Clásico Piquetero: “¿Una política sin clases? El post marxismo y su legado”

En un oscuro momento de la historia del movimiento socialista, la descorazonadora década del noventa, algunos compañeros se ocuparon de esa tarea que menciona Víctor Sergé al decir que “tal parece que algunas generaciones de trabajadores no verán otros tiempos. Ellos van, principalmente, a luchar. No es poco lo que les corresponderá demoler y sufrir: de lo que se trata es de rehacer el mundo” Quizás un lugar y una forma destacada de hacerlo le haya correspondido a la neoyorkina Helen Meiskins Wood. Cuando falleció el 14 de setiembre del año pasado, con 74 años de duro combate dejaba sembrada una obra en la que no fue poco lo que demolió para colocar las bases de un nuevo mundo. Los textos que reproducimos muestran la claridad y la firmeza con las que enfrentó en soledad a una corriente llamada nuevo socialismo verdadero (NSV) que abandonaba la referencia central del socialismo en la clase obrera para referirse a valores morales e identitarios abstractos. Esta corriente surgida del laborismo inglés en los 80 comparte con muchas otras en la actualidad su negación del carácter central de la clase obrera en cualquier proyecto socialista. Valores morales, culturales o identidades sociales fueron combatidos con precisión y conocimiento por H. M. Wood. En estos fragmentos de su libro “¿Una política sin clases? El post marxismo y su legado” lo encontramos magistralmente expuesto.

 


Helen Meiskins Wood

(1942 – 2016)

“La erradicación del concepto de clase del proyecto socialista representa no sólo una redefinición de los objetivos del socialismo, los cuales ya no pueden identificarse con la abolición de las clases, sino también un rechazo del análisis materialista de los procesos sociales e históricos. Debiera ser evidente que la lógica de toda esta argumentación exige el relegamiento de toda producción material al menos a un rol secundario en la constitución de la vida social. Al desvincularse de una clase determinada el proyecto socialista se traslada a colectivos sociales –“alianzas populares”- cuyos principios de cohesión, objetivos, identidad y capacidad para la acción colectiva no se originan en intereses o relaciones sociales específicas sino que son constituidos por la política y la ideología misma. De este modo el NSV postula fuerzas históricas que no se cimentan en las condiciones específicas de la vida material, así como actos colectivos cuya reivindicación de poder estratégico y cuya capacidad de acción no se basan en la organización social de le esfera material. En otras palabras, la posesión de poder estratégico y capacidad de acción colectiva no son considerados criterios determinantes a la hora de identificar a los agentes de la transformación social.

En su expresión límite, la tendencia teórica a autonomizar la ideología y la política viene acompañada de un giro hacia el establecimiento del lenguaje o “discurso” como principio predominante en la esfera social, así como la convergencia de ciertas corrientes postmarxistas con el post-estructuralismo, es decir la máxima disociación posible de ideología y conciencia de cualquier base social o histórica. Las fallas que presenta esta desintegración de la realidad social en el lenguaje, la circularidad y, por último, el nihilismo de este enfoque fueron demostrados de forma irrefutable por Perry Anderson [Anderson, Perry; Tras las huellas del materialismo histórico, Siglo XXI. Madrid, 2004, pp. 34-65] Lo que resulta más importante, desde nuestro punto de vista, es como esta deriva teórica ha sido aprovechada para crear una estrategia política que supone que el origen de las fuerzas sociales e históricas es el discurso en sí mismo, prácticamente sin apoyarse en relaciones sociales.

El sujeto típico del proyecto del NSV parece ser entonces un colectivo laxo y concebido de manera amplia, una alianza popular sin identidad discernible, a excepción de aquella que deriva de una ideología autónoma, una ideología cuyos propios orígenes son oscuros. Sin embargo podría objetarse que no es del todo cierto que el sujeto del NSV carezca de identidad determinada. Los nuevos “socialista verdaderos” parecen compartir la idea de que los constituyentes naturales del socialismo son lo que podría denominarse “personas justas” cuyo punto en común no es el burdo interés material sino la susceptibilidad a la razón y la persuasión. Más específicamente, los intelectuales tienden a jugar un rol muy prominente.

[…]

Si se pretende redefinir el proyecto socialista de manera convincente, es preciso responder varias preguntas importantes en cuanto a sus objetivos, sus principios motivadores y sus agentes. La concepción marxista de este proyecto, al igual que la abolición de las clases a llevarse a cabo por medio de la lucha de clases y la autoemancipación de la clase obrera, aportó una base sistemática y coherente para los objetivos socialistas que se cimentaron en una teoría del movimiento histórico y el proceso social. Esta base presentaba una unidad orgánica de procesos históricos y objetivos políticos, no tanto en el sentido del socialismo como fin ineludible de una evolución histórica predecible, sino más bien porque los objetivos del socialismo eran vistos como posibilidades históricas reales, que surgían de las fuerzas sociales, los intereses y las luchas vigentes. Si las relaciones sociales de producción y la lucha de clases habían constituido los principios básicos del movimiento histórico hasta la fecha, el socialismo se imponía en la agenda histórica porque, por primera vez en la historia, además de las fuerzas de producción para posibilitar la emancipación humana, existía una clase que encarnaba la posibilidad real de una sociedad sin clases: una clase sin bienes ni poder de explotación que proteger, que no podría servir completamente a sus propios intereses de clase sin abolir totalmente la división en clases; una clase explotada cuyo interés específico exigía que se aboliera la explotación de clase; una clase cuyas condiciones específicas le conferían una fuerza y una capacidad de acción colectiva que hacían posible este proyecto. A través de este interés de clase particular y de esta capacidad específica, la emancipación universal de la humanidad frente a la explotación, un objetivo que en otro tiempo y lugar no sería más que un sueño utópico y abstracto, podía traducirse en un programa político concreto e inmediato.

No es posible hacer una revisión del proyecto socialista que mantenga la misma fuerza sin tener en cuenta un concepto orgánico y coherente similar en cuanto a fines, medios, procesos sociales y posibilidades históricas. No sirve como sustituto un proyecto socialista basado en la autonomía de la política. No aporta una respuesta sino que suscita una pregunta. Al fin de cuentas, implica que todo y también nada, es posible.

La pregunta puede formularse así: si no es la abolición de las clases ¿entonces cuál es el objetivo? Si no es la cohesión y la identidad de clase ¿entonces cuál es la identidad colectiva o el principio de unidad? Y detrás de estas preguntas pragmáticas yacen otras de carácter histórico y más fundamentales: si no son las relaciones de clase ¿entonces qué otra estructura de dominación se esconde en el núcleo del poder político y social? Una cuestión aún más básica: si no son las relaciones de producción y explotación ¿entonces que otras relaciones sociales constituyen la base de la organización social humana y el proceso histórico? ¿Qué es lo esencial si no las condiciones materiales que sustentan la propia existencia?

Si el objetivo del socialismo es la abolición de las clases ¿para quién constituye un objetivo real, basándose en su propia situación y no un bien abstracto? Si no son aquellos que están expuestos a la explotación capitalista ¿entonces quienes tendrán interés?

¿Abolir la explotación capitalista? ¿Quiénes tendrán la capacidad social para lograrlo, si no son aquellos que ocupan estratégicamente el núcleo de la producción y explotación capitalista? ¿Quiénes tendrán el potencial para conformar un agente colectivo en la lucha por el socialismo? Todas esas cuestiones han sido planteadas con entusiasmo por Francis Mulhern:

“Los marxistas sostienen que la clase obrera es revolucionaria por su naturaleza histórica como productora colectiva y explotada dentro del modo de producción capitalista. Cómo clase explotada, queda atrapada en un enfrentamiento sistemático contra el capital, el cual generalmente es incapaz de satisfacer de manera permanente sus necesidades. Como principal clase productora, tiene el poder para detener, y en cierta medida redirigir, el aparato económico del capitalismo en la consecución de sus objetivos. Y en su carácter de productora colectiva, tiene la capacidad objetiva de fundar un nuevo modo de producción no explotador. Esta combinación de intereses, poder y capacidad creadora distingue a la clase obrera de todas las demás fuerzas políticas y sociales de la sociedad capitalista y la califica como agente indispensable del socialismo. Reafirmar esta posición no significa sostener que el socialismo está garantizado –no lo está- ni que el movimiento obrero lo logrará por sí sólo. Sí cabe afirmar que “nuestro mayor recurso positivo jamás puede ser otro que la clase obrera organizada y que si esta no puede regenerarse a sí misma ninguna intervención ajena es capaz de hacerlo.  Si dicho recurso, ante ciertas circunstancias históricas desastrosas, debiera dispersarse o neutralizarse, entonces el socialismo realmente se vería reducido a una utopía sectaria fuera del alcance del movimiento social más motivado y combativo. (…) Es cierto: la capacidad creadora es un potencial, no un logro. Pero el potencial en sí no está determinado por las virtudes morales y políticas del movimiento obrero. Por el contrario, está impulsado por las contradicciones ordinarias del capitalismo, cuyos procesos de reproducción expandida han derivado en un orden social y económico colectivo en términos estructurales y, quiérase o no han generado las condiciones y los agentes de un interés general real”

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