Combate a la distancia. La narrativa de Andrés Rivera, entre dos ‘Precios’

a60_riveraRosana López Rodriguez
Grupo de Investigación de la literatura argentina – CEICS

“Mi primera novela se tituló El precio, y apareció en 1957. Debo reconocer, a unos cuantos años de distancia que esa novela es un espanto. Para citar a Borges, siento por ella un unánime espanto.”(1)

“Yo no volví a releer El precio, pero si alcanzo a reescribirlo estoy seguro de que deberé hacerlo del principio al fin, y le van a sobrar una buena cantidad de páginas.”(2)

El escritor consagrado como Andrés Rivera nació en 1928 con el nombre de Marcos Ribak en Buenos Aires. Su padre, Mauricio Moisés, había llegado a la Argentina exiliado por causa de su militancia en la socialdemocracia polaca. Aquí consiguió emplearse como obrero textil y fue dirigente sindical y miembro del PCA. Su madre, Zulema Schatz, proveniente del sur de Ucrania, también debió exiliarse debido a la persecución durante la Guerra.

Rivera abandonó la carrera de químico industrial para ser, al igual que su padre, obrero textil. Poco tiempo después, en 1945, también como su padre, se afilió al PCA. Fue tejedor de seda en Villa Lynch y secretario de la comisión interna de la fábrica donde trabajaba. En 1964 fue expulsado de las filas partidarias. Pasó por diversos oficios hasta que en el año 1992 recibió el Premio Nacional de Literatura por La revolución es un sueño eterno (1987).

Antes de iniciar su camino como escritor, fue redactor y secretario de redacción en la revista Plática, entre los años 1953 y 1957. También integró la redacción de La rosa blindada, en 1964, y de Problemas del Tercer Mundo, en 1968. Fue en la época de la primera de ellas que empezó su carrera literaria:

“A comienzos de 1957 gané el segundo premio de un concurso de cuentos, organizado por el diario La Época. El relato que me premiaron ‘La marea’, apareció, luego, en 1959, en un volumen denominado Narradores argentinos contemporáneos (…) En 1962 publiqué Sol de sábado (…) y ‘La marea’ formó parte del texto.”(3)

Como tantos otros escritores argentinos de la época, reconoce la influencia que la escritura norteamericana ejerció en su producción:

“es la narrativa del país cuyo capitalismo aún no se ha estancado; es la narrativa de un país que ofrece los más salvajes contrastes y el escenario de los más despiadados antagonismos. Es la narrativa del país que dio a Lincoln; del país que asesinó a Sacco y Vanzetti; del país de Walt Whitman y El ciudadano; del país que codificó la tortura, encarceló a Dashiell Hammett y asiló a Bertolt Brecht. Pero de esa narrativa constelada de tanto nombre conspicuo, destaco, por lo que significaron para mí, a dos autores: William Faulkner y Ernest Hemingway.”(4)

En 1957 publicó su primera novela, El precio, que nunca fue reeditada hasta hoy. Dos años después, la segunda, Los que no mueren. Los siguientes cuatro libros son de cuentos: Sol de sábado (1962), Cita (1965), El yugo y la marcha (1968) y Ajuste de cuentas (1972), una serie de relatos pertenecientes al género policial negro, en la línea de dos escritores que admiraba, Dashiell Hammett y Raymond Chandler.(5)  Luego de un silencio de diez años, publicó Nada que perder, escrita durante la dictadura, y Una lectura de la historia. En esta dulce tierra, de 1984, recibió el segundo Premio Municipal de Novela. Antes de que viera la luz su novela consagratoria, La revolución es un sueño eterno, en 1987, editó Apuestas (1986). Para ellos, el paraíso, publicada en 2002, es una reescritura de una novela anterior, Los vencedores no dudan. Siguieron, una tras otra como perlas de un collar inagotable, El amigo de Baudelaire (1991), La sierva (que obtuvo en 1992 el Premio de la Fundación El Libro), El verdugo en el umbral (1994), Premio Club de los XIII al año siguiente, El farmer (1996), El profundo sur (1999), Tierra de exilio (2000), Hay que matar (2001), Ese manco Paz (2003), Esto por ahora (2005) y Punto final (2006). En 1994 recibió el Premio Konex de Platino y el Diploma al Mérito en la categoría Novela del quinquenio 1989-1993. Durante todo ese período también publicó libros de cuentos: Mitteleuropa (1993), La lenta velocidad del coraje (1998), Cría de asesinos (2004). Ese mismo año recibió nuevamente el Diploma al Mérito Konex, categoría Novela, quinquenio 1994-1998.

El proyecto realista

Ese “contenido” adquiere sentido en un formato preciso. Esta novela, que el autor considera una especie de experimento iniciático, cuenta el proceso histórico que las masas argentinas llevaron a cabo entre los años ’45 y ’53. Su clave no es el sujeto individual, por eso no hay un personaje que monopolice el rol protagónico. Por el contrario, los personajes constituyen la representación de acciones o intereses colectivos. Las historias comienzan, se funden con otras, los roles que nos parecen cruciales se van desplazando de unos a otros. Aparecen todas las clases, todas las fracciones, se muestra el otro lado de la clase obrera también; en ese protagonismo coral van desfilando el burgués industrial, el terrateniente, el que se ha enriquecido recientemente, el obrero carnero, el joven que cuestiona la educación y prefiere la fábrica, el obrero experimentado para quien la renovación de la lucha es un motivo para volver a la vida, el burócrata que se reconoce como tal y cobra conciencia, la pareja que se conoce y se ama en la lucha, el pequeño burgués que no alcanza a aburguesarse, el que termina su vida arruinado económicamente o el que se hace fascista. No hay un entusiasmo inmaculado por los valores y virtudes de la clase obrera, que se muestra no exenta de contradicciones, dudas o equivocaciones. El desenlace es el que Rivera imaginaba para el proceso histórico que se avecinaba: Quintana, que desestima la posibilidad de convertirse en un burócrata, o en un fascista como Echegaray, es perseguido por sus ex compañeros, decidiendo su tránsito hacia el comunismo.

Como veremos, igual que muchos intelectuales de izquierda del período, Rivera consideraba que la clase obrera consciente se haría comunista después del proceso de traición y desencanto con el peronismo. En este desarrollo ficcional de la sociedad argentina de los ’40 y los ’50, el precio es el que todos y cada uno deberán pagar por tomar las decisiones que consideren correctas: si lo pasan mejor o peor, si el precio es más o menos alto, dependerá del grado de desarrollo de la conciencia de cada personaje.

Valgan como ejemplo las mujeres de la novela. La Turquita Elba que cede al patrón paga el precio de perderlo todo; su hermana, María, que no se deja someter como mujer ni como obrera, será la delegada y tendrá su historia de amor con un compañero que no pretende convertirla en un objeto. Su vida no es fácil, pero es digna. Otra mujer, Olga, encarnación de la femme fatale, pierde el amor porque no desea construir una vida común con el hombre que ama.

La mujer y el ejercicio de la sexualidad son temas recurrentes en la obra de Rivera. En ésta novela se formula una pedagogía de los valores comunistas acerca de la sexualidad y la posición de género: el trabajador consciente debe considerar a la mujer como una compañera, como una igual y ella no debe ejercer su sexualidad como herramienta de negociación con la burguesía. El requisito para la obtención del amor es la conciencia de clase. Así lo expone en Plática, más o menos por la época en que escribe su primer novela. Según el joven editor, la invasión de textos cuyos temas centrales son el sexo y la violencia proviene de la necesidad de imponer la “insensibilidad, la irracionalidad y el salvajismo de las conciencias… Y las conciencias dopadas se prestan, dócilmente, a acrobacias de funestas consecuencias.” Anticipándose a un análisis de clase del amor, Rivera postula que la conciencia es la condición necesaria para evitar la pura animalidad sexual. Sin embargo, la burguesía no puede evitar que la violencia y la carencia de amor constituyan los estigmas del sexo.(6)

La estructura de esta novela es uno de los elementos que le otorga coherencia a una trama que en la superficie se presenta como desordenada, puesto que la división externa en tres acápites muestra el desarrollo del contenido político: introducción y ronda es la noche del despliegue peronista, la larga madrugada del engaño; antes del amanecer, el comienzo de la luz, el despertar de algunas conciencias y el encuentro y reconocimiento de los camaradas, el nuevo día que comenzaría luego de tanto tiempo de confusión. Es así como esta novela encarna el proyecto más ambicioso del realismo en su máxima expresión: la representación de un mundo dinámico, de una sociedad en proceso de transformación. Un fresco en movimiento de la sociedad argentina cuya temática y enfoque están hoy ausentes en nuestra literatura: la clase obrera tiene todavía un merecido destino de amanecer.

A modo de desafío…

El lector se preguntará por la razón que nos lleva a publicar una obra defenestrada por su propio autor. Sin embargo, este Precioviene con yapa, porque se trata de una reedición corregida que le ha arrancado al original casi un tercio de su cuerpo inicial. En efecto, la novela que el lector está a punto de comenzar, mantiene la estructura y la historia originales, pero el autor se ha dado el gusto de cumplir la amenaza que encabeza este prólogo. Como ya señalamos, hay argumentos de sobra, que no cuestionan la opinión de Rivera aunque no la comparten, que ameritaban su publicación aún en su estado primigenio: como documento histórico de una época, ilustra acerca de las ilusiones y las esperanzas de la izquierda argentina, de las caracterizaciones del peronismo y del futuro inmediato de la clase obrera argentina; como documento literario, nos abre las puertas a la forja inicial de un gran escritor.

En este último sentido, esta reescritura nos permite presenciar un verdadero acontecimiento literario: las dos almas que habitan el pecho de Rivera, batallando a través del tiempo y la distancia. Aquéllos que gozan hoy del escritor de pocas palabras, tienen aquí la oportunidad única de reencontrarse, aún después de la poda, con la otra orilla de este río turbulento: la de una lírica emotiva y apasionante; profusa, abundante, llena, que amasa con muchas palabras lo que podría decirse con menos, pero cocina conciencias a una temperatura que abrasa. Allí, entonces, nada sobra. Ese Rivera, que fue capaz de pulir un estilo propio, puede, todavía, dar la vuelta y hacerlo de nuevo, por la otra orilla. Se verá entonces que El precio contenía gemas de indudable valor, joyas que hoy, en esta nueva versión, resaltan con más brillo. Por contraste, le permitirá leer de nuevo aquellos textos que, en su sequedad, parecieran escaparle a la exposición pasional. Verá que esconden, silenciosamente, la misma lírica que se expresa pujante, aquí nomás.

Notas:

(1) Entrevista de Luciano Lamberti y Federico Falco (www.federata.com.ar, nº 9, noviembre de 2002), www.federata.com.ar/09_puno_ff_01.htm
(2) Entrevista de Miguel Russo y Gabriela Tijman , La Maga, Buenos Aires, 3/4/ 1996, www.literatura.org/Rivera/arrepo.html
(3) Historia de la literatura argentina, vol. 6, “Encuesta a la literatura argentina contemporánea”, CEAL, Buenos Aires, 1982, p. 80.
(4) Ídem, p. 82.
(5) “Solo a los imbéciles diplomados se les puede ocurrir que la frecuentación de Hammett y Chandler –dos escritores a los que profeso una admiración sin retaceos- puede estimular la evasión. La verdad es lo contrario: leerlos es hundirse en el mundo implacable de nuestros días.” Op. cit., p. 82.
(6) La Lucrecia de La sierva tiene como máxima aspiración ser patrona, por eso somete al juez Bedoya a su antojo. En Esto por ahora, Daiana “lo maneja a Lucas porque es inteligente y porque sabe abrirse de piernas.” Rivera, Andrés: “El manejo del tiempo”, entrevista en El Aromo, n° 33, noviembre de 2006.

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