Conceptos básicos: Desocupación

antonio berniSi revisamos el primer número de La Hoja Socialista, recordaremos que dijimos que en el capitalismo hay dos clases sociales básicas: obreros y capitalistas. La pregunta entonces surge: ¿y los desocupados? ¿Son una clase diferente? La respuesta puede parecer ilógica: No. Los desocupados también son parte de la clase obrera. Pero tienen ciertas particularidades a las que tenemos que atender.

En primer lugar, retomemos la definición de obreros: son aquellos que carecen de medios de producción y de vida. Así que, si quieren vivir, tienen que vender su capacidad de trabajar (fuerza de trabajo) a los capitalistas. En ese sentido, si un desocupado trabaja, digamos que “sobrevive”. Seguramente, una vida muy precaria. Pero de algo “se agarra”. Por lo tanto, de todo esto podemos deducir que lo que acá entendemos por “obrero” no se contrapone con “desocupado”.

Ahora, el capitalismo puede generar múltiples tipos de desocupados: los desocupados “latentes”, los “intermitentes” y los que ya se consolidaron como tales. Los primeros son aquellos ocupados de manera “ficticia”. Pensemos en aquellos que muchas veces tienen empleos considerados “no genuinos”. Son obreros ocupados en lugares inestables, muchas veces con el fin de que la crisis no estalle tan rápido. El caso más común es el de muchos empleados del Estado, que son tomados con contratos precarios por tiempos cortos. Los “desocupados intermitentes”, en cambio, entran y salen de distintos trabajos, con muchos periodos de desocupación en el medio. Por último, los “desocupados” más consolidados son aquellos cuya vida está signada por no tener empleo y vivir en la pobreza. Lo alarmante de todo esto es que éste último tipo de desocupado cada vez crece de forma más sostenida. Y sino observemos la Argentina: a dieciséis años del 2001, los niveles de pobreza son mayores que en los ’90. Una muestra clara de que este sistema está en uno de sus peores momentos y nada tiene ya para darle a la humanidad.

En definitiva, para los capitalistas, hay un montón de población que “sobra”, motivo por el cual, aquí le llamaremos población sobrante para el capital. Es decir, en relación a la acumulación de capital y a los costos para producir, una buena cantidad de obreros ya no sería necesaria. Esto es así por varias razones: por un lado, porque fruto de la competencia capitalista por mayores ganancias, la tecnología se desarrolló a niveles tales que la incorporación de mano de obra pierde importancia. Y esto ocurre incluso cuando por algunos momentos o en algunos sectores de la industria, se incorpore mayor cantidad de obreros. A la larga, su importancia irá cayendo en relación a la cantidad de inversión en máquinas para la producción.

Vamos a dar un ejemplo muy ilustrativo. Pensemos en una actividad como cultivar soja. ¿Sabe cuánta gente se necesita para la siembra con el nivel de máquinas existente hoy por hoy? 3 personas por máquina. Con sistemas más tradicionales se necesitaban 3 horas-hombre para sembrar una hectárea. Ahora ese tiempo se redujo a 40 minutos. Eso significa perder 4 de cada 5 puestos de trabajo.

Pero además, hay que considerar que mientras mayor población “sobre”, menores serán los salarios. ¿Por qué? Porque la competencia entre obreros va a ser cada vez más fuerte. Así los obreros le pondrán un precio cada vez más bajo a su fuerza de trabajo, todo con tal de trabajar. Esto significa que el capitalismo también usa a esa población que “sobra” como una forma de disciplinar a los obreros ocupados. De ese modo, se utiliza la miseria de gran parte de la población para que crezca la explotación de todos los obreros.

¿Cómo es que hay una “población sobrante”? Sencillo. Porque al capitalismo no le importa las necesidades sociales sino el negocio. En relación a las necesidades sociales, la población nunca “sobra”. Incluso en las fábricas que necesitan menos mano de obra, se podría emplear más trabajadores con jornadas más cortas, manteniendo un nivel adecuado de vida para todos. ¿Pero a quién no le conviene esto? A los capitalistas, naturalmente, quienes defendiendo su derecho de propiedad sobre sus fábricas, campos y máquinas, acaparan toda la riqueza y deciden dónde está el negocio y dónde no. Incluso a muchos les parece más negocio robar de la caja del Estado (a la que aportamos nosotros) para “financiar” obras declaradas con sobreprecio o que nunca se hicieron. Y esta gente tiene el descaro de decir qué es lo que “sobra”. Hay que ser claros: los que sobran (sin comillas) son ellos.

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