mostró a los historiadores académicos que, a pesar de sus notables esfuerzos, entre la “clase media” y los trabajadores argentinos la idea de la revolución aún permanece viva. No lo notaron gracias a las luchas obreras que recorren el país desde hace más de una década. Lo hicieron, más bien, gracias a un dato que expresa cierta mezquindad: a pesar de contar con un apoyo de las grandes editoriales y de los grandes medios, sus trabajos no han tenido una repercusión acorde a tamaño esfuerzo. Han editado, a lo largo de estos años, dos colecciones de divulgación sobre los más variados temas. La primera, dirigida por Jorge Gelman, editada por Sudamericana. La segunda, por Siglo XXI. A todo ello, debe sumarse la colección de historia de Siglo XXI, dirigida por Luis Alberto Romero, las publicaciones en Sudamericana y una editorial dedicada a difundir sus trabajos, casi exclusivamente (Prometeo). Sin embargo, como ellos mismos reconocen, la población prefiere una versión “revisionista” y hasta “mitrista” de la historia que, naturalmente, saluda los orígenes revolucionarios de la Argentina.
Aparentemente ofendidos porque simples divulgadores les han robado la conciencia de las masas, organizaron un blog, con el objetivo de redactar un documento que resuma la posición de los profesionales de la historia.1 Sin embargo, los documentos previos a su redacción han dejado en claro que, lejos de un debate circunscripto a los hechos de Mayo de 1810, los historiadores académicos preparan una intervención política contra la fracción del Partido del orden que intenta alargar la experiencia bonapartista y, fundamentalmente, contra la clase obrera y los sectores que impulsan una salida revolucionaria.

¿Quiénes son los “académicos”?

Quienes dominan los claustros académicos llegaron a la Universidad a partir de la derrota de la oleada revolucionaria, en la década de 1980. De revolucionarios se convirtieron en socialdemócratas y de allí, muy rápidamente, al liberalismo más ramplón. De Hobsbawm pasaron, sin escalas, a François Furet. El eje de los análisis pasó, entonces, de los problemas de la democracia a los del lenguaje y los conceptos. Incapacitados para explicar la realidad, prefirieron “interpretarla”, argumentando que todo es relativo y depende del discurso con el que se lo encare. En última instancia, “la verdad no está totalmente en ningún lado”, como afirmó, consultado sobre 1810, el mismo Romero.2
Actualmente, los académicos intentan dilucidar las ideas y concepciones que tenían los protagonistas de 1810, es decir, qué significaba para ellos decir “independencia” o “revolución”. Concluyen, entonces, que lo que caracterizó a la Revolución de Mayo fue una transformación en la legitimidad de sus representantes, reduciendo un violento y traumático proceso de enfrentamientos sociales a un “problema de legitimidad: ¿cómo y cuándo fundar una nueva autoridad legítima supletoria de la soberanía del monarca cautivo?”, como afirma Noemí Goldman. El hecho central en el estallido revolucionario habría sido la caída del Rey español, en 1808, producto de la invasión francesa a la Península. En su interpretación, ella habría producido una crisis de poder en el conjunto de las colonias, que motorizó la formación de Juntas que se arrogaron la representación de los pueblos americanos, gracias al concepto de “reversión de la soberanía en el pueblo”. Los estudios modernos concluyen que las ideas que acompañaron el proceso fueron una combinación de “concepciones que derivaban […] de la tradición hispánica, de las teorías del derecho natural y de gentes y de la ‘Ilustración’, donde predominaron las ideas pactistas”. Por ello, la Revolución no fue más que un acto en el que la autoridad del Rey volvió al sujeto que se la había otorgado en un principio, en el pacto inicial, es decir, al pueblo. El cambio fundamental habría sido que el poder ya no se asentaba en el soberano, sino en el concepto republicano de “soberanía popular”, que ejerce su voluntad en un incipiente “espacio público”. Por lo tanto, la Revolución se subsumiría a un golpe de mano, a la ocupación de un “vacío de poder”, lo que implica, colateralmente, que los revolucionarios no sabían lo que hacían o, en otras palabras, reaccionaban a circunstancias imprevistas, adaptándose como podían a los cambios que se sucedían por fuera de su voluntad.
El gran “descubrimiento” con el que la nueva historia política intenta destruir al marxismo es afirmar que las cosas podrían haber sucedido de otra manera, destacando las diferentes “opciones” posibles que tuvieron los actores, en detrimento de los conceptos de necesidad y determinación. Concepción que impulsó el crecimiento de los estudios regionales, aunque sin desconocer que la “microhistoria” y los análisis de casos los están llevando a un callejón sin salida. El empirismo más vulgar les impide construir una visión de más largo plazo. Lo que no quiere decir que no esconda un programa político concreto: la contrarrevolución. Para ellos, sólo es válido cambiar fórmulas institucionales (dentro del marco burgués) por consenso del personal gobernante (los políticos burgueses) y producir nuevas formas de legitimidad al interior de la “elite” (burguesía más concentrada y sus partidos). Ese es el único cambio posible y deseable. Otra cosa, es la barbarie. No es otro que el programa de Lilita Carrió o el Pro, frente a los primeros años del kirchnerismo, que intentaba trazar alianzas con la clase obrera por la vía de presentarse como el representante de una insurrección.

Llantos

La primera ofendida fue Marcela Ternavasio, quien intentó doblar la apuesta señalando que “muchos historiadores estamos empeñados en no dejar pasar la ocasión y salir del más reducido espacio de los eventos académicos para hacer escuchar nuestras voces en el espacio público”. Con una honestidad brutal, en su balance afirmó que “si bien […] hemos criticado y denunciado en intervenciones públicas –e incluso en los medios- el predominio de esta suerte de presentismo permanente, es cierto también que no hemos logrado siquiera erosionar ese sentido común que a la gente le encanta escuchar (aún cuando, paradójicamente, nunca fuimos tan convocados por parte de los medios de comunicación como lo somos actualmente)”.
Toda una confesión de partes. Confesión ingenua: Ternavasio no comprende (o no quiere comprender) que la población no entiende la Historia como papelitos que ayudan a conseguir mejores lugares en disputas facciosas por becas y cargos. Para la gran mayoría, la Historia sólo vale como conocimiento. Si no permite a la población comprender el mundo en el que vive, entonces la historia no sirve para nada.
Para Alejandro Eujanian se trata de una visión de la historia divulgada por referentes del campo cultural, que “no necesariamente se mantienen actualizados con respecto a los avances que ha tenido la disciplina histórica en los últimos años”. Denuncian que el revisionismo peronista ve en 1810 el viejo planteo mitrista: un camino predeterminado de antemano hacia la constitución de la Argentina moderna. Es decir, una nación preexistente y no, como ellos afirman, el resultado aleatorio de una serie de hechos más o menos casuales. Según Alejandro Eujanian, “aquel relato que sostenía que en mayo nacía la nación argentina conserva no ya su antiguo vigor pero sí, al menos, su influjo en la esfera pública”. “La memoria pública”, entonces, continúa haciendo caso omiso de los esfuerzos de los historiadores por mostrar que “aquel relato es una construcción retrospectiva, anacrónica y mitológica del pasado”.
Alejandro Eujanián y Nora Pagano han aportado algo que los pinta de cuerpo entero. Para ambos, el problema no son ellos, sino las masas. El primero advierte, resignado que “la crítica ejercida por la historia académica a estas versiones […] es esperable que encuentre acotado su espacio de intervención en un bicentenario atravesado por disputas políticas y sociales, que no van a hallar en la renovada historia política y social sobre la revolución recursos de los que puedan apropiarse”. Similar es la posición de Nora Pagano, que parece descargar “culpas” en el pueblo, asegurando que “la capacidad de la historiografía de influir en el ámbito social, no descansa en sus virtudes intrínsecas sino en la disponibilidad de la sociedad hacia la recepción del conocimiento histórico”.
Esta buena dosis de miserabilismo no hace sino echar sobre los trabajadores argentinos las propias dificultades. Nadie tomó nota de que, para gente que no tiene ninguna obligación académica ni debe rendir ninguna pleitesía, ideas como que la realidad no existe, que todo es lenguaje y que la historia es el devenir de los conceptos, son francamente ridículas.
Peor aún es lo que proponen. Su queja es que, como estamos en un ambiente politizado, “su” historia no tiene nada que hacer. Preferirían un escenario más calmo, unos tiempos más “tranquilos”, en los cuales la población estuviera menos movilizada y más desinteresada de los destinos de su sociedad. Estarán esperando una vuelta a sus adorados años menemistas, que le auguran Macri o Duhalde o la misma Cristina. El caso es que se pide un retroceso de la conciencia. Sólo una buena dosis de represión estatal y avance sobre sus conquistas podría volver a llevar a las masas al estado ideal para la prédica de Eujalián y Pagano.
Fabio Wasserman, por su parte, intenta poner algo de paños fríos ante semejante crudeza. Advierte a sus compañeros que no deberían despreciar las “creencias, valores e identidades arraigadas en vastos sectores de la sociedad”. Más bien, deberían trabajar sobre ellas para cambiarlas. Lo que Wasserman tampoco advierte es que esto es lo que se ha tratado de hacer en los últimos diez años, con el resultado ya conocido.

El revisionismo K

Lo que atrae, fundamentalmente, de la historia revisionista actual es su reivindicación de la Revolución. Sus divulgadores no tienen pruritos en mostrar que los hechos que conmovieron estas latitudes a principios del siglo XIX constituyeron, no sólo una transformación sustantiva y violenta de la sociedad, sino el origen de la Argentina contemporánea. Frente al liberalismo, y atentos al avance de la izquierda revolucionaria, algunos intelectuales entendieron que era el momento para reflotar el viejo proyecto antiimperialista, nacional y popular, que une su genealogía política con los revolucionarios de Mayo de 1810.
Claro que, al igual que el personal político con el que se referencian, poseen un límite que los aleja de los Moreno, los Castelli y los San Martín, y los asemeja a sus enemigos “conservadores”: ambos defienden el actual orden social y no pretenden transformarlo. El revisionismo, aunque saluda la revolución burguesa, plantea que ella ha sido traicionada, por lo que sólo nos resta luchar por completar su tarea, es decir, construir un verdadero capitalismo. Tampoco se diferencian del kirchnerismo en que su “radicalización”, es decir, su consolidación como personal bonapartista, no obedeció tanto a una decisión política autónoma, como a la radicalización de la lucha de clases en la Argentina de principios del siglo XXI.
Felipe Pigna representa una versión devaluada de esta corriente. De los problemas de la opresión nacional, pasó a la disputa puramente individual en términos morales: los “corruptos” contra los “patriotas” y “abnegados”. En la década de 1990, su colección de videos de Historia Argentina, realizado en el Carlos Pellegrini, repetía, a pie juntillas, el discurso de los historiadores académicos. Aunque no negó la palabra a revisionistas como Norberto Galasso, lo hizo en igualdad de condiciones con la plana mayor de la Academia (como Luis Alberto Romero e Hilda Sábato), ofreciendo sus testimonios a manera de citas de autoridad. De hecho, la versión de la Revolución de Mayo que aparece en el manual escolar que Pigna coordinó antes del Argentinazo, tampoco difiere demasiado de la “nueva historia política”.3 Su divergencia y la de los revisionistas como Galasso con los académicos universitarios actuales radica en que, luego de la conmoción del 2001-2002, entendieron que el sistema capitalista, para sobrevivir como tal, requería de algunas concesiones a las masas. En todo caso, comprendieron que era mejor reivindicar una revolución pasada, antes que padecer una nueva.

Dos barricadas conservadoras

Los académicos tuvieron su cuarto de hora entre 1983 y 2001, cuando su programa era la expresión intelectual de un proyecto político que intentó mostrar a la democracia burguesa como la solución a todos los problemas de la Argentina. Con su versión de la historia buscaron convencer a los trabajadores argentinos de que delegaran sus problemas en sus “representantes” y que la única solución posible frente a la crisis debía limitarse a mejorar esta “democracia” imperfecta, es decir, persuadirlos de que no intentaran tomar en sus manos sus problemas y, mucho menos, llevar adelante revolución alguna. El proceso iniciado el 19 y 20 de diciembre de 2001 inició una disputa por la conciencia de las masas. Los historiadores revisionistas dedicaron sus esfuerzos a construir un dique de contención para la lucha: luchar está bien, pero por la “nación”, no contra ella, por la unión nacional y no por la independencia de la clase obrera.
En un sentido profundo, academia y revisionismo no son otra cosa que dos caras de una misma moneda: dos barricadas del conservadurismo burgués que, acompañando al personal político, intentan sostener el orden vigente. Así como los defensores de la “nueva historia política” luego de la dictadura, el revisionismo K se puso en marcha cuando las brasas del Argentinazo aún quemaban, con el objetivo de canalizar el movimiento en el interior del sistema político republicano. Ambos pretenden, con su versión de la historia, desterrar a la Revolución al pasado. En este bicentenario, les corresponde a los obreros reconocer a los intelectuales que defienden sus mismos intereses de clase, reivindicando para sí, los métodos de los héroes de 1810.

NOTAS
1 Salvo especificación, todas las citas han sido tomadas de www.historiadoresyelbicentenario.org/.
2 Programa Foro 21, Canal 7, lunes 24 de mayo de 2004.
3 Pigna, Felipe (Coord.): Historia. La Argentina contemporánea, A-Z, Bs. As., 2000.

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