Cómo llegué al Argentinazo.

 

Crónica de la proletarización de la pequeña burguesía en la industria gráfica 1960-2000

 

Lucio Ferrer

 

Hacia los ’60, cuando empecé a trabajar en la industria gráfica, la tipografía prácticamente había desaparecido y sólo subsistía en los viejos talleres. Permaneció sí, hasta los ‘70, la composición tipográfica vía Linotipo. Este procedimiento hacía columnas para diarios y revistas, que luego debían ser armadas por especialistas. Además los títulos debían ser compuestos por otro especialista, el viejo tipógrafo, quien alzaba cada letra y las ordenaba en cajas; corregía a mano los errores cambiando los tipos incorrectos y, luego de usada la composición, devolvía manualmente las letras a su lugar. Todo este sistema, que requería enormes edificios y gran cantidad de personal, muy caro por su alta especialización, fue desplazado rápidamente por los primeros avances de la composición en frío.

IBM impuso en pocos años una máquina de escribir altamente sofisticada. Este primer modelo era absolutamente manual y las columnas justificadas debían escribirse dos veces. El siguiente modelo, 2 o 3 años después, tenía una memoria de 8000 caracteres y compensaba automáticamente las columnas finales, reescribiéndolas a 180 palabras por minuto. A pesar de su primitivismo, comparado con los sistemas actuales, la IBM Composer dio el golpe de gracia al sistema tipográfico, eliminando lo poco que de él subsistía.

Como sólo algunos pocos diarios podían adquirir máquinas capaces de armar páginas tabloide, subsistía el oficio de armador de página que consistía en el armado de las columnas, la colocación de títulos, tirado de rayas, pegado de ilustraciones, etc., para lo que se ocupaba mucho personal. Todo este trabajo fue eliminado por las máquinas de composición en frío sobre papel fotográfico, que además de superar el Composer de IBM por la variedad de tipos y la calidad, permitían armar las columnas con títulos eliminando el viejo oficio de armador de página.

Cuando surgió este nuevo sistema,  IBM bajó el precio del modelo Composer un 300% en tres o cuatro años. Las últimas Composer usadas se vendían a pequeños diarios del interior a precio vil. Los talleres de composición en frío que vendíamos las IBM, lo hacíamos para ayudarnos a pagar las primeras computadoras (Apple) y quedar endeudados por dos o tres años. La mayor parte de los talleres no tenían impresoras láser a toner, debido a su altísimo precio, viéndonos obligados a imprimir nuestros trabajos en unos pocos lugares. Al igual que sucedió con la Composer, en pocos años (tres o cuatro) las computadoras y las impresoras se hicieron muchísimo más accesibles y comenzó un proceso de integración de las diferentes ramas de la industria. En la actualidad una imprenta con dos impresoras offset cuatro colores, posee copiado de planchas y diseño gráfico integrados, que antes se realizaban en talleres independientes.

En una rápida recorrida por estos avatares de la gráfica se pueden observar los siguientes fenómenos: 1) cada avance tecnológico eliminó muchísimo personal de cada unidad productiva; 2) los cambios de modalidad productiva (por ej. el reemplazo del sistema tipográfico por el offset) eliminaban directamente a miles de pequeños talleres (otro ejemplo fue el advenimiento de los escáner rotativos, con los que diez talleres de fotocromía y todos sus empleados podían ser reemplazados con un solo escáner, con grandes ventajas de calidad final y precio); 3) cada avance revolucionaba todo lo anterior y estas revoluciones eliminaban sectores enteros de la pequeña industria produciendo mayor concentración en los grandes talleres. Cada nuevo procedimiento o maquinaría requería menos especialización pero mucho más capital. El pequeño taller que no operaba el cambio tecnológico a tiempo, por imprevisión o falta de capital quedaba eliminado.

Muchos oficios, fotocromistas, linotipistas, cajistas, armadores, copiadores de planchas, fotógrafos, desaparecieron para siempre reemplazados por máquinas más eficaces que necesitan poco o nada de especialización. Hoy, un solo operario, sin especialización ninguna, copia 100 chapas en un día. Basta para ello una prensa (u$s 10.000) y 100 chapas presensibilizadas. Hace 30 años, un taller de películas y copiado de planchas, para hacer la misma cantidad ocupaba 5 o 6 personas especializadas (con altos sueldos).

El abaratamiento constante de las máquinas no soluciona el problema de los pequeños talleres, porque éste se produce cuando nueva y mucho más costosa tecnología ha vuelto obsoleto lo que se ha abaratado. Con cada avance tecnológico aumenta la desocupación, se concentra en menos manos la producción, se reduce el tiempo de especialización del personal y se requiere cada vez más capital para mantenerse en la cresta de la ola.

En mi caso, hace no más de 10 años, ocupaba 8 personas en mi taller. Hoy, siendo un taller exitoso, se ha reducido a una (y para colmo es mi esposa). Digo exitoso, por el solo hecho de haberme mantenido abierto, ya que la mayor parte de las imprentas han incorporado la composición de originales y los talleres que se dedicaban a esto en su mayoría han cerrado. Los pocos talleres como el mío que aún subsisten se han transformado en realidad en empleados ultraflexibilizados de las imprentas, que establecen plazos que obligan a trabajar extensísimas jornadas incluso en el fin de semana. El carácter de patrón independiente queda así desdibujado y se vuelve cada vez más ficticio.

 

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