Concurso literario: “Las flores del Aromo”

Primer concurso literario

“Las flores del Aromo”

2004

El mes pasado publicamos “El Cigarrillo”, uno de los dos cuentos mencionados especialmente por los jurados -Abelardo Castillo, Sylvia Iparraguirre y Vicente Battista – de nuestro concurso literario “Las flores del aromo”-2004.
Como hicimos con Carlos Patiño -mencionado en la categoría poesía- nos acercamos a su autor, Julio César Silvain, quien nos contó detalles de su experiencia intelectual. En sus casi ochenta años de vida, colaboró en las revistas culturales más importantes de la izquierda de los ’60 (Gaceta Literaria, El grillo de papel, El escarabajo de oro, Barrilete y Hoy en la Cultura). Silvain, aunque de profesión veterinario, se acercó a la cultura tempranamente: desde los 15 años era socio del Colegio Libre de Estudios Superiores y colaboraba con su tía en la redacción de la revista femenina del Partido Comunista, Nuestras Mujeres. Como miembro de la redacción de Gaceta Literaria, de Pedro Orgambide, otorgó el primer premio de su concurso literario de 1958 a Abelardo Castillo, por su primera obra teatral, El otro Judas, lo que estimuló el ingreso de Castillo a la vida literaria profesional y la fundación posterior de El grillo de papel. Fue otro concurso literario, promovido por el grupo de poetas El Pan Duro, de Juan Gelman y Héctor Negro, a fines de los ’50 el que acercó a Silvain al colectivo fundador de la poesía argentina de los años sesenta. Con El Pan Duro recorrió escenarios de teatros, sociedades de fomento, clubes de barrio y sindicatos de todo Buenos Aires interviniendo en recitales de poesía y debates con el público. La poesía de El Pan Duro llegó a ser editada por otra revista y editorial fundamental de la izquierda, La Rosa Blindada de José Luis Mangieri y Carlos Brocatto. Silvain también publicó obras de teatro, llegando a ser miembro, junto a Dragún, Alak y Cossa, del consejo asesor del también pionero teatro popular Fray Mocho.
Luego de la disolución de buena parte de estas empresas culturales de la izquierda sesentista, Silvain no pudo volver a publicar con la periodicidad acostumbrada. Sin embargo, no ha dejado de seguir escribiendo, participando de recitales de poesía y de concursos como el nuestro. Valga pues nuestro agradecimiento a Julio por su camaradería y su constancia. Si bien hemos decidido editar todas las obras mencionadas por nuestros jurados para fines de este año, no queríamos dejar de publicar el otro cuento premiado de Silvain, cuento que, parafraseando un diálogo informal con Abelardo Castillo, contiene una “cierta actitud” revolucionaria:

 

Felicidad

Julio César Silvain

Él ha regresado a su casa. La noche fría queda fuera, solitaria y
hambrienta. Ágil en su cansancio joven, sortea a oscuras los primeros muebles
y abre la puerta del dormitorio. Esta noche, la luz del velador lo recibe
sorpresivamente. Su mujer, sentada en la cama, abrazando las sábanas contra
las rodillas le tiende una generosa sonrisa. A través de las pestañas, el cansancio
del hombre se tamiza y queda, como un montón de polvo, arrinconado en un
ángulo del cuarto.
-¿No dormías?
-No, quería verte antes.
La caricia trémula suaviza la mano del hombre sobre el rostro aniñado
de la mujer, tibio aún de sueño.
Y mientras deambula por el cuarto desatando el nudo de la corbata,
quebrando el silencio, a media voz, el hombre canta. La voz destemplada,
desacompasado el ritmo, inconclusas o inventadas las palabras, el hombre
canta; canta cualquier cosa, pero canta.
La primera protesta se ahoga entre los labios que la besan.
-¿Te has vuelto loco? ¿Cantar a estas horas? logra gritar ella en un
murmullo- ¿Qué te pasa?
-No sé. Quiero cantar.
Y el diálogo susurrante acerca las cabezas.
-¿Por qué?
-No sé. Porque te quiero, porque estoy cansado, porque soy joven.
-¿Y cuando seas viejo?
Ahora ella ríe quedamente, alegre con la conversación desusada.
-Seguiré siendo joven.
-¿Cómo?
-Yo me entiendo.
Y al besarla, acariciando el cuerpo vibrante y tenso que la débil tela no
alcanza a empañar, el estremecimiento del cosquilleo estalla en risas.
-No me hagas reír, por favor… los vecinos… por favor… a esta
hora…
El hombre se levanta.
-¿Adónde vas?
Abre la ventana. El frío entra, desbaratando la cálida intimidad del
cuarto. Pero el cielo claro y brillante de la medianoche intenta una caricia de
tibieza.
Y nuevamente, al aire, el hombre canta. Alza su voz desacompasada,
monótona y canta.
La mujer llega a su lado. Al cubrirla con el saco, enlaza la cintura y la
estrecha contra su costado. Cantando.
En las casas vecinas las luces comienzan a encenderse, al compás de
prolongados chistidos. Él eleva aún más la voz; y ella, a su lado, temblando,
canta. También canta.

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